12. Veredictos.
Viernes, 11 de julio.
17:48 de la tarde.
El calor seguía cayendo con la misma violencia. Era como un aplastamiento blanco y amarillento que mezclaba potencia y humedad. Ni siquiera a aquella hora parecía tener intención de aflojar.
Me había bañado nada más llegar. Aún sabiendo que la cita era en el chiringuito. Ya, de estar mojado, era mejor estarlo de agua de mar que empapado en mi propio sudor.
Tras cruzar la arena, que aún quemaba, subí las escaleras de madera.
Me había sentado en una mesa lateral, medio escondida bajo la sombra de las ramas de un árbol que se volcaba sobre una sombrilla garabateada con publicidad, dándole un aire casi retro al lugar.
Había familias. Un par de niños descalzos corriendo entre las mesas.
Una pareja alemana compartiendo una ración de calamares que me hacía dudar, y alucinar, con que aquello fuera una cena, a aquellas horas.
Allí estaba también uno de los camareros de siempre, sudando dentro de su camiseta y oliendo a lo que no debería, aunque quizás fuera inevitable.
Y yo.
Esperando a Gustavo.
O, mejor dicho...
Esperando a Gustavo como si no hubiera pasado nada.
Eso era lo raro.
Eso era precisamente lo que más me estaba costando procesar.
“Si Marina sigue trabajando, nos vemos luego”.
Así.
Natural.
Normal.
Como si aquel texto no hubiera existido.
Como si no me hubiera removido entero.
Como si nada.
Miré la hora.
17:49.
La despedida de Marina había sido incluso peor que la de otros días: absolutamente inexistente.
Pues su call había seguido ocupándolo todo y abarcándolo todo: mi observación, el mensaje de Gustavo, mis tocamientos furtivos bajo la sábana, mi excitación en la ducha, yo vistiéndome y mi partida.
Hasta tuve que cerrar la puerta con cuidado para no llevarme de regalo una mirada de ira, una mirada que no vería, pero que atravesaría la puerta.
Apoyé los antebrazos sobre la mesa.
La madera aún conservaba un calor casi ardiente de cuando el sol había impactado de forma directa.
Me quedé mirando el mar.
Y pensé en Marina. En la habitación. En la camisa rosa que me la quitaba durante unas horas para entregársela a ellos. En su voz formal, en su tensión, en su ausencia. Y en Gustavo.
Y entonces me di cuenta de algo que me turbó: había dejado de preguntarme si Gustavo se había pasado.
La pregunta ya era otra.
La pregunta era por qué coño me había afectado tanto.
—¿Esperas mucho?
Levanté la cabeza.
Gustavo.
Gafas de sol.
Camisa de lino muy abierta y muy remangada.
Sara a su lado.
Sonriendo.
Como si el mundo entero fuera sencillo. Como si estuviéramos de vacaciones en Formentera. Como si fueran las seis de la tarde de un viernes de verano.
Me puse en pie. Los saludé. Balbuceé diciendo que no mucho, y era cierto.
Sara llevaba un vestido estampado, anudado atrás y en la nuca, muy fino, por encima del bikini; se amoldaba con solvencia a su cuerpo, pero yo al instante pensé que aquello le sentaría mejor a Marina, quizás porque Marina era más femenina o porque era un poco más alta, o por las dos cosas.
Se apartó el pelo hacia atrás. Ojos grandes. Labios densos. Y se me quiso cruzar por mi mente su imagen… su rostro extasiado… de cuando la había visto follar.
Conseguí contenerla.
Conseguí ver solo a la novia de mi amigo.
—Yo voy bajando ya —dijo.
—Sí, baja, baja, no vaya a ser que pierdas un minuto de sol —contestó Gustavo, y le puso una mano en la cintura con la naturalidad de la costumbre adquirida.
Ella se acercó un poco más. Se dieron un beso corto. Luego otro. Después uno algo más largo que hizo que ella sonriera al separarse.
—Venga, pesado.
Le dio otro beso rápido, ya casi girándose, y empezó a bajar las escaleras de madera hacia la arena, despacio, con ese caminar lento que imponía el calor.
La seguimos con la mirada unos segundos.
—Está imposible el día —dijo Gustavo, dejándose caer en la silla—. No sé cómo aguanta tanto sol la cabrona.
Yo seguía mirando cómo Sara se alejaba cuando se acercó uno de los camareros. Gustavo pidió un café solo y yo, que me di cuenta en aquel momento de que ni había pedido ni sabía si quería agua o un refresco, terminé pidiendo un cortado.
