2. Extraña noche. Extraño en ella.
Viernes, 11 de julio.
00:58 de la noche.
No me podía creer la trampa que me había tendido Gustavo. Él no daba puntada sin hilo. Nunca lo había hecho. Aquello no podía ser casual porque, además, lo evitable nunca lo es.
El chirrido de los muelles de la cama del dormitorio contiguo regaba de sonidos arrítmicos la noche.
Yo, hierático, rezaba porque Marina durmiera. Si ya es incómodo escuchar eso per se, más lo era si provenía de conocidos o amigos, y aún más por el momento: aquel sonido plantaba un espejo entre las dos parejas, una desigualdad en el estado de nuestras intimidades.
Si la felicidad es la antesala de la felicidad, el pavor es saber que el golpe de gracia está por llegar.
Y llegó:
—Ahhh…
Largo, nítido, con un eco arrastrado. Placentero. Puro. Cohibido y, por ello, extrañamente morboso.
El gemido de Sara, aunque tenue, lo atravesó todo: paredes, puertas y estados de ánimo.
Mi pecho retumbó y mi boca se vio obligada a abrirse para exhalar aire caliente. Me quedé tan quieto que mi torso tembló.
El silencio de nuestro dormitorio era tan extremo que se hacía tangible.
Yo deseaba que Marina no lo hubiera escuchado, pero ya me parecía imposible.
Y entonces, la debacle:
—Gñi, gñi —dos crujidos de muelle.
—Ahhhhhhh… —aún más largo, aún más placentero, aún más retumbante…
El gemido de Sara.
Tragué saliva. Boca arriba. Paralizado.
Y lo supe.
Lo supe un segundo antes de escuchar su voz.
La voz de Marina:
—Están de coña… ¿no?
Fingí dormir.
O al menos fingí apatía, desdén. Como si aquello no me importase, como si fuera natural o como si no nos humillase.
Roté sobre mí mismo como si hubiera sido la frase de Marina lo que me había despertado, y no lo que venía del otro lado de la pared.
Yo me volvía a preguntar por qué Gustavo me hacía aquello. Pero la pregunta importante ya no era esa. Era otra: qué iba a hacer Marina. Porque lo lógico, lo más suyo, era que no se quedara ahí, que ese “¿están de coña?” no fuera un comentario suelto, sino el inicio de algo más. De una queja mayor.
—Gñi —se escuchó con nitidez. Un silbido agudo.
Más protestas e incluso, quizás, una huida, serían lo absolutamente Marina. Pero también lo plenamente Marina habría sido no quedarse a dormir, y sin embargo allí estábamos.
—Gñi, gñi.
Yo sentía que estábamos a un gemido, a un jadeo, de que Marina rompiera la situación y encendiera la luz, y dejara claro que aquello era intolerable.
Y, sin embargo, nada. El tiempo pasaba, los crujidos mecían la noche, también algún sutil jadeo, pero no había un segundo comentario, ni un “esto es ridículo”, ni un “nos vamos”.
Solo ese silencio otra vez, pero ya no el de antes.
Este era distinto. Más consciente. Más incómodo… por ser compartido.
—Gñi.
Tragué saliva, notando la garganta seca, el cuerpo rígido. Ya no sabía si más atento a los sonidos del otro lado de la pared o a la ausencia de los mismos al otro lado de la cama.
Marina terminó por resoplar. Irritada. Pero extraña.
La duda cambiaba de forma. Ya no era si le molestaba —eso estaba claro—, era por qué, aun molestándole, no hacía nada.
—Gñi, gñi.
Giré apenas la cabeza hacia su lado de la cama, sin atreverme a mirarla del todo. Oscuridad. Quietud. Cuerpos desnudos bajo una sábana que era más amparo, decoro y sujeción que abrigo.
Y entonces, otra vez, el gemido:
—Ahhhh…
Sara se deshacía en una exhalación de placer y yo volé de mi cama a la de ellos por un instante.
Por un instante me fui de mí y de Marina e imaginé a mi amigo penetrándola: allí, al otro lado de la pared, él sobre ella, metiéndosela hasta el fondo.
Las piernas potentes de Sara envolviendo la cadera de Gustavo, aquel tatuaje de aquella liga en su muslo resplandeciendo, tenso, casi brillando, en la penumbra de la noche.
Su polla entrando y saliendo. El coño de aquella chica ajustándose y asumiendo con solvencia todo lo que Gustavo le metía.
Mi miembro vibró en un leve espasmo.
Una gota de sudor surcó la piel húmeda y ardiente de mi cuello.
Y, al instante, sentí sonido, movimiento y tacto.
La mano de Marina en mi muslo.
Quizás temblé.
Y me extrañó.
Y temí que descubriera una incipiente erección.
Y no entendí aquel contacto. Extraño en ella.
Todo eso sentí, temí y dudé en una fracción de segundo.
Cuando entonces, todo se precipitó:
—¡Gñi! ¡Gñi! ¡Gñi…! ¡¡Ahhhh!! —follaban los amantes, ya casi desinhibidos, al otro lado de la pared.
Y la mano de Marina me abandonó.
—Alucino. Están de puta coña. Venga, vámonos al hotel. Si es que estaba claro.
Dijo mi mujer, y se revolvió, y encendió la luz.