33 #2
El chico leyó con detenimiento sus tareas. Después de cambiarse de ropa, se dirigió al jardín. Allí, muchos de los ancianos pasaban parte de la mañana, siempre que las condiciones climatológicas lo permitieran. Unos paseaban acompañados de sus cuidadores, otros se sentaban tranquilamente a tomar el aire o a charlar entre ellos.
Gonzalo se acercó a una de las enfermeras.
—Buenos días, Gonzalo—la mujer miró su horario—. Hoy tienes que acompañar a una de nuestras residentes. Ven, que te la presento.
Cruzaron el jardín hasta llegar a una zona de naranjos y limoneros. La mujer descansaba en uno de los bancos y tarareaba una melodía que a Gonzalo le resultó familiar.
—Buenos días, Estela. Mira, hoy Gonzalo te acompañará a dar un paseo—dijo cuando llegaron a su lado.
La mujer miró al chico con sus enormes ojos verdes y sonrió.
—Buenos días, Gonzalo, espero que no te aburras mucho conmigo. Ya me ha explicado la enfermera que vienes de vez en cuando a hacernos compañía a las personas que estamos solas y no recibimos visitas; es un detalle por tu parte muy de agradecer, los días aquí se hacen eternos y es bueno contrastar opiniones con personas más jóvenes. Ahora, háblame de ti; como verás, cuando cojo el ritmo me cuesta parar.
Los dos se echaron a reír a la vez y, en ese momento, a Gonzalo algo le dijo que estaba delante de esa misteriosa Estela que había robado el corazón del señor Mendoza.
Cuando terminó su turno le preguntó a la enfermera si podría visitar a la mujer fuera de su horario de cumplimiento social. La enfermera le contestó que, si contaba con la aprobación de Estela, que por ella no había inconveniente.
Estela asintió de buena gana; Gonzalo parecía un joven muy agradable.
Durante esa semana en la que el muchacho visitó a Estela, se dio cuenta que el destino cuando une a dos personas nunca deja que se rompa el hilo que emocionalmente les une. Cuando ya estaba casi seguro de que esa preciosa anciana de ojos verdes era Estela, pensó en cómo decírselo a los demás para preparar un encuentro, ya que, debido al delicado estado de salud del señor Mendoza debían tener muchísimo cuidado.
Final
«Las cicatrices nos recuerdan
de dónde venimos
pero no hacia dónde vamos»
Gracias a la colaboración de la residencia habían logrado contactar con el hijo y la nieta de la anciana, quienes se alegraron y estuvieron de acuerdo en que la mujer pudiese pasar el día fuera de allí. Todo estaba preparado para recibir la llegada de Estela a la casa. Ernesto recorría la sala de un extremo a otro con impaciencia; no veía el momento en que Luis y Estela entrasen por la puerta.
El encuentro entre ambos fue muy emotivo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas al enterarse de que su hijo Diego no había fallecido aquel día en el hospital. A pesar del dolor, sintió un gran alivio al saber que había tenido una vida feliz, que había sido un buen hombre y un gran médico y que le había dado un nieto estupendo.
Ernesto se dirigió a su habitación y regresó a los pocos minutos con la cajita de música que le había regalado a Estela en Francia. La mujer la miró como si hubiese encontrado un tesoro. La abrió y la melodía comenzó a sonar por toda la sala. En su interior aún permanecían la inscripción y la partitura de la canción.
—¿Todavía la conservas? —Estela miró a Ernesto con los ojos cristalinos por la emoción.
—Todos estos años—le dijo mirándola a los ojos.
—Es la misma inscripción del piano—dijo Luis sorprendido. Estela suspiró.
—Cuando mi marido se enteró de que me veía con tu abuelo—se dirigió al muchacho—me amenazó con hacerle daño si no le dejaba—se detuvo unos momentos—. Le devolví la cajita de música y le dije cosas horribles para que rompiera nuestra relación, pero no las pensaba. Aquellas palabras tan duras me rompieron el alma, al igual que a él —miró a Ernesto— pero no podía hacer otra cosa. Regresé a la casa destrozada, cogí un cuchillo y grabé el nombre de la canción que había compuesto para mí; además de los recuerdos, era lo único que me quedaba de él.