Gustavo se quitó las gafas de sol, se apretó el puente de la nariz con los ojos cerrados y me dijo entre risas que se había tomado no sé cuántas cervezas después de comer.
—Menuda cebolla me he cogido a lo tonto viendo el puto Tour mientras esta sobaba. Menos mal que ya se me ha pasado un poco.
—¿Ganó el esloveno?
—Qué va, si hoy era llana. Me comí cien kilómetros bebiendo con la mente en blanco —rió.
Yo también solté una risa corta. No sabía si estaba a gusto o si la losa de sus dos textos, sobre todo el último, me mantenía en total tensión.
Y es que, a pesar de escucharle con atención, algo dentro de mí seguía en sus mensajes, y ahora lo tenía al lado.
Tenía al lado a aquel hombre que había escrito y me había enviado cómo se follaría a mi mujer, cómo se la metería a Marina, cómo la empotraría contra la mesa, cómo la castigaría por incumplir su promesa y trabajar, cómo la usaría, así, vestida para su reunión, para aquellos hombres,
cómo la haría gemir, chillar… y quizás… correrse.
Gustavo arqueó la espalda y farfulló un inofensivo “joder, qué puto calor” mientras yo, presente pero ausente, podía escuchar el sonido húmedo y fuerte de sus caderas chocando contra el culo de Marina, sus tetas bamboleándose con cada embestida,
la cara de mi mujer descompuesta de placer y vergüenza, intentando mantener la compostura mientras otro hombre la usaba… como quizás debía usarla yo.
Resoplé.
Exhalé.
Llegaron los cafés.
Sorbimos de aquel líquido caliente y amargo. Ninguno lo había pedido con hielo.
Yo tenía la sensación de estar en una cita a dos, y de estar en una cita por algo. Al fin y al cabo, la espantada instantánea de Sara había sido sospechosa, como si de alguna forma supiera que Gustavo quería estar un rato solo conmigo.
Llevamos la vista a la playa. Yo miraba al mar. Estaba como un plato. El sol resplandecía allí, potente. Casi parecía salir humo del propio mar.
—La madre que los parió. Putos italianos. Lo de los italianos en esta isla es la hostia —le escuché decir a Gustavo con tono cansado.
Sorprendido, lo miré a él antes de seguir la trayectoria de su mirada, mirada que aterrizaba sobre una Sara que, en bikini verde, sentada y agarrada a sus piernas flexionadas, sufría el envite de un chico que, agachado a su lado, le hablaba.
—No, si la culpa es mía. Suelo bajar con ella y al menos poner mi toalla antes de venirme. Si los italianos la ven sola, pero hay dos toallas, no se acercan. Son como los perros, y poner otra toalla es como mear en el puto árbol. Ya no se acercan.
Yo sorbía de mi café caliente. No podía evitar que me hiciera algo de gracia. Siempre había sido así. Y miraba a una Sara que, aparentemente tímida, asentía y a veces se reía un poco, y veía cómo el chico se agachaba más, invadiendo cada vez más espacio, y gesticulaba mucho.
Me fijé también en que el chico tenía un teléfono móvil en su mano.
—¿Le va a pedir el número o qué? —pregunté.
Gustavo no respondió.
Yo me animé, sabiendo que él no se molestaría.
—¿Crees que se lo dará? ¿Su número?
Gustavo se rascó la barba, siempre sin dejar de mirar aquel acoso, y respondió:
—Ojalá le dé su Instagram y Francesco Battiato se mate a pajas con las fotos de su culazo.
Tras decirlo, bebió un pequeño sorbo. Tuvo algo de cómico soltar aquella bravuconada y después dar un trago mínimo a su taza minúscula.
Y entonces se produjo un cuádruple movimiento: el italiano desistió, Gustavo carraspeó, un camarero se acercó y el propio Gustavo le dijo:
—Chico… tráeme una cerveza, anda. Si está fría te pago el doble.
Y después sonrió un poco, para mí, como si hubiera sido una gran ocurrencia.
Y sucedió. No hubo más salida, ni retraso ni escapatoria.
Se rascó otra vez la barba, se echó su media melena hacia atrás, que apelmazada de sal y sol lucía compacta y enriscada, y dijo:
—Hablando de pajas… No me tengas en cuenta lo de mis mensajes. Son chorradas que se me ocurren. Como no me protestaste por el primero y estaba aburrido con Sara sobando, te envié el de esta tarde.
