10. El momento robado.
Viernes, 11 de julio.
16:14 de la tarde.
Me despertó su voz.
No una caricia. Ni un beso. Ni siquiera mi nombre. Eso era ya de otro tiempo.
Su voz.
Una frase rápida; una advertencia de que me mantuviera en silencio.
Abrí los ojos despacio.
La habitación estaba en penumbra. El aire acondicionado sonaba bajo, constante, mezclándose con el traqueteo de sus dedos atacando el teclado de su ordenador portátil.
Tardé unos segundos en ubicarme.
La siesta.
El hotel.
Marina.
Giré apenas la cabeza.
Ella estaba sentada frente a la pequeña mesa junto a la ventana, de perfil, o casi de espaldas a mí. El portátil abierto iluminaba parte de su silueta. El pelo le caía desordenado sobre los hombros y una de sus piernas se balanceaba nerviosamente bajo la silla.
Cogí el móvil de la mesilla.
Las cuatro y cuarto.
Había dormido algo más de veinte minutos.
No había tenido más noticias de Gustavo. Nada más que lo último: una conversación breve, por mensajes, incómoda, medio absurda, en la que yo le había recriminado que hubiera llamado a Marina y le había preguntado cómo narices había conseguido su número.
Él había respondido con total naturalidad.
“Me lo dio Sara. Vaya genio tiene tu mujer. Relájala un poco o te va a matar antes de los cuarenta.”
Y lo cierto era que, después del restaurante, Marina tampoco había insistido demasiado con el tema.
Ni siquiera durante el trayecto de vuelta.
Solo había soltado un par de comentarios sueltos sobre “tu amigo” y sobre el morro que tenía; también un “pero ese tío quién se cree que es”, pero bajo aquel enfado vivía soterrada la tensión por su trabajo,
como si la llamada de Gustavo hubiese sido apenas una molestia secundaria dentro de un problema mucho mayor.
Dejé caer mi teléfono móvil a mi lado, sobre la cama.
De soslayo vi movimiento.
Marina acababa de levantarse de la silla.
Abrió apenas la persiana, lo justo para dejar entrar una línea fina de luz blanquísima que partió la habitación en dos. Después se volvió un poco hacia mí, aunque sin mirarme del todo.
—Lo dicho, Sergio. Tengo una call ahora con Ferrándiz y un montón de socios, así que no hables… ni ronques —dijo.
Ya había mencionado aquel nombre otras veces. Lo pronunciaba como si fuera el Espíritu Santo.
A veces, tras pedirme, u ordenarme, que me mantuviera en silencio, dibujaba en su rostro una leve sonrisa al final, como intentando dulcificar la orden, pero esta vez… ni eso.
Marina, de pie, inclinándose hacia adelante, giró ligeramente el portátil, asegurándose de que la cámara no enfocara ni de cerca la cama, donde yo estaba, nada menos que desnudo, apenas cubierto por una sábana.
Y entonces sucedió otra vez.
Otra vez aquel pequeño delirio.
La transformación.
Se quitó la camiseta blanca de algodón que llevaba puesta —una camiseta simple, veraniega— y durante apenas unos segundos su espalda desnuda quedó expuesta en la penumbra fresca de la habitación.
Desde atrás, pude ver cómo sus pechos asomaban por ambos lados de su torso en un movimiento suave, bamboleante, como si su espalda estrecha no pudiera contener del todo la manera en la que sus tetas se proyectaban hacia delante y hacia los lados.
Después cogió la camisa rosa que estaba colocada en el respaldo.
La misma.
Y se la puso.
La tela fue cubriendo despacio sus hombros, desapareciendo primero la piel y después la línea de su espalda. Se sacó la melena de debajo de la camisa con un gesto rápido, acostumbrado, haciéndola caer otra vez sobre la espalda.
Después terminó de abotonársela mirando hacia la pantalla; otra vez sus piernas largas y doradas, desnudas; otra vez camisa y bragas; ahora descalza.
