Entrega imperfecta 14. Lo que había que hacer.
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14. Lo que había que hacer.

Viernes, 11 de julio.

19:18 de la tarde.

Sentado tras ella, con las piernas a ambos lados de su cuerpo, le echaba crema solar sobre los hombros.

Era una tontería.

Algo que se veía en todas las parejas. En todas las playas.

Y, sin embargo, en nosotros resultaba extrañamente inusual.

No porque no nos echáramos crema con relativa frecuencia, sobre todo a principios de verano, sino porque siempre habíamos sido bastante autosuficientes para esas cosas. Casi siempre, cada uno se buscaba la vida.

Por eso, cuando me había ofrecido a echarle crema sobre unos hombros que no estaban tan enrojecidos como yo le había dicho..., algo se había quedado enganchado.

Porque, además, existe una diferencia entre hacer algo de manera espontánea y hacerlo cuando uno empieza a darle demasiadas vueltas.

Y yo llevaba demasiado rato dándole vueltas.

Y la cabrona tenía un sexto sentido para detectar esas cosas.

Sujetando su propia melena arriba, para despejar su nuca y que así yo pudiera untar también ahí, alrededor del nudo de su bikini, susurró, sin girarse:

—¿Qué…

—¿Qué? No he dicho nada —dije.

—¿Y por qué te ríes?

—No me río.

—Sí te ríes.

—No —quise zanjar.

—Sergio.

—¿Qué?

—No sé. Estás un poco raro últimamente.

Aquello me pilló tan desprevenido que tardé unos segundos demasiado largos en responder.

—No estoy raro.

—Ya, ya…

No me alarmó tanto que me notara raro en aquel instante como aquel «últimamente».

Seguí extendiendo la crema, que olía a coco, o quizá a vainilla.

La piel de Marina estaba tibia. Suavemente caliente por el sol. Noté bajo mis dedos una pequeña tensión cerca del cuello. Y se lo iba a decir, pero supe enseguida que aquello nos podría llevar a hablar de la causa, su trabajo, y no quería tirarme a ese pozo.

—Te estás quemando un poco —le dije entonces, un poco por decir.

—No.

—Sí.

—No.

—Vale.

—Pesado.

Sonreí.

Pero la sonrisa me duró poco. Porque el problema no eran sus hombros. Ni la crema. Ni la extraña postura de estar sentado detrás de ella. El problema era que sabía lo que debía venir. Y llevaba varios minutos pensando en ello.

Mis manos iban y venían por una zona segura. Fácil.

Espalda. Hombros.

Pero más arriba, y más abajo, había algo esperando.

Una pequeña frontera absurda.

Dos nudos.

Y lo ridículo era que me estaba poniendo nervioso por algo que probablemente no significaba nada. Nada que un marido no frecuentase. Nada que una esposa no consintiese.

Estaba a las puertas de la primera propuesta de Gustavo y lo hice porque su piel bajo mis manos me pedía que siguiera, porque el silencio de Marina, denso y cargado, me decía que no me detuviera.

Ella bajó más la cabeza y yo me lancé.

—Ey… ¿qué haces…, loco? —susurró Marina tan pronto sintió que pretendía desanudar el nudo de su bikini sobre su nuca.

Su tono había sido más dulce que censor. Y eso me envalentonó.

Me incliné más sobre ella, casi pegando mi pecho a su espalda, y le susurré muy cerca del oído:

—Nada. No hago nada… Cosas mías…

Marina soltó un suspiro que no supe interpretar y mis dedos temblaron ligeramente contra el nudo, que era pequeño y apretado por el sol y el salitre.

—Sergio… —dijo en voz baja, con una mezcla de sorpresa y algo más suave, más cálido.

—Qué. No hago nada —respondí, disimulando y con el mismo tono, casi un murmullo.

Marina soltó una risa muy suave, apenas audible por encima del rumor de las olas.

—Además ese nudo nunca lo deshago… Solo deshago el de la espalda —susurró.

Me incliné un poco más hacia ella, rozando con mis labios el borde de su oreja.

—Pues… enseguida voy al otro —dije, al tiempo que desataba su nuca y las tiras rosas del bikini caían.

Ella reaccionó rápido. Llevó ambas manos a sus pechos, sujetando la parte delantera del bikini contra su cuerpo, que se caía al haber soltado el nudo de arriba, y giró ligeramente la cabeza hacia mí.

—Se te está yendo la olla, Sergio…

Su tono, otra vez, arrastraba una vergüenza dulce que me desarmaba, pero que me empujaba a seguir.

Y no solo la voz era cohibida: había algo de tierno en su gesto, sentada, inclinada un poco hacia adelante, con los brazos y las manos apretando el bikini que ya caía suelto, que no cubriría su torso si ella misma no sujetara y apretara aquellos triángulos rosas contra sus pechos.

