20. El ojal equivocado.
Nadie dijo nada.
Ni siquiera inmediatamente después.
La frase de Gustavo quedó suspendida sobre la mesa, como si todavía siguiera allí varios segundos después de haberla pronunciado. Yo miré a Marina. Ella no me miró a mí. Miraba a Gustavo. Y Gustavo la miraba a ella.
Sara fue la primera en apartar la vista. Bajó los ojos hacia su copa. Después, hacia la piscina. Y se acomodó en la silla, sin volver la mirada hacia el conflicto, mirando lejos.
El silencio siguió creciendo. Incómodo. Pesado. Extraño.
Tan extraño que llegué a pensar que alguien acabaría riéndose y diciendo que era una broma.
Pero nadie se rio.
Yo no sabía qué sentir. No sabía cuánto había de afrenta, cuánto de locura, cuánto de provocación, cuánto de culpable confesión.
Entonces Marina movió su copa lentamente por la mesa; la empujó casi con la yema de dos de sus dedos mientras la miraba.
No sabía si dudaba o si ardía de ira por dentro.
Quizás las dos cosas.
Y entonces habló, con temple. Sin manifestar nerviosismo:
—¿Podemos hablar dentro tú y yo un momento?
La pregunta me pilló tan desprevenido que durante un instante pensé que había escuchado mal.
“Tú y yo” eran ella y Gustavo.
Y él no pareció sorprendido.
O, si lo estaba, lo ocultó bien.
—Claro que sí.
Y apagó su cigarrillo en el cenicero y se levantó.
Marina también se puso en pie.
Gustavo estaba más cerca de la puerta. La que tuvo que rodear la mesa fue Marina. Su caminar sobre sus sandalias pareció firme, pero yo sabía que no podía serlo. Aquella confesión sexual había sido todo un asalto, un asalto vergonzante. Como un abuso sin tocar. Como una agresión sin piel.
Yo, como su marido, como su pareja, me sentí culpable y pequeño por no haber siquiera alzado la voz.
Sara y yo nos quedamos solos, y ella me miró entonces. Pude sentir en su mirada ese reproche. Pude sentir también que ella estaba más de nuestro lado que del lado de su propio novio, y es que aquella confesión también, y en gran medida, la humillaba a ella.
Si la temperatura era insoportable, aquella frase de Gustavo, que no se iba, me azotó como un golpe extra de calor.
Di un trago a mi copa, en silencio, mientras Sara apenas se movía, y sentí el temblor en mi mano e incluso en mi nuca.
El ron no me supo a absolutamente nada.
A mi derecha, la piscina parecía ajena a todo, en calma, apenas alterada por las pequeñas ondulaciones que creaban los chorros de agua, e iluminada de forma tenue, casi íntima.
A mi izquierda, la casa, con ventanas que se volcaban hacia nosotros y con luz que partía de allí desde antes de que hubieran entrado.
Las copas, los refrescos y el juego seguían desperdigados sobre la mesa exactamente igual que antes.
Durante unos segundos nadie habló.
Y cuanto más duraba aquel silencio, más consciente me volvía de algo muy simple: no tenía ni idea de qué acababa de pasar.
Ni de qué estaba pasando.
Ni de por qué, de entre todas las reacciones posibles, Marina había elegido precisamente aquella.
Dentro se escuchaban voces.
No distinguía las palabras.
Solo el murmullo.
Una conversación.
Nada más.
Pero tampoco nada menos.
Una conversación que debía de ser extrañísima, pues no tenían confianza para tenerla, y menos para gestionar o reprochar una afrenta.
Me costaba entender qué papel asumiría Gustavo, pues no me lo imaginaba aceptando una reprimenda.
Al final no pude soportarlo.
—¿Tú sabías esto?
Sara giró ligeramente la cabeza.
Yo no supe por qué había formulado la pregunta así.
—¿El qué?
—No lo sé… —admití—. Lo que sea que está pasando.
Ella me observó unos segundos. Había algo diferente en su expresión. O quizá simplemente yo la estaba viendo de otra manera. La energía ligera y algo infantil con la que había estado bromeando durante toda la noche parecía haberse evaporado de golpe.
Volvía a ser aquella chica enigmática e incluso extraña.
Desde dentro de la casa se filtraban voces.
Después, silencio otra vez.
—¿Pero tú sabes qué está pasando? —pregunté.
Sara se inclinó hacia adelante y rebuscó en la mesa hasta que encontró una cajetilla de tabaco detrás de una botella de refresco. Se encendió un cigarrillo, echó el humo con calma, descansó su espalda contra el asiento de la silla, cruzó las piernas y, sin mirarme del todo, preguntó:
—¿Ahora o en general?
