Entrega imperfecta 6. Si yo fuera tú.
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6. Si yo fuera tú.

Viernes, 11 de julio.

11:59 de la mañana.

Con el agua a la altura de las rodillas, caminaba y giraba sobre mí mismo, libre y, a la vez, como un animal rodeado por una jaula ficticia. Mi malestar tenía tantos factores que no sabía ya a quién culpar. Quizás había tantos culpables que no se podía culpar a nadie.

Marina y yo teníamos un problema y yo, sin hablarlo con Gustavo, tenía la sensación de que él quería mostrármelo. No fingía ni exageraba su tipo de relación con Sara, pero era evidente que había un cierto exceso.

La cuestión era que él no sabía que, más allá del problema visible, había otro invisible.

Un secreto.

Un secreto nuestro. Algo que en un principio no había tenido tanta importancia —o al menos ella había dicho que no la tenía— y nunca llegamos a reconocerlo, pero era evidente que se había convertido en un gran elefante en la habitación de nuestro matrimonio.

Miré hacia la orilla. Gustavo y Sara volvían del chiringuito con unos refrescos y quizás cerveza tibia.

Me fijé en ella, en la distancia…

Sara era tremendamente sexual.

Había algo de alarde en sus movimientos. Había algo de incitación en su mirada. No era un juego, era un don. No era gustarse, era mostrarse. No era pedir atención, era asumirla.

Se quitó la camiseta de tiras, que apenas cubría sus medianos pechos, y bebió de su lata, escaneando la playa de punta a punta, sin detenerse en mí.

Allí, de pie, plantada, bebiendo, con sus nalgas duras y sus pechos libres.

Recordé cuando Gustavo le había echado crema hacía unos minutos. En silencio. Con afecto. No había habido ñoñería… sino… pulsión. Cuando se tocaban, irradiaban una tensión sexual que me tensaba.

Me dije que no podía culparlos de eso. Y, en mi defensa, siempre podría decir que no es lo mismo un año de relación que cinco. El problema era que no era solo eso.

Caminé por la arena casi ardiente, llegué a mi toalla y me agaché para buscar mi teléfono móvil en mi mochila.

Sin noticias de Marina. Ni siquiera doble check azul ante mi “¿qué tal vas? ¿Cuándo crees que acabarás?”. Y entonces otro móvil sí cobró vida: Sara respondía a una llamada y comenzó a hablar con voz suave mientras empezaba a pulular, como solo se pulula al teléfono.

Me senté al lado de Gustavo y no me dio tiempo a tener el pálpito de que esta vez sí pondría las cartas sobre la mesa, porque lo hizo incluso antes de que pudiera sentirlo.

Empezó enredante, hablando de Sara y de sí mismo, otra vez a modo de falso espejo respecto a mi relación con Marina, hasta que dijo algo que me hizo mirarlo con atención:

—Cuando conocí a Sara no es que fuera una monja, precisamente… pero tampoco era así. Estas cosas hay que saber llevarlas.

Yo no supe qué pensar. Quizás lo primero que reflexioné, tras desviar la mirada, fue por qué habíamos montado aquel plan a cuatro.

Desde luego, no necesitaba que Gustavo me mostrase nuestras vergüenzas.

¿Y qué narices era eso de “saber llevarlas”? ¿Cómo podía ser tan presuntuoso?

Sentía hasta un deje machista en aquella afirmación.

No pude evitar murmurar un “bueno, qué sabrás”, que suavicé con un posterior “cada relación es un mundo”.

Y entonces Gustavo soltó lo que para mí fue una bomba, y fue inevitable que me lo tomara como una afrenta:

—No me digas que no te huele raro lo del trabajo.

—¿Raro? ¿Raro cómo? —me revolví.

—Hombre… no tener vacaciones, quedarse en el hotel así… —se encogió de hombros—. No sé, Sergio. Canta un poco…

—¿Canta un poco? Acaba de empezar en ese puesto. Ya le dijeron que los primeros seis meses iban a ser así, hasta que reestructurase… lo que coño tenga que reestructurar —le interrumpí, y él bebió.

Se hizo un silencio. Sara deambulaba con el agua cubriéndole los tobillos, hablando por teléfono, mirando hacia abajo y con los brazos medio cruzados.

La palabra raro seguía rebotando en mi cabeza.

—No, en serio. Dime. ¿Raro de qué? —pregunté, intentando sonar templado.

Gustavo resopló, como si no quisiera meterse pero ya estuviera dentro.

—Mira… yo he visto esto más veces. Uno, o una, está a mil, no tiene tiempo para nada… y de repente lo dejan, o aparece alguien… y oye, milagro: tiempo para todo.

—No me lo estás diciendo en serio… —susurré, tragando saliva. Sentía que mi piel ardía.

—No te estoy diciendo nada extraño, joder. Solo que… —me miró de lado— que a veces las cosas… yo qué sé. Es raro y ya está.

—Y como te parece raro ya es que… En fin —dije a toda velocidad—. Como te parece raro, ayer te pones a follar para que te escuche bien… ¿a qué coño vino eso?

Él cogió aire, pero esta vez sonrió antes de beber.

Los dos sentados, con las piernas flexionadas, cada uno en su toalla, mirando a la orilla, o a Sara en tetas… Era todo incómodo, surrealista, casi delirante.

—Vino a que… —se rascó la barbilla— a ver si espabilas un poco.

—¿Perdona?

—Fuiste tú quien dijo de vernos este verano. Los cuatro.

—¿Sí? ¿Y?

—Pues eso. Que no es muy normal, ¿no? —me miró directamente—. Con lo tuyo, lo lógico era que te piraras con ella, solos. Arreglar lo vuestro… o… reventarlo del todo. Pero no. Montas esto.

