Entrega imperfecta 8. La trampa habitual.
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8. La trampa habitual.

Pasó por delante de mí y abrió el armario.

—¿Bueno qué, qué hacemos? —preguntó, dándome la espalda y observando los vestidos de playa que colgaban de varias perchas.

Yo sentía un deseo diferente, extraño, quizás incluso, y por primera vez, turbio, después de haber leído el mensaje de Gustavo.

Y sabía que, en cierto modo, tenía razón, que aquello no podía ser, que tenía que reaccionar, que probar, que forzar.

Recordaba haber temblado solo por acariciarle un pecho sobre la ropa, a mi propia mujer…

Recordé el miedo al rechazo y me sentí ridículo, y, en cierta forma, también triste.

Sabía que aquello no era normal, que poco a poco, por nuestro secreto, por nuestro problema, había ido aceptando como usual su rechazo en según qué momentos.

—Pues hacemos… lo que quieras… ¿Tú has terminado? ¿Has terminado del todo? —pregunté, sentado detrás de ella, que movía varias perchas, pero sin descolgar nada.

Mis ojos se perdían en sus piernas torneadas, doradas y largas, y en su trasero, casi completamente oculto bajo la camisa que caía suelta.

—¿Yo? Pues creo que igual me libro y no me tengo que conectar más.

—¿En todo el fin de semana? —pregunté, ilusionado.

—Sí, espero que sí, vamos —dijo y entonces hizo dos gestos casuales que me desarmaron.

Primero se rascó la nalga derecha con las uñas de dos o tres dedos, un movimiento lento, casi distraído, que subió la camisa rosa lo justo para dejarme ver la curva inferior de su culo, redondo y firme, apenas cubierto por la braga azul marino.

El gesto fue tan natural, tan femenino, que me golpeó directo en el bajo vientre.

Después levantó el brazo, se tocó el pelo desde arriba y lo dejó caer con un suspiro profundo, mezcla de cansancio y duda.

La melena castaña cayó en cascada sobre su espalda, brillando bajo la luz que partía con fuerza del exterior, atravesando las persianas, y el aroma de su champú mezclado con sudor limpio me llegó como una puñalada.

Me encendí.

Me levanté sin pensar, casi con miedo de mi propio impulso.

Me acerqué por detrás y la abracé, pegando mi pecho a su espalda.

Mis manos rodearon su cintura, sintiendo el calor de su piel a través de la fina camisa rosa.

Inhalé en su nuca: olía a ella, a ella en esencia, en origen, sin perfume, sin sal, sin crema, sin playa…

solo a ella. Mis manos subieron despacio por sus costados, rozando las curvas de sus pechos, notando cómo se tensaba ligeramente.

Ella tembló un poco, quizás por la sorpresa, pero no emitió sonido alguno. Tampoco cuando mi miembro semierecto presionó contra su culo.

Sentí la vergüenza subir por mi cuello, el temor irracional a que me apartara, a que me rechazara otra vez. Pero no me detuve. La abracé más fuerte, pegando mi pelvis contra ella, rozando mi polla contra la curva de sus nalgas mientras me disponía a besar su mejilla con los labios temblorosos.

—Sergio… —susurró ella.

Intenté girarla hacia mí, con las manos en sus caderas.

—Para… —dijo en un susurro bajo, casi sin fuerza, pero no se apartó del todo.

—¿Por qué? —pregunté, casi protestando.

—No sé… Si no se va a hacer tarde para comer…

—No es ni la una y media, Marina…

No supe si fue rabia o desesperación, o, sobre todo, excitación, pero no esperé respuesta. La giré entre mis brazos con un movimiento firme, pero suave. Nuestros rostros quedaron frente a frente. Sus ojos, grandes y algo sorprendidos, me miraron un segundo antes de que mi boca fuera hacia la suya.

La besé con ansia. Su boca estaba fresca, húmeda.

Mi lengua entró buscando la suya, profunda, casi desesperada.

Ella aceptó y eso me reconfortó, y respondió con un gemido tenue, abriendo los labios, dejando que la besara y que entrara.

Su lengua, respondiendo, me hizo sentir una descarga, una descarga que terminó en mi miembro, que repuntó y que ella quizás notó.

