7. La amenaza.
Lo releí. Aún más encendido. Y otra vez sentí un compendio inasumible de sensaciones.
Me preguntaba con qué derecho me escribía aquello. Con qué derecho hablaba así de mi mujer. Con qué derecho la describía. Con qué derecho se inmiscuía así en nuestra relación.
Aunque era innegable que algo se despertaba, y por eso lo releía. Algo se despertaba en mí, empujando mi bañador.
Y era innegable que pudiera tener razón; que quizás la solución no estaba en la negociación, en pedir permiso, sino en hacerle ver a Marina que, a veces, la necesidad ha de imponerse sobre el decoro.
Introduje la tarjeta en la puerta aún sin saber hasta qué punto me dejaría llevar. Y es que el texto me empujaba, y empezaba diciendo lo que yo debía hacer, o lo que él haría si fuera yo, nada más entrar por la puerta. Sin hablar. Sin preguntar.
Una parte de mí me pedía, enrabietado con él, con ella, cumplir lo que en aquel texto se describía.
Y, si saliera mal… ¿qué pasaría?
Quizás no había nada peor que seguir como estábamos.
Empujé la puerta y me asaltó de nuevo el frescor del aire acondicionado del interior.
No escuché su voz. La vi de soslayo, al fondo, sentada, sin la chaqueta, ya solo con la camisa.
No me recibía. Miraba su teléfono.
No me hablaba.
Y sentí el impulso físico de obedecer. De cumplir.
Cerré la puerta tras de mí, dejé la mochila en el suelo, alcé la vista y la miré más detenidamente, y entonces ella sí habló:
—Ey… Acabo de leer lo que me habías enviado. Te iba a responder ahora. Acabo de terminar.
Su voz salió suave. Dulce. Se apartó un poco el pelo de la cara mientras yo me acercaba.
Y ya no sabía en qué modo iba hacia ella. Si con rabia acumulada… o bajando revoluciones por su dulzura, por su calma… por su belleza.
Se puso en pie, no sin antes dar un último vistazo a su ordenador. La chaqueta colgaba del respaldo de la silla. En camisa, bragas y sandalias, se giró hacia mí al tiempo que se hacía con el botellín de agua que había sobre el escritorio.
—¿Y tú qué? ¿Has estado con ellos? —preguntó antes de beber.
Yo era una mezcla de tensión sexual sulfurada, amor, necesidad física, ganas de cumplir con lo que Gustavo me había enviado y miedo a que un intento directo la hiciera enfadar.
—Sí. He estado con ellos.
—¿Ah, sí? ¿Dónde? —preguntó y volvió a beber. De pie, frente a mí. Tranquila. Amable. Jovial.
Y aquello me calmaba y me encendía a la vez.
Otra vez la sensación de un deseo injusto, de un deseo que no podía ser calmado.
—Aquí… relativamente cerca. En una de las playas de por aquí —respondí, y observé que bajo su camisa rosa no había ni sujetador ni parte de arriba de bikini.
La tela fina descansaba directamente sobre sus pechos y el movimiento suave de su respiración hacía que se insinuaran bajo aquel sutil recato.
Aquello hacía que toda ella pareciera más vulnerable y más inaccesible al mismo tiempo.
Como si estuviera casi desnuda delante de mí…
y aun así siguiera manteniendo una distancia imposible de salvar.
No permití que el silencio se alargase. Una carga angustiante me guiaba.
—¿Te conectaste con la cámara así?
—¿Así cómo? —se sorprendió.
Y entonces me atreví. Y me dolió sentir que aquel movimiento, con mi propia mujer, era un atrevimiento.
Con el pulso desbocado y un nudo en el estómago, pronuncié un tenue “así, sin nada debajo…”
, levanté la mano y la posé directamente sobre su pecho izquierdo, por encima de la camisa rosa.
Sentí el calor inmediato de su piel a través de la tela fina, el peso firme de su pecho llenándome la palma.
El pezón, tierno y nítido, abultaba ligeramente la tela y sentí ese relieve sexual al instante.
No me atreví a apretar; simplemente temblé sobre su potencia, aterrado porque en cualquier momento apartara mi mano o me rechazara de palabra.
Lo que hizo fue recular un poco.
Sin hablar.
No pronunció un “qué haces”. Como si ella también supiera que no procedía una reacción exagerada.
Simplemente se apartó y susurró:
—Llevaba la chaqueta cuando estaba conectada.
Lo dijo en un hilo de voz, tras haberme rechazado. Como si estuviera especialmente desconcertada o como si se sintiera culpable por rechazarme.
Nos miramos en silencio.
El texto de Gustavo. Su belleza facial. El tacto de su pecho, que aún podía sentir en mi mano.
No me pude contener.
Aquello no me lo podía negar.
Me incliné para besarla.
Y ella no se apartó.
Nuestros labios se encontraron con una suavidad extraña, casi cautelosa.
Sentí el frescor del agua que ella acababa de beber en mi boca desde el primer instante; conseguí que sus labios me dieran acceso y, tenso, nervioso y con una lascivia impropia —pues era mi esposa—, me excité como si no lo fuera al sentir que accedía al tacto y a la tensión húmeda de su lengua.
Llevé ambas manos a su cintura.
La camisa rosa, fina, cedió bajo mis dedos. Noté el hueso de sus caderas, la curva estrecha de su cuerpo y el leve estremecimiento que le recorrió el abdomen cuando la atraje un poco hacia mí.
Y entonces volvió a golpearme el recuerdo del tacto de su pecho.
La sensación tibia y firme bajo mi mano.
Tuve el impulso inmediato de subir otra vez. De abarcarla mejor. De tocarla ya sin miedo.