Yo no me podía creer que estuviera diciendo aquello.

Y entonces remató, sin adornos, sin anestesia:

—Algo buscabas, Sergio. Aunque no quieras verlo.

Me recosté sobre mis codos.

Una gota de sudor descendió por mi cuello.

No daba crédito.

Se hizo un silencio.

Su tono. Seguro. Arrogante.

Me estaba revolviendo las tripas.

En mi cabeza rebotaban unos incesantes “qué coño sabrás tú”, “yo no te he pedido nada”.

Y más silencio… y yo intentaba tranquilizarme.

Un silencio que él mantenía. Sin prisa. Como si supiera que yo no iba a poder contenerme.

Sentía que él sentía que yo iba a caer, o que ya lo había hecho.

Él debió de verlo en mi cara, porque siguió:

—¿Cómo la dejaste?

—¿Cómo que cómo la dejé?

—Sí. ¿En el hotel? ¿Con el portátil y toda la movida?

—Sí, claro —contesté, y volví a omitir su ridícula estampa: ejecutiva por arriba, casi de playa de cintura para abajo.

Y entonces sí me sorprendió.

—Descríbemelo.

—¿Qué?

—La habitación. Cómo estaba. Cómo es.

Escéptico, reacio, y a la tercera, tras varios “me estás puteando” y sus consiguientes insistencias, terminé por describírsela.

Había algo en su manera de preguntar. Algo extraño. Como si obedeciera a algo. A algo previamente pensado.

Pero aquello fue solo el principio.

Lo siguiente… casi no me lo pude ni creer.

—¿Se había duchado antes?

Noté cómo el pulso se me aceleraba.

—¿Cómo llevaba el pelo?

Y peor.

—¿Y cómo estaba vestida cuando te fuiste?

Yo no entendía adónde quería llegar.

—Relájate —dijo, tranquilo—. Solo quiero tenerlo claro en la cabeza.

Yo terminé por confesar lo de la ridícula estampa, que él no pareció juzgar, sino simplemente guardar.

No me podía creer que hubiera ido contestando, más o menos, a sus preguntas.

—¿Para tenerlo claro para qué? —pregunté, turbado, incómodo.

Sonrió, levemente.

—Ya lo verás.

—¿Ya lo veré de qué? No seas… místico… —me giré hacia él.

Y otro silencio.

Los dos sentados.

Como dos amigos que no lo eran exactamente.

Como un damnificado y un tío que sabía más de lo que decía. Una conversación que se me estaba yendo de las manos.

Sara volvió, metió su teléfono en su cesto de playa y comenzó a contarle a Gustavo una tremenda película sobre su hermana y no sé quién más, y se tumbó boca abajo en su toalla.

Yo hice lo propio, miré qué hora era, revisé otra vez la nada en mi teléfono y me dispuse a enredarme en mi propio silencio, o barrunte, una vez supe que, con Sara presente, mi extraña conversación con Gustavo había terminado.

Diez, quince, quizás veinte minutos de sonidos difusos, risas lejanas, olas mínimas rompiendo con un ritmo suave.

Y me preguntaba muchas cosas.

Me preguntaba, sobre todo, por qué Gustavo me había pedido toda aquella información.

Y desconfié de él. Y desconfié de mí mismo.

Llegué a temer que él tuviera algo de razón. Algo de razón en que yo había pedido apoyo sin realmente saberlo. A temer que, quizás, Marina habría encontrado la forma… el espacio, el hueco… si nuestra relación estuviera en otro punto.

Al cabo de un rato me incorporé, mareado, sudoroso, y me despedí de ellos de manera formal. La fuerza del sol había hecho mella en los tres, y, junto con nuestro silencio previo, hizo que la despedida aplatanada fuera casi lógica.

Apenas Sara, ajena a nuestra tensa conversación, dijo cuando casi me alejaba:

—Nos vemos por la tarde, ¿no?

Yo me detuve y titubeé mientras Gustavo se hacía con su teléfono.

—Venga. Tráete a Marina. O, al menos, quedamos para cenar —dijo Sara, boca abajo, apoyada en sus codos y mirándome.

Yo apenas asentí y sonreí.

Y los dejé allí.

Viernes, 11 de julio.

13:03 de la tarde.

Aparqué casi enfrente del hotel. Un auténtico milagro.

Marina seguía sin responderme.

Había estado a punto de llamarla desde el coche, pero me había contenido. No me sentía preparado para el doble desplante.

El camino entre el aire acondicionado del coche y el aire acondicionado del vestíbulo del hotel fue un suplicio tórrido de treinta metros.

Mochila a la espalda y móvil en la mano, me revisé en el espejo del ascensor: cara enrojecida, marcas en la piel, un ardor incómodo que parecía venir incluso más de dentro que de fuera.

Las puertas se abrieron y pensé en Gustavo.

En sus extrañas preguntas.

Caminé por el pasillo.

El ruido de mis chanclas sonaba despreocupado, pero no lo estaba. Mi corazón retumbaba como con un presagio extraño.

Y entonces mi teléfono vibró en mi mano.

Una sola sacudida.

Pensé en que por fin Marina se había dignado a responderme.

Pero no.

Me detuve.

Me detuve casi frente a la puerta de nuestra habitación cuando vi que el mensaje era de Gustavo.

Entré en nuestra conversación y vi un párrafo enorme, larguísimo.

Un texto…

Un texto que, desde la primera línea, supe que lo cambiaba todo…

Un texto que venía a explicar el porqué de aquellas preguntas.

Con las manos temblorosas y la vista casi borrosa por los nervios, comencé a leer aquello…

Aquello… que era una locura, una barbaridad.

Una directriz. O ni siquiera eso, pues no era algo que debía hacer yo,

sino lo que haría él…

…con mi propia mujer…

…si él fuera yo.