Entrega imperfecta
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1. El quinto.
Jueves, 10 de julio.
23:15 de la noche.
—Sergio, tío, si no quieres no me lo cuentes, pero yo no os veo bien.
Así, de sopetón, me lo soltó Gustavo, y todo se me cayó encima. Y es que una relación es como un iceberg: si desde fuera se ve el lío, cómo será lo que tienes debajo.
Así me lo espetó, tendiéndome un botellín de cerveza y yéndose hacia su sofá con el suyo. La noche era calurosa, casi asfixiante; lo esperable en plena ola de calor en una isla del Mediterráneo.
Dio un trago y no me miró. Miraba hacia un televisor que era solo imágenes y ruido de fondo.
Su novia, Sara, y mi mujer, Marina, estaban en la piscina. Ecos leves y alcohólicos de una tarde de playa y de una noche de mojitos de chiringuito.
El ruido de los grillos había cubierto el canto de las chicharras. Torsos desnudos, bañadores resecos de salitre, gotas de sudor bajo las axilas, pavor a los mosquitos.
Tenía la sensación de que o le confesaba todo o me lo tragaba. Que no había término medio. El problema era que, de confesar, tendría que elegir muy bien por dónde empezar.
Porque no era una sola cosa.
Marina aún no había cumplido los treinta. Siete años menos que yo. Llevábamos un año casados y, hasta hacía nada, todo había sido fácil. Demasiado fácil, incluso.
Pero últimamente había empezado a haber huecos, gestos y silencios.
Pequeños, al principio.
Un “espera” con el móvil en la mano. Un “luego, ¿vale?” cuando me acercaba más de la cuenta. Un portátil abierto en la cama que no se cerraba ni de madrugada.
También habíamos discutido por las vacaciones. O, mejor dicho, por lo que ella llamaba vacaciones. Dos días en todo el verano. Y aun así, con horarios. Con alarmas. Con esa palabra que repetía, y que a mí me enrabietaba:
—Tengo una call.
Sabía que acabaría escuchándola incluso allí.
Habíamos llegado a Formentera aquella misma tarde de jueves.
Sara y Gustavo ya llevaban allí unos días.
En un principio, la idea había sido compartir la casa los cuatro, pero Marina acabó empecinándose en que no.
La casa era pequeña, apenas una sucesión de estancias en una sola planta.
Necesitaba un hotel. “Para responder emails y conectarme en condiciones”, había dicho. Viernes y sábado, al menos.
Ante mi silencio, Gustavo comenzó a hablar de manera pausada, casi arrastrada, sobre las relaciones. Gus a veces se ponía filosófico. No había ensayo antropológico que no hubiera pasado por sus manos. El combo de su voz, la cerveza y el tabaco de liar le otorgaban un magnetismo encomiable.
Yo había hablado de más en el chiringuito. No mucho. Lo justo. Pero suficiente para que él rellenara el resto.
—Se nota que os queréis, joder. Pero aún no os vi ni tocaros. Y las relaciones son piel.
Tras esa sentencia, sorbo y calada.
Camisa estampada de manga corta, abierta. Pelito rubio, ya parcialmente canoso, y un poco largo. Piel morenísima. Surferito de ciudad. Engreído, petulante. Pero buen tío. De fiar. Había entrado y salido de mi vida desde los tiempos de la universidad.
Yo le había hablado del trabajo de Marina, de lo rápido que le había ido todo últimamente. De la responsabilidad. De la presión. Lo había contado casi con orgullo, como si eso explicara el resto.
—Quedaos a dormir aquí esta noche. Ya se conectará para el curro mañana después de desayunar. Si total estáis aquí al lado. Es tontería. Le va a venir bien dormir aquí. Además, con Sara parece que se lleva de puta madre.
Y otra vez: sorbo y calada.
Sí, con Sara parecía que se llevaba bien.
Pero las caras que le había puesto a Gustavo desde que habíamos llegado no eran precisamente de simpatía. Más bien lo contrario. Como si cada comentario suyo le rozara lo justo para incomodarla.
