Entrega imperfecta 13. El señor Bennett y las propuestas.
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13. El señor Bennett y las propuestas.

Viernes, 11 de julio.

18:50 de la tarde.

Una pequeña brisa movía los flecos de la sombrilla sobre mi cabeza.

Yo, tumbado sobre mi toalla, boca arriba, me dejaba hipnotizar por aquel movimiento relajante y pensaba en que aquella sombrilla debía de tener no menos de ocho o diez años.

Era una de esas cosas que seguían conmigo a pesar de que ya no pertenecían del todo a mi vida actual.

Había un sentimiento de pertenencia extraño con aquello que no había comprado o adquirido con Marina.

Había algo de melancólico en aquellas frases: «esas gafas de sol ya las tenías cuando te conocí», no porque hubiera sido más feliz en otra época, pero sí porque, en cierta forma, me sentía otra persona.

La playa se abría larguísima frente a nosotros.

Arena clara. Mucho espacio. Mucha calma.

El agua apenas se movía. Parecía un plato inmenso extendiéndose hasta el horizonte y, aun así, no tenía aquel color imposible que aparecía en otras partes de la isla.

«Cuando está transparente en el norte, está revuelta en el sur, y viceversa», nos había dicho el recepcionista del hotel, y no le faltaba razón.

Había sitios donde el mar parecía una exageración.

Una postal retocada. Lugares donde el agua se volvía tan cristalina que uno casi sentía que estaba caminando suspendido sobre el vacío.

Pero allí no; allí el fondo removía pequeñas partículas de arena y dejaba aquel tono más apagado. Más cotidiano. Más real. Y quizás me gustaba más. Quizás porque, a cierta edad, uno empieza a desconfiar de las cosas demasiado perfectas.

Cerré los ojos un momento.

Olía a crema solar.

A sal.

A verano.

Escuchaba conversaciones lejanas que llegaban cortadas por el viento. Una pelota golpeando la arena húmeda. Algún niño gritando algo que no conseguía entender.

Me incorporé lentamente, apoyando los codos detrás de la espalda.

Marina estaba leyendo.

Hay algo extraño en mirar a alguien con quien compartes la vida cuando esa persona no sabe que la estás mirando.

Como si durante unos segundos pudieras verla desde fuera.

Descubrir pequeños gestos que llevas años viendo y que, aun así, de golpe te parecen nuevos.

La manera precisa de cómo se coloca el pelo detrás de la oreja.

Un lunar concreto en alguna parte del rostro, un pelo en la ceja sutilmente disparado, una pequeña mueca con la boca que siempre estuvo ahí, pero que nunca asimilaste de verdad.

Intenté ver la portada de su novela, pero no fui capaz. Y me recosté otra vez.

Marina estaba sentada con la espalda recta y las piernas estiradas.

Podía estar horas en esa postura, una postura en la que yo no aguantaría ni diez segundos.

Un bikini rosa, de triángulos, de un tono casi brillante, refulgente, anudado a la espalda y a la nuca, resplandecía con fuerza sobre su piel involuntariamente morena.

Le pregunté sobre el argumento de la novela sabiendo de antemano que no se trataba de nada especialmente denso.

A Marina le gustaba leer, pero, sobre todo en verano, no se enredaba con libros con un argumento demasiado enrevesado.

También lo hacía en casa con la tele; después de diez horas de trabajo de oficina, le entraba mejor un vídeo de una influencer haciendo peripecias vacías por Bali que una película con enjundia, y era comprensible.

—Pues es… de misterio —dijo e hizo una pausa—. De misterio… un poco para chicas.

Yo me sonreí e incorporé de nuevo mi torso.

—¿Misterio para chicas? ¿Eso existe?

—Sí, no sé… Misterio… con cositas… —dijo también sonriendo, graciosa, y metiendo un dedo entre las páginas, cerrando un poco el libro.

—¿Qué cositas? A ver… —pregunté, empezando a entender, sobre todo por su sonrojo, que se refería a que tenía algún que otro elemento picante.

—No sé…

—No, dime. ¿Pero picantón o qué?

—Mmm… sí, algo así.

—¿Dónde? A ver.

Marina se rió con timidez y resopló.

—Qué quieres… ¿que te lea?

—Claro.

Volvió a resoplar, abrió el libro de nuevo y empezó a pasar páginas hacia atrás.

—A ver… —susurró.

Yo me incorporé un poco más, me senté con las piernas como un indio y eso me permitió estar aún más cerca de ella.

Ella me copió la postura, inclinando un poco su torso hacia adelante.

Al hacerlo, sus contundentes pechos, embolsados por aquellos triángulos rosas, rebotaron un poco, encontrándose el uno con el otro, en una imagen pura, limpia y tan fortuita como erótica.

—A ver… —repitió una vez parecía que había encontrado el párrafo que buscaba.

Y se aclaró la voz y se recolocó el flequillo tras la oreja.

Y empezó a leer:

Lady Anne contuvo el aliento cuando él la presionó contra la pared de la vieja biblioteca.

