Entrega imperfecta 5. Lo que no era para mí.
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5. Lo que no era para mí.

El movimiento que vi, de Sara, fue triple:

Cabeza hacia atrás.

Cadera hacia adelante.

Apertura de boca.

Y entonces ya no hubo duda.

Estaban follando.

En el agua, a unos veinte metros de la orilla, donde el mar les llegaba justo a la altura del pecho, Gustavo la tenía agarrada por las caderas y la embestía con un ritmo lento pero profundo.

Sara tenía las piernas enroscadas alrededor de su cintura, los brazos alrededor de su cuello, y cada vez que él empujaba hacia arriba, ella se dejaba mecer, permitiendo que se la clavara más adentro.

El agua apenas se movía alrededor de ellos, solo pequeñas ondas que nacían de sus caderas y se perdían en la calma del mar.

Vi cómo Sara echaba la cabeza hacia atrás otra vez, con la boca abierta, gimiendo sin sonido audible desde donde yo estaba.

El sol le caía de lleno sobre los pechos desnudos, que, abultados entre sus codos, subían y bajaban con cada embestida, brillantes de agua y lujuria.

Sus pezones, oscuros y duros, a veces sobresalían por encima de la superficie, aún más marcados bajo esa luz.

Gustavo enterraba la cara en su cuello, mordiéndola, lamiéndola, mientras, abajo, yo suponía que sus manos apretaban las nalgas de ella, abriéndolas, empujándola contra él con cada golpe.

Sara volvió a bajar la cabeza, pegando su frente a la de Gustavo, y entonces giró su rostro, y llegué a temer que me viera, y pude verle la cara: ojos entrecerrados, boca abierta en un gemido silencioso, expresión de placer casi doloroso.

Cada vez que él entraba más en ella, su cuerpo se tensaba, los hombros se encogían y luego se relajaba con un estremecimiento visible.

El vaivén era evidente: con cada embestida, las tetas de Sara se hundían un poco y después volvían casi a flotar.

Me quedé clavado en la arena, allí, de pie, incapaz de moverme.

Sentía el calor subir por mi cuello, la boca súbitamente seca, como si no acabara de beber, y una erección repentina, incómoda, presionando contra el bañador.

No era solo morbo. Era la crudeza de ver a alguien follando de verdad.

La rudeza natural de dos cuerpos en el mar, follando despacio, con hambre, como si el resto del mundo no existiera.

Y entonces Sara giró la cabeza hacia Gustavo y abrió más la boca.

Lo miró agradecida, impresionada, embelesada…

y vi cómo sus labios formaron un “sí” silencioso, cómo su cara se contraía de placer cuando Gustavo debió de darle una embestida más profunda.

Él quizá le agarró más fuerte del culo y seguro aceleró un poco el ritmo.

El agua empezó a moverse más alrededor de ellos, pequeñas olas rompiéndose contra sus cuerpos unidos.

Yo no podía dejar de mirar.

No podía ni parpadear.

Sentía una mezcla brutal de vergüenza, excitación y envidia que me apretaba el pecho y me endurecía la polla, que latía contra mi bañador.

Y entonces sucedió. El mismo sonido, pero más difuso, mezclado con el sonido del mar, del viento y de la propia vida de la playa. Aquel gemido de la noche… de golpe, audible: un sonido corto y agudo que llegó hasta la orilla.

El gemido. El jadeo de Sara. Allí, tórrido, entregado, audible. Un quejido agudo, morboso, que estremecía.

Inmediatamente después, lo rodeó con los brazos, sus cuerpos se pegaron más, y apretó la cara contra la mejilla de Gustavo: respiración contra respiración, piel con piel.

Él la sujetó más fuerte, clavándola contra su cuerpo, y se quedó quieto un segundo, profundamente enterrado en ella, mientras Sara temblaba visiblemente entre sus brazos.

Ella mordió su propio labio, avanzó con su cadera contra él, cerró los ojos con fuerza…

Yo estaba casi convencido de que aquella chica estaba corriéndose.

En el mar, a plena luz del día, a veinte metros de mí.

Y yo seguía allí, inmóvil, con la botella de agua en la mano y la polla latiendo dentro del bañador.

Me vi obligado a desviar la mirada, quizás por miedo a ser descubierto, a quedar ante sus ojos como un sucio mirón, o quizás fue porque me dolía saber que aquel tipo de vivencia no podría ser para mí.

