Entrega imperfecta 21. ¿Y a ti Gustavo?
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21. ¿Y a ti Gustavo?

Dentro hacía algo menos de calor, aunque no mucho menos.

La penumbra era suave. Antes de cerrar la puerta busqué el interruptor un instante y, al no encontrarlo, terminé por dejarlo estar.

La luz que entraba desde la puerta principal bastaba para moverme por allí, una luz tenue, blanquecina, que iluminaba el salón y la cocina y que me enseñaba dónde estaba el pasillo que debía embocar para llegar al aseo.

Aquella penumbra me hizo pensar inmediatamente en ellos. En aquellos minutos. En la conversación. En la luz apagada. En aquel instante en el que aquella misma semioscuridad había rodeado a mi mujer y a Gustavo.

Entré en el aseo, encendí la luz, cerré la puerta y oriné intentando ordenar las ideas, pero cuanto más lo intentaba, menos sentido encontraba a nada.

La camisa seguía apareciendo una y otra vez en mi cabeza.

Aquel botón mal abrochado. Aquella pequeña desviación que podía no significar absolutamente nada y que, sin embargo, se había convertido en el centro de todos mis pensamientos.

Después estaba la frase de Gustavo, también aquella amenaza en mi teléfono.

Después estaba el tiempo que habían permanecido dentro con la luz apagada.

También estaba el misterio de aquella conversación.

¿Qué podían haberse dicho durante aquellos minutos dos personas que apenas tenían relación?

¿Qué podía haberle dicho Marina? ¿Y qué podía haber respondido él para que ella regresara con aquella expresión?

Tiré de la cisterna y me acerqué al lavabo.

El espejo me devolvió una imagen que tampoco me gustó demasiado: el pelo húmedo, la camiseta pegada al pecho por el sudor, la piel brillante por el calor y el salitre.

Parecía agotado. Quizás lo estaba. Abrí el grifo y me eché agua en la cara mientras seguía viendo los ojos de Marina cuando me había dicho que me lo contaría en el hotel.

No era solo la frase. Era cómo la había pronunciado.

Era aquella ansiedad extraña. Aquellas pupilas encendidas.

Aquella urgencia que parecía recorrerle el cuerpo.

«Te lo cuento en el hotel… y me follas».

Volví a mirarme en el espejo. No entendía qué había pasado entre ellos.

No entendía qué podía haber ocurrido en tan poco tiempo, y a la vez tanto.

Porque había sido mucho para solo hablar y poco para hacer algo que no lo fuera.

Cinco minutos. Quizá siete. Tal vez algo más.

Y, aun así, cuanto más repasaba cada detalle, más difícil me resultaba convencerme de que allí no había ocurrido nada.

Apagué la luz del cuarto de baño, quedándome de nuevo casi a oscuras, y antes de salir al pasillo me detuve. Me detuve como si de repente mi mente hubiera por fin dado forma a la posibilidad más ajustable a los tiempos, a las palabras, a los gestos y a todo lo intangible:

Un beso robado.

Un beso robado y un intento de piel con piel; dos botones que ceden, unos labios que se bloquean y un rostro que se aparta.

Un asalto de diez segundos en la oscuridad, resistido por mi mujer, pero no sin consecuencias.

Una resistencia justa para protegerse, pero también para encenderse.

Un apartarse suficiente, o insuficiente.

Un rechazo solo completo al final, con duda inicial.

Y esa duda inicial era la culpa, el morbo, la raíz del «te lo cuento en el hotel y me follas», como si ella supiera que una caída era inaceptable, pero que un sutil desliz sería, también para mí, morbo puro.

Salí del aseo y avancé por el pasillo con paso lento.

La casa seguía sumida en aquella penumbra irregular que llegaba desde la entrada y se derramaba por el suelo en franjas débiles.

El salón y la cocina aparecían casi vacíos, silenciosos, suspendidos en una calma extraña que contrastaba con el ruido que llevaba dentro de la cabeza.

Y entonces la vi.

Venía hacia mí.

Marina.

Durante un instante pensé que simplemente se dirigía al cuarto de baño. Que nos cruzaríamos, que yo pasaría de largo y que, unos minutos después, estaríamos de vuelta en el coche camino del hotel.

Pero bastó un segundo para comprender que algo no encajaba.

Había algo distinto en su mirada.

Más viva.

Más brillante.

La camisa amarilla llamó mi atención de inmediato.

Las mangas seguían remangadas, pero ahora estaba completamente abierta.

Quizá se había dado cuenta por fin. Quizá ya no le importaba.

Quizá el calor había terminado por imponerse a cualquier intento de mantener cierto decoro.

Los triángulos blancos de su bikini contenían sus pechos y destacaban en la penumbra con una nitidez casi irreal.

Seguimos avanzando el uno hacia el otro.

Yo iba a preguntarle si también iba al baño.

Pero cuando apenas nos separaba un paso, Marina levantó la vista hacia mí.

Se acercó un poco más.

Y entonces me susurró:

—Madre mía…

Su voz sonó extraña. Como si aún estuviera intentando procesar algo.

—¿Qué? —pregunté.

Sus ojos buscaron los míos.

—Están… follando.

Sentí que algo se detenía dentro de mí.

Durante un instante no entendí las palabras. Las escuché. Las reconocí. Pero no conseguí ordenarlas.

—¿Qué…?

La miré.

Ella me miró a mí.

—Que están… follando.

Lo repitió.

Y entonces me tocó el codo, o el brazo. Y yo le di la mano. O ella a mí.

