16. Precisamente allí.
Viernes, 11 de julio.
20:06 de la tarde.
No entendía qué buscaba realmente Gustavo con aquella segunda propuesta. No tanto qué ganaba él con ello, quizás mero altruismo. Sino qué despertaba en nosotros.
Quizás complicidad de pareja. Quizá liberación física. Quizá… un despertar en ella que la hiciera sentirse más sexual.
Quizás esa mezcla entre liberación y despertar culminase en el cambio que necesitábamos.
Yo intentaba leerla. Adivinar qué sentía.
Qué sentía una mujer que no me hubiera podido creer, veinticuatro horas atrás, que se atreviera, o aceptase, caminar por una playa así, con sus pechos grandes, desnudos, expuestos, bamboleantes con cada paso.
Y ella tenía razón. No era lo mismo caminar así teniendo poco pecho que con lo que ella tenía. Y no solo por la sutil incomodidad.
Sino por las miradas.
Los hombres no disimulaban precisamente bien.
Algunos reducían el paso al cruzarse con nosotros, girando la cabeza con esa falsa naturalidad que delataba todo.
Otros ni siquiera lo intentaban: sus ojos se clavaban directamente en los pechos de Marina, pesados, moviéndose con un ritmo hipnótico al caminar.
Había jóvenes que intentaban ser discretos mirando de reojo, pero fracasaban.
Y había señores que miraban como si tuvieran veinte años, como si el deseo no tuviera edad.
Las mujeres eran diferentes. Algunas miraban con envidia mal disimulada, recorriendo el cuerpo de Marina de arriba abajo.
Otras lo hacían con una mezcla de incomprensión y reproche, como si caminar en topless con unos pechos así fuera una provocación innecesaria.
A sus maridos. O a ellas mismas. Quizás casi como el quebrantamiento de alguna norma no escrita entre el sexo femenino.
Me pareció que una mujer de unos cuarenta y tantos incluso murmuró algo a su pareja, justo antes de volver a mirar, y antes de que nuestros caminos se cruzasen y pudiera ser escuchada.
Marina lo sabía. Claro que se daba cuenta.
Caminaba a mi lado mientras hablaba con Marta por teléfono, aparentemente distraída, pero sabía exactamente el efecto que causaba.
Por eso, al principio, se había negado. Sabía lo que iba a despertar, lo que iba a agitar.
No quería aquel protagonismo, no quería ser el centro de todas aquellas miradas.
A unos metros, un grupo de cuatro adolescentes sentados en la arena se quedaron literalmente congelados cuando pasamos.
Uno de ellos no apartó la vista de sus pechos ni un segundo.
Me imaginé cómo esa imagen —los pechos generosos de mi mujer rebotando ligera pero pesadamente con cada paso— se quedaría grabada en su memoria, acompañándolo quizá esa misma noche… cuando estuviera solo en su habitación.
Marina colgó la llamada tras unos minutos y me pidió si le podía llevar yo el teléfono.
Me hice con él y entonces todo cambió.
Todo cambió pues ya no tuvo a qué agarrarse. Ya no era una chica en topless hablando por teléfono.
Era una chica exhibiéndose.
Yo tuve también una sensación extrañamente incómoda.
Como si la estuviera exhibiendo yo.
Como si fuera un juego, o una orden. Una prueba. Una dominación. Una obediencia. Una exposición, mitad humillante, mitad excitante. Pues tal era el impacto de aquel bamboleo, que no parecía poder obedecer a algo normal, sino a algo oculto. A algo turbio. A algo erótico. A un juego de pareja.
Sin duda, a algo sexual.
Y entonces todo se me acumuló. Una excitación que me desbordaba y que rompía contra mi nerviosismo como una ola contra una roca.
Todo.
Todo lo de las últimas veinticuatro horas: escuchar follar a Sara y Gustavo, verlos en el agua.
Sus mensajes diciendo cómo se follaría o cómo debería follar yo con Marina.
Su paja en el hotel para no culminar. La mía mientras la miraba y leía el texto de Gustavo.
Mi casi éxtasis en la ducha. Las nuevas propuestas, el tacto de los pechos untados de crema de mi esposa.
Aquel hombre mirándola. Y ahora ese caminar ruborizado…
ese caminar bamboleante… y aquellas miradas…
No lo pude soportar.
No fui sutil.
No pude serlo.
Apenas la sujeté un poco por la cintura y la hice detener, con la arena mojada y dura bajo mis pies…
E hice por besarla.
Mi mano subiendo por su costado desnudo. Sus pechos rozando mi torso. Un pezón puntiagudo rasgando mi pectoral.
Mi rostro hacia el suyo.
Mis labios, directos.
Marina no se apartó. No hubo resistencia. Apenas una pequeña tensión inicial en su cuerpo, un leve endurecimiento de su espalda que duró menos de un segundo. Quizás por la sorpresa. Después se entregó.