Revisé la playa con el corazón en la garganta: apenas había gente. Toallas desperdigadas, cestos de playa, sombrillas de múltiples colores, un par de parejas charlando en la orilla, un niño jugando lejos con una pala de plástico. Casi nadie en el agua. Nadie parecía reparar en ellos.

Una parte de mí quería volver a mirar. Una parte masoquista.

Me senté en la toalla; mis piernas me temblaban.

Abrí la botella y bebí otra vez, el agua fresca bajando por mi garganta como si pudiera apagar el fuego que tenía dentro.

Mi erección empezó a bajar lentamente, pero no sin antes arrastrar un rastro húmedo, pegajoso, que sentí extenderse por dentro del bañador.

Tragué saliva. Bebí otro trago largo. El pulso me retumbaba en los oídos.

No mires. No mires. No mires.

Pero el silencio, el calor, la imagen que ya tenía grabada en la retina… todo tiraba de mí.

Volví a mirar.

Ya no estaban follando.

Estaban algo separados, no mucho, pero lo justo para saber que Gustavo no estaba ya dentro de ella.

Sara reía, una risa baja pero feliz, y entonces salpicó un poco de agua que chocó contra los pectorales de su novio, y éste giró rápidamente la cara para que no le diera en los ojos.

Él sonreía, negando con la cabeza, y la agarraba de la cintura bajo el agua, acercándola de nuevo.

Ella le dijo algo al oído, riendo todavía, y entonces él la apartó y miró hacia abajo, hacia sí mismo.

Ella parecía que quería salir del agua y él parecía decirle: “yo no puedo salir del agua así”.

Sara se rió más fuerte, traviesa, y entonces fue ella quien decidió salir.

Empezó a caminar hacia la orilla, despacio, el agua resbalando por su cuerpo casi desnudo. Sus pechos parecían un poco más grandes, casi pesados y, desde luego, brillantes, y se movían con cada paso. El sol los iluminaba sin piedad. Gotas resbalaban por sus tetas y pezones. Su vientre brillaba.

Yo nunca había visto follar a nadie. Y, desde luego, nunca había visto a una mujer guapa, recién follada, caminando hacia mí.

No pude seguir mirando.

Bajé la vista a mi propia toalla, el corazón latiéndome con fuerza.

Me sentía molesto. Extrañamente molesto. Como con una envidia que me empequeñecía.

Desvié la mirada cuando sentí que Sara ya llegaba.

Y esperaba que dijera algo. Cualquier cosa. Algo que rompiera el silencio y me permitiera fingir normalidad.

Pero no dijo nada.

De reojo, la vi inclinarse. Cogió su toalla con ambas manos y la sacudió un par de veces con un movimiento seco y natural. Pequeñas partículas de arena volaron. Luego la extendió de nuevo, con cuidado, como si necesitara colocar cada centímetro en su sitio.

No pude evitarlo.

Levanté la vista.

Su cuerpo mojado brillaba bajo el sol como si su piel fuera resbaladiza, aceitosa.

La melena oscura, empapada, le caía pesada sobre un hombro, dejando gotas que discurrían por su clavícula y bajaban hasta el valle entre sus pechos.

Estos, que lucían más hinchados, se movían con cada respiración: llenos, redondos.

El agua seguía cayendo de ellos en gotas gruesas que se deslizaban por su vientre.

Mis ojos la siguieron recorriendo con todo el disimulo que podía.

Sus piernas eran potentes, torneadas, con gotas brillando en los muslos.

El tatuaje de la liga se veía aún más contundente ahora, mojado, oscuro contra su piel dorada.

Y sus nalgas… parecían casi enormes, redondas; un culazo brutal que hasta hacía bien poco había sido agarrado con fuerza por Gustavo.

Y entonces sucedió, fue sin querer. Realmente mis ojos ya querían despedirse…

… pero encontraron aquello de forma involuntaria.

Mis ojos fueron a lo que no debía ser pecaminoso, por ser ropa y no carne; fueron a la braga de su bikini.

Y entonces mi garganta se contrajo y mi corazón retumbó antes siquiera de que mi propio ser supiera qué estaba viendo.

Dos labios grandes, carnosos, salientes, marcaban la tela empapada con una nitidez obscena.

Parte de su braga se había metido ligeramente entre ellos, delineando su forma gruesa, pesada; los labios de su coño, aunque cubiertos, casi parecían querer escapar de la tela.