Yo me retorcí un poco, tensándome, y apenas susurré un:
—Ya…
Lo cierto era que no sabía qué sentir al descubrir que él lo enfocaba así.
Pero él continuó:
—No me lo tengas en cuenta, pero algo burro te pones seguro, y en el fondo sé que algo no va bien ahí, en el tema sexual con ella… tenga que ver con su curro o no…
—Ya… supongo que no hace falta ser Einstein —dije, incómodo.
Y es que me había visto obligado a responder enseguida, sin pensar. Mi frase había quedado colgada, rara. Bebí de un café que ya no quedaba.
Y entonces llegó su cerveza. Gustavo secó el sudor del botellín con una servilleta antes de beber. No hizo alusión a si estaba fría o no.
Yo me sentía en el patíbulo. Como si fuera a recibir un veredicto, o más de uno.
Y no entendía cómo acababa siempre un poco a merced de lo que él pudiera decirme. Era como que todos los silencios estaban llamados a ser ocupados por él. Él hablaría y yo sufriría las consecuencias de lo que tuviera a bien decir.
Y así ocurrió, otra vez.
Tras un trago largo, posó la cerveza, exhaló y dijo:
—Yo te puedo ayudar. Sé que no me lo pides. Ni me lo pedirías. Pero podemos probar alguna cosa.
"Podemos probar alguna cosa".
Me revolví otra vez en la silla.
No me atrevía a mirarlo.
Y entonces, cuando su frase aún rebotaba, mi teléfono móvil se iluminó y comenzó a serpentear sobre la mesa de madera. Llevé allí la vista y vi que Marina me estaba llamando.
Me hice con el teléfono al instante. El cuerpo me pedía ponerme en pie y alejarme para hablar con ella, pero me mantuve sentado. Gustavo, que seguro sabía quién me llamaba, no dijo nada.
Descolgué, allí, sentado a su lado, y entró enseguida la voz dulce de Marina, y en apenas tres sílabas supe que estaba, de golpe, de otro humor, de buen humor.
Mi mujer empezó a explicar algo del informe. Algo de unos datos mal cargados. Algo que no era suyo. Algo que venía de antes. Del anterior subdirector financiero o de una revisión previa o de una cadena de errores que había terminado explotándole encima a ella. Intenté seguirlo como pude.
Pero entendí lo único importante, y es que no había sido culpa suya, algo que había adivinado solo con el tono.
Miré el mar. Me rasqué la cabeza. Agité mi camiseta sudada.
—¿Entonces ya está? —pregunté.
—Sí.
—¿Seguro?
—Que sí.
—¿Y entonces qué hacemos? —pregunté.
—Lo que quieras.
Aquello me dejó callado un segundo.
Que Marina me dijera “lo que quieras”, con aquella voz, lo cambiaba todo.
Aún era viernes. Algo me subió por el cuerpo. Una ilusión que me cogía por sorpresa y que casi no recordaba.
—Voy a por ti, entonces. Hace mucho calor aún, te va a dar algo en cuanto salgas de la cueva —pronuncié, pero ella no se rio.
Proseguí:
—Pero bueno, supongo que entre que te recojo y tal… ya se podrá estar bien.
—Vale. Genial. Me voy cambiando.
Se hizo un breve silencio y ella continuó:
—Pues… eso… un beso… y hasta ahora —dijo, y yo también me despedí.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla apagada antes de dejar el teléfono sobre la mesa.
—Nada, que ya ha terminado con el curro, parece —le dije a Gustavo.
—¿Sí?
—Sí.
—Bueno. Mejor… A ver si es verdad —dijo.
—La cojo en el hotel y venimos —suspiré.
Gustavo negó con la cabeza mientras cogía la cerveza.
—No.
—¿No? —me sorprendí.
—No. Te vas con ella. A otra playa. Vosotros dos solos.
Lo miré.
Le dio otro trago a la cerveza y dejó el botellín sobre la mesa.
Me hizo esperar.
Otra vez el patíbulo.
Otra vez el veredicto.
—Te vas con ella. Pasáis la tarde juntos. Yo te iré escribiendo.
—¿Para vernos de noche?
Me sostuvo la mirada.
—No. Te escribo en un rato y te iré diciendo lo que tienes que hacer...
… Lo que tienes que hacer con ella.