Entrega imperfecta 11. Lo que Gustavo no sabía.
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11. Lo que Gustavo no sabía.

Viernes, 11 de julio.

16:38 de la tarde.

El agua tibia caía sobre mi nuca y resbalaba por mi espalda. Llevaba ya varios minutos bajo el chorro, sin moverme apenas, con las manos apoyadas en los azulejos. La polla aún me latía, dura, pesada. No había bajado ni un poco.

Unos minutos antes había estado tumbado en la cama, leyendo una y otra vez el mensaje de Gustavo.

Con la sábana cubriéndome hasta el pecho, con la mano derecha moviéndose despacio, casi con miedo.

Disimulando. Mirando de reojo la espalda de Marina, su medio perfil concentrado en la pantalla, su voz profesional y lejana.

Cada vez que ella se recolocaba el pelo o cruzaba las piernas, mi mano aceleraba un segundo y luego se detenía, aterrado de que girase la cabeza y me descubriese allí, como un idiota, pajeándome en silencio mientras ella hablaba de reconversiones y de aquel informe.

La culpa me subía por el cuerpo cada pocos segundos.

También la rabia.

Y una excitación sucia, desesperada, que no conseguía controlar.

Ahora, bajo el agua, las frases de Gustavo seguían dando vueltas en mi cabeza como si las estuviera leyendo otra vez.

Y todas ellas, o casi todas, eran puñaladas. Golpes donde más dolía. Él, con su juego, hería sin siquiera saberlo.

Cerré los ojos con fuerza. El vapor llenaba el baño. Mi mano derecha bajó otra vez, casi sin querer, y rodeó mi polla. Hacía mucho tiempo que no me sentía así, que no la sentía así. La apreté un poco y solté el aire contra la pared.

Seguía sin entender qué coño me pasaba.

Por qué me ponía así. Por qué le había enviado la foto. Por qué había leído aquel texto entero tantas veces. Por qué ahora, en la ducha, seguía empalmado, recordando cada palabra, mientras mi mujer estaba a pocos metros, aún trabajando.

Me sentía culpable. Me sentía ridículo.

Y, sobre todo, me sentía terriblemente excitado.

Recordé cómo había salido de la cama. Despacio. Con una calma fingida. Me había incorporado con cuidado, apartando la sábana lo justo. Cubriendo mi miembro duro con una mano y girándome ligeramente. Bajando primero la pierna derecha al suelo.

Luego la otra.

Siempre sujetándome, tapándome, con una mano.

Disimulando.

Marina no se había girado.

Ni siquiera estaba seguro de que se hubiera enterado.

Seguía mirando la pantalla. Hablando con esa voz suya que cambiaba cuando trabajaba. Más firme. Más fría.

En otro momento me habría resultado hasta cómico. Imaginar, por un segundo absurdo, qué habría pasado si hubiera aparecido dentro del encuadre de la cámara. Lo cual era imposible.

Había bajado por el lado contrario de la cama. Fuera de ángulo. Fuera de plano. Fuera de todo. Pero allí ya no había nada leve. Nada que hiciera gracia. Todo parecía demasiado caliente. Demasiado cerca. Demasiado sucio.

Y lo peor no era lo que estaba haciendo.

Era no entender por qué no quería parar.

Pues una frase asaltó mi mente, una frase que creía recordar de manera precisa, y volví a empezar, volví a tocarme.

«Algo de culpa tienes tú también. No la miras igual. No la miras como la miro yo. Te has acostumbrado a lo buena que está. A ella le gusta gustar aunque sepa que está buena».

“No la miras como la miro yo”.

La mirada. La mirada que seguro Gustavo había depositado en mi mujer y que seguro ella había detectado.

La mirada que ella había criticado.

Me excitaba imaginar qué habría sentido ella ante lo que era un sucio halago.

Mi mirada seguramente tendía más a la admiración. No era cierto que me hubiera acostumbrado a su belleza. Pero yo no podía mirar con anhelo impúdico. El amor, el afecto… son rivales de ese tipo de miradas.

El agua caía sobre mi miembro, que apuntaba al techo; nada lo calmaba.

Y entonces recordé más de aquel texto:

«No sé cómo te aguantas. Con esa pinta de ejecutiva agresiva, seguro que debajo de la camisa no lleva sujetador. En el fondo está pidiendo a gritos que alguien se la folle, incluso mientras habla con los jefes.»

La imaginé allí mismo, en la habitación, con la camisa rosa impecablemente ajustada a su cuerpo, pero… marcando sus pezones bajo la tela. —¿Cómo lo había sabido Gustavo solo con ver su foto de espaldas?— Allí. Hablando, tensa, nerviosa, con el tal Ferrándiz.

