Entrega imperfecta 30. Veintidós minutos.
100%

30. Veintidós minutos.

Al poco tiempo intenté volver a culpar a Gustavo. No porque estuviera convencido, sino porque era más fácil. También algo dentro de mí se resistía con todas sus fuerzas a colocar a Marina en el centro de lo ocurrido.

Seguramente porque la amaba demasiado.

Y, durante unos minutos, tumbado en la hamaca, conseguí convencerme de que tenía sentido.

No por lo que había ocurrido. No exactamente.

Lo ocurrido había sido una locura colectiva.

Un desastre en el que yo mismo había colaborado.

Pero había otras cosas. Gestos. Frases. Movimientos.

Aquella manera de sonreír. Aquella seguridad.

Aquella chulería. La forma en que la había mirado antes de que todo ocurriera.

Aquellos consejos o falsos consejos. Lo del bikini colgando de su cuello y la camisa de Marina cubriendo el cuerpo de Sara.

Aquella humillación. Su manera de usar a Sara como arma, como ariete o como aviso…

Todo había sido retorcido, tramposo. No había sido solo deseo, sino algo mucho más turbio. Mucho más sucio.

Saqué el teléfono y busqué su nombre. Me quedé observándolo durante varios segundos, contemplando la posibilidad de llamarlo. O de escribirle. Pero ¿para decirle qué? ¿Insultarlo? ¿Acusarlo? ¿De qué exactamente? No había ninguna conversación posible. Ninguna que no me hiciera parecer un imbécil.

¿Qué demonios podría decirle?

¿Que se había propasado con ella? ¿Conmigo?

Yo había estado allí. Yo lo había consentido todo.

Cada camino terminaba en el mismo sitio.

En mí.

Apagué la pantalla y dejé caer el teléfono sobre mi pecho.

El sol seguía golpeándome la cara a través de los párpados cerrados.

A mi alrededor continuaban las conversaciones, las risas, el ruido del agua, la normalidad insoportable del mundo.

Durante unos minutos intenté permanecer allí, inmóvil, convenciéndome de que la piscina era exactamente lo que necesitaba, de que bastaría con esperar a Marina y seguir avanzando hora tras hora hasta que todo aquello empezara a parecer menos irreal.

Pero no funcionó.

Porque cada vez que conseguía apartar una idea aparecía otra. Y cada vez que lograba expulsar a Gustavo de mi cabeza volvía a entrar Marina. Y cuando intentaba pensar en Marina aparecía Gustavo otra vez.

Al final me incorporé con un suspiro y me senté en el borde de la hamaca. Miré hacia el hotel. Hacia las cristaleras. Hacia las plantas que decoraban la terraza. Hacia nuestra planta. Hacia ninguna parte.

Marina tardaba demasiado.

Me puse en pie.

Mientras caminaba de vuelta, cruzando la zona de la cafetería y la recepción, seguía sin tener claro qué sentía exactamente.

Celos. Culpa. Excitación. Miedo. Lo único que sabía era que la conversación seguía esperándonos.

Agazapada. Paciente. Y sabía que tarde o temprano iba a obligarnos a mirarla de frente.

Subí en el ascensor y recorrí el pasillo hasta nuestra habitación. Al abrir la puerta vi el portátil de Marina cerrado sobre el escritorio. Escuché movimiento más al fondo.

Atravesé la estrecha entrada que dejaba el cuarto de baño a un lado y los armarios al otro.

Y entonces llegué al espacio donde estaba la cama.

Marina estaba de pie, de espaldas junto a la mesilla. Llevaba puesta la camisa rosa y estaba enchufando el móvil al cable de carga mientras se apartaba el pelo, que ahora estaba suelto, con la otra mano.

Me sorprendí al verla así. Y sentí que ella se había sorprendido por mi llegada.

Mi corazón seguía acelerado.

—¿Te has conectado al final entonces? ¿Has terminado? —le pregunté.

Marina levantó la vista y se volteó despacio, sin soltar el teléfono, del que pendía un cable blanco.

—¿Qué?

—Lo del trabajo.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—No.

—¿No?

—No —repitió, girada hacia mí, pero sin levantar la vista del todo.

Hubo una pausa extraña.

—Pero te has vestido para… lo de la cámara.

Su mano subió hasta su melena otra vez. Dudó un instante.

—Ah, bueno… Pensé que sí iba a hacer falta. Pero al final no. Con el… enviando el email fue suficiente.

—Pero has terminado, entonces.

—Ah, sí, sí. He terminado, sí.

Asentí despacio. No porque estuviera convencido, sino porque no sabía qué más hacer.

Todo parecía normal. Demasiado normal. Como si los dos estuviéramos representando una versión simplificada de nosotros mismos, una versión limpia, una versión en la que nada importante hubiera ocurrido durante las últimas doce horas.

