Entrega imperfecta 15. Con suerte.
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15. Con suerte.

Viernes, 11 de julio.

19:42 de la tarde.

Las tardes de aquella primera quincena de julio se alargaban hasta parecer eternas, como si el reloj caminase también con paso cansado por el calor y avanzara más despacio.

Salí del agua con el mar todavía por la cintura, sintiendo esa resistencia suave empujarme las piernas mientras avanzaba hacia la orilla, las gotas cayéndome desde el pelo corto, resbalándome por el pecho, por el abdomen, desapareciendo dentro del bañador empapado.

Miré alrededor casi por costumbre. No había demasiada gente.

Pero tampoco menos que antes. Una pareja junto a la orilla.

Dos niños removiendo arena cerca de una sombrilla azul.

Un hombre mayor caminando. Todo parecía exactamente igual.

Y, sin embargo, no lo era.

No lo era porque sabía lo que iba a encontrarme.

Lo sabía incluso antes de entrar al agua.

Lo sabía por cómo la había dejado.

Marina. Tumbada. Boca arriba.

Sin la parte de arriba del bikini.

Algo que jamás le había visto hacer desde que la conocía. Algo que parecía pertenecer a aquel lugar y no a nosotros. A aquella playa y no a nuestra vida. Algo que no habría hecho cerca de casa. Algo que quizá solo podía existir allí, bajo aquel sol lento que volvía distintas algunas decisiones.

O quizás no era el lugar… sino las turbias directrices de Gustavo. Sus consejos, que quizás no fueran tan obscenos, sino incluso nobles y lógicos.

Seguí avanzando.

Ya casi podía verla sobre la toalla.

Casi podía ver el fulgor de sus pechos aún absorbiendo la crema.

Pero entonces dejé de verla. No desapareció. No se movió. Simplemente dejé de verla.

Y es que un hombre delgado, muy moreno, caminaba por la orilla… demasiado despacio. Un hombre que se interponía y no me permitía observarla.

Avancé un poco más. Bajé la mirada un instante hacia mi propio cuerpo. El agua escurriéndose por mi piel. El frescor de la brisa atacando mi piel mojada.

Y entonces volví a mirar.

Y seguía sin verla. Seguía sin poder verla porque aquel hombre ya no caminaba. Se había detenido.

Detenido. Quieto. Mirándola. Mirando a Marina.

Mirando a mi mujer. Mirando el cuerpo de mi mujer tumbado sobre la toalla.

Las piernas ligeramente separadas. La melena desparramada.

Y el motivo real. El verdadero. Aquello por lo que se había detenido.

Sus pechos desnudos. Sus pechos descansando sobre su torso, enormes, pesados, con aquella naturalidad a la que todavía no terminaba de acostumbrarme.

La crema todavía brillando sobre su piel.

Sobre sus areolas, que ocupaban todo aquel espacio blanco de la marca de un bikini inexistente.

Sobre sus pezones, que lucían alzados incluso en estado de descanso y tranquilidad.

Afectado por su descaro, decidí seguir avanzando.

Y entonces…

ocurrió.

Marina se incorporó. No mucho. Lo justo. Apoyó los codos atrás. El pecho quedó más expuesto aún. La barbilla ligeramente elevada. Y se quedó quieta.

Él quieto.

Ella quieta.

Yo avanzando hacia ellos.

Y sentí algo extraño. Algo desagradable.

Porque era imposible. Imposible que no se hubiera dado cuenta.

No estaba tan lejos. No podía no advertir aquella mirada.

No podía no sentir a aquel hombre delante de ella.

Y aun así no hacía nada. No se cubría con las manos.

Aunque quizá aquello habría sido peor. Demasiado evidente.

Demasiado descarado. Casi un regalo. Como si protegerse hubiera sido reconocerlo.

Como si reconocerlo hubiera sido obsequiar a aquel hombre con algo todavía más íntimo que la visión de su cuerpo.

Su pudor. Su vergüenza. Pero tampoco se dio la vuelta.

No buscó el refugio sutil del volteo. No hizo absolutamente nada.

Y entonces tuve aquella sensación.

Pequeña.

Terrible.

La sensación de que incluso habían cruzado las miradas.

Que Marina lo miraba. Seria. Quieta. Y que él seguía allí.

Sin moverse. Un hombre ajado. Muy delgado.