Ya había advertido la robustez de su cuerpo, pero tenerlo tan cerca hacía que todo fuera distinto y, a la vez, aterrador.

Esos hombros anchos que ahora la encerraban, esos ojos verdes oscuros que la miraban con una intensidad que le robaba el aire…

Sabía que era peligroso, que probablemente era él quien había tejido la conspiración que había hundido a su familia… pero su cuerpo traicionero ardía.

—Dime que me deseas —susurró él con voz enronquecida.

Yo sonreí al escuchar esa frase impostada y susurré:

—Madre mía…

Ella, ruborizada y sonriendo, me chistó con un «shhh» divertido, y siguió leyendo, un poco cohibida, pero haciéndolo despacio y con una dicción nítida:

Sin esperar respuesta, se arrodilló frente a ella.

Con manos firmes le levantó el vestido hasta la cintura y deslizó la ropa blanca y suave, custodiadora de su sexo incierto, por los muslos, dejándola caer alrededor de sus tobillos.

Lady Anne tembló cuando sintió su aliento caliente sobre su vagina rosada.

Él la besó allí, primero con suavidad, luego con hambre.

Su lengua experta recorrió sus pliegues, lamiendo y succionando su clítoris con una precisión que la hizo gemir y agarrarse a la estantería.

El miedo se mezclaba con un placer intenso, casi insoportable, mientras él la devoraba sin piedad, introduciendo dos dedos dentro de ella y curvándolos en el punto exacto que la hacía estremecer.

—Caray… —interrumpí en tono bajo.

Pero ella siguió:

Cuando ya estaba temblando, al borde del orgasmo, él se levantó, se acercó a la vieja mesa y la despejó con violencia, tirando al suelo varios libros antiguos.

La hizo tumbarse boca abajo sobre la madera fría y se colocó detrás de ella.

Entró en ella despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo con su grosor caliente y duro.

Lady Anne arqueó la espalda y soltó un gemido largo cuando empezó a sentirse penetrada desde atrás con embestidas profundas y deliberadas que la hacían sentir cada vez más suya.

—Eres mía esta noche… —gruñó el señor Bennett contra su cuello.

Y Lady Anne, entre jadeos y oleadas de placer, se perdió por completo en aquel miedo y deseo prohibido…

Marina terminó de leer.

Se hizo un silencio.

Yo no sabía si reírme o, con la tontería, casi excitarme.

Lo cierto era que muchas frases me parecían bastante absurdas y demasiado rimbombantes.

—¿Y te pone eso? —pregunté.

—A ver. Así sin más, no… —respondió.

—¿Cómo que sin más no?

—Digo… que si conoces a los personajes… te pilla un poco por sorpresa.

Yo me debatía entre vacilarla, reírme o pedirle que leyera más.

Finalmente opté por lo último.

—A ver, lee otra parte de esas… ¿Follan más veces?

—Follan más veces, sí, pero no te leo más —sonrió, y yo sentía que esa palabra tan contundente sonaba rara pronunciada por ella; quizás nunca le había escuchado pronunciar ese verbo en ninguna de sus formas.

Se hizo otro silencio y, cuando ella dedujo que la conversación no seguiría, volvió a buscar por donde iba y, sin cambiar de postura, con la novela abierta y desplegada sobre sus piernas, continuó leyendo para sí.

Yo me volví a recostar sobre mis codos.

Y volvió la paz. La brisa. El calor.

Y algo dentro de mí, sonriendo por dentro, exclamó: «Caray con el señor Bennett».

No dejaba de ser curioso que el señor Bennett tomara a la tal Lady Anne de la misma forma que Gustavo tomaría a Marina… o, al menos, eso había descrito en su mensaje.

Desde atrás. Contra una mesa.

Algo se revolvió en mi interior. También una leve pulsión en mi entrepierna.

Y, queriendo escapar de mi propia imaginación, mi mirada se fue hacia la realidad, pero tampoco entonces pude escapar del todo, pues atisbé a dos chicas charlando en la orilla y una se parecía mucho a Sara.

Y pensé en ella.

En su rostro extasiado cuando estaba siendo penetrada por Gustavo en el mar.

Pensé en su culo potente, en sus muslos anchos y en aquel tatuaje.

Marina nunca se molestaba cuando estaba leyendo y la interrumpía. Así que me volví a incorporar un poco y le dije:

—Oye, no te he preguntado… ¿qué te parece el tatuaje de Sara?

Ella, sin cerrar el libro, poniendo el dedo sobre el párrafo donde iba leyendo, giró el rostro ligeramente hacia mí, sin hacerlo del todo, y preguntó:

—¿Cuál de ellos?

Era cierto que tenía también alguno en una pantorrilla, en el antebrazo y quizás alguno más, pero más pequeños.

—El grande —contesté.

—¿El del muslo?

—Sí.

—Pues… no me lo pondría yo, evidentemente.

Supe que su respuesta era una manera suave de decir que le parecía una locura, pero yo sentí la necesidad de encauzarlo hacia el componente sexual de que el tatuaje imitara la liga de una media.