Mis manos bajaron por su espalda y subieron de nuevo, tocando solo tela, pero magreándola con excitación y angustia: una mano se coló después bajo su camisa…

y entonces, espoleado por aquel mínimo gemido suyo al sentir mi beso…

me atreví, me atreví y toqué piel, piel suave, cálida…

y subí por su costado buscando el cambio, hasta que lo encontré y temblé un poco al sentir el tacto de una de sus tetas grandes y desnudas, y sentí su peso caliente, húmedo y casi pegajoso…

y me estremecí al sentir su pezón, que palpé torpemente con mi dedo pulgar.

La otra mano bajó hasta su culo, decidida, apretando la carne firme por encima de sus bragas azul marino.

—Uy… Mh —gimoteó.

—Uy… ¿qué…? —ronroneé, boca con boca.

—Mmmm, uy, que cómo estamos, eh… —susurró ella, graciosa, entre beso y beso, con la voz entrecortada.

No contesté. Solo la besé más fuerte, más sucio, mordiendo su labio inferior mientras seguía apretando su pecho y su culo, pegándola contra mí, buscando así que se diera cuenta y sintiera lo duro que estaba.

Reculé, llevándomela conmigo, hacia la cama, sin separarnos.

Caímos sentados en el borde, desordenados, casi torpes.

Nuestras bocas seguían unidas, lenguas enredadas, saliva mezclándose.

Ella me sujetaba del pelo con una mano mientras yo le desabrochaba otro botón de la camisa con dedos impacientes, dejando que sus pechos quedaran más expuestos.

La besaba con urgencia, bajando a su cuello, oliendo su piel caliente, mientras mis manos seguían recorriéndola: una apretando su teta desnuda, la otra colándose bajo la braga para tocar su culo directamente.

Todo era prisa, respiración agitada y manos que no sabían dónde quedarse.

Yo, excitado, me debatía entre una extraña alegría, como si me diera tiempo a decirme a mí mismo que todo había sido exagerado, que no era todo tan grave, y la desconfianza de que en cualquier momento aquello se truncase… por decisión suya.

Entre beso y beso, me bajé el bañador y lo dejé caer al suelo.

Entre mordisco y mordisco, conseguí desabrochar todos los botones de su camisa.

Entre jadeo y jadeo, presenté orgulloso mi miembro erecto y con el glande ya despejado y completamente humedecido.

Y entonces sucedió.

Sucedió lo que podría ser un paso más hacia el fin que yo quería… o una trampa habitual.

Sucedió que ella envolvió mi polla con su mano, con firmeza, mientras nuestros labios friccionaban, mientras nuestras lenguas jugaban y mientras nuestros cuerpos se encontraban en el límite entre mantenerse sentados o recostarse.

Y entonces inició el movimiento.

Lenta. Deliberada. Su mano derecha envolvió mi polla con una presión perfecta, ni demasiado fuerte ni demasiado suave, y comenzó a subir y bajar con una cadencia que parecía calculada para volverme loco.

Sentí cada centímetro de su palma caliente deslizándose sobre mi piel tensa, el pulgar rozando el glande húmedo en círculos lentos, esparciendo el preseminal que ya brotaba sin control.

A veces apretaba más en la base, a veces aflojaba en la cabeza, torturándome con esa variación impredecible que me hacía jadear contra su boca.

Dejamos de besarnos. Nuestros rostros quedaron muy cerca, respiraciones entrecortadas chocando. Mis ojos bajaron sin poder evitarlo.

Sus pechos, grandes y pesados, se agitaban con el movimiento rítmico de su brazo.

La camisa rosa abierta se movía con ellos, dejando que bailaran libremente entre la tela.

Los pezones, duros y rosados, parecían brillar, imponerse, con cada vaivén.

A veces, cuando aceleraba un poco, sus tetas rebotaban con más fuerza, golpeándose suavemente entre sí, hipnotizándome.

Ella usaba las dos manos por momentos: una masturbándome con firmeza, la otra bajando a acariciarme los huevos, masajeándolos con suavidad, tirando de ellos con delicadeza.

Luego volvía a usar solo una, extendiendo otra vez mi preseminal por todo el glande con el pulgar, lubricándome, haciendo que el movimiento sonara húmedo, obsceno.

En un momento dado tiró de la manga de su camisa hacia atrás con la mano libre, como si no quisiera mancharse los puños, un gesto tan práctico y a la vez tan erótico que me hizo gemir.