No se me escapó el detalle de que no parecía que fuera a ponerse la chaqueta. Supuse que pretendía que la cámara le enfocase la cara y poco más. Y que, de aquella manera, nadie al otro lado de la pantalla advertiría lo que yo sí sabía: que bajo aquella camisa rosa no llevaba sujetador.
Otra vez un secreto nuestro.
Aunque seguro que a ella ni le importaba ni reparaba en que hubiera, en aquel contexto y momento, nada remotamente nuestro.
Y entonces se sentó, siempre sin dejar de mirar hacia la pantalla, y tuve la sensación de estar viendo cómo desaparecía mi mujer y aparecía otra persona.
Como si aquella prenda tuviera la capacidad de borrar el verano, el sexo pendiente, el restaurante suspendido sobre el mar, incluso nuestras vacaciones.
Trabajo.
Solo trabajo.
Se recogió el pelo rápidamente, se colocó los auriculares sin cable y enseguida se incorporó a una llamada que parecía que ya se había iniciado sin ella.
Su voz cambió al instante.
—Buenas tardes. Sí, perdonad, ya estoy.
Cortés.
Eficiente.
Lejana.
Empezaron a hablar de algo relacionado con una reconversión, unas cifras, unos clientes internacionales y un informe que a mí me sonaba directamente a otro idioma.
Me quedé tumbado boca arriba, escuchando aquel murmullo empresarial incomprensible mientras miraba el techo.
Después desbloqueé el móvil.
Revisé la conversación con Gustavo.
No sabía por qué lo hacía. No sabía por qué me agarraba a él en aquellos momentos.
Le escribí casi sin pensar.
“¿Qué tal la playa?”
La respuesta llegó al instante.
“Estamos en la casa. Hace un calor que flipas. Sara está sobando. Yo me estoy mamando un poco con cerveza fría.”
Me imaginé la escena enseguida.
La calma de una casa de verano. El cantar de las chicharras. El ventilador de techo creando un ruido blanco. Cualquier cosa en la televisión. Sara en su sofá, durmiendo. Gus en el otro, bebiendo. Sal, calor, bañadores, chanclas y sudor.
Y aquello en contraste con mi estampa: encerrado en penumbra, frío aire acondicionado, escuchando a mi mujer hablar de informes financieros a tres metros de mí.
No supe qué responder.
Puse simplemente:
“Ok.”
Y vi aparecer entonces, de él, un “escribiendo…”.
Y entonces llegó otro mensaje:
“¿Qué hace Marina?”
Aquello me sorprendió.
No “qué hacéis”.
No “qué tal estáis”.
Qué hace Marina.
Giré ligeramente la cabeza.
Ella seguía de espaldas, concentrada en la llamada. Por ahora, escuchaba más que hablaba.
“Curra.”
La respuesta de Gustavo llegó casi al instante.
“Jaja. Es indomable la tipa.”
Debajo apareció otra vez:
“Escribiendo…”
Y después:
“Mándame foto.”
Noté un pequeño vuelco en el estómago.
Miré hacia Marina otra vez, que se había soltado el pelo de nuevo.
—…sí, pero esa previsión estaba hecha antes de la revisión de junio… —decía ella, seria, profesional, completamente ajena a mi existencia.
Bajé la mirada otra vez a la pantalla de mi teléfono.
“¿Foto de qué?”
“De ella currando.”
Me quedé quieto. Muy quieto.
Sabía que aquello estaba mal. Y, sin embargo, algo dentro de mí necesitó apenas unos segundos para empezar a justificarlo.
No se le veía la cara.
Era una tontería.
Era una broma.
Solo estaba sentada trabajando.
Solo eso.
Incorporándome apenas sobre la almohada, levanté el móvil despacio.
Encuadré.
Marina de espaldas, casi de perfil.
La camisa rosa ajustada a sus hombros.
El pelo cayéndole sobre la espalda.
Los auriculares.