El beso fue inmediato y profundo. Nuestras bocas se encontraron con hambre, sin delicadeza.
Sin romanticismo. Mi lengua buscó la suya y ella respondió al instante, húmeda, caliente, enredándose con urgencia.
El beso era sexual, cargado de todo lo que ella había vivido recientemente y estaba viviendo: el masaje en sus tetas, la exposición, las miradas devorándola, el bamboleo constante de sus pechos desnudos mientras caminábamos.
Se notaba en la humedad de su saliva, en cómo su lengua se movía contra la mía con necesidad, en la forma en que respirábamos el aliento del otro.
El beso era sexual por las propuestas de Gustavo.
Tenía que reconocerlo, aunque aún me costase.
Ella levantó una mano y me sujetó suavemente por la nuca, atrayéndome un poco más.
Noté su jadeo entre beso y beso, un pequeño sonido entrecortado y caliente contra mis labios.
Mi erección volvió a ascender y yo sentí la necesidad de pegar mi pelvis contra la suya, para que lo notase, para que me sintiese también allí.
El beso se volvió tórrido, desesperado pero contenido.
No era un beso con alardes, de esos que llaman la atención desde fuera.
Era un beso sucio, íntimo, lleno de deseo acumulado, de frustración y excitación de las últimas horas.
Nuestras lenguas se frotaban con lentitud obscena, mojadas, mientras el rumor de las olas nos envolvía.
Entonces Marina apartó ligeramente el rostro, solo unos centímetros, y pegó su mejilla contra la mía. Su piel ardía. Sentí su aliento caliente en mi oreja cuando susurró:
—Uff…
—Uff… ¿qué? —pregunté.
—Uf… que tendríamos que haber follado… a la hora de la siesta.
Otra vez aquella palabra. Otra vez aquel verbo que nunca había pronunciado y ahora lo hacía de nuevo.
Se me pasó por la cabeza contestar que si aquello no había sucedido había sido porque se había puesto a trabajar… pero tuve la lucidez suficiente como para no decirlo.
Marina me cogió de las manos y se apartó medio paso, sin soltarme.
Su braga rosa de bikini. Sus pechos alzados, libres, repuntando; aquellas areolas rosadas, sexuales, que abarcaban la extensión amplia de la marca de su moreno.
Me miró.
Más abajo.
No me dio vergüenza.
Se acercó otra vez, y sopló en mi oído al tiempo que sus pezones se clavaban en mi pecho:
—Vaya tres bultos llevas…
Tres bultos: un móvil en cada bolsillo.
Y el bulto natural.
El bulto… por su culpa.
—Ya… ¿Y qué bulto te gusta más? —jugué.
—El del medio… ¿cuál va a ser? —susurró otra vez en mi rostro, mientras volvía a separarse.
Nos miramos.
Nos miramos y reiniciamos la marcha.
Y yo sentía a cada paso que quería volver a detenerme. A detenerme y besarla.
Lo sentí de golpe, como si fuera la primera cita, como si viviera los instantes posteriores al primer beso de nuestra relación. De repente con unas ganas incontrolables de tocarla, de sentirla…
Caminábamos de la mano.
Como hacía años que no hacíamos.
Pero no había tregua. Ni descanso. Ni ese regreso lento a la normalidad que uno espera después de un beso que descarga algo de tensión.
Porque no había descargado nada. Lo había empeorado.
Lo había desplazado a otro lugar. A una especie de electricidad silenciosa que ahora viajaba entre nosotros mientras seguíamos avanzando por la orilla, con el rumor constante del agua entrando y saliendo sobre la arena y nuestros pies, con el aire de la tarde enfriándose apenas un poco,
con aquel sol que empezaba ya a caer hacia el mar en diagonal, inclinándolo todo hacia una luz distinta. Más suave. Más íntima.
La playa también empezaba a cambiar.
Al principio fue algo tan gradual que casi no lo percibí. Menos familias. Menos grupos de adolescentes. Menos sombrillas de colores y neveras portátiles y niños. Más silencio. Más espacio entre unas toallas y otras. Más cuerpos descansando. Una calma distinta.
Y después empezaron a aparecer cosas que no estábamos acostumbrados a ver.
Un culo descubierto sobre una toalla.
Más allá, unos pechos envejecidos que descansaban al sol con una naturalidad absoluta.
Y entonces algo más.
Pubis. Vello.
Y elementos colgantes, sobre todo de hombres algo mayores.
Seguí caminando con Marina de la mano mientras lo observaba todo de reojo, intentando mantener una normalidad que sentía que se me escapaba a cada paso.
Ella tampoco decía nada. Pero notaba pequeños cambios.
Cómo apretaba mis dedos un poco más fuerte en algunos momentos.
Cómo sus ojos se detenían apenas medio segundo de más en algunos cuerpos.
Unos metros después nos cruzamos con una pareja mayor.
Tendrían más de sesenta años.
Caminaban despacio. Tranquilos. Sin ninguna conciencia de sí mismos.