Con la cabeza rapada. Muy moreno. Y un bañador horrible.

Una especie de slip negro que parecía todavía más miserable sobre aquel cuerpo seco y huesudo.

No pude soportarlo más.

Tuve que desviarme ligeramente.

Lo rebasé.

Pasé a su lado. No le dije nada. Ni una palabra.

Y caminé hacia ella.

Mis pies pisando los escasos metros de arena que restaban.

Llegué hasta Marina.

Me quedé de pie frente a ella.

Y entonces me giré.

Y el hombre volvió a caminar.

Con absoluta tranquilidad.

Sin una sola muestra de vergüenza.

Como si no hubiera hecho nada malo. Como si fuera normal deleitarse con los pechos de una mujer, sin ningún pudor, sin ningún disimulo.

Tragué saliva.

Volví mi mirada a Marina.

Mi mujer, que simulaba ser ajena a todo. Ajena a lo que acababa de suceder.

Mi mujer que… al fijarme detenidamente… advertí que no había solo sexualidad arriba, sino más abajo:

Los labios de su coño marcaban ligeramente la braga de su bikini rosa.

Muy sutilmente, pero estaban allí: dos montañas juntas; un pliegue doble, inequívoco.

Me pregunté si aquel cabrón habría reparado también en aquello.

Supuse que no: para ver eso quizá sí había estado demasiado lejos.

Sentí entonces que aquellos labios eran solo para mí.

Y sentí que me estaba volviendo loco…

Que estaba dejando de mirarla como si fuera mi mujer y a la vez sentía que era mía como no lo había sido nunca.

Y recordé que Gustavo me había dicho que ya no la miraba igual.

Y aquello estaba cobrando tintes de verdad, pero no en el sentido que él había dicho.

—¿Cómo está el agua? —preguntó Marina entonces, de repente, con voz neutra, como si no hubiera sucedido absolutamente nada, e incorporó su torso, y casi a la vez flexionó sus rodillas, y abrazó ligeramente sus piernas con sus brazos.

—Qué… —intenté reaccionar.

—El agua. El mar, vamos. Está más revuelta que ayer, ¿no?

—Sí, bueno. Creo que es porque aquí hace más viento hoy.

Ella no me miraba del todo a mí.

Miraba al mar.

—No sé si bañarme… —susurró.

Yo pensé al instante en que aquello alteraría mis planes.

Mi hoja de ruta planteada por Gustavo.

—¿Damos un paseo antes… y así me seco? —pregunté.

Ella siguió dudando.

Se recolocó el pelo tras la oreja. Apoyó su mentón en su brazo, que a la vez estaba sobre su rodilla.

Y de golpe me pareció más guapa y más joven que nunca. Sin maquillar. Sin nada. Solo su melena suelta. Su braga de bikini. Sus pechos contra sus muslos. Su piel morena, ligeramente brillante, quizás ya más por una sutil capa de sudor que por la crema solar.

—Vale, venga… —susurró finalmente y miró hacia su derecha para encontrar la parte de arriba de su bikini; aquellos dos triángulos rosas con las tiras dispersas.

Yo temblé en un espasmo instantáneo.

Otra vez aquella sensación de ahora o nunca.

—Vaya lío me has hecho… A ver cómo ato el nudo de arriba ahora… —dijo con melosidad, haciéndose con la prenda y empezando a intentar maniobrar con las tiras.

—Pues no te lo pongas —dije al momento.

Sin pensar.

Buscando así cumplir el consejo.

La propuesta de Gustavo.

—Sí… vamos… —susurró con ironía, sin siquiera mirarme, y siguiendo con las tiras, ya dudando si colgárselo al cuello.

Yo, de pie frente a ella, me giré rápidamente, revisé la playa y dije:

—No serías la primera que pasea así.

Volví mi mirada abajo.

Ella se anudaba el bikini en la nuca, pero conseguía mirar a la vez de soslayo a la playa.

—¿Quién? —preguntó.

—Pues esa.

Le señalé a una chica que, en la orilla, hablaba con otra que sí llevaba bikini.

Marina empezó a ponerse en pie, frente a mí, y dijo:

—Sergio…

—Qué…

—Que esa no tiene… lo que tengo yo…

Era cierto.

Aquella chica era bastante plana y lo que tenía Marina… era otro mundo.

—¿Y qué más da? —dije, intentando sonar convincente.

