3. De presencias y ausencias.
Viernes, 11 de julio.
09:14 de la mañana.
Solo hay algo más triste que desayunar solo en un hotel, y es hacerlo en vacaciones y cuando deberías estar acompañado.
El buffet era básico pero solvente. Tampoco en verano me entra mucho más que café, zumo y media tostada.
La cristalera estaba abierta: hojas plegables transparentes que se recogían en un extremo y permitían la entrada de olor a verano y cloro.
La piscina no era atrezzo, pero casi; con las playas que cercaban la zona, era absurdo perder un segundo allí.
Cerré los ojos, di un sorbo que sentí demasiado caliente y recordé los sonidos en la casa de Gustavo y los posteriores en el hotel: improvisación contra orden, pasión contra rutina.
Me había despertado, hacía aproximadamente una hora, el ruido del agua de la ducha de Marina; después, la puerta: saliendo; y otra vez la puerta, entrando.
Me gustaría decir que no me lo había creído cuando se puso a trabajar en la mesita junto a la ventana, con su ordenador portátil y su café, pero y tanto que me lo había creído.
Su camiseta de algodón, sus shorts, sus sandalias. El portátil abierto. Su pelo recogido arriba, en un moño creado con rapidez y perfección imperfecta. Y su espalda. Cada vez veía más su espalda y menos sus ojos.
Había salido de la cama, me había duchado y me había ido a desayunar.
Creo que ni nos dijimos nada.
El sonido de la puerta solapó el del teclear de su dichoso ordenador.
Aceite en la tostada. Familias. Parejas.
Lo normal era un anhelo. Miré mi teléfono móvil.
Sin noticias de Gustavo. Tanto había alucinado yo por su sonora sesión de sexo como tenía que haberse sorprendido él —y Sara— de que nos hubiéramos marchado casi de madrugada.
Una reacción que, si yo, que la conocía, la había encontrado exagerada, más incomprensible le habría parecido a ellos.
Volví a darle vueltas al porqué de aquella desvergüenza.
Más aún teniendo en cuenta aquella frase suya acerca de la piel y de que no nos había visto siquiera tocarnos.
No me encajaba que hubiera sido para presumir.
Quizás para abrirme los ojos, o a los dos.
Fuera como fuese, me había parecido una jugada torpe. Yo no le había pedido ayuda.
Miré hacia la piscina y una pareja se besaba con afecto y pasión antes de que ella empezara a descender por la escalerilla. No entendía aquel castigo de casualidades. Como cuando algo se te mete en la cabeza y empiezas a verlo en todas partes.
Volví a revisar mi teléfono. Durante la tarde y la noche anterior, sobre todo en el chiringuito, todo habían sido risas y proyectos.
Planes a cuatro para el viernes, sábado y domingo.
Pero, después de lo sucedido —que, en el fondo, para mí no era nada—, todo se había torcido.
A Marina le había parecido “impresentable” lo ocurrido y yo no había abierto la boca en el coche, camino al hotel.
Ni se me pasó por la cabeza un acercamiento físico una vez en la cama.
Me preguntaba hasta qué punto su enfado era real por el hecho en sí y no por el contraste. Me preguntaba si me culpaba de algo a mí.
Me preguntaba cómo sería mi mañana con una mujer sin querer salir de la habitación por estar trabajando. Me preguntaba si al menos tendría la decencia de dejar su portátil antes de la hora de comer.
Finiquitado el desayuno, subí al dormitorio sin saber cómo abordar la conversación sobre nuestro futuro inmediato. Yo no quería ir a la guerra en vacaciones, por mucho que las vacaciones, precisamente por su culpa, estuvieran entrecomilladas.
Introduje la tarjeta en la puerta y enseguida sentí algo extraño, algo en la luminosidad y, sobre todo, en la temperatura: persianas bastante bajas y el aire acondicionado a toda potencia. El aire frío me erizó la piel del brazo al instante.
Y, al fondo… ella.
Y yo no daba crédito. Esta vez sí, yo, acostumbrado, me vi sorprendido: sentada frente al ordenador, auriculares puestos, camisa y chaqueta, aunque en bragas y sandalias.
Un compendio que era un delirio. Se giró hacia mí, llevó su dedo índice a sus labios, me chistó pidiendo silencio inmediato y susurró:
—Tengo una call.
Cerré la puerta con cuidado. Obediente. Pero súbitamente enrabietado.
Me acerqué lentamente. Cama deshecha, cortinas coordinadas con la persiana para que la luminosidad fuera justa, profesional: ni cueva ni veraneo.
Su chaqueta americana gris, su camisa rosa.
No me podía creer que hubiera metido aquello en su maleta.
La videollamada parecía no haber comenzado, pero ella ya estaba lista.
Su moño había desaparecido. Ahora su melena castaña caía suelta y luminosa sobre sus hombros y su espalda. Estaba guapa. Su piel mostraba un moreno involuntario, bonito, casual.
Y entonces su susurro:
—¿Qué vas a hacer…?
Su tono había salido dulce. Quizás porque había culpa, quizás porque no podía evitar que su voz sonara así.
—No sé. Me iré a la playa. Supongo —contesté.
—¿Vas con estos? —preguntó, apartándose con feminidad el flequillo.
“Estos” solo podían ser Gustavo y Sara. Me sorprendió que asumiera que la relación con ellos iba a continuar como si nada.
Ante mi silencio, ella, tras revisar algo en la pantalla de manera fugaz, prosiguió:
—Igual me pasé ayer. Debieron alucinar.
—¿Alucinar por qué? —quise que se explayara.
—Hombre… no sé. Irnos así…
Y entonces, el sonido. Un sonido ya tan conocido como su propia voz, como un burbujeo electrónico: la llamada de su maldita call.
Y su frase, seca, rígida, casi déspota:
—Calla. No hables.
Y desaparecí. Desapareció todo lo que no fuera su llamada, su trabajo. Siempre era así. Ya podía caerse el edificio, que ella no pestañearía. Espalda recta. Porte firme. Tono profesional.
Yo metía la toalla en mi mochila, en camiseta y bañador, y me mantenía fuera del plano de su cámara —aunque estaba prácticamente seguro de que aún no la había activado— mientras miraba otra vez su delirante estampa: su camisa rosa, su americana gris…
sobre sus bragas azul marino y sus sandalias oscuras.
La chaqueta le ceñía los hombros con una precisión casi severa, como si todo en ella estuviera bajo control…
salvo lo que quedaba fuera. Porque debajo de la línea limpia de la camisa y la americana, sus muslos aparecían desnudos, cruzados con una naturalidad que me resultaba casi obscena en aquel contexto.
Piel cálida bajo una luz fría. Muslos tersos que solo yo veía.
Bragas en contacto directo con la silla: secreto que solo dos sabíamos.
Profesional de cintura para arriba; completamente expuesta de cintura para abajo.
A pesar de estar casados, la deseé casi como se desea a quien no puedes tener, pues hacía tiempo que no estaba al completo para mí.
Me marché y, otra vez, no nos despedimos.