Y fui al otro nudo.

Mis dedos llegaron allí con una torpeza nerviosa.

Pero, efectivamente, allí no había tanta tensión; se notaba que era un nudo más reciente, aunque aun así tuve que intentarlo varias veces porque la presión incómoda que sentía en el pecho parecía haberse trasladado también a mis manos.

Marina no dijo nada. Solo permaneció allí, ligeramente inclinada hacia adelante, sujetándose el bikini contra el cuerpo mientras el viento le movía algunos mechones sueltos de pelo.

Y yo, nervioso, aflojé el nudo. Lo deshice. Y las tiras cayeron.

Me sentía especialmente agitado porque aquello era solo la primera parte. La sencilla. La que todavía podía disfrazarse de algo normal.

Y de golpe, el precipicio.

Todo o nada.

Cogí el bote de crema casi demasiado rápido, como si mover las manos sirviera para no pensar. El sol seguía golpeando con fuerza, todavía alto, todavía pesado sobre la arena y sobre nosotros.

Marina no se movió. Ni se giró. Y de repente tuve la sensación de que la playa había desaparecido.

De que ya no estaban las voces lejanas, ni las olas, ni la gente pasando por delante de nuestras toallas.

Solo ella. Solo yo. Solo aquel instante que no debería significar tanto.

Porque no debía ser para tanto. Porque no había nada extraño.

Nada raro. Nada que justificar. Y aun así me temblaron un poco las manos al extender la crema entre mis dedos.

Y sabía que tenía que sonar normal. Convincente. Casi distraído. Como si aquello no tuviera importancia.

Me incliné otra vez hacia ella, notando el calor del sol atrapado en su piel y el olor constante de la crema, y murmuré junto a su oído:

—Aparta las manos… venga. Y te echo por delante.

Se hizo un silencio.

Solo escuchaba los latidos de mi corazón. Ni la brisa. Ni la gente.

Nada.

Marina no respondía.

Entendí que había forzado algo absurdo. Que Gustavo no nos conocía. No nos entendía. No comprendía que cada relación es como es.

Pero entonces ella se movió.

Muy despacio.

Casi con una duda que parecía abrirse paso dentro de ella antes que en su cuerpo.

Aflojó un poco los hombros. Y las manos, todavía sujetando la tela contra sus pechos, empezaron a separarse apenas lo suficiente para llevársela consigo, arrastrando aquellos triángulos rosas, y las tiras colgando endebles.

No hubo comentarios.

No hubo bromas.

Solo aquel movimiento silencioso.

Y creo que precisamente por eso me golpeó más fuerte.

No pude verlo; si acaso, atisbarlo un poco desde atrás. Admirar cómo por los costados de su torso asomaba el bamboleo suave de sus pechos liberándose en un rebote suave, pesado, natural.

Medio observé, medio imaginé ese rebote y la exposición frontal: grandes, redondos, ligeramente caídos por su propio peso, con la piel dorada por el sol y la marca blanca del moreno.

Un contraste de tonos hipnótico, como su leve movimiento: un único balanceo de sus pechos antes de asentarse; un leve vaivén que hizo que se me secara la boca.

No podía dudar más.

Ella sabía que la crema embadurnaba mis manos.

Ella, bajo su rubor silencioso, me daba permiso.

Sus brazos apartados me daban acceso expreso.

Colé mis manos por debajo de sus axilas.

Ya no era una decisión a tomar.

Tampoco una petición suya…

Era… lo que había que hacer. Y ese «lo que había que hacer» me hizo pensar durante una fracción de segundo que Gustavo quizás tuviera toda la razón.

Ella se recostó un poco. Sin llegar a posar su espalda sobre mi pecho, guardándose de apoyarse porque acababa de echarle crema en aquella piel.

Y, nervioso, comencé:

Mis manos, resbaladizas por la crema, se deslizaron desde sus costados hacia delante con una lentitud involuntaria, casi reverente.

Desde atrás, casi como si inocentemente la abrazara, tomé sus tetas con ambas manos, sintiendo al instante su volumen generoso, su peso cálido y lleno.

Eran grandes, pesadas, increíblemente suaves al tacto.

Las abarqué desde abajo, levantándolas ligeramente, y empecé a extender la crema con movimientos profundos y lentos, apretándolas con delicadeza, pero con firmeza.

Mis dedos se hundían en aquella carne abundante, moldeándola, abriéndolas hacia los lados para luego juntarlas de nuevo, sintiendo cómo su peso regresaba a mis palmas con cada movimiento.

Marina se mantenía quieta. Si acaso, temblaba un poco a veces ante alguna caricia.

Y quizás su respiración se volvió más profunda, más irregular.