Bebí de mi copa intentando aparentar calma.
—En general.
Ella se quedó pensativa un instante.
—Me lo puedo suponer, sí.
Y aquello me inquietó bastante más de lo que me habría inquietado cualquier respuesta directa. Pero sentí que no me respondería nada más concreto.
Solo me quedó intentar interpretar qué había querido decir y agudizar el oído para intentar entender de qué hablaban mi mujer y su novio dentro de la casa.
El silencio se alargó.
Y el rumor que partía de la casa también.
No era constante. A veces parecía que hablaban. A veces que uno escuchaba y el otro respondía. A veces desaparecía durante unos segundos y yo llegaba a pensar que ya volvían. Pero entonces regresaba otra vez, amortiguado por las paredes y el cristal de la ventana, imposible de entender.
Y aquello empezó a inquietarme. Porque no entendía qué tenían tanto que decirse. No entendía qué tipo de conversación podía prolongarse tanto.
Miraba de vez en cuando hacia la casa, como si mi mirada pudiera adivinar algo a través de lo que era la ventana de la cocina y el salón, que compartían un solo espacio, pero era imposible.
Ni una sombra. Ni un movimiento. Ni una señal de que aquella conversación estuviera cerca de terminar.
Entonces recordé aquellos mensajes.
Aquellos textos que seguían guardados en mi teléfono y que Marina no sabía que existían.
Aquella pequeña traición.
Y de todas aquellas frases obscenas, de todas aquellas amenazas veladas y fantasías turbias… me vino una a la memoria.
Una en concreto.
«Ojalá te atrevieras a dejármela quince minutos. Cinco para que me mandase a la mierda. Cinco para que viera que no soy el imbécil que cree que soy y cinco para sacarle el orgasmo de su vida.»
Sentí algo desagradable en el estómago.
Porque ahora aquella frase ya no pertenecía solo a una pantalla.
Ya no pertenecía a una conversación absurda.
Ahora pertenecía a una persona que estaba dentro de aquella casa.
A solas con mi mujer.
Intenté apartar la idea.
Era ridícula.
Absurda.
Imposible.
Marina no era una adolescente impresionable. No era una persona ingenua.
Marina era mi mujer. Y yo sabía lo que sentía por mí.
Y casi podría decir que detestaba a Gustavo.
Y aun así…
Aun así la imaginación tiene una forma muy particular de abrir puertas que uno preferiría mantener cerradas.
Me sorprendí pensando en posibilidades que apenas unos minutos antes me habrían parecido ofensivas.
Y me odié un poco al descubrir que quizás no todas me desagradaban.
Porque una parte de mí estaba asustada.
Pero otra estaba pendiente.
Fue entonces cuando vi a Sara moverse.
Apagó el cigarrillo en el cenicero con una tranquilidad perturbadora, como si el tiempo transcurriera para ella a una velocidad distinta a la mía, cogió su copa de ginebra y se levantó sin decir nada.
La observé caminar hacia la piscina.
La camiseta blanca seguía colgando amplia sobre su cuerpo y anudada sobre su vientre.
Sus pechos se agitaban libres bajo la tela húmeda.
Aquel recogimiento de la camiseta por aquel nudo permitía ver, cuando me daba la espalda, la voluptuosidad contundente de sus nalgas rodeando la braga de su bikini negro; y cuando me ofrecía su perfil, la potencia limpia de sus muslos; una potencia que intimidaba, sobre todo aquel muslo concreto,
el del tatuaje con aquella liga, que se veía nítida, viva, iluminada por las luces indirectas de la piscina.
Continuó hasta el extremo opuesto de la piscina y allí se sentó en el bordillo, posando la copa y dejando los pies dentro del agua.
Después se quedó quieta.
Mirando la superficie iluminada.
Bebiendo de vez en cuando.
Como si estuviera esperando algo.
O como si tuviera muchas más pistas que yo de lo que estaba ocurriendo.
Y yo me iba a poner de pie. Sentía que no podía soportarlo. Sentía que debía entrar en la casa…
Cuando entonces…
La luz de la casa se apagó.
Se apagó y lo sentí al instante: la luz que salía del salón y la cocina a través de la ventana dejó de regar la mesa, el juego, de regarme a mí.
Tragué saliva.
Uno. Dos. Tres. Cinco segundos.
Miré a Sara, que, con las manos atrás, mantenía más o menos el torso firme, con sus pechos siempre creando esos relieves bajo la camiseta, con sus pezones, que podía ver rasgando la tela incluso desde donde yo estaba.
Diez segundos. O más.
Con la luz de la casa apagada.
Mi corazón explotaba.
