17. Escondida para mí.
Viernes, 11 de julio.
20:20 de la tarde.
Volvíamos hacia el lugar donde teníamos nuestras toallas y nuestras cosas.
O, al menos, mi cuerpo volvía con el suyo.
Porque mi cabeza no lo hacía. Mi cabeza seguía allí atrás.
Seguía detenida en aquel punto exacto donde Marina había decidido parar.
Donde había venido hacia mí. Donde me había besado.
Donde me había abrazado mirando hacia otro sitio… hacia otro hombre.
No conseguía salir de aquello.
Avanzábamos en paralelo a la orilla mientras el mar entraba y salía en olas mínimas, ya con menos fuerza que antes, o quizá simplemente era que yo empezaba a percibirlo todo amortiguado, lejano, como si llevara demasiado rato dentro de una misma idea fija.
Una especie de calor extraño seguía atrapado en mi pecho mientras ella caminaba a mi lado con aparente normalidad, sujetándose el pelo un instante cuando el viento empezó a empujárselo ligeramente hacia su propio rostro. Tan normal. Tan ella. Tan imposible de leer.
—¿Te pasa algo? —preguntó de pronto, sorprendiéndome.
—No. Nada. ¿Por?
—No sé… —dijo, nada convencida.
Y sentí que ella también pretendía leerme a mí.
Pensé que a mí me sorprendían sus actos y a ella mis silencios.
La playa seguía apagándose poco a poco a nuestro alrededor. Había menos voces. Un movimiento de recogida disperso. Alguna pareja guardando cosas. Una sombrilla plegada. El sol bajando ya mucho más hacia el mar, inclinándose en diagonal sobre el agua como si la tarde hubiera empezado a cansarse.
Y entonces, otra vez, apareció Gustavo. Otra vez. No físicamente. En mi cabeza. Como llevaba apareciendo todo el día. Las propuestas. La primera. La segunda. Y la tercera.
La tercera.
La más imposible.
Sentí algo parecido al rechazo. Y algo parecido también a la curiosidad.
El balance ya había sido más que positivo. Qué necesidad había de correr el riesgo de estropearlo todo.
Llegamos a nuestro puesto de mando: nuestras toallas, la base de la sombrilla clavada, la otra, sobre la arena. Su cesto. Mi mochila.
Me liberé de nuestros móviles.
Mi erección había desaparecido. Pasé de tres bultos a ninguno.
Marina se inclinó hacia su cesto: otra vez sus pechos bamboleantes.
Entre que no había nadie cerca y el tono del atardecer, su desnudez casi tenía un punto más de intimidad romántica que de exhibicionismo inmoral.
Y, de golpe, la cotidianidad:
—Puaj… está asquerosa —protestó Marina tras beber de un botellín de agua que había en su cesto.
—¿Sí?
—Sí. Está ardiendo…
De golpe, nuestras frases eran cortas, y nuestros silencios más largos.
Y otra vez, aquella electricidad. Una tensión que no recordaba tener con ella, pero a la vez había un punto extraño. No era un deseo del todo limpio. Al menos así sentía yo el mío, afectado por Gustavo y por su actitud con aquel hombre.
Marina parecía que empezaba a recoger. Como cuando había pedido la cuenta al camarero sin preguntarme. A veces hacía esas cosas por decisión propia que afectaban a los dos.
Pero esta vez no me molestó. Más bien me perturbó, pues aquello chocaba con la posibilidad de llevar a cabo la tercera propuesta.
Y entonces lo solté. Me rebelé. Busqué que todo saliera bien… o todo saliera mal.
—¿No te bañas? —pregunté.
—¿Ahora? —dijo sin mirarme del todo.
—Sí. No sé. Yo voy al agua un momento.
Ella miró a su alrededor: sus sandalias, las toallas, la sombrilla, su cesto. Arena en sus piernas. Revisó disimuladamente sus pechos húmedos de sudor y de toda aquella crema.
—Vale. Sí. Yo también voy —dijo entonces.
Así, sin más. Otra vez, todo cambió de repente.
Y enseguida caminaba a mi lado, hacia el mar.
