9. Me prohíbe.
Viernes, 11 de julio.
14:50 de la tarde.
El restaurante parecía suspendido sobre el mar.
No literalmente, claro, pero casi. La terraza nacía desde un saliente de roca blanca que avanzaba sobre la playa como la proa de un barco inmóvil, y desde nuestra mesa podía verse toda la curva de la cala: el agua limpia, transparente,
moviéndose apenas con ondulaciones lentas que brillaban bajo el sol de primera hora de la tarde.
Abajo, algunas personas caminaban por la orilla, como si pertenecieran a otra realidad distinta a la nuestra.
Y, sin embargo, lo mejor no era ni siquiera la vista.
Era la temperatura.
Ese equilibrio exacto y rarísimo entre calor y brisa en el que el cuerpo deja de pensar en sí mismo.
El aire olía a sal, a madera caliente y a algo cítrico que debía venir de los cócteles de otra mesa.
La estructura del restaurante proyectaba una sombra elegante sobre la terraza —vigas de madera clara, plantas trepando por columnas anchas de piedra, telas blancas tensadas muy arriba solo como detalle estético— y tuvimos la suerte absurda de acabar justo en la mejor mesa: la esquina más abierta,
pero también la más protegida del viento y del sol.
Marina hablaba con calma mientras dejaba y cogía las gafas de sol sobre la mesa. Yo apenas seguía la conversación. La escuchaba, claro, asentía de vez en cuando, pero mi atención iba y venía hacia ella constantemente, atrapada en pequeños detalles que me parecían insoportablemente bonitos.
Como su vestido.
No me había fijado bien hasta aquel momento.
Era un vestido veraniego, ligero, ceñido arriba y más suelto desde la cintura, cubierto por un estampado diminuto de flores en tonos coral, rosa y crema que parecía hecho para aquella luz concreta.
Los tirantes finos dejaban sus hombros casi completamente descubiertos, dorados por el sol, y el escote, recogido en el centro por una lazada pequeña, tensaba la tela justo lo suficiente para insinuar el peso natural de sus pechos cuando respiraba o se inclinaba ligeramente hacia delante.
Y había algo en el conjunto entero —el vestido, el pelo castaño cayéndole sobre la espalda, la piel tostada, una gargantilla fina descansando sobre su cuello, el bolso pequeño de mimbre apoyado junto a la silla— que hacía que pareciera formar parte del paisaje mejor que el propio paisaje.
Como si el restaurante hubiese sido construido para que una mujer así se sentara exactamente allí, y así, y vestida de aquella manera.
Ella seguía hablándome con naturalidad, relajada al fin tras el trabajo de la mañana, y sonreía mientras miraba el mar.
Y yo pensaba en aquel momento que no era tan grave que nuestra vida sexual no fuera perfecta si todo lo demás lo era.
Pensaba en que aquel disparate de tanto tiempo dedicado a su trabajo terminaría algún día, seguramente más pronto que tarde.
Pensaba que y qué si no estábamos todo el rato tocándonos.
Y qué si ella era más tímida, o más cohibida.
Y qué si no fuera planteable follar con ella en el mar como dos adolescentes en celo.
Recordé entonces que no le había contado aquel exceso de Gustavo y Sara, y dudaba si hacerlo, cuando ella volvió a fijarse en alguien más allá. Era la cuarta o quinta vez que lo hacía. Fruncía la mirada de manera graciosa, toqueteaba sus gafas de sol, se recogía el pelo tras la oreja… y lo decía:
—Te digo que es famoso. Tiene cara de famoso.
Yo, que ya me había volteado varias veces para verlo, casi siempre le decía lo mismo: que era un hombre normal.
A Marina le encantaba jugar a reconocer famosos cada vez que viajábamos.
Yo le soltaba unos “qué más te da” y ella se reía.
Y en esos momentos me recordaba a ella, a ella antes, a ella antes de haber asumido aquellas responsabilidades en su trabajo.
Terminábamos el segundo plato mientras repasábamos qué famosos habíamos visto en nuestros viajes —que era verdad que, de casualidad, habían sido unos cuantos— cuando la pantalla de su teléfono se iluminó y yo me temí lo peor.