Pero no me atreví.
No después de cómo había reculado.
No después de aquella mezcla de dulzura y distancia.
Ella se dejó besar un poco más, breve, suave, y luego giró apenas la cara con delicadeza, casi como si necesitara apartarse sin que pareciera un rechazo.
—Caray… Estás como… ardiendo… —susurró, de forma extraña y con una pequeña sonrisa cansada.
Y bajó la vista un instante hacia mi camiseta húmeda por el sudor, a la altura del pecho, antes de separarse despacio de entre mis manos.
Sin brusquedad.
Sin tensión aparente.
Pero separándose.
La observé.
La observé de verdad.
La camisa rosa seguía sin remangar, ordenada, cubriéndole los brazos hasta las muñecas como si todavía siguiera atrapada en el modo trabajo.
El cuello abierto dejaba ver apenas el inicio de un canalillo suave, contenido, y bajo la tela fina sus pechos se imponían con una contundencia serena, llenando la camisa con una presencia casi hipnótica.
Dos curvas firmes.
Dos turgencias tensas y plenas bajo aquella tela ligera.
Y entonces lo vi.
Apenas perceptible.
El relieve sutil de sus pezones marcándose mínimamente bajo la camisa.
Mi respiración se alteró.
Fueron dos, tres segundos mirándola. Mirándola demasiado.
El texto de Gustavo volvió a atravesarme la cabeza.
La habitación. Su porte profesional sobre sus piernas desnudas. Su forma de estar allí.
Y me incliné otra vez hacia ella, esta vez con mucha menos calma.
Con necesidad.
Pero entonces sí reculó.
Giró un poco el rostro y apoyó una mano ligera contra mi pecho.
—Caray, eh… espera —susurró, con una sonrisa rara, casi nerviosa—. Me voy a lavar los dientes. Llevo tres cafés. Tengo la boca pastosa.
Y aunque sonrió al decirlo, yo sentí aquello como una excusa.
Como una manera suave de frenarme.
Ella se apartó despacio y caminó hacia el aseo.
Y yo la observé marcharse.
Las sandalias golpeando apenas el suelo. La caída de la camisa sobre su culo y sus muslos. La calma de sus movimientos.
Yo aún no sabía si el desplante había pretendido solo retrasarlo… o directamente rechazarme.
No tardé en escuchar el zumbido de su cepillo eléctrico.
Me senté sobre la cama. Revisé mi teléfono. Gustavo no me había escrito nada más. Yo tampoco le había respondido.
Me tensé cuando la idea de releer su texto sobrevoló mi mente otra vez.
Tragué saliva.
Sentía una erección casi permanente. Una erección que Marina no había descubierto. Ni palpado. Ni siquiera mirado.
Mi entrada en la habitación no había sido como la que había propuesto Gustavo.
Ni de lejos.
Lo que Gustavo le haría… si fuera yo. Si pudiera. Si tuviera el permiso.
El zumbido del cepillo continuaba.
Entré en la conversación con Gustavo.
Henchí los pulmones.
Me tensé más.
Allí, sentado, releí e imaginé.
Imaginé que de verdad me hubiera atrevido —o me atreviera— a hacer lo que él había plasmado en aquel mensaje.
Imaginé.
Leí:
Si Marina fuera mi mujer sabría que dejarme tirado una mañana como esta no iba a salirle gratis.
Solo escucharme abrir la puerta ya sabría lo que le tocaría.
A veces hay que tratarlas así, Sergio, no me jodas, tienen que saber que los actos tienen consecuencias.
Nada violento, joder, o sí, un poco, si la tienes que sacar de un tirón de delante de su puto ordenador, la sacas, si le tienes que abrir la camisa de un manotazo y te cargas un par de botones pues mala suerte.
Si te pasas mordiéndole esas pedazo de tetas que tiene…
tendrá que joderse… Tiene que saber que vienes caliente y que estás hasta las narices de que se esconda detrás de su curro…
Y ella tiene que sentir que el castigo es justo.
Ese es el juego. Y ni le hablas. Te la follas, Sergio.
Es lo que haría yo. Te la follas. O me la follaría.
Sí. Yo es lo que haría, me follaría a tu mujer a cuatro patas…
Al primer grito ya no iba a saber ni dónde coño trabaja…
Imagínatelo, joder… Me la follo yo y le quito la tontería.
Imagíname que se la meto bien hasta el fondo.
Imagínatela chillando. Es lo que tendrías que hacer tú, joder.
Tragué saliva de forma abrupta, sin querer, como si llevara un minuto sin respirar. Y quizás lo llevaba.
Mi polla repuntó y vertió una gota de preseminal por dentro de mi bañador.
Mi corazón explotaba.
Esta vez que lo había leído… me había sonado diferente.
La primera, o las primeras, me habían sonado más a sucio consejo, y quizás, como mucho, a fantasía.
Y me había visto afectado, y hasta enfadado, por su osadía. Por cómo hablaba así de ella. Con aquella crudeza. Con aquellas palabras que la denigraban.
Era el mismo texto, pero esta última vez, esta última releída… la había sentido… casi como una amenaza.
Una amenaza velada que cubría todo lo demás, convirtiéndose casi en lo único importante.
Dejó de escucharse el sonido del cepillo de dientes. Ahora se escuchaba el agua del grifo.
Yo, de nuevo, no sabía qué sentir.
Solo sabía que una nueva y sucia excitación se despertaba en mí.
Una excitación que no sabía adónde me podría llevar.
Ni si la podría controlar.
Marina salió entonces del aseo.
Era imposible que no viera mi erección.
Pero no dijo nada.