Y esta vez cruzó un brazo por delante de sus pechos para que estos no botasen con su caminar, y remató ese gesto con algo que me hizo exhalar despacio: una de sus manos envolvió una de sus tetas con íntima dulzura; se la recogía de manera casi casual, por la postura,
mientras caminaba y ya entraba en el agua.
Pero aquello, por aleatorio o eficiente que fuera, no dejaba de ser, otra vez, sexual.
Entre aquella sujeción de su propia teta y pensar que inevitablemente intentaría la última propuesta de Gustavo, comencé a ponerme nervioso.
Aún más. Mucho más.
Viernes, 11 de julio.
20:38 de la tarde.
Dentro del agua. Dentro de aquel mar en calma.
Al principio algo dispersos. Marina se había quedado unos metros hacia la derecha.
Yo algo más adentro. Ella había entrado más poco a poco.
Yo enseguida había braceado e incluso buceado unos pocos metros.
Quizás buscando que el mar bajara un poco el ruido que llevaba dentro.
Ya apenas quedaba gente dentro del agua. Algunas cabezas dispersas más alejadas. Una pareja mucho más lejos. Algún niño rezagado al que llamaban desde la arena. Nada más.
El viento había cambiado un poco. Una pequeña brisa se había levantado desde el mar y ahora, extrañamente, casi se estaba más a gusto allí dentro que fuera.
Supe que no podía retrasarlo más. Que me arriesgaba a que ella decidiera salir.
Avancé hasta ella… con el agua cubriéndome por el pecho. Ella movía los brazos levemente, pero no le cubría el agua más allá de la base del cuello.
Me situé frente a ella.
A poco más de un metro.
La miré.
Marina tenía el pelo completamente mojado, echado hacia atrás, dejando la cara mucho más despejada.
Y volví a pensar algo que muchas veces pensaba: Marina con el pelo mojado no era más guapa, era algo distinto, algo difícil de explicar, como si el agua le endureciera ligeramente algunos rasgos.
Como si le marcara más los pómulos. Como si aumentara el volumen de sus labios.
Como si la volviera más perversamente atractiva.
Además, aquella luz casi horizontal del atardecer terminaba de cambiarlo todo. Sus ojos verdes parecían casi grisáceos. Distintos. Más serios.
Una pequeña ola nos meció sutilmente.
Miré apenas un instante hacia abajo.
La línea del agua bajo sus hombros… Y sus pechos… sumergidos como dos masas potentes que fluían hacia adelante. Volví a mirarla a los ojos y pensé en preguntarle si alguna vez se había bañado así, y, de haberlo hecho, cuándo, cuándo se había liberado por última vez así.
Pero algo me frenó. Quizás la certeza de saber que no tocaba hablar, sino actuar.
Avancé. Cerré esa distancia. Mi rostro quedó frente al suyo. Ella no se incomodó. Permitió el acercamiento.
Y entonces mi boca avanzó más, y ella me facilitó el contacto, pero supe enseguida que no había en ella aquel ardor de unos minutos atrás. El beso se zanjó con algo que no fue mucho más que un pico.
El sabor salado de sus labios me hizo actuar abajo: mis brazos buscaron sus muslos bajo la superficie.
Fue un movimiento certero, eficaz, que hizo que su cuerpo flotase alrededor del mío.
Ella entendió qué pretendía y facilitó todo; a los pocos segundos me rodeaba con sus piernas la cintura, y mi cuello con sus brazos.
La postura era prácticamente idéntica a la de Sara y Gustavo.
Mis labios rozaron otra vez los suyos. Otra vez busqué el beso tórrido y ella lo cortó casi enseguida, permitiéndome otra vez un pico suave y poco más.
Después juntó su mejilla empapada a la mía, y su cuerpo vino más a mí: sus pechos contra mi cuerpo, y susurró en mi oreja:
—¿Adónde vas tú, eh?
De forma melosa… me censuraba.
No dije nada.
No dije nada y permanecimos así. Ella colgada, abrazada a mí, rodeándome con brazos y piernas.
Sentía su calor corporal atravesando el frescor del mar.