Yo, que había desarrollado cierta habilidad vergonzosa para leer patas arriba, vi enseguida y, afortunadamente, que aquella notificación obedecía a una aplicación de una tienda de ropa, no a un correo electrónico de trabajo, y casi suspiré aliviado.
Mi teléfono, también sobre la mesa, se iluminaba menos. Y entonces pensé en Gustavo. En que lo último que nos habíamos escrito había sido aquella barbaridad sexual al respecto de Marina.
Quizás fue el vino. O aquella versión de Marina que parecía haber regresado. Tan relajada, tan luminosa, tan… ella. El caso es que, aprovechando un silencio, terminé preguntando:
—Gustavo no te cae muy bien, ¿verdad?
La miré a los ojos verdes, a su nariz de duende, a su melena voluminosa. Ella se rascó un poco un hombro e hizo un gesto con el rostro como diciendo que… “ni bien ni mal”.
Pero yo sabía que no era cierto.
—Venga, di. No me va a parecer mal. Tampoco es amiguísimo mío —insistí.
Ella suspiró apenas, levantó ambos brazos y se recogió la melena hacia arriba con una mano, apartándosela de la nuca para ventilarse un poco.
Vi el brillo leve del sudor en aquella piel tostada y fina, justo bajo el nacimiento del pelo, y el gesto me pareció absurdamente íntimo.
Después dejó caer el cabello otra vez sobre la espalda y se echó hacia atrás, respaldándose contra la silla.
Al hacerlo, sus pechos se agitaron bajo el vestido con un rebote pequeño y pesado, natural, apenas contenido por la tela floral. Sus piernas, ya cruzadas, le daban un porte singular: solemne y relajado a la vez, como el de ciertas mujeres que parecen elegantes incluso cuando simplemente descansan.
A nuestro alrededor sonaban cuchillos, tenedores, platos apoyándose sobre manteles blancos, conversaciones lejanas, hielo chocando dentro de las copas.
Y todo aquel ruido tranquilo, veraniego, nos envolvía de una manera extraña, haciéndome sentir que aquello era exactamente lo que uno debía perseguir en la vida.
Que el verano era eso.
Que la felicidad adulta, quizás, era eso.
Marina humedeció ligeramente sus labios suaves y perfectos antes de hablar.
—Mmm… la verdad es que no me gusta cómo mira.
Aquello me produjo un impacto rarísimo.
De entre todas las respuestas posibles, jamás habría imaginado esa.
No “es un chulo”. No “me cae regular”. No “va de gracioso y no tiene gracia”.
Eso.
Cómo mira.
—¿A qué te refieres? ¿Mirar a quién? —pregunté, notando de pronto cierta tensión absurda en mi pecho.
Ella hizo un gesto pequeño, incómodo, apartando un instante el pelo y la mirada.
—No sé… —murmuró—. A alguna camarera en el chiringuito de ayer… y a alguna chica también.
Me quedé callado un segundo.
—Ah… bueno… siempre ha sido un poco ligón… no lo puede evitar —dije.
Pero mientras lo decía la observé bien.
Y me di cuenta de que no parecía querer decir exactamente eso.
Había algo raro en sus ojos. Una especie de incomodidad difícil de concretar, como si no terminara de encontrar las palabras exactas o como si le desagradase hablar de ello.
Y entonces, sin pensarlo siquiera, poniéndome súbitamente nervioso, pregunté:
—¿Y a ti? ¿Cómo te mira?
Nada más decirlo me arrepentí.
Fue inmediato.
Sentí esa clase de arrepentimiento físico, instantáneo, que llega incluso antes de que la otra persona responda. Como si acabara de abrir una puerta que no debía abrir.
Pero en ese mismo instante el teléfono de Marina volvió a iluminarse sobre la mesa.
Los dos miramos automáticamente la pantalla.
Y entonces sí.
El drama.
El icono de la catástrofe, allí plantado, luminoso.
Un correo electrónico del trabajo.
Otra vez.
Otra vez aquella sensación de derrumbe silencioso.
Como si alguien hubiera apagado algo de golpe.
