Entrega imperfecta 19. El segundo turno.
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19. El segundo turno.

Viernes, 11 de julio.

23:28 de la noche.

Hacía un calor de mil demonios. En el pueblo al menos corría un poco de aire, pero en la casa de Sara y Gustavo parecía que alguien hubiera pulsado un botón que lo detenía todo: tiempo, viento y temperatura.

Las copas de ron y ginebra, muy frías, con mucho hielo, tampoco eran capaces de cambiar la temperatura de nuestros cuerpos; la mía desde luego no, ni parecía que las de los demás estuvieran mucho mejor, pues la estampa era común e inequívoca: melenas húmedas, gotas de sudor en la piel,

mejillas ardientes y prendas adheridas.

Si Marina no se quitaba la camisa de lino amarilla y se quedaba tan solo vestida con el bikini blanco era seguramente por decoro; dos botones centrales abrochados permitían algo de escote, pero con disimulo.

También, seguramente, si tuviera menos pecho o más confianza con ellos, se la habría quitado; o si, evidentemente, fuera de día y estuviéramos en la playa.

Es curioso cómo, según los contextos, uno puede sentir que algo procede más o menos, aunque el resultado sea el mismo.

Sara vestía una camiseta blanca que le quedaba muy grande —seguramente de Gustavo— que lucía casi empapada sobre su cuerpo recién mojado en la piscina.

Se la había anudado de cualquier manera a la altura del vientre.

Aparte de esa camiseta y de la braga de su bikini no llevaba nada más, pues sus pechos medianos marcaban una silueta juvenil y tersa bajo el algodón.

Sus pezones estaban presentes, entre las letras del estampado de la camiseta, de manera tan constante como evidente, y no es que intimidasen o tensasen el ambiente, pero te impedían olvidar que había algo en aquella chica irremediablemente sexual y un poco exhibicionista.

Gustavo, que no parecía entender de contextos, o no le preocupaban lo más mínimo, llevaba únicamente un bañador liso y exponía un torso fibrado y una media melena empapada, echada hacia atrás, como si fuera un yuppie broker de bolsa neoyorquino de los años ochenta en viaje de placer.

Los cuatro estábamos sentados a una mesa blanca de plástico, junto a la piscina, bebiendo y jugando a un juego que era de Sara, pero que no se le daba muy bien.

De hecho, jugábamos por parejas y Marina y yo les estábamos ganando holgadamente.

Las victorias siempre hacen que uno lleve las cosas mejor, pues ni yo tenía muchas ganas de beber y trasnochar ni Marina parecía tenerlas tampoco, pero aquella paliza hacía todo más llevadero.

El juego consistía, en esencia, en escuchar unos segundos de diversas canciones y adivinar su año de lanzamiento, e ir creando un orden cronológico.

Sara, ya algo borracha y entre risas, llevaba unos minutos quejándose de que ella, al ser más joven, estaba en desventaja y de que su compañero, un Gustavo que era el menos implicado, no acertaba ni una.

Yo miraba a Gustavo de tanto en cuando. De soslayo. Medio incómodo, medio sorprendido de que lo último hablado con él en privado —o ni hablado, simplemente recibido— hubiera sido aquel triplete de directrices para hacer con mi propia mujer.

Gustavo, que bebía y fumaba aparentemente relajado, miraba mucho a Marina. Al menos esa era la sensación que yo tenía.

—No… Esa es de antes de 2007… Pero vamos, seguro —susurraba Sara, con una carta en la mano, pensando dónde colocarla, mientras Gustavo echaba el humo de su cigarro de liar al cielo estrellado—. ¿Tú qué? ¿Me vas a ayudar algo o qué? —le dijo entonces a él, que apenas se inmutó.

—No tengo ni puta idea de cual es esa canción… No me suena de nada. Ya te lo he dicho —respondió Gustavo, en tono serio, algo cansado, y entonces me miró.

Fue una mirada extraña. Me inquietó un poco. Yo desvié los ojos y miré a Marina que, como en el pueblo, parecía cansada pero a la vez animada, como si tuviera un motor interno que la impulsara a mantenerse muy activa a pesar del día largo.