O quizá con toda la conciencia del mundo y ya completamente en paz con ella.
Ella tenía el pecho vencido por los años.
Vello abundante entre las piernas. Él caminaba a su lado completamente desnudo también, un miembro retraído descansaba cansado sobre una bolsa oscura y colgante.
Había algo de grotesco.
También algo de excitante.
Y es que las miradas sobre Marina cambiaron. Igualmente admirada, pero más acogida. Como si no la juzgaran. No al menos de la misma manera.
Y seguimos caminando, en silencio. Sentía el movimiento constante de ella a mi lado.
Su forma erguida de andar. Aquel rebote que a veces parecía pedirle que usara un brazo o una mano para contenerlo un poco.
La caída del sol le teñía la piel de un tono más cálido. El viento le movía ligeramente el pelo.
Nos aproximábamos ya a unas rocas que marcaban el final. En cualquier momento, uno de los dos propondría dar media vuelta.
Pero entonces ocurrió algo que no esperaba.
Marina se detuvo.
No redujo el paso.
Se detuvo.
Se detuvo y fue ella a por mí.
Me sujetó suavemente la cara con ambas manos, me miró fugazmente y me besó.
No fue un beso dulce. Otra vez, tampoco exagerado, pero sí…
otra vez, cargado… sexual. Su boca se abrió contra la mía y su lengua entró buscando la mía con avidez, húmeda y caliente.
El beso era profundo, húmedo, obsceno. Nuestras lenguas se enredaban con lentitud lasciva, rozándose, succionándose, compartiendo saliva.
Sentí su respiración agitada contra mis labios, y una extraña desesperación me invadió. Un ansia que me apretaba el pecho.
Su mano derecha bajó por mi torso y, sin dudar demasiado, rozó levemente sobre mi bañador. No agarró, palpó. Pero aquello no era normal.
Quizás nunca la había sentido así de encendida. Al menos, no lo recordaba.
Y entonces me atreví. Subí una mano y agarré su teta izquierda con fuerza.
Era pesada, caliente por el sol, y pegajosa y casi resbaladiza por una mezcla de sudor y restos de crema.
La apreté con posesión, sintiendo cómo se desbordaba entre mis dedos.
Marina soltó un pequeño gemido ahogado dentro del beso, pero no se apartó.
El beso se volvió aún más sucio, más húmedo. Sentía su saliva en mis labios, su mano rozando mi entrepierna sobre mi bañador, y una desesperación extraña, desconocida.
El olor de su cabello. El tacto de su piel. El de su pecho. La humedad de su boca. Su mano rozándome. Todo me encendía tanto que pude sentir el preciso instante en el que una gota de preseminal brotó de la punta de mi miembro e impregnó la tela interna de mi bañador.
Y entonces, de pronto, Marina apartó su boca de la mía.
Sus labios estaban brillantes. Me miró a los ojos durante un segundo eterno, con las pupilas dilatadas.
Luego abandonó mi miembro, se colgó un poco de mi cuello con sus brazos, abrazándome, y desvió la mirada hacia la playa, como si necesitara recuperar el control.
Nuestros cuerpos en contacto.
Otra vez sentía sus pezones afilados contra mí.
Pero, sobre todo, podía sentir los latidos de su corazón contra mi pecho.
Y así estuvimos unos segundos en los que pareció detenerse el tiempo. Con aquel abrazo en el que ella miraba hacia la arena y yo hacia el mar.
Mi polla palpitaba.
Ella lo tenía que notar… chocando contra su pelvis, contra la parte baja de su abdomen.
Cerré los ojos.
Un ansia me devoró…
Y un “Marina… te quiero follar…” se dibujó en mi mente.
Se dibujó en mi mente porque se lo iba a decir. Se lo iba a susurrar. Así tal cual. Sin importarme sonar soez o desesperado.
Pero entonces, justo cuando yo empezaba a pronunciar su nombre, ella me solapó, y dijo:
—¿Volvemos…?
No pude reaccionar. Su cuerpo empezó a separarse del mío.
Asentí.
Y antes de empezar a caminar, me giré un poco, y seguí la dirección de su última mirada, de su mirada hacia el arenal. Lo hice sin querer, o sin pensarlo.
Y entonces lo vi.
Un hombre sentado sobre una toalla oscura, con las piernas flexionadas. Muy moreno, delgado, con la cabeza rapada. Completamente desnudo. Entre sus piernas colgaba una polla larga y fina cuya punta descansaba directamente sobre la toalla.
Era el mismo hombre que se había detenido antes a mirar a Marina, cuando ella estaba tumbada, con sus pechos embadurnados de crema.
El mismo que ella había permitido mirar. Sin cubrirse. Sin taparse. Sosteniéndole la mirada.
Mi corazón se aceleró violentamente.
No podía ser casualidad.
Había decidido besarme allí. Tocarme allí. Dejarse tocar allí.
Precisamente frente a él.