Yo ya lo había pensado antes del viaje: quizá no era el tipo de amigo que ella fuera a tragar.
Y no dudaba de que, en cuanto estuviéramos a solas en el hotel, acabaría saliendo.
Algo seco. Algo rápido.
Algo del estilo de: «Perdona que te diga que tu amigo me parece un idiota integral».
No veía en absoluto factible que Marina aceptase dormir en la casa aquella noche, por tarde que fuera, por mojitos que nos hubiéramos tomado, por bien que hubiera congeniado con Sara y por mucho que tuviéramos una habitación absolutamente disponible.
No me veía ni proponiéndoselo. Que fuera Gustavo quien lo hiciera sería incluso peor.
Mi trago. La calada y el sorbo de Gustavo.
Silencios tranquilos para él, tensos para mí. Todo es enrarecido cuando las cosas no van del todo bien en casa, aunque no estés en casa.
La puerta corredera sonó a mi espalda.
No hizo falta girarme.
Primero entró el olor: cloro, pino y humedad externa. Luego, las pisadas descalzas sobre el suelo.
—Hace un calor que flipas —dijo Sara, aproximándose.
Marina no dijo nada.
Puerta de nevera. Agua fría. Gustavo girando el cuello para mirarlas.
Tras chasquidos de la botella y tragos aliviantes, otra vez ruido de nevera y, después… la diferencia:
Sara yendo hacia Gustavo, colocándose detrás, inclinándose desde la parte trasera del sofá para rodearlo por el cuello y depositar un par de besos sonoros en su mejilla; una mano de él acariciando su rostro.
Marina se acercó a su cesto de playa para revisar su teléfono.
Henchí los pulmones. La miré. La observé como quien mira algo que ama pero que siente que se le va…
que se le escurre entre las manos: melena castaña, lacia; ojos verdes, expresivos —cosa que la solía traicionar—; nariz puntiaguda, casi de duende; complexión media, todo alzado, todo en su sitio; bikini verde, camisa de lino abierta y remangada; sofoco, calor, mejillas encendidas,
resoplido tras revisar su correo electrónico.
No había descanso cuando se trabaja con otros países, con otros horarios.
Cuchicheos de Sara y Gustavo, silencios y miradas entre Marina y su teléfono. Yo no era el cuarto, era el quinto.
Sara rodeó el sofá para sentarse junto a Gus.
Posó sus pantorrillas sobre sus muslos. No recordaba que Marina hubiera hecho esa nimiedad conmigo en meses.
Compartieron cigarro durante dos caladas.
Su paz veraniega, la quietud espesa de sus movimientos, evocaban una película de Rohmer en la que yo era la cuarta pared.
Sara se apartó la media melena oscura. Menos esbelta que Marina, más contundente abajo, menos llamativa arriba: mucho culo, mucho muslo, no demasiado pecho; pendientes de aro y un tatuaje, para mí rozando lo creepy: una especie de liga de encaje tatuada alrededor de uno de sus muslos.
Toda ella era un poco así, un poco provocadora; “siniestra” hubiera dicho Marina si no hubieran congeniado al instante.
Su tez era más oscura que dorada, su mirada más negra que brillante, aunque no por ello sus ojos restaban.
En ella, todo era bello y antiestético a la vez, salvo el conjunto, pues era una chica guapa.
—Bueno, ¿qué?, ¿nos vamos? —preguntó Marina en algo que no era una pregunta.
—¿Por qué no os quedáis? —dijo Gustavo, y mi mujer lo miró al instante, bajando su teléfono.
Yo también la miré: su pelo, más oscuro, me revelaba que se había bañado en la piscina; mechones se pegaban a su cuello. La camisa abierta, sobre el bikini mojado, estaba empapada en algunas zonas.
—No sé. ¿Tú qué dices? —me preguntó, sorprendiéndome.
—¿Yo? Yo no tengo problema —contesté, casi encogiéndome de hombros.
Gustavo sonrió.
Sara también.
Marina no.
Marina, que los miró igual que yo.
Y no supe si ella también estaba viendo lo mismo:
que no hacía tanto,
éramos nosotros.