—Bueno… —dijo ella, girándose y posando el teléfono sobre la mesilla—. Me lavo los dientes y nos vamos, ¿no? No sé si ducharme ahora o después. ¿Qué prefieres? ¿Playa o piscina?

Parpadeé.

—No sé.

—¿En la piscina se estaba bien?

Me sorprendió la cantidad de preguntas. La rapidez con la que las encadenaba, como si necesitara llenar todos los silencios antes de que pudieran convertirse en otra cosa.

—Sí. Se estaba bien.

—¿Sí?

—Sí.

Sonrió levemente.

—Vale.

Pasó entonces junto a mí, con sus pechos pesados y sueltos balanceándose bajo la camisa, con los pezones marcándose contra la tela, y desapareció en dirección al cuarto de baño.

Durante un instante me costó reconciliar aquella imagen con la conversación trivial que acabábamos de mantener, como si aquel alarde involuntario de sexualidad me hubiera cogido desprevenido.

Pocos segundos después escuché el zumbido del cepillo eléctrico.

Me quedé allí, de pie, inmóvil. Quizás la piscina era buena idea. Quizás seguir moviéndonos era la única forma de evitar la conversación que llevaba persiguiéndonos desde que nos habíamos marchado de aquella dichosa casa.

Me giré para ir hacia mi mochila.

Entonces la pantalla del teléfono de Marina se iluminó sobre la mesilla.

Solo fue un destello.

Instintivamente alcé la vista. El cepillo eléctrico seguía sonando.

Me acerqué.

Recogí su móvil.

Mi corazón se aceleró de nuevo.

No sabía por qué.

No sabía qué esperaba.

Era un mensaje de su hermana.

Sentí algo parecido al alivio y al mismo tiempo una vergüenza inmediata por haber pensado otra cosa. Estuve a punto de dejar el teléfono donde estaba, pero ya lo tenía en la mano…

Introduje entonces el código casi sin pensarlo. Ella conocía el mío. Yo conocía el suyo. Nunca había significado nada.

La conversación con su hermana estaba arriba. Ingenua. Estéril. Vacía. Una pregunta inane.

Pero debajo…

Mi incredulidad.

Mi derrumbe.

Mi espanto.

Me quise sentar, pero no pude.

Noté cómo se me secaba la boca.

Un nombre.

El nombre de él.

Una conversación con Gustavo.

No podía ser.

Una conversación. Allí. Reciente.

Abrí el chat.

Solo había una línea. Un solo mensaje.

Un mensaje de él a ella.

Cerré los ojos.

Me senté.

Leí:

“Tengo que hablar contigo. Te llamo en cinco minutos.”

Me quedé mirando la hora de aquel mensaje.

09:37.

Volví a leerla.

09:37.

A esa hora estábamos desayunando.

Sentados el uno frente al otro.

La reunión. El trabajo. El email.

Nada de aquello encajaba.

Sentí un malestar creciendo dentro de mí. No era rabia. Todavía no. Era algo peor. La sensación de que me faltaba una pieza esencial y de que todo lo que había ocurrido durante la mañana acababa de adquirir otro significado.

El cepillo eléctrico había dejado de sonar. También el ruido del agua del grifo.

Pero yo no temía que me descubriera.

Miré de nuevo aquella frase.

Después cerré el chat.

Y entonces vi el registro de llamadas.

Quizás ya lo sabía.

Quizás llevaba varios minutos sabiéndolo.

Allí estaba.

Una llamada entrante.

De Gustavo.

09:48.

Me quedé inmóvil observando la pantalla.

No era trabajo. No había sido trabajo. No había sido una reunión.

Gustavo la había llamado mientras yo seguía abajo. Desayunando.

Mi dedo tembló en espasmos insoportables hasta que alcanzó a pulsar en el icono que me desveló que la llamada había durado…

Veintidós minutos.

Cómo era posible.

Veintidós minutos.

Mientras yo había estado intentando comprender qué demonios había ocurrido entre nosotros la noche anterior.

Mientras yo, en la piscina, la esperaba y culpaba a todos menos a ella…

Veintidós minutos.

Levanté la cabeza.

El silencio era insoportable. Mi incomprensión… mucho más.

La recordé cuando la había sorprendido: ella de espaldas… vestida con la camisa rosa… ¿Por qué se había vestido así…?

Dejé entonces el teléfono sobre la mesilla… y caminé hacia el cuarto de baño sin tener claro qué iba a decir, qué iba a preguntar o qué explicación esperaba encontrar. Solo sabía que necesitaba verla.

Empujé la puerta.

Y entonces, me detuve.

Marina estaba de pie, junto al lavabo, de medio perfil.

Estaba llorando.

Continuará.