18. La sombra del error.
Viernes, 11 de julio.
21:25 de la noche.
No era todavía noche cerrada. Quedaba esa claridad rara y rosada que parecía resistirse a desaparecer del todo sobre las fachadas blancas del pueblo de Sant Francesc, como si el calor hubiese dejado una luz pegada al aire incluso después de haberse ido el sol.
Sus calles empedradas y peatonales cobraban vida a aquellas horas, cogiendo el relevo de la luz.
Gente caminando despacio, parándose en escaparates de tiendas que estarían abiertas hasta muy tarde.
Mesas llenas. Sonido de cubiertos y conversaciones mezclándose con música que tocaban allí mismo, en la calle.
Y nosotros dos avanzando sin ninguna prisa entre tiendas, restaurantes, plazas y turistas —sobre todo parejas— que parecían arrastrar el día igual que nosotros.
Habíamos descartado pasar por el hotel antes de salir a cenar para que no se nos hiciera tarde, y nos habíamos cambiado en el coche con ropa seca que había en el maletero más por casualidad que por previsión.
Yo unos pantalones cortos y una camiseta cualquiera.
Ella un bikini blanco y una camisa de lino amarilla que se había puesto sin abrochar del todo, como si todavía siguiera un poco en la playa.
Que no tuviera unos shorts en el coche podría haber sido un problema si no fuera porque la camisa era amplia y bajaba hasta incluso un poco más abajo de la mitad de sus muslos.
El escote del bikini aparecía sugerente entre la tela, y el lino fino se le pegaba a ratos a la cintura, la espalda y a su barriga plana por la humedad que aún le quedaba en la piel.
Hay veces, en las parejas, que los reproches no son reproches, sino costumbre, como si los mini conflictos fueran anclas.
—¿En serio te vas a parar en todas las tiendas? —le pregunté.
—¿Te importa?
—Hombre, no estaría mal ir empezando a pensar en dónde cenar…
—Pues empieza a pensarlo, venga —sonrió.
—Pero si no vas a comprar nada…
—¿Cómo que no? Necesito un vestido hippiolo de estos —dijo moviendo unos largos, estampados y de tela muy fina que colgaban de unas perchas en un expositor que estaba frente a la propia tienda.
Yo recordé que eran como aquel que había vestido Sara aquella tarde: anudados al cuello y a la espalda, dejando poca imaginación, sobre todo, si la observabas de perfil.
—No te veo yo con uno de esos… —dije visualizándola con él puesto, visualizando la imposibilidad de que esa tela contuviera sus pechos.
—¿Por qué no?
—Hombre… sería ir un poco en bolas.
—¿Cómo que en bolas? Llevaría algo debajo, eh. Sujetador o algo.
—Yo creo que la gracia de estos es no llevar nada.
—Sí, bueno… Ya te gustaría.
Sonrió. Y yo también. Había algo distinto en la manera en que nos hablábamos. No exactamente más cariñosa. Distinta. Era evidente que lo ocurrido en la playa había abierto algo entre nosotros. Algo que ni yo ni seguramente ella sabíamos qué era.
Finalmente entró en la tienda y estuvo mareando al dependiente. Se probaba los vestidos sobre la ropa, frente a un espejo, y el chico la miraba de frente, de lado, desde atrás y desde todas partes. Yo sospeché que no repasaba así a todas las clientas.
Y así estuvimos casi diez minutos en los que todo era “no sé”, “de este me gusta la forma”, “de este el color”, “este habría que cortarlo”, “este no cubre nada el pecho”, “este no sé por dónde se ata”, y al final, como yo había vaticinado, no se llevó ninguno.
Pero el que se había llevado algo había sido curiosamente yo: me había llevado las miradas turbias de aquel chico sobre mi mujer.
Me estaba aficionando a ello. Algo que nunca me había tocado. Era evidente que Marina llamaba la atención. Pero siempre lo había visto como algo casto. Miradas porque era guapa. Pero empezaba a verlo diferente, empezaba a adivinar la suciedad turbia en las miradas.
—Vaya repaso te estaba pegando el chico —le dije al salir.
—¿Qué chico?
—¿Quién va a ser? El de la tienda.
—¿Repaso de mirar, dices?
—Claro.
—Pero si yo creo que era gay… —sonrió.
—Gay sí… De gay tenía lo que yo… —le dije, y busqué su mano para pasear con ella así.
Pero fue una mano que tuve que soltar no muchos metros después… y es que ya se había detenido de nuevo. Esta vez frente a uno de esos expositores altos que las tiendas dejaban fuera, llenos de postales, imanes, pulseras y cremas solares.
Cogió uno de los botes.
—No sé si no deberíamos comprar otra.
No sabía si ella también lo hacía. Pero yo empecé a recordar irremediablemente aquel masaje en sus pechos. Aquel tacto viscoso y a la vez terso volvió a mí casi como si la estuviera tocando otra vez.
—Es que queda poca ya… —continuó.
Y entonces se acercó un poco más a mí, como si en lugar de un bote en su mano portase un secreto, y me susurró:
—Me echaste el bote entero… Loco.
La miré. Tan cerca. Tan guapa… Tenía la melena recogida en un moño improvisado que se había hecho en el coche.
El pelo, todavía algo húmedo y castigado por la sal y la tarde de playa, había quedado desordenado de una manera bonita.
Un par de flequillos caían sueltos, aleatorios, junto a sus mejillas algo rojas por el sol.
Se la notaba cansada. Pero también extrañamente viva.