Desapareció el restaurante. La playa. El verano. El vino. La brisa perfecta. La terraza suspendida sobre el mar. Incluso desapareció, sobre todo, la Marina de siempre. Aquella chica relajada, divertida, distraída y calmada.
Mi mujer cogió el teléfono enseguida.
Lo desbloqueó.
Leyó.
Y yo, viendo cómo algo cambiaba ya en su expresión, farfullé:
—Pero… ¿no me habías dicho que habías terminado?
Y entonces, lo de siempre: cinco segundos de silencio antes siquiera de que mi frase le llegara.
Cinco segundos en los que lo que yo decía se quedaba suspendido en el aire, pendiente de ser recibido y contestado.
Y ni siquiera me respondió a mí, sino que habló para sí misma:
—No sé por qué le dan vueltas a esto ahora. Es un informe de hace semanas. No entiendo nada… —murmuró, agobiada.
Se notaba en sus ojos. Y, sobre todo, en sus mejillas, que de golpe comenzaron a arder, solapándose el rubor del estrés sobre el del moreno.
Yo no sabía si aquello era muy grave o no. Si implicaba volver a trabajar o no. Nunca lo sabía. Ese era parte del problema: su trabajo funcionaba bajo unas reglas invisibles para mí, como si perteneciera a un mundo paralelo del que yo solo percibía las consecuencias.
—Es viernes por la tarde, Marina… y estamos de vacaciones. ¿Es legal siquiera? —pregunté.
Y me sentí un poco ridículo al decirlo, como si aquella empresa mastodóntica fuera a temer una inspección porque ella respondiera correos durante sus vacaciones.
Un camarero apareció entonces junto a la mesa, discreto, profesional, con una media sonrisa cansada de temporada alta.
—¿Han terminado?
—Sí, sí… —contesté yo.
Marina ni siquiera levantó la mirada.
Seguía leyendo el correo con el ceño ligeramente fruncido, atrapada ya en ese estado mental suyo en el que todo alrededor parecía dejar de existir. El camarero retiró los platos con movimientos suaves y yo aproveché ese instante muerto para mirar mi propio teléfono.
La última conversación seguía siendo la de Gustavo.
Aquel texto enorme.
Aquella barbaridad.
Alcé la mirada.
Marina continuaba ofuscada con el móvil, mordiéndose apenas el interior del labio mientras releía algo del correo.
Bajé otra vez la vista hacia la pantalla.
Y recordé una parte concreta del mensaje de Gustavo. Ni siquiera necesité releerla. Seguía allí, grabada con una claridad obscena:
“Tiene que saber que vienes caliente y que estás hasta las narices de que se esconda detrás de su curro… Y ella tiene que sentir que el castigo es justo. Ese es el juego. Y ni le hablas. Te la follas, Sergio. Es lo que haría yo.”
Sentí un escalofrío extraño.
Porque la escena que tenía delante parecía encajar demasiado bien con aquellas palabras.
Marina suspiró de pronto, cansada, o estresada, y se levantó de la silla.
El vestido floral cayó sobre su cuerpo con una elegancia blanda, adaptándose a sus curvas mientras se incorporaba.
La tela se tensó apenas en sus caderas antes de volver a soltarse sobre sus piernas largas y doradas.
Las sandalias finas dejaban sus pies casi completamente expuestos y, cuando empezó a caminar, el movimiento natural de su culo bajo el vestido me produjo esa mezcla ya habitual de deseo y melancolía.
La observé alejarse entre las mesas.
Pasó junto a la barra y me pareció verla hablar brevemente con uno de los camareros, señalando nuestra mesa.
La cuenta.
No habíamos tomado postre.
Y yo odiaba cuando hacía eso. Cuando tomaba pequeñas decisiones por los dos sin contar conmigo. Cosas mínimas. Cotidianas. Pero que, sumadas, me hacían sentir a veces como un acompañante de su vida en lugar de una parte activa de ella.
Me quedé mirando el mar un segundo.
El sonido de platos, conversaciones y cubiertos volvió a rodearme, pero ya no sonaba igual que antes. Todo parecía más lejano. Más apagado.
