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Triana y Gonzalo llegaron al hospital.
—¿Qué han dicho los médicos? —le preguntó Triana a Luis.
—Ahora está estable; le tendrán un tiempo en observación y, si todo va bien, le darán el alta—dijo el chico con preocupación.
—El señor Mendoza es un hombre fuerte, ya verás cómo se recupera —le puso la mano sobre el hombro.
—Eso espero. Me siento culpable. Si se lo hubiese contado de otra manera… o a lo mejor no se lo tendría que haber dicho —estaba desconcertado por lo ocurrido.
—Pero ¿qué dices, Luis? —la chica no podía verle así de desolado —tú no tienes la culpa. Él tiene derecho a saber lo que ocurrió con su hijo y a saber que tú eres su nieto. Es una historia muy dura. ¿De qué forma se lo podrías haber contado sin hacerle daño? ¿Y tú? ¿Cómo te habrías sentido sin decirle nada sabiendo que es tu abuelo? —Triana le abrazó.
—Ahora mismo tengo la sensación de que no pertenezco a ningún lugar, que toda mi vida ha sido una mentira. Por un lado, estoy furioso de que me hayan ocultado la verdad tantos años y por otro, me siento decepcionado y traicionado.
—No debes pensar en eso. Tu tía y tu primo Jesús te quieren muchísimo. Tal vez no lo hayan hecho bien, pero piensa que quizás no hayan sabido hacerlo de otra manera.
—Sé que soy el menos indicado para opinar —Gonzalo, que hasta ese momento se había mantenido al margen de la conversación, se dirigió al muchacho —pero lo importante es que tenéis la oportunidad de conoceros y de estar juntos. Tú has tenido la suerte de tener una familia que te ha querido, y ahora, puedes conocer a tu abuelo; no deberías desaprovecharlo. Créeme que sé de lo que hablo —le dijo.
—Luis, Gonzalo tiene razón, deberías apartar los malos rollos y disfrutar de tu abuelo todo el tiempo que puedas —la chica pensó en lo que habría dado por tener a su abuelo un poco más de tiempo.
Luis asintió con la cabeza.
—Veréis —dijo Gonzalo —el señor Mendoza tiene pensado dejar el hotel y me ha encargado que le prepare la casa que tiene aquí en Granada. Luis, sería una buena idea que le ayudases a instalarse y así podéis pasar tiempo juntos.
—Es una idea estupenda, ¿verdad? —dijo entusiasmada Triana.
Luis asintió.
Tal y como le había pedido, Gonzalo se encargó de preparar la casa. Entre él y Luis llevaron todas las cosas personales del hombre a una de las habitaciones de la planta baja.
La casa llevaba cerrada desde que los padres de Ernesto fallecieron. A pesar de llevar mucho tiempo sin habitar, con un poco de limpieza y reparar algún mueble, sería suficiente.
Trabajaron sin descanso para tener todo terminado a tiempo. Luis pensó que a su abuelo le gustaría tener allí el piano y se encargó de que lo llevaran a la casa.
—Vaya, es una pieza magnífica —Gonzalo se fijó en el instrumento—. Es una pena que esté tan estropeado —dijo.
—Sí que lo es —dijo Luis—. ¿Crees que se podría arreglar?
—Cambiando las teclas que están deterioradas y algún detalle más, quedará como nuevo — dijo Gonzalo.
—Sería una sorpresa para mi abuelo.
—Pues no se hable más —dijo el chico— si nos ponemos ahora con ello, lo podremos tener listo al final del día.
Tal y como había dicho Gonzalo, el piano estuvo listo a la hora de la cena.
—Ha quedado perfecto —dijo Luis admirando el resultado. ¿Cómo sabes tanto de madera? Gonzalo no estaba acostumbrado a hablar de su vida, pero Luis le caía bien.
—Aprendí de mi padre —dijo—. Me pasaba horas y horas viendo cómo arreglaba todo tipo de cosas que le llevaban los vecinos. Vivíamos en un barrio humilde, así que la mayoría de las veces no les cobraba por los trabajos.
—Tenía que ser un hombre extraordinario.
—Lo era —al recordar aquellos años, a Gonzalo le afloraron muchos sentimientos. Se aclaró la voz y continuó.
—Después de marcharme de casa de mis padres, me casé, tuvimos un hijo, pero las cosas no fueron como yo había imaginado. De la noche a la mañana me vi viendo en la calle e intentando sobrevivir…El resto de la historia ya la conoces.
—¿Sabes? Al principio tenía muchas dudas sobre ti, pero me he dado cuenta de que eres un buen tío—se sinceró.
—Es normal que desconfiaras —dijo Gonzalo—. Triana y tú sois buenos amigos y ella es alguien muy especial.
—Lo es —Luis observó un brillo distinto en su mirada.
—He de confesarte que al principio pensé que estabais juntos.
—Solo somos buenos amigos —Luis sonrió— pero no hay nada que no hiciera por ella. Además, su hermano es mi pareja —se echó a reír al ver la cara de Gonzalo.
—Lo siento, no era mi intención inmiscuirme en tus asuntos. He metido la pata —se disculpó.
—Tranquilo, no tiene importancia.
El timbre sonó en ese preciso instante. A Triana le gustó encontrarse a los chicos conversando como buenos amigos.
—Traigo la cena—dijo dejando encima de la mesa una pizza enorme. Miró a su alrededor y se sorprendió al ver el resultado de la casa.