Las piernas cruzadas bajo la mesa.
La envié.
Y justo después de hacerlo me puse nervioso de verdad. Como si el acto hubiese cruzado una línea que hasta ese momento todavía podía fingir que no existía.
La pantalla mostró “visto”.
Y entonces, nada.
Ni un mensaje.
Ni el maldito “Escribiendo…”.
Solo el chat abierto.
Tragué saliva.
Levanté la vista.
—…no, pero eso habría que volver a revisarlo… —decía, pasándose una mano por el pelo sin dejar de mirar la pantalla del portátil.
Bajé otra vez la vista al móvil.
Él no escribía, pero estaba en línea.
Lo supe. Era evidente.
Gustavo estaba viendo la foto.
Escudriñándola.
Quizá ampliándola.
Quizá deteniéndose en detalles en los que yo no me había fijado.
La camisa.
El pelo.
Las piernas cruzadas.
No había nada realmente, pero sí había algo… turbio, casi erótico, en la postura, y, sobre todo, en el momento, el momento robado. La invasión de la intimidad.
Sentí algo raro. Desconocido. Una incomodidad culpable.
Y entonces apareció:
“Escribiendo…”
Y supe enseguida que esta vez no iba a mandarme otra frase corta. Supe que venía algo más largo. Algo pensado. Algo escrito despacio.
Como aquel otro texto anterior.
Tragué saliva.
Frente a mí, Marina volvía a hablar:
—No, no, Ferrándiz, eso no es exactamente así…
Me sentí mal.
Se la veía agobiada.
Y yo, aun así, seguía revisando compulsivamente la pantalla de mi teléfono.
Esperando.
Ansiando aquel mensaje.
Seguramente sucio.
Quizá excesivo.
Quizá algo que directamente no debería querer leer.
“Escribiendo…”
“Escribiendo…”
“Escribiendo…”
Hasta que llegó.
Y algo me subió por el cuerpo antes incluso de abrirlo.
Lo abrí.
Empecé a leer.
Y durante unos segundos dejé incluso de escuchar a Marina.
Las palabras fueron entrando despacio. Una detrás de otra. Noté cómo mi expresión cambiaba. Cómo tragaba saliva.
Cómo volvía arriba.
Cómo releía una línea.
Y otra.
Y otra.
No.
No.
Se había pasado.
O quizá el que se había pasado era yo.
Yo por enviar la foto.
Yo por seguir leyendo.
Yo por volver al principio y releerlo entero.
Levanté la vista un instante.
Marina seguía allí.
Sentada.
Asintiendo de vez en cuando.
Agobiada.
Ajena.
Completamente ajena.
Volví al móvil.
Lo releí.
Más despacio.
Y esta vez fue peor.
Porque la primera lectura había sido impacto.
Esta ya era otra cosa.
La sensación incómoda de haber cruzado una línea.
De haber llevado algo demasiado lejos.
De haber permitido algo que no tocaba.
Y, aun así, notar que una parte de mí seguía allí.
Pegada a aquella pantalla.
Incapaz de salir.
Me pasé una mano por la cara.
Notaba el pulso.
El calor.
La tensión.
Alcé la vista.
Marina se atusó el pelo.
Y entonces lo noté.
Un espasmo. Mi miembro palpitando. Alzándose. Alterando el estado tranquilo de la sábana.
…
Mi mano libre fue allí.
Mi cuerpo reaccionando antes que mi cabeza.
Noté la dureza. Una dureza casi instantánea. Por haber leído aquella barbaridad.
Por haberlo imaginado.
Por estar imaginándolo.
Sentí mi dureza. Mi miembro tenso. Entre mis dedos. Bajo la palma sudorosa de mi mano.
Eché la piel de mi miembro hacia atrás…
Y sentí un pequeño placer. Un alivio culpable…
… al tiempo que escuché la voz dulce y apocada de mi mujer:
—Sí… eso es cierto, señor Ferrándiz… Eso fue un error mío.