4. Las tres toallas.
Viernes, 11 de julio.
10:58 de la mañana.
Tras una escala tediosa en una playa solitaria, y sabiéndome con el beneplácito de Marina, terminé contactando con Gustavo para ir a la playa donde supuse que estaría con Sara. Mi aterrizaje en dicho lugar no fue ni distendido ni cómodo.
En primer lugar, porque a quien ubiqué fue a Sara, sola, con la que no tenía apenas trato, pues la conocía tan solo de unas pocas horas el día anterior; y, en segundo, por encontrármela sin la parte de arriba del bikini.
Mi “hola” salió atrancado y bajo. Mi mochila tocó arena en el preciso instante en el que escuché un “ey, hola” amable y jovial, y me vi asaltado por ella, que se acercaba a mí para saludarme y darme dos besos.
Se acercó tanto que, si sus pechos desnudos no tocaron mi camiseta —si sus pezones no rozaron el algodón—, debió de faltar medio milímetro.
El olor a crema solar y sal sacudió mi cuerpo y me llevó a años atrás, a los veranos de adolescencia, cuando te presentaban a una chica y el bombardeo de olores, tactos y vergüenza casi te hacía colapsar.
—Gus está por ahí. No sé si se ha ido a nadar, a explorar o a yo qué sé. No es muy de quedarse en la toalla —dijo, y se quedó plantada frente a mí, brazos en jarra y pechos medianos apuntándome. A mí me temblaba la nuca y casi me obligaba a mirar abajo, a sus tetas, pero me contenía como podía.
—Ya… ya… Supongo —dije, y al instante me pregunté a qué había venido aquel “supongo”.
Sara se quedó mirándome, como si yo tuviera que decir algo más, con una sonrisa tranquila y una mirada limpia.
—Ya… Bueno. Ya vendrá —terminé por decir, y me incliné hacia mi mochila para sacar la toalla.
Ahí sí, el recorrido de mis ojos escudriñó a toda velocidad aquellos pechos bastante alzados y simétricos, sin marca de moreno —lo cual me indicaba que aquel semidesnudo era habitual—, y sus areolas oscuras, más bien pequeñas, sobre todo en comparación con las de Marina.
El siguiente escollo fue dónde extender mi toalla. Tras dudar un instante, acabé colocándola al otro lado, dejando la de Gustavo en medio, marcando una distancia absurda para ser solo dos. Ella, mientras tanto, se tumbó boca abajo en la suya y después dijo:
—Puedes ponerte aquí, eh, que no muerdo.
—No, no… Da igual —respondí, consciente de lo raro que resultaba haberme colocado al otro lado.
Me tumbé como si fuera a encontrar la salvación atrincherándome, pero ella no me dio tregua:
—Ayer qué, ¿cómo es que os marchasteis así?
Lo dijo como quien no acusa ni le da excesiva importancia, sin apenas alzar el rostro de la toalla, pero su pregunta había volado limpia y con impecable dicción, dejándome sin escapatoria.
A mí me dio tiempo a preguntarme cómo no había venido ya con la excusa —la mentira— ensayada.
Balbuceé, dudé y vendí a mi mujer, aunque sin entregarla del todo:
—Pues… no sé. Marina. Que no estaba cómoda.
—¿Cómoda?
—Sí. No sé… La cama… —dudé, y me sentí obligado a inventar más— y… un mosquito con el que estábamos peleados…
Mi frase se quedó colgada. Ella no decía nada. Parecía evidente que no me creía.
Me quise rebelar contra mi sentimiento de incomodidad, acusándola a ella, y en mi mente resonó un “anda que no sabes que nos fuimos porque os pusisteis a follar”.
—Ya… los mosquitos son muy porculeros… —dijo con una media sonrisa, y yo sentí que me estaba puteando.
Me incorporé un poco, girándome y sentándome, mirando al mar.
El calor empezaba a apretar; solo una pequeña brisa lo hacía relativamente llevadero.
El color turquesa del mar en calma era un auténtico espectáculo.
Si bien yo siempre había sido más del norte, más de las mareas, más de la arena mojada, de las algas, las rocas y el olor fuerte del océano.
El silencio entre nosotros se hizo espeso. Yo me preguntaba si ella se sentía incómoda o solo lo estaba yo.
Me recosté atrás, sobre mis codos, y miré alrededor en busca de Gustavo.