—Este juego es una mierda —dijo entonces Sara.

—Eso lo dices porque vas perdiendo —susurró Marina.

—Eso ayuda bastante, sí —contestó Sara, que torció el gesto y después sonrió.

El discurrir del juego agonizó unos minutos más. Aquello no tenía salida. Yo a veces sentía que en cualquier momento Marina me propondría marcharnos. En los demás momentos, sentía que era yo el que estaba a punto de decirlo.

Llevábamos allí ya más de una hora. Más que suficiente para considerar que habíamos cumplido.

No es que tuviera intención indudable de evitarlos al día siguiente, pero aquella visita nos daría margen.

Lo que había cambiado con respecto al día anterior era que yo tenía muchas ganas de estar a solas con Marina.

También aquella noche. Aquella noche de sexo anunciada, a pesar de que sentía permanentemente aquella presión y responsabilidad casi angustiante.

Mientras pensaba en ello y miraba a las copas, las botellas de refresco y las tarjetas de las canciones sobre la mesa, Sara propuso otro juego.

Al principio nadie le hizo demasiado caso. Creo que todos sentíamos que era un poco infantil.

—Pero a ver, ¿qué es eso? ¿Qué frase dices que hay que decir? —preguntó Marina, y se levantó un poco más el moño con las manos para ventilar su nuca empapada en sudor.

Pocas veces le había visto el rostro más acalorado.

—Se llama «escuchamos pero no juzgamos», y es la frase que hay que decir —dijo Sara.

—Eso acaba fatal siempre —susurró Gustavo.

—Precisamente por eso —dijo ella y sonrió.

Tras un pequeño silencio y diversos tragos a nuestras copas, Sara se arrancó mientras Gustavo liaba otro cigarrillo.

—Empiezo. Escuchamos pero no juzgamos… Cuando voy al súper cojo uvas y me como algunas antes de pesarlas…

Marina sonrió.

—Bueno, eso tiene más pecado por el hecho de no lavarlas… —dije yo.

Gustavo no se inmutó.

Le tocaba a Marina, que yo sentía que consideraba aquello extremadamente infantil.

Y ella dudaba qué decir, y entonces Sara dijo:

—A ver. Yo he empezado así, a modo de ejemplo… pero la gracia es aprovechar para soltar alguna pequeña confesión y que no haya represalias…

—¿Confesión de qué? ¿A quién? —preguntó Marina.

—Bueno, la gracia es a la pareja… —dijo Sara.

Marina me miró. Y sonrió tímidamente.

Se arremangó entonces las mangas de su camisa, ya remangadas hasta los codos, se aclaró la voz y dijo:

—Confesamos pero no juzgamos…

—No, no —interrumpió Sara—. Escuchamos pero no juzgamos.

—Bueno, eso. Escuchamos pero no juzgamos… Tenía muchas ganas de este viaje, la verdad. Especialmente, vamos… —dijo mi mujer, y me miró.

Sara recibió aquella confesión con un «ohhh» exagerado, como si acabara de presenciar una escena de película romántica, mientras Marina me sonreía, y después Sara dijo:

—Bueno… la idea es más la de darse caña, eh. Pero bueno, te la pasamos por ser la primera.

Y yo sabía que me tocaba a mí.

Y no sé por qué, me fui al pasado.

Y no era algo sobre lo que hubiera reflexionado mucho, pero el impulso de amor que sentí ante aquella confesión de Marina me llevó allí.

—Escuchamos pero no juzgamos… Después de la primera cita con Marina…

cita, o como se quiera llamar. Nuestra primera cena, vamos…

—empecé a decir, sin saber dónde mirar, sintiendo muchos ojos sobre mí—.

Pues… la verdad es que pensé que había sido un desastre…

De hecho, me sorprendió que me escribiera ella al día siguiente…

—dije, y levanté la mirada. Marina me miraba atentamente, y el silencio se hacía largo e incómodo—.

Y… eso, eso pensé. Y mira… aquí estamos —finalicé y bebí.