La humedad del mar y, quizás, también la de su propio orgasmo hacía que la tela se pegara completamente, marcando cada pliegue, cada relieve.

Se notaba el bulto hinchado de su sexo, los labios mayores prominentes, juntos, con un brillo interno que trasladaba el fulgor al exterior.

Mi polla dio un latigazo fuerte dentro del bañador, palpitando con violencia.

Desvié la mirada de golpe, avergonzado, excitado, furioso conmigo mismo.

El corazón me retumbaba en el pecho. Sentía que aquello era un castigo injusto, cruel, demasiado explícito para lo que yo era capaz de soportar. Vergüenza. Envidia. Y, sin saber muy bien por qué, también una punzada extraña de culpa.

Sara se dejó caer sobre su toalla con un suspiro suave; un resoplido cansado y satisfecho.

Se tumbó boca arriba, aún sin decir nada, los pechos cayendo ligeramente hacia los lados, brillantes, vivos.

Después de unos segundos eternos, habló con voz neutra, casi banal:

—Deberías bañarte.

Y esa simple frase, dicha con tanta naturalidad después de lo que acababa de hacer, me dolió más que cualquier silencio.

Lo había dicho como si aquello fuera normal. Como si aquello fuera una vida normal. Y, lo que era peor, como si fuera una vida a la que cualquiera —yo también— podría aspirar.

No respondí. Miré otra vez hacia el mar. No porque buscara nada ni a nadie, sino porque sentía que necesitaba escapar de su cuerpo desnudo y brillante.

Y entonces lo vi.

Gustavo salía del agua, dubitativo, caminando despacio, como si aún no estuviera seguro de querer abandonar el mar.

Llevaba un bañador azul marino, empapado, pegado a sus caderas y muslos.

No había que buscar para encontrar… Yo, de hecho, sentía que también quería escapar de aquella visión antes incluso de presenciarla, como si la temiera, como si la supusiera antes siquiera de enfocar del todo.

El tejido mojado marcaba con una franqueza inmoral el contorno de su polla: gruesa, larga, pesada, colgando con un peso evidente e intimidante.

A pesar de estar adherida a la tela, se balanceaba ligeramente con cada paso, delineada sin piedad por la tela húmeda.

Se podía incluso ubicar la cabeza ancha, hacia abajo y ligeramente hacia adelante, desde la distancia.

No era solo grande. Era obscena. Imponente.

No pude soportarlo.

Desvié la mirada de golpe, clavándola en los dispersos granos de arena adheridos a mis pies. Pero ya era tarde. Aquella imagen se me había quedado grabada en la retina.

Mi pecho no dejaba de retumbar en palpitaciones violentas. Sentía calor en la cara, en el cuello, y sentí una nueva punzada de envidia mezclada con una excitación humillante que no quería reconocer.

Unos segundos después, la voz de Gustavo sonó cerca, despreocupada:

—¿No había cerveza?

Tragué saliva antes de contestar, intentando que no se me notara nada.

—Fría no —respondí, con la voz más ronca de lo que hubiera querido.

Gustavo soltó un suspiro resignado y se dejó caer sobre su toalla, entre Sara y yo. El bañador aún mojado se le pegaba al cuerpo, y aunque intenté no mirar, sabía que la silueta de su polla seguía ahí, imposible de ignorar.

Pero la tortura no había acabado.

Besuqueos y cuchicheos al otro lado.

Un “para” meloso de Sara.

Por el rabillo del ojo veía a Gustavo volcado hacia ella.

Más cuchicheos y un “cuando me seque me echas crema”, de Sara a él.

Yo tragué saliva. Mirando al horizonte.

—Estuve a punto de echarte crema… pero dentro —susurró él, y se escuchó el sonido de un beso.

La risa de Sara. Y después un “qué bobo, no seas animal…” con su voz aniñada. Y después un silencio. Y después ella susurrando:

—¿En serio? ¿Estabas a punto?

—Sí… —respondió Gustavo.

—Vaya… pues pobrecito… —dijo ella, en un susurro espléndido, cándido, meloso.

Y yo sentí entonces envidia…

… muchísima envidia.

Y pensé en Marina. O más bien en nosotros.

En lo que éramos.

En lo que fugazmente habíamos sido y en lo que quizás ya no seríamos nunca.