Sin noticias de él, mis ojos volvieron a pasar sobre el cuerpo tumbado de Sara: sus pechos estaban aplastados entre su propio torso y la toalla, saliendo un poco hacia los lados; su culo se alzaba con potencia; la braga negra de su bikini separaba las nalgas en dos montañas casi enormes;
el tatuaje de aquella liga se mostraba amenazante —quien se atreve a tatuarse eso le importa poco lo que opinen los demás—; más abajo, varias pulseras con distintos abalorios envolvían sus tobillos.
Ella se apartó entonces su melena oscura del rostro, como si, a pesar de tener los ojos cerrados, supiera que yo la estaba mirando: hasta tres pendientes plateados en forma de aro adornaban la oreja que había despejado.
Toda ella era un conjunto extraño y casi contradictorio: había algo en ella de clase acomodada —quizás su dentadura perfecta, quizás su acento de niña bien—, pero lo demás tenía ese aspecto hippy, rebelde, como si quisiera huir de lo que había sido o de lo que se había esperado de ella.
El silencio se hizo tan largo que dejó de ser incómodo.
Yo dudé en tirar de mi mochila para buscar la crema solar cuando vi a Gustavo, o más bien su cabeza, que era lo único que asomaba por encima de la superficie del mar.
No supe si me había visto o no; supuse que sí, aunque no hizo gesto alguno, y entonces comenzó a nadar hacia la orilla.
La técnica era impecable: brazada larga, recobro rápido y codo alto.
Su salida no fue menos estética: cuerpo fino, melenita goteante, piernas torneadas y abdominales marcados. El vello corporal era el justo: masculino, contenido; de su barba de tres días también caían gotas.
Sara, como si para eso también tuviera un sexto sentido, se giró al tiempo que él comenzaba a caminar hacia nosotros; el ajetreo de sus pechos por el movimiento fue expedito, natural y sugerente.
—Ahí viene el melón este… —susurró ella, con un tono que plasmó tanto cariño como encandilamiento.
No sé por qué, lo recibí de pie. Nos dimos la mano y un abrazo que no fue abrazo, sino ese semi amago varonil, ese abrazo que no se cierra, y él, tras el fugaz saludo también de palabra, me preguntó por Marina.
—Currando —respondí.
—¿Todo el día?
—No creo. Parará a mediodía.
Yo estuve tentado de contarle cómo la había dejado, con sus auriculares y su estampa de ejecutiva por arriba y playera por abajo, pero me contuve.
Gustavo terminó por tumbarse boca arriba sobre su toalla, no sin antes depositar tres o cuatro besos sonoros sobre Sara, en lugares que no vi, y después cuchicheó algo con ella que no entendí hasta las últimas palabras de él, que fueron: “bien, un poco caliente”.
Nos quedamos los dos así, recostados, con los codos clavados en nuestras toallas y la vista perdida en el cielo azulísimo de verano. Durante unos segundos no dijimos nada. Solo el sonido del agua, el viento leve y el rumor de otras conversaciones lejanas.
El torso de Gustavo subía y bajaba por el esfuerzo de haber nadado. Yo envidiaba sus abdominales e incluso más el frescor de sus gotas de agua. Mi piel ardía.
Y entonces Sara dudó.
Lo noté, al otro lado del cuerpo de Gustavo, fue un gesto mínimo, apoyó las manos en la toalla, luego levantó ligeramente el torso, después volvió a dejarse caer un segundo, como si calibrara algo.
Y entonces se incorporó.
Se puso de pie con naturalidad, y después hizo un gesto sutil, coqueto y erótico a la vez, sacándose con cuidado parte de su braga de la raja de su culo; lo hizo con rapidez y solvencia justo antes de empezar a caminar hacia el agua. Supe que iba a observar todo su recorrido sin poder evitarlo.
El movimiento de sus caderas era limpio, sin exageración, garboso. Su culo se tensaba y relajaba en cada paso con una cadencia despreocupada. Nada impostado. Nada buscado. Y, sin embargo, todo allí.
Entró en el agua sin prisa. Primero los pies, luego los tobillos, las piernas, ese pequeño gesto al notar el cambio de temperatura.
Cuando el agua le cubrió la cintura, se inclinó hacia delante y avanzó un poco más, hasta volcarse del todo.