Sí, me iba a poner en pie. Me iba a ir hacia la casa…
Aunque fuera a ver algo que no querría ver…
Cuando entonces…
Escuché pasos.
Y sentí alivio al identificar el sonido inconfundible de las sandalias de Marina…
… y después la vi aparecer.
Caminaba hacia mí, hacia la mesa, con un botellín de agua en la mano.
Detrás de ella, a pocos pasos, apareció Gustavo, solo con el bañador puesto, el torso siempre brillante por el sudor. No llevaba camiseta. No la había llevado en toda la noche, pero ahora su desnudez parecía distinta. Más descarada.
Marina tenía las mejillas sonrojadas, pero ya las tenía antes.
El moño improvisado estaba más maltrecho, con algunos mechones sueltos pegados al cuello y a las sienes por el sudor, pero tampoco era algo nuevo.
Aun así… había algo. Una pequeña diferencia difícil de señalar.
Como si su piel estuviera más caliente. Como si sus ojos brillaran de una forma ligeramente distinta.
O quizás era solo una falsa impresión mía.
Se sentó justo enfrente de mí, en el sitio que había ocupado Sara. Colocó el botellín sobre la mesa con cuidado y evitó mirarme directamente.
Quizás ese evitarme con la mirada también era solo una sensación mía.
Mientras, Gustavo, sin decir una palabra, bajó por las escaleras planas y bajas que entraban en la piscina.
Se metió poco a poco, dejando que el agua le subiera por las pantorrillas, las rodillas y los muslos…
hasta que le llegó a la cintura. Luego caminó lentamente hacia el lateral, donde Sara seguía sentada en el bordillo con los pies dentro del agua.
Yo entonces me volqué hacia delante sobre la mesa, casi temblando, y le susurré a Marina con urgencia:
—¿Qué ha pasado? ¿De qué habéis hablado?
Ella cogió el botellín, dio un trago largo y lento y luego me miró a los ojos por primera vez. Su voz salió baja, seria:
—Te lo cuento en el hotel.
El corazón me latía con tanta fuerza que parecía que me iba a reventar el pecho.
Miré de reojo hacia la piscina. Gustavo había llegado hasta Sara.
Estaba de pie frente a ella, con el agua por la cintura.
Puso las manos sobre los muslos de ella, con naturalidad, casi con posesión.
Sara separó ligeramente las piernas para que él pudiera avanzar más y le acarició el pelo húmedo con una mano, mirándolo desde arriba.
No había exactamente cariño, ni afecto, ni reprimenda, ni perdón.
Era como si lo recibiera así… porque lo aceptaba así.
Yo tragué saliva. Tenía la garganta seca.
—No… —susurré, desesperado—. Dímelo ahora.
Marina negó suavemente con la cabeza. Sus ojos estaban brillantes, febriles.
—No… En el hotel… Te cuento en el hotel… —hizo una pausa breve, y luego añadió, casi sin voz:
—Te lo cuento en el hotel… y me follas.
Aquellas últimas palabras me golpearon como un latigazo. Me quedé petrificado, mirándola. Había algo en su forma de decirlo. Una urgencia. Una necesidad. Como si estuviera conteniéndose.
No era normal aquella mirada. No era normal aquella frase.
Y tal fue el agobio que quise insistir una tercera vez…
Pero no lo hice.
Y entonces otra urgencia, más absurda, que llevaba tiempo conteniendo, se hizo inaplazable.
—Me voy al aseo un momento —conseguí decir, levantándome—. Vuelvo enseguida y nos vamos.
Y me puse de pie. Y, al hacerlo, la miré desde arriba por primera vez con algo de perspectiva. Y entonces lo vi.
Su camisa de lino amarilla.
Uno de los botones centrales —el tercero empezando desde arriba— no estaba abrochado en su ojal correspondiente. Estaba metido en el ojal de abajo, torcido, haciendo que la tela quedara ligeramente descolocada…
Se notaba. No era mucho, pero para mí era evidente. Esa camisa no estaba así cuando habían entrado en la casa. Recordaba perfectamente cómo la llevaba: dos botones abrochados, con cuidado, casi con pudor. Dos botones cerrados y en su sitio…
Ahora estaba mal abrochada. Como si alguien se la hubiera quitado con prisa y se la hubiera vuelto a poner torpemente en la penumbra.
O eso fue lo que imaginé.
Y sentí un vacío en el estómago. Un calor que no tenía nada que ver con la temperatura de la noche.
Miré a Marina a los ojos.
Ella sostuvo mi mirada solo un segundo; luego bajó la vista hacia su botellín de agua.
—Marina… —susurré.
Pero ella no me escuchó.
O quizás sí lo hizo.
Pero no me miró.
Ni respondió.
Y entonces comencé a caminar hacia la casa.