—Joder, Marina… —jadeé, casi sin voz.

Disfrutaba… Pero al mismo tiempo desconfiaba. Conocía demasiado bien ese proceder, esa concentración, ese falso altruismo, esa cadencia lenta, controlada, supuestamente generosa. Era su trampa habitual: hacerme explotar con la mano para… para evitar follar de verdad… Y yo caía. Casi siempre caía.

Acaricié uno de sus pechos con una mano temblorosa.

Era enorme, pesado, caliente. Lo apreté, sintiendo cómo se desbordaba entre mis dedos y ella gimoteó un “uum” suave que me mató.

Bajé la mirada y admiré sus areolas: grandes, rosadas, anchas, que contrastaban con las pequeñas y oscuras de Sara, que había visto aquella misma mañana.

Las de Marina eran más femeninas y a la vez más obscenas, más sexuales.

Ella aceleró entonces. Su mano subió y bajó más rápido, más firme, apretando justo en el punto que sabía que me destrozaba.

—Para… —jadeé, casi suplicando—. No… para…

Quería follármela. Quería entrar en ella. No correrme así.

Quería follarme a mi mujer.

Pero ella mantuvo el ritmo, implacable, mirándome a los ojos con una mezcla de ternura y picardía.

—Después de comer… —susurró, sin dejar de masturbarme— volvemos… a echar la siesta… si quieres…

La promesa a futuro.

Lo de casi siempre.

Y quise negarme… pero ya era tarde. Ya era tarde para salvarme.

Ella me conocía tanto que sabía justo dónde apretar, y con qué fuerza. Permitirme aquella caricia en su teta y su “umm”, quizás un poco falso, o al menos exagerado… había sido la guinda de la trampa, el inicio de mi imposibilidad de volver atrás.

Los síntomas de mi orgasmo eran ya más que indicios.

Asentí a su promesa de volver al hotel después de comer… para follar… sabiendo que no sería tan sencillo, que el acuerdo era rompible por su parte… y entonces jadeé.

Jadeé al sentir cómo aceleraba el movimiento, firme, resbaladiza, apretando justo donde más me deshacía.

Con la otra mano se apartó el flequillo y abrió más su camisa rosa, dejando sus tetas completamente expuestas, en una clara incitación a que mirase.

Sabía que si miraba cómo se agitaban con fuerza, pesadas y libres, rebotando con agilidad imponente… explotaría al instante.

Y así fue.

El orgasmo me atravesó.

Gemí al aire fresco de la habitación mientras mi polla empezaba a palpitar con violencia.

El primer chorro grueso y caliente no salió disparado, sino que brotó, se derramó por mi glande, discurriendo y cayendo hacia su mano y entre sus dedos, manchándome a mí y manchándola a ella, uniéndonos en mi propia viscosidad.

Ella, sin emitir sonido alguno, ni de deseo ni de sorpresa, siguió masturbándome, más lento, pero profundo, exprimiéndome sin piedad.

Chorros sucesivos de semen caliente salpicaron el dorso de su mano, resbalaron más por entre sus dedos y mi tronco, y entonces dos latigazos sorprendentes sí saltaron y aterrizaron sobre mi vello púbico y mi vientre, dibujando líneas blancas y calientes sobre mi piel.

Mis caderas se sacudían sin control, buscando más fricción con su mano. Mis ojos observaban cómo sus tetas rebotaban y cómo sus dedos se impregnaban de líquido blanco y espeso, mientras ella me sacaba hasta la última gota, simplemente habilidosa y correcta…

… como tantas otras veces.

Me dejé caer hacia atrás y cerré los ojos.

Y entonces escuché su voz dulce:

—Caray… has echado mucho.

Su voz, excesivamente protectora, como si el acto sexual solo me incumbiera mí… casi me molestó.

—Espera, te limpio… —remató, y la sentí moverse, incorporarse y salir de la cama, en dirección al cuarto de baño.

Ahora escucharía el ruido del agua del grifo: ella lavándose la mano.

Después escucharía el sonido de sus pasos: ella trayendo papel higiénico.

Después yo le diría “gracias, trae” y me limpiaría yo mismo.

Como siempre. O como casi siempre.

Su táctica. Su trampa…

Para no follar.

Había sido impecable.