Y ambos miramos hacia la ventana, como si algo nos impulsara.

Cuando quise darme cuenta, casi nos deslizábamos hacia allí, hacia la ventana que se elevaba encima del fregadero de la cocina y que comunicaba con la zona de la piscina; aquella ventana que yo había querido atravesar con mi mirada minutos antes, y ahora pretendía hacerlo desde el otro lado.

Avanzamos despacio. No era prudencia, ni tampoco absoluta incredulidad.

Ninguno de los dos hablaba.

Como si las palabras pudieran romper algo.

Llegamos junto a la encimera.

Y entonces nos detuvimos.

Los dos.

Y yo me incliné hacia aquella ventana que permitía una visión que prometía ser certera. Desde allí se veía perfectamente la piscina, iluminada por los focos sumergidos que teñían el agua de un azul eléctrico suave. No había cortinas. Solo el cristal y la noche.

Al principio no distinguí bien lo que ocurría. Solo vi movimiento. Dos figuras entrelazadas en el agua. Me acerqué un poco más al cristal, con el corazón golpeándome las costillas. Marina se quedó unos centímetros más atrás, pero también miraba.

Entonces mis ojos se acostumbraron a la luz azulada.

Sara tenía la espalda apoyada contra el borde de la piscina, pero ligeramente girada, casi de medio perfil respecto a nosotros.

Sus brazos rodeaban el cuello de Gustavo con fuerza, como si se estuviera sujetando para no caer.

Sus pechos medianos y firmes quedaban completamente expuestos, brillantes por el agua… y moviéndose con cada embestida.

Estaban follando.

Estaban follando y el agua apenas les cubría un poco más arriba de la cintura.

Aquello no tenía nada que ver con lo vivido en la playa.

Aquello era provocación, juego, exhibicionismo.

Gustavo estaba de pie dentro del agua, sujetándola por las caderas con las dos manos. Se movía contra ella con un ritmo lento, profundo y constante.

No había duda posible. La estaba follando. De verdad. Allí mismo.

Se la oía gemir.

No gemidos fuertes ni exagerados. Eran gemidos graves, entrecortados, que yo no sabía si atravesaban la ventana o entraban por la puerta abierta.

Gemidos jadeados al silencio de la noche.

Cada vez que él empujaba con fuerza hacia arriba y hacia adelante, el cuerpo de Sara se tensaba y soltaba uno de esos gemidos que volvían a llegar hasta nosotros con una claridad brutal.

Me quedé completamente paralizado.

No me movía. Nada, salvo una vena en mi cuello.

Durante varios segundos fui incapaz de reaccionar. Solo podía mirar. La mente me iba a mil por hora, pero el cuerpo se había quedado bloqueado.

Aquello no era un voyeurismo nuestro; era exhibicionismo suyo.

No podía dejar de pensar en que aquello no había empezado con nosotros en la casa, sino con mi mujer sentada a una mesa a tres metros de ellos.

¿Por qué? ¿Para qué?

Para decirle qué.

Para despertar qué en ella.

—Joder… ¿Y…? ¿Y esto…? —balbuceé, bloqueado, casi sin voz.

Y Marina no decía nada.

Pero yo sabía que no dejaba de mirar, de observar aquel sexo, crudo, salvaje.

Gustavo cambió ligeramente el ángulo, levantando un poco más a Sara contra el borde.

El gemido de ella se volvió más agudo, más desesperado.

Sus brazos seguían rodeando con fuerza el cuello de él, sus dedos clavados en su nuca mojada.

Los pechos de Sara se movían libremente con cada embestida, balanceados, agitados y brillantes bajo la luz azul.

Los músculos de la espalda de Gustavo se tensaban.

Su media melena mojada caía hasta más abajo que antes, haciéndolo a él más masculino y salvaje.

Parecía incluso más grande, más corpulento, no tan delgado.

Y la follaba concentrado y excitado, pero también gustándose, también como si supiera que de alguna forma lo espiábamos; o quizás siempre follaba así, con aquel poso ególatra, con aquellos aires petulantes y presumidos.

Yo sentía el cuerpo de mi mujer y casi me parecía que temblaba ligeramente. Podía sentir su respiración acelerada.

Y entonces habló… junto a mí. Y no fue una exclamación de sorpresa por lo que hacían, ni acusatoria por su desfachatez.

Afectada, susurró:

—Dios… ¿Pero cómo se la folla así…?

Lo murmuró con una voz que apenas reconocí.

Tampoco el contenido era propio de ella; que hubiera elegido aquellas palabras me sorprendía.

Y no supe qué contestar. Solo seguí allí, sin apartar la vista de la piscina.

Gustavo seguía embistiéndola con esa cadencia pesada, segura, casi arrogante. Y Sara gemía cada vez más, y seguía aferrada a su cuello.

El calor de la noche, el silencio de la casa y aquellos gemidos reales llegando desde fuera crearon una atmósfera tan densa que casi se podía tocar.

Cuando un “Ahhh… ahhh… ahhh…” triple, de Sara, me atravesó de golpe.

Y entonces Marina giró la cara hacia mí.

Lo sentí.

Y me giré hacia ella.

Sus ojos estaban completamente encendidos.

No había vergüenza en ellos. Ni sorpresa. Solo un fuego vivo, profundo, que nunca le había visto.

Su respiración era entrecortada y tenía los labios entreabiertos, como si le costara llenar los pulmones del todo.

Y entonces, otra vez, no supe quién tomaba la decisión. No supe quién fue primero.

Me besó.