Y entonces mi móvil vibró.
Lo miré enseguida.
Gustavo.
Sentí un pequeño vuelco nervioso en el estómago.
Supuse que me preguntaría por Marina. Por si al final había pasado. Por si había cumplido de verdad aquella especie de desafío enfermizo que me había escrito.
Abrí el mensaje.
“¿Os apetece vernos esta tarde en la playa y cenar luego?”
Me quedé quieto unos segundos.
Después levanté la mirada.
Marina había desaparecido. Supuse que ya estaría en el aseo.
Bajé otra vez al teléfono.
Y respondí:
—No lo sé. Hablo con Marina a ver.
Pero lo cierto era que me temía que también trabajara por la tarde. Y que su promesa de acción tras la siesta sería muy pronto otra promesa incumplida.
Pero no era no hacer el amor con ella lo que más me dolía.
Era la manera en la que la perdía.
La manera en la que yo, y nosotros, dejábamos de importar en cuanto el trabajo reclamaba algo de ella.
Gustavo pareció entonces —a su manera— leerme la mente.
El mensaje llegó apenas unos segundos después:
“Tío, ¿no me digas que sigue currando? Que desconecte de una vez. Dile que ni de puta coña.”
Me quedé mirando aquellas frases.
Había algo en el tono que me incomodaba.
Algo posesivo.
Como si hablara de Marina con una familiaridad que no le correspondía. Como si pudiera opinar sobre ella desde un lugar demasiado cercano. Y, al mismo tiempo, había algo seductor en aquella seguridad brutal suya, en esa manera de convertirlo todo en algo simple: o eliges tu vida o eliges el trabajo.
Yo no sabía hacer eso.
Ni siquiera sabía qué responderle.
Porque, en el fondo, tampoco sentía tener derecho a decirle a Marina qué debía hacer.
Y seguí dudando qué contestar.
Pero entonces volvió a aparecer ella.
La vi acercarse entre las mesas lentamente, con el teléfono en la mano.
El vestido floral se movía alrededor de su cuerpo con cada paso, suave, ligero, y las sandalias golpeaban la madera de la terraza con un sonido seco y elegante.
El sol atravesaba algunos huecos de la estructura y le dibujaba franjas cálidas sobre la piel dorada de sus piernas.
Venía seria.
No enfadada.
Pero sí absorbida por algo.
Y entonces, cuando estaba ya cerca de nuestra mesa, se detuvo.
El teléfono pareció iluminarse otra vez en su mano.
Miró la pantalla.
Después me miró a mí.
Y exteriorizó una gesto extraño.
Una mezcla de sorpresa y tensión.
Quizás, sobre todo, incredulidad.
Respondió.
—¿Sí?
Su voz sonó distinta desde el primer instante.
Más rígida.
La observé hablar entre camareros y mesas llenas de turistas, apartándose ligeramente hacia un lado de la terraza.
Bajó la cabeza mientras escuchaba, se tocó el pelo con nerviosismo y empezó a caminar despacio, sin rumbo concreto.
Luego se recogió toda la melena hacia arriba con una mano, dejando la nuca al descubierto, como si necesitara aire. Segundos después volvió a soltarla.
Sus pechos tensaban la fina tela del vestido sin proponérselo.
Su rubor no se iba, pero parecía entonces diferente.
No lograba entender si estaba discutiendo con alguien del trabajo o si simplemente intentaba mantenerse calmada.
Pero algo iba mal.
O, al menos, algo la perturbaba, la sorprendía, casi la indignaba.
Finalmente colgó.
Regresó hacia la mesa con pasos firmes y, justo cuando volvía a sentarse, el camarero apareció con la cuenta sobre una bandeja negra.
Y entonces Marina, todavía con el teléfono en la mano y las mejillas encendidas, dijo, casi sulfurada:
—Me acaba de llamar Gustavo diciéndome que… cágate… me prohíbe… Me prohíbe, literal, trabajar más este fin de semana.
La miré, helado.
Ella soltó una risa breve, incrédula, llena de irritación.
—¿Pero tu amigo es idiota o qué coño le pasa?