Era absurdo, sabía que no era cierto, pero me la imaginé excitándose en secreto por ese riesgo de mostrarse así ante la cámara, con el peligro de que un mal enfoque revelase la sexualidad de sus pezones bajo su ropa formal.

Mi mano apretó más fuerte y aceleré el movimiento.

El agua ya creaba un sonido húmedo y obsceno contra mi piel.

Y entonces recordé otras frases. Otra vez… algo que parecía más una amenaza que un consejo. Una fantasía que no sabía si era realmente eso o una petición:

«Ojalá te atrevieras a dejármela 15 minutos. 5 para que me mandase a la mierda. 5 para que viera que no soy el imbécil que cree que soy y 5 para sacarle el orgasmo de su vida.»

Cerré los ojos con fuerza y apoyé la frente contra los azulejos fríos.

Quince minutos. Solo quince. La imaginé resistiéndose al principio, con esa mirada altiva que pone cuando está enfadada, y luego rompiéndose poco a poco, dejándose seducir…

Me preguntaba si sería cierto, si se dejaría embaucar como tantas otras que yo había visto caer ante él.

¿Y si realmente le gustaba? ¿Y si en el fondo necesitaba que alguien la tratara así?

La duda me apretó el estómago, pero mi mano no se detuvo.

Al contrario, empecé a pajearme con más intensidad.

«Es lo que necesita. Una buena follada. Una. Para que cambie su orden de prioridades.»

… Una follada de verdad. Dura. Sin contemplaciones. Sin amor. Sin afecto.

Solo sexo.

Quizás ese era uno de nuestros problemas.

Y entonces la imaginé llegando al orgasmo contra su voluntad, mordiéndose el labio para no gritar, para no reconocer que con él sí llegaba…

Y es que ese era nuestro secreto.

Nunca, jamás, había tenido un orgasmo conmigo.

Y, lo que era peor, al principio los había fingido. Y una noche, tras hacerlo, había llegado su derrumbe, su confesión.

Mi comprensión no había servido de nada.

La convencí para que no le diéramos importancia, pero aquello duró poco.

Después, había llegado la distancia.

Cada acto era un recordatorio… no de su incapacidad, sino de mi incapacidad.

Pues sí había llegado al orgasmo con otros hombres. Concretamente con dos.

Al menos eso me había dicho.

Mi masturbación se volvió más turbia, más triste, al recordar eso, pero mi polla palpitaba furiosamente en mi puño, como si no entendiera de tristezas.

Y seguí recordando:

«Me la pone dura Marina. Es así. Me la pone muy dura. Ojalá me dejaras con ella un rato. Sería lo mejor para ella y también para ti.»

Esa frase me golpeaba con especial fuerza.

El hecho de que otro hombre confesara abiertamente que mi mujer lo excitaba de la manera más sucia, más sexual, más carnal…

y que además insinuara que yo también saldría beneficiado…

Me sentía humillado. Me sentía devastado.

Y, sin embargo, esa humillación me excitaba.

Me excitaba que otro hombre le pudiera dar lo que yo no le daba.

Que otro hombre la pudiera excitar de una forma que yo no lo hacía.

Moví la mano más rápido, retorciéndola al llegar al glande.

Y entonces llegó la más salvaje:

«Joder, la empotraría contra esa mesa. Se la metería hasta el fondo. Hasta los huevos. Imagina el grito que pegaría. Imagina su gemido, joder. Seguro que tiene el coñito estrecho, ¿a que sí?»

No pude evitar acelerar mi mano y jadear al imaginar lo que él me pedía imaginar…

un jadeo ahogado bajo el ruido del agua.

La vi perfectamente: inclinada sobre la mesa, la camisa escurrida hasta el cuello, las tetas aplastadas contra la madera, contra su portátil cerrado, con las bragas bajadas hasta los muslos…

y sus piernas separadas… y Gustavo embistiéndola con fuerza, llenándola, colmándola.

Su coño —sí, Gustavo, has acertado en esto también— estrecho, tragándose esa polla que yo había atisbado enorme bajo su bañador mojado.

La imaginé gimiendo, protestando, protestando por esa follada, pero en el fondo agradecida… y acabando por correrse como nunca se había corrido conmigo.

Explotando en un orgasmo, con él también.

Como con aquellos dos hombres.

La rabia, la culpa, la excitación y unos celos extraños se mezclaban en una bola imposible de deshacer.

Me sentía sucio. Me sentía traicionado por mi propio cuerpo. Y aun así seguí masturbándome con desesperación bajo el chorro, cada vez más rápido, persiguiendo un orgasmo que ya notaba subir por mis huevos.

…

…

Pero paré.

Me detuve.

Me controlé.

Resoplé.

Y mi mano soltó mi miembro, que palpitó en una protesta, en el aire.

Pero así evité el orgasmo más triste, culpable y enfermizo de mi vida.