El silencio volvió. No sabía si Marina me miraba. Tampoco me tocó. Supuse que quizás la había incomodado un poco… y entonces Sara protestó.

—Bueno… bueno… esto qué es… En la siguiente ronda quiero sangre, eh. No esta pastelada que se está montando.

El calor estaba siendo brutal. Marina cruzaba una pierna sobre la otra, sentada sobre el plástico caliente de la silla, con las nalgas apenas cubiertas por la braga del bikini.

De vez en cuando volvía a levantarse el moño para ventilarse la nuca o se abanicaba con las hojas grapadas de las instrucciones del juego.

Eran gestos completamente inocentes. Pero también eran exactamente el tipo de gestos que hacían difícil no mirarla.

También se sacudía el escote de la camisa con movimientos rápidos cuando se le pegaba al pecho, intentando bajar aunque fuera solo medio grado la temperatura de su cuerpo.

Gustavo la miraba sin disimulo, aunque tampoco con insistencia incómoda.

Y no era lascivia.

Ni mucho menos.

Lo inquietante era precisamente eso.

Que no sabía qué era.

Y le tocaba hablar precisamente a él.

Se palpaba en el ambiente que no tenía mucho interés en participar.

Y por eso no me sorprendió cuando dijo:

—Yo… paso turno.

Sara, a su lado, giró inmediatamente el rostro hacia él.

—¿Pasas? ¿Seguro? Pero en la siguiente ronda vas, eh.

Gustavo dio otra calada y Sara continuó:

—Bueno, entonces me toca a mí. Voy a cambiar de ritmo, eh. A ver… Escuchamos pero no juzgamos… He hecho un trío dos veces en mi vida.

Marina y yo nos quedamos petrificados.

Y entonces Gustavo sí participó:

—No tiene por qué ser sexual… Sara.

—Ya… no tiene por qué ser sexual… ni por qué no serlo. Pero yo creo que una ronda sexual entra bien ahora… —volvió a sonreír Sara.

Le tocaba a Marina. Y no quiso retrasarlo:

—Escuchamos pero no juzgamos… Yo nunca he hecho un trío… —dijo y se recostó un poco.

Sara ladeó la cabeza y entornó las cejas, como aceptando aquella confesión lúcida.

—Pues venga, siguiente… —sonrió Marina, satisfecha con haberme pasado la tostada a mí.

Yo me incorporé un poco. Lo cierto era que no se me ocurría nada.

El silencio empezó a envolverme… y entonces dije lo primero que se me pasó por la cabeza:

—Escuchamos pero no juzgamos… Le fui infiel a una novia…

—¿A quién? —preguntó Marina al instante mientras Sara casi rompía en una carcajada alcohólica.

—No, no… Hace tiempo… A una.

—Eh… shhh —interrumpió Sara—. Escuchamos pero no juzgamos, eh. No se juzga. Se dice y ya está.

—No, no… Si es por curiosidad —dijo Marina.

—No… Si fue hace tiempo… Una chorrada… —maticé yo.

—Eh, ¡shhh! Que no. Se dice y ya está. No se repregunta ni se explica nada —dijo Sara, exponiendo con autoridad las reglas del juego.

Le tocaba a Gustavo.

Que ya fumaba otro de sus cigarros de liar.

Sentado, con las piernas separadas, al lado de Sara y prácticamente frente a nosotros.

Gotas de sudor recorrían sus pectorales.

La marca de sus abdominales oblicuos creaba una diagonal nítida entre sus caderas y su bañador.

Se atusó el pelo entonces con su mano libre. Hacia atrás. En un movimiento idéntico que repitió tres veces.

Se acomodó. Los tres lo mirábamos.

Y dijo:

—No se juzga… ni se repregunta… ni se explica, ¿no?

—Así es —dijo Sara, mostrando extrañeza y súbitamente algo de tensión en la mirada.

Y entonces Gustavo, rascándose una ceja un instante justo antes de hablar, dijo con voz segura y seria:

—Escuchamos pero no juzgamos… Ayer, mientras follaba con Sara… pensé en ti, Marina.