Sentía la potencia de sus pechos y el cierre de sus muslos contra mí.
Sentía mi miembro endurecerse.
Y entonces, apartándose un poco, colocando sus manos en mis hombros, pero siempre sin soltar aquellas piernas que rodeaban mi cadera, dijo:
—Sergio… para de moverte así.
—¿Así cómo? —me sorprendí.
—Así… con este vaivén…
—¿Qué vaivén…? Serán las olas.
—Las olas… sí… La gente va a pensar que estamos… follando.
Yo no era consciente en absoluto de haberme estado moviendo.
—¿Qué gente? —pregunté.
—Pues… la gente —contestó, y me miró. Con aquellos ojos verdes, o grises, con aquellas facciones marcadas, con unos pechos que, con su cuerpo algo subido a mí, medio se hundían y medio flotaban justo a ras de la superficie.
Y entonces, sin pensarlo, lo solté.
—¿Sabes qué?
—Qué.
—Que esta mañana… he visto a Sara… y a Gustavo… así.
Lo dije y al momento dudé si estaba siendo buena idea confesarlo allí, en aquel preciso instante.
—¿Así cómo…? —preguntó.
—Así… como estamos ahora.
—¿Y…? —preguntó curiosa.
—Y… nada.
Sus manos fueron a mi nuca. Mi erección no descendía, si acaso crecía. No sabía si ella lo estaba notando contra su pelvis.
—¿Pero lo estaban haciendo?
—Mmm… No sé. Puede ser.
—¿Y tú dónde estabas?
—En la toalla.
—¿Y lo veías desde ahí? ¿No había gente?
—Había gente… Había…
—¿En serio? Madre mía… Vaya par… —susurró.
Se hizo un silencio.
Y fui consciente, entonces sí, del movimiento. Quizás fuera cierto que mi cuerpo, casi por instinto y balanceado por el leve ajetreo de las olas, se dejara mecer en un movimiento sospechosamente rítmico.
Pero ella no me lo volvió a recriminar.
—Vaya par. Sí. ¿Y tú y yo? —pregunté de repente. Algo descontrolado. Sin ver la manera de conseguir… hacer… lo que Gustavo me había dicho que debía hacer.
—¿Tú y yo qué? —preguntó ella.
—No sé…
—¿Quieres copiarles… o qué?
—No… copiarles no…
—¿Entonces…?
Interpreté aquella última palabra como una posibilidad. Como que era posible que ella aceptase.
Me volví a envalentonar: mis manos en sus muslos, nuestros cuerpos casi pegados…
Mi boca fue a la suya…
Pero ella giró la cara.
—No… venga Sergio…
—Qué.
—Que no lo vamos a hacer aquí…
Dijo… y se retiró un poco. Se soltó de mí, lentamente.
Sus piernas dejaron de rodearme. Sus brazos dejaron de abrazarme.
Se puso en pie. La marea nos había llevado un poco hacia la orilla.
El agua le cubría por debajo del pecho.
Se llevó las manos atrás y se escurrió el agua de la melena. Al hacerlo sus enormes pechos fluyeron hacia adelante. La piel empapada y erizada de sus tetas pedía a gritos que la tocara.
—Me voy… que tengo un poco de frío —susurró con voz casi aniñada.
Y la vi alejarse. Vi su espalda. Vi sus pechos asomando por los lados de su torso, bamboleantes por su caminar, por su salida desordenada del agua.
Y su culo. Sus nalgas goteantes brillando contra la luz del atardecer y desbordando con sutileza aquella braga rosa de su bikini.
Resoplé.
Suspiré.
Quieto. El mar parecía enfriarse.
O quizás era porque ya no estaba con ella.
O porque ya no tenía el ardor nervioso de conseguir culminar con Marina… allí.
La tercera propuesta.
Pero quise ser positivo: dos propuestas de tres.
Además, habían sucedido cosas que trascendían los meros actos.
Habían ocurrido cosas que me revelaban una posibilidad… no la de recuperar a la Marina que había conocido, sino la de descubrir a una nueva.
Una nueva que quizás siempre había estado escondida.
Al menos para mí.