Mientras le daba vueltas a cómo plantearlo, ella prosiguió:

—Qué manía tiene la gente con desgraciarse la piel. Yo creo que pasará de moda. De hecho, ahora se ven más esos tatuajes pequeños que parecen poco menos que hechos a boli —dijo con voz dulce.

—Ya… —respondí.

Y se hizo otro silencio.

Fui incapaz de tirar de ese hilo.

Y volví a dudar si decirle que los había visto follar en el mar, pero otra vez no lo hice.

Me acosté y ella volvió a leer.

Esa quietud me hizo ir entonces ya hacia lo inevitable:

Mi móvil estaba dentro de la mochila. No lo veía. Pero era extraño cómo algunas cosas conseguían estar presentes incluso cuando no estaban delante.

Y tuve un pálpito.

No me podía engañar. Sabía que la amenaza de otro texto de Gustavo estaba en mi cuerpo, como si recorriera mi sangre.

«Te iré diciendo lo que tienes que hacer con ella».

El pálpito consistía casi en una certeza de que hacía ya unos minutos que mi teléfono lo había recibido. Resoplé sin moverme. Marina seguía leyendo, sentada, con aquella tranquilidad suya de cuando un libro conseguía atraparla de verdad.

Había algo extraño en sacar el teléfono delante de ella. Algo casi incorrecto. Una tontería seguramente. O no tanto. Porque Gustavo ya no era solamente Gustavo. Gustavo se había convertido ya en una voz. En una presencia incómoda. En una especie de sombra sentada con nosotros.

Miré a la mochila. Después al mar. Después a Marina. Y volví a mirar a la mochila.

Todavía podía no hacerlo. Esperar. Dejarlo para luego. Pero sabía que no podía retrasarlo más. Que la tortura era cada vez mayor.

Morbo. Curiosidad.

O casi adicción.

Me incorporé despacio, lo suficiente para alcanzar la mochila sin llamar demasiado la atención. Abrí la cremallera apenas unos centímetros. Metí la mano.

Miré de reojo hacia ella.

Y durante un segundo absurdo sentí algo parecido a la culpa. Como si recibir un mensaje de Gustavo delante de ella ya fuera, en sí mismo, una pequeña traición.

Saqué el móvil. Lo desbloqueé.

…

Y allí estaba.

Gustavo.

Noté algo raro en el estómago. No miedo. No exactamente nervios. Más bien la sensación incómoda de quien sabe que va a abrir algo que preferiría no tener ganas de abrir.

Entré.

Al principio no lo entendí.

Tumbado, girado con respecto a Marina, lo leí otra vez. Y luego otra.

Propuestas.

Ideas.

¿Órdenes?

No acababa de cogerle el tono. No sabía si Gustavo me estaba puteando, si aquello formaba parte de algún juego extraño suyo o si, sencillamente, tenía una forma muy rara de entender las relaciones.

Lo que sí entendí rápidamente fue algo todavía más extraño: parecía empeñado en salvar lo mío con Marina.

Salvar.

La palabra incluso me molestó.

¿Salvar de qué? ¿Y quién demonios era él para decidir que había algo que salvar?

Volví a mirar a Marina. Seguía leyendo. Tranquila. Ajena.

Volví al teléfono.

La primera propuesta. La segunda. La tercera.

No.

Ni de broma.

Marina no aceptaría aquello.

Quizá la primera.

Quizá.

Pero tampoco.

No veía cómo hacer algo así sin que pareciera raro. Forzado. Artificial. Casi un asalto.

Ella me lo notaría.

Y había algo todavía peor.

Que una parte muy pequeña de mi cabeza sí estaba buscando la manera.

Levanté la vista.

El sol ya estaba bajando.

No mucho.

Lo suficiente.

Miré la hora y entendí que si no hacía algo ya, luego ya no podría.

Guardé el teléfono. Me quedé quieto unos segundos.

Y entonces hice algo antes de pensarlo demasiado.

Me levanté.

Y cerré la sombrilla.

—¿Qué haces? —preguntó Marina levantando la vista.

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Nada. La cierro.

—¿Y no me puedes preguntar si yo quiero cerrarla?

Marina me sostuvo la mirada unos segundos, como esperando algo.

Una explicación.

Un motivo.

Lo que fuera.

Pero yo no le podía decir que aquello obedecía a una extraña propuesta de Gustavo.

No le podía decir que Gustavo sabía que nuestra vida sexual era un desastre y que él se había autoproclamado una especie de salvador.

Y podía mentirle diciéndole simplemente que lo hacía porque el sol no golpeaba con tanta fuerza, pero eso chocaba con lo que pretendía hacer después.

Lo que sucedió fue que ella desistió de encontrar en mí una respuesta.

—En fin… Sergio… haz lo que quieras… —murmuró.

Y se recolocó el pelo detrás de la oreja, negó muy ligeramente con la cabeza y pasó una página más… de aquella novela suya, de aquella novela de Lady Anne y el señor Bennett.