—¿Cómo que qué más da…? —protestó ella, que no parecía contenta tampoco con cómo había anudado en su nuca aquel nuevo nudo e intentaba arreglarlo—. Venga, ayúdame, átamelo tú, ya que me la has liado —dijo girándose, dándome la espalda.

Yo cogí aquellas tiras.

Las crucé.

Ella bajó un poco la cabeza y echó su melena hacia adelante para facilitarme la operación.

—Venga, Marina. No nos conoce nadie… —susurré.

Y entonces cambió ligeramente el tono… asestándome un pequeño golpe:

—Sergio… No seas pesado, anda.

Realmente lo dijo sin enfado. Casi con dulzura. Pero suficiente. Suficiente para hacerme sentir ridículo.

Cuando entonces sonó un móvil.

Los dos nos giramos a la vez.

—Es el mío, espera… —dijo ella.

Algo desagradable me atravesó al instante.

Trabajo. Pensé en su trabajo. Pensé en alguna urgencia absurda capaz de romper no ya nuestra tarde, sino absolutamente todo. Y tuve la sensación de que ella pensaba exactamente lo mismo.

Se agachó ágilmente junto al cesto.

Yo me quedé con el bikini entre las manos.

La vi inclinarse. Su melena cayendo ligeramente hacia delante. Su espalda morena. Su cuerpo moviéndose con aquella naturalidad tan suya y que, a la vez, últimamente, empezaba a parecerme distinta. Sus pechos, incontenibles, bamboleándose un poco.

Cogió el teléfono.

Lo miró.

Y entonces cambió algo en su cara.

Nada importante.

Lo supe antes de que lo dijera.

—Nada… Es Marta…

Marta, su amiga que nunca escribía. La que siempre llamaba. Marta, a la que muchas veces Marina no le respondía a la llamada porque consideraba «un asalto» llamar sin haber escrito antes.

Pero en aquel instante no dudó.

—Ey, Marta, dime…

Dijo y empezó a alejarse un poco.

No mucho.

Tres pasos.

Cuatro.

Cruzó un brazo sobre sí misma mientras sujetaba el teléfono contra la oreja con la otra mano. Un gesto automático. Una manera casi inconsciente de proteger un poco su torso mientras escuchaba y hablaba. Una manera de cubrirse un poco los pechos de manera natural.

—No… qué va… Bien…

Miró al mar.

—Pues sí. Un paraíso, chica… Sí… Sí… No… no había estado nunca…

Yo seguía quieto. Con el bikini todavía en las manos.

Mirándolo. Mirando aquellos dos triángulos rosas.

Y las tiras. La tela. Pensando en lo extraño que era todo.

Pensando en Gustavo. Pensando en aquel hombre de antes.

Pensando en Marina sin cubrirse mientras él la miraba.

Y sintiendo otra vez aquella sensación nueva.

Aquella sensación de que algo ocurría y, a la vez, no sabía qué.

Guardé su bikini en su cesto.

Me hice con mi teléfono.

Revisé que no tenía nada nuevo mientras escuchaba la voz de Marina, más alejada, en la orilla.

Me volteé y fui hacia ella.

Las olas, mínimas, alcanzaban sus pies al final de su recorrido.

Me acerqué… y entonces surgió.

Surgió de manera natural… el empezar a andar… por la orilla.

Un paseo casual.

De repente, el plan de Gustavo… casi sin querer.

—¿Sergio? —la escuché decir entonces—. Sí… sí…

Levantó la cabeza, caminando a mi lado, y sonrió:

—Sergio bien, sí. Con suerte —dijo.

Y me sonrió. Esta vez sosteniéndome la mirada.

«Con suerte».

Lo entendí al instante. Incluso más por su sonrisa que por su frase.

—No… nada… una chorrada… Un regalito que le acabo de dar sin venir mucho a cuento… —dijo al cabo de unos segundos, separando un momento el teléfono de la oreja.

Y siguió caminando. Conmigo. A mi lado.

Y a los pocos metros acabó bajando el brazo que no sujetaba su teléfono.

Y continuamos caminando.

Caminando así. Sin cubrirse. Sin protegerse.

Yo, de soslayo, veía cómo sus pechos se agitaban libres por su caminar.

Suerte…

O un regalo.

Y pensé en que Gustavo…

otra vez…

había tenido razón.