Al hacerlo, sus nalgas brillaron justo antes de sumergirse en un destello fugaz y contundente, como el rayo verde de la puesta de sol, pero en color carne y con más potencia.
En Ibiza le hubieran aplaudido como aplauden cuando el sol se oculta.
—Rompe nueces con el culo la zorrupia —soltó Gustavo, también mirándola.
No supe si reírme o quedarme callado. Al final hice lo segundo.
Ahora nadaba sin estilo definido, más bien dejándose llevar, girando sobre sí misma, flotando boca arriba unos segundos —durante los cuales sus pechos brotaban sobre la superficie como dos islotes perfectos—, antes de volver a incorporarse.
El sol le caía de lleno y hacía que su piel brillara, como si todo en ella estuviera ligeramente amplificado.
—Está como un puto tren —añadió Gustavo, ya con media sonrisa.
Yo me sentí un poco incómodo.
Y entonces recordé lo que me había contado de ella.
Gus había dejado todo lo que tuviera que ver con la abogacía hacía unos años.
Lo había soltado de golpe, como quien se quita un traje que ya no le encaja o que nunca había sentido como suyo, y se había ido a Madrid a montar una pizzería con unos italianos que había conocido de Erasmus.
Decía que no había tomado una decisión más acertada en su vida. Acababan de abrir la segunda.
Sara trabajaba allí.
No era la primera camarera que contrataba y con la que acababa liándose.
Lo había contado riéndose, sin darle importancia, como parte del personaje que él mismo se había construido.
Pero ahora, viéndolos, no me parecía lo mismo.
Había algo distinto en cómo la miraba.
Gustavo y yo iniciamos una conversación que yo agradecí por intrascendente, pero la sombra de su pregunta acerca de nuestra huida la noche anterior sobrevolaba con cada silencio. Quizás, para no atosigarme, se había planteado ser mucho más discreto que su novia.
Y de su discreción se llegó a mi sorpresa cuando el silencio ya se hizo pausa y ni aun así quiso saber. Y hasta llegó un punto en el que me planteé sacar yo el tema, y es que seguía despistado de por qué había hecho aquello sabiendo que los escucharíamos.
Sin embargo, una urgencia me asaltó primero: una sed a la que tenía que poner remedio con urgencia.
Miré hacia un lado y a otro. Sara seguía bañándose. Un chiringuito sobresalía a unos cincuenta metros, cerca de donde había aparcado.
Le conté a Gustavo mi necesidad y me propuso acompañarme. Le dije que no hacía falta y me pidió que le trajera entonces una cerveza:
—Solo si está muy fría, eh. Ayer me dieron pis en lata.
Yo me hice entonces con mis chanclas y comencé a caminar con paso lento y pesado sobre la arena seca.
El sol caía ya con fuerza y cada paso era una pequeña negociación con el calor. El chiringuito, cada vez más cerca, dejaba escapar un olor a fritanga y cerveza derramada.
—Agua fría y una cerveza, por favor —pedí al llegar, apoyando la mano en la barra.
El chico sacó un botellín de agua de abajo, abrió una nevera detrás de él, sacó una lata y me la tendió. La cogí. No estaba lo fría que debía.
Le pregunté si no la tenía más fría y me dijo que no.
Lo miré un segundo antes de descartar aquella lata templada.
Pagué, me llevé solo la botella de agua y me marché.
El camino de vuelta se me hacía más corto. Quizás por la sed ya parcialmente aliviada.
Al acercarme, lo primero que vi fueron las tres toallas.
Vacías.
Mi paso se frenó apenas un instante.
Levanté la mirada hacia el mar.
Y entonces los vi.
No vi a Sara.
Vi a Sara con Gustavo.
O, más bien, vi a Sara enganchada a Gustavo.
Mi corazón dio un vuelco.
El espectáculo era sutil, pero hartamente sospechoso. No había nada exagerado, nada que pudiera señalarse con el dedo sin parecer un malpensado. Pero el vaivén de sus cuerpos, la cercanía, la forma en la que ella parecía adherida a él, apenas con las cabezas y los hombros fuera del agua…
Me quedé quieto.
Mirando.
El mar, tan en calma, no ayudaba a disimular.
Mi pecho retumbaba.
Una gota de sudor descendió desde mi axila.
Y entonces ocurrió algo que me sacó de cualquier duda.