Ella, ante mi silencio, provocó:
—¿Por qué me echaste tanto?
—Para que resbalase mejor…
—¿Y resbalaba…? —preguntó.
—Sí… ¿no?
—Sí… yo creo que sí. Que resbalaba bastante… —susurró aún más cerca.
Y el hecho de que ella hablase así de cómo la había masajeado, de cómo había acariciado sus tetas…
me encendió más, y no pude evitar depositar un beso en sus labios.
Un beso que hubiera sido mucho más obsceno y largo de no estar rodeados de gente.
Apenas pude saborear la suavidad de sus labios y la sal que aún parecía seguir allí antes de vernos obligados a cortar el beso.
Se hizo entonces un silencio. Una especie de extraño silencio tímido.
Y no sé por qué, se me vino un recuerdo a la cabeza. Un recuerdo de aquella tarde.
—Oye… —susurré.
—Qué.
—Que me gustó tu frase.
—¿Qué frase? —preguntó.
—La de… —dudé, pero me atreví—. La de… “tendríamos que haber follado a la hora de la siesta”.
Ella me miró. Ahora sí. Ojos claramente verdes. Su nariz perfecta, que repuntaba un poco.
—Bueno… —empezó a susurrar más cerca—. Me follas ahora, cuando volvamos al hotel, ¿no?
Otra vez. Otra vez aquella palabra que no había pronunciado en cinco años y ahora decía con total naturalidad.
—Pues sí. Puede ser… —le dije, con mis manos en su cintura.
—Ah… ¿solo puede ser? —preguntó, acercándose más.
Y yo quise volver a besarla, esta vez de verdad, pero entonces alguien nos pidió permiso para poder pasar entre los expositores… y nos tuvimos que apartar.
Nos sonreímos.
Nos separamos.
Y después entramos en la tienda y fue curioso, morboso y cómplice el momento en el que pagamos aquella crema solar.
Viernes, 11 de julio.
22:38 de la noche.
Aquello no era normal. No era normal aquella electricidad.
De haberla tenido, quizás, la habíamos tenido solo muy al principio de la relación.
Y era evidente que era algo muy positivo.
Y era casi irrelevante que muy probablemente todo aquello hubiera sido provocado por aquellos mensajes y propuestas de un Gustavo que picaba y se retiraba.
Que proponía y desaparecía. Pues no había sabido nada más de él.
Aunque tampoco me lo imaginaba escribiéndome para preguntarme cómo me había ido.
Ya habíamos terminado de cenar y estábamos en otra terraza, tomando unos cócteles. Marina estaba tan cansada como radiante y yo empecé a sentir una tensión en el pecho.
Cuanto más guapa la sentía, más presión sentía. Cuanto más deseo leía en ella, más pensaba en que… a pesar de todo… aunque ese deseo volviera… nuestro problema, nuestro secreto, no desaparecía. No solo no desaparecía, sino que se hacía más flagrante.
La miraba. Hablaba con ella… Y visualizaba ese momento en el que tendríamos sexo en el hotel, y yo tendría mi orgasmo… y ella no.
Ese momento incompleto. Ese silencio… triste. Ese “ya está”. Ese parar con uno exhausto y con una inconclusa. Ese irse a dormir porque no hay más. Ese calentón sofocado solo en una parte.
Quizás, a más deseo, más frustración.
Quizás todo aquello estaba siendo un error.
Cuando entonces algo nos sobresaltó.
El teléfono de Marina, sobre la mesa, se iluminó.
Ella se inclinó hacia adelante y dijo extrañada y en voz baja:
—Es… Sara…
Y descolgó, llevándose el teléfono a la oreja.
Y noté que cambiaba un poco el tono con ella. Algo más tensa. Casi demasiado afectiva. Cuando en realidad tenían la confianza justa de haberse conocido el día anterior.
—Sí… curro y playa. Es lo que toca. Pero al final me he escapado toda la tarde… —le dijo, y jugaba con un flequillo que le caía por un lado de la cara con un dedo, enredando y desenredando.
Yo me sonreí, susurrando a su lado “te has escapado toda la tarde… qué lujo”, y ella puso el dedo índice sobre sus labios para hacerme callar mientras escuchaba a Sara, y después me dio un toque en el antebrazo.
—¿Ahora? —le preguntó entonces—. ¿Qué hora es?
Dudaba sobre algo y al instante apartó el teléfono un poco y me preguntó en voz baja:
—Dicen que si queremos ir a su casa.
—¿Ahora? —pregunté.
—Sí. A tomar algo.
—No sé… —susurré.
Sara hablaba mucho, pero yo no la escuchaba.
—No sabemos… Estamos un poco cansados —le dijo Marina al teléfono.
Y más silencio.
Sara hablando.
—Ya… Ya… Sí… —decía Marina y yo no sabía si habían cambiado de tema.
Silencio.
—Sí… Espera.
Y entonces volvió a apartar el teléfono para hablarme a mí:
—Dime. ¿Quieres o no?
—No sé… Lo que tú veas… —respondí.
Y Sara hablando otra vez.
Una Sara que era evidente que no estaba aceptando el “estamos un poco cansados”.
—Vale… Vale… —decía Marina—. Que sí… —dijo y sonrió.
Y Sara hablando más.
—Vale. Sí. Venga. Chao. Chao… Hasta ahora.
“Hasta ahora”, se despidió Marina, por lo que supe entonces que sí iríamos.
Y lo curioso era que yo no quería ir.
Y me daba la sensación de que Marina tampoco.