Sentí que sin duda sus pezones se endurecieron rápidamente bajo las yemas de mis dedos, convertidos en puntos duros y sensibles que yo rozaba con cuidado, dibujando círculos lentos sobre sus areolas.

Sentir aquel tacto concreto me obligaba a exhalar, a soltar aire.

Aire que ella sentía en su nuca. La abundancia de crema hacía que todo resbalara de forma deliciosamente obscena.

Noté entonces cómo un poco de crema se había quedado estancada en el pliegue inferior de su pecho izquierdo, esa curva suave donde la teta descansaba sobre su torso. Recogí esa crema con dos dedos y, en un movimiento lento, la extendí lentamente sobre su pezón, frotándolo con suavidad.

Aquello fue un movimiento que ya no era masaje. Era incluso más que sensual. Era casi sexo.

Marina tembló visiblemente ante ese gesto, un pequeño escalofrío que recorrió toda su espalda.

Descubrí entonces que cuanto menos amasaba y más sobrevolaba —deslizando las yemas de los dedos con lentitud casi tortuosa sobre su piel— más reaccionaba ella.

Su piel se erizaba de forma más visible, los pezones se ponían aún más duros, como si el roce ligero fuera mucho más intenso que la presión firme.

Estaba nervioso. Muy nervioso. El corazón me latía con fuerza y mi miembro comenzó a presionar insistentemente contra mi bañador, a pocos centímetros de golpear contra la parte baja de su espalda.

Y mientras sentía aquella mezcla de suavidad de su piel, potencia de sus pechos y viscosidad de la crema…

quería ver. Quería saber cómo sería mirarla de frente y contemplar cómo sus tetas impresionantes se movían y se deformaban entre mis manos, cómo sus pezones rosados sobresalían, brillantes por entre mis dedos.

Pero solo podía imaginarlo, y esa limitación hacía que todo fuera aún más intenso.

Que todo fuera tacto. Que todo fuera suavidad, piel…

Piel con piel.

Y no sabía qué sentía ella exactamente. Si era vergüenza, excitación, incomodidad… o una mezcla de todo. Solo percibía su cuerpo respondiendo, el leve temblor de su torso, el calor que desprendía toda ella…

Y de pronto, con voz baja, entrecortada y claramente avergonzada, susurró:

—Madre mía…

Yo tragué saliva, sin dejar de acariciar.

—Madre mía… ¿qué? —pregunté entonces en su oído, fingiendo entereza, sin dejar de masajearla, apretando durante un instante sus tetas con más intensidad, sintiendo cómo no podía abarcarlas; cómo, resbaladizas, se desbordaban entre mis dedos.

Ella tardó unos segundos antes de responder.

—Madre mía… que esto es un poco porno… ¿no?

Yo volví a tragar saliva.

—Sí… un poco… —contesté, y seguí acariciando.

No sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados, pero no sé por qué, deduje, quizás por su tono, que en aquel momento los tenía cerrados.

Y entonces, llegó su frase, dulce, suave… pero tajante:

—Bueno… ya… ¿no?

—¿Ya…? —pregunté, deleitándome, como si supiera que debía despedirme de aquel tacto delicioso con una última pasada, entera, de abajo arriba, sintiendo sus pezones a medio camino, cada mano a una teta untada y pringosa…

De abajo arriba y después dejándolas caer un poco.

Aquel rebote pesado.

Aquellas tetas brillantes, grandes, pegajosas.

—Sí… ya… venga… tocón… —susurró, graciosa, y se movió un poco.

Yo retiré mis manos.

Miré hacia abajo y descubrí que mi erección era más que notoria.

Y tuve la necesidad de culminar la complicidad haciéndoselo saber. Pero no sabía cómo.

Me aparté un poco hacia mi toalla, y ella se recostó con los codos atrás, de tal forma que ni su espalda ni sus hombros refulgentes de crema entrasen en contacto con nada.

Me miré. Mis manos estaban llenas de crema.

Y entonces la escuché a mi lado:

—Madre mía, Sergio… me has echado medio bote —dijo mirando sus propios pechos, que brillaban, grandes y pesados, sobre su torso.

Me quedé obnubilado. Las marcas del moreno en sus tetas eran perfectamente simétricas.

Sus areolas ocupaban casi todo el triángulo de piel blanca que había dejado el bikini.

Era mi mujer y, aun así, me impactaba que sus areolas tuvieran casi el tamaño de aquellos triángulos rosas, que no eran precisamente pequeños.

—Sergio… —susurró.

—Qué…

—Que te tumbes boca abajo, anda… —dijo.

Y yo la miré, y no me miraba a mí, sino al mar, pero entonces bajé la vista y vi que mi erección creaba una montaña evidente.

Y, como por un acto reflejo, me giré.

Y me tumbé boca abajo.

Y sonreí.