—¡Vaya! —exclamó —ha quedado como nueva.
—La verdad es que sí —dijo Luis satisfecho —formamos un buen equipo.
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Ernesto salió del hospital a los pocos días.
—Bienvenido, señor Mendoza —le dijo Triana cuando el anciano y Luis entraron.
—El hombre se emocionó mucho al ver la casa.
—Habéis hecho un buen trabajo —se le saltaron las lágrimas—. Sabía que podía confiar en ti, Gonzalo.
Triana sonrió al chico; estaba orgullosa de él.
Ernesto se acercó al piano y vio que lucía un aspecto impecable.
—Queríamos darte una sorpresa, abuelo —le dijo Luis.
—Y lo habéis hecho —le tembló la voz.
Ernesto se sentó y comenzó a tocar; el tiempo retrocedió y se vio junto a Estela en Francia. Los jóvenes escuchaban aquella melodía muy emocionados. Cuando el hombre terminó de tocar, ninguno pudo pronunciar palabra. Triana se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Ha sido precioso —dijo la chica.
El resto del día lo pasaron escuchando a Ernesto contar historias increíbles sobre los objetos que había coleccionado durante su vida, hasta que llegó la hora de la despedida.
—He pensado que esta noche me voy a quedar con él. Ha sido un día de muchas emociones —les dijo Luis.
—Sí, ha sido un día largo. No te preocupes por nada, yo me encargo de Chico. Buenas noches—Triana se despidió con un abrazo.
—Gracias a los dos, mañana hablamos. Decidieron dar un paseo hasta llegar a la casa.
—Vaya historia, ¿verdad? —Triana fue la primera en romper el silencio.
—Ya lo creo —contestó Gonzalo.
—Y cambiando de tema, ¿cómo llevas los servicios comunitarios?
—Bien.
—No eres muy hablador que digamos —se echó a reír.
—Lo siento, intentaré ser más “comunicativo”, es la costumbre de no tener a nadie con quien hablar —se encogió de hombros.
—Vale, probemos de nuevo —le retó—. Cuéntame un poco más sobre ello.
—De acuerdo, esta vez intentaré no parecer un telegrama —rio.
Gonzalo le explicó a Triana que iba a una residencia comunitaria de ancianos tres veces por semana. Su trabajo consistía en diversas actividades, como acompañarlos a dar un paseo por el jardín, hacerles compañía, hablar con ellos, servirles la comida o ayudar en la limpieza.
—Es muy gratificante poder serles de ayuda, pero es muy duro al mismo tiempo —dijo. Se detuvieron delante de la casa de Triana.
—Bueno, yo me quedo aquí —dijo— ¿Seguro que no te importa encargarte de Chico por esta noche?
—Claro que no, es lo menos que puedo hacer—sonrió.
—Gracias, Gonzalo—le dio un beso.
Ernesto pasó la noche tranquilo. A pesar de los acontecimientos de aquellos días, volver a la casa de sus padres, enterarse de que su hijo no murió poco antes de nacer y que tenía un nieto, lejos de causarle desazón le habían reconciliado consigo mismo. Sentía que esa calma era una señal de que el final estaba cerca. Solo le quedaba encontrar a Estela. La había visto tantas veces en sueños que era como si no hubiesen pasado los años. Durmió como hacía tiempo que no dormía y se levantó al día siguiente más descansado.
Luis, por el contrario, pasó la noche en vela pendiente del hombre. Pensaba en lo que había cambiado su vida y recordó el día en que le vio por primera vez. Siempre le pareció una persona con un pasado misterioso, pero nunca pensó en que él mismo formaría parte de él. Estaba deseando descubrir el paradero de Estela, su abuela, y resolver la inscripción del piano. Las mariposas en su estómago seguían revoloteando, ahora con una sensación distinta: no estaba investigando una historia cualquiera; era su propia historia.
Triana se fue a dormir con la sensación de estar viviendo un sueño algo irreal. Siempre había intentado dejar al margen sus sentimientos, pero aquello la había superado y sus emociones habían salido todas de golpe. No se podía quitar a Gonzalo de la cabeza, de lo orgullosa que estaba de él y de cómo había cambiado. Recordó el beso que le había dado minutos antes al despedirse y se sonrojó.
Cuando llegó a casa, Gonzalo dio un paseo a Chica y a Chico. Pensó en cómo había pasado de no tener nada a tener una casa, un trabajo y unos amigos, y que quizás algún día pudiera tener junto a él a su hijo. Hasta ese momento la vida le había mostrado un lado amargo, pero también le había enseñado que las personas son el motor que mueve tanto lo malo como lo bueno. Se tocó el lado de la cara donde Triana le había dado un beso.
Chica y Chico estaban contentos de estar juntos, de olisquear y descubrir nuevos olores en cualquier rincón, de correr, de saltar y de apoderarse de la cena de alguno de sus dueños. Les gustaba que Triana les sacase a dar largos paseos y les lanzase la pelota lo más lejos posible. Cuando Gonzalo llegó a casa le recibieron con la misma alegría de todos los días.
A la mañana siguiente, se dirigió a la residencia donde tenía que cumplir sus horas de servicios comunitarios.
—Buenos días, Marisa—Gonzalo entró en la sala de la coordinadora de la Residencia para Mayores Los Arcos.
—Buenos días, Gonzalo—la mujer revisaba el horario de actividades para ese día. Al verle entrar, le entregó una hoja con lo que tenía que hacer aquella mañana.