El hombre escuchaba aquellas palabras con un nudo en la garganta y la tomó de la mano.
—Cuando entré en la tienda— el anciano miró a su nieto con los ojos aguados— y vi la inscripción con aquellas palabras que tanto significaban para mí—continuó— supe que algo había sucedido.
Miró a Estela y ella continuó.
—Luego, Enric me obligó a cortarme las venas con la intención de hacerme pasar por loca y poder encerrarme en una institución mental, siempre con la amenaza de que mataría a Ernesto si yo contaba algo de lo sucedido —se detuvo de nuevo para coger un poco de aire.
Luis, Gonzalo y Triana escuchaban a la mujer emocionados.
Mientras tanto, Ernesto miraba a través de los ventanales pensando cuánta maldad podía albergar el corazón de un hombre movido por la codicia y el odio. Intentaba que Estela no se diera cuenta de que la mayoría de todo lo que ella estaba contando, aún le hacía estremecerse y que una rabia inmensa le corría por el cuerpo. Pero se encargaría del tiempo que les quedase de resarcirla de tanto dolor, entre otras cosas, pidiéndola que se trasladase a esa hermosa casa junto a él.
—Poco después de que mi hijo naciera, Enric fue detenido por el asesinato de Antonella Dupois; ya en la cárcel, sufrió una grave enfermedad y falleció. Pude salir del centro de salud mental y rehíce mi vida junto a mi hijo; nos mudamos a París durante unos años, hasta que vinimos definitivamente a Granada. Mi hijo y mi nieta regresaron a Francia por asuntos de negocios y yo me quedé aquí, en el lugar donde quiero pasar los últimos días de mi vida. Pensé en buscarte —le dijo a Ernesto —pero después del daño que te hice, no tenía ningún derecho a aparecer de nuevo en tu vida. Y ahora, la vida nos ha vuelto a unir, junto a un nieto estupendo— abrazó a Luis.
El anciano cerró los ojos para evitar que las lágrimas se derramaran, pero no lo consiguió.
—Después de aquel día, regresé a Granada, recogí mis cosas y me trasladé a Madrid. Tenía que alejarme de todos los lugares que me recordaran a ti— se dejó caer en la silla sin fuerzas—. Abrí mi galería de arte y me dediqué a viajar por todo el mundo. Con el tiempo y con las heridas cicatrizadas tuve la necesidad de saber de ti, y removí cielo y tierra para encontrarte; uno de mis colaboradores encontró el piano aquí en Granada—suspiró.
Después de la comida, Ernesto se sentó al piano e invitó a Estela a que se sentase junto a él.
Sus miradas se cruzaron y antes de comenzar a tocar SU CANCIÓN, Ernesto, mirándola a los ojos y con los suyos cubiertos de lágrimas la dijo:
—¿Estela, quieres casarte conmigo?
Y comenzó a sonar esa maravillosa melodía que entre los dos sería el comienzo de una nueva vida.
—¿Estás bien? —Triana abrazó por detrás a Luis, que miraba a sus abuelos.
—Todavía tengo una sensación extraña, pero estoy contento de que se hayan reencontrado y de poder pasar tiempo con ellos.
—Es increíble la forma en que se entienden solo con mirarse —dijo la chica.
—Se merecen otra oportunidad —dijo Luis. Y tú y Gonzalo qué —miró a Triana.
—Tu abuelo va a prestarle el dinero para que abra su propio taller —dijo la chica— Además, Gonzalo me ha pedido una cita —sonrió.
—Enhorabuena, es un buen tío —le pasó el brazo por los hombros.
—¿Y tú, ¿qué vas a hacer?
—Pues mi abuelo va a cerrar su galería de arte y nos ha ofrecido a tu hermano y a mí ser socio de El Imperio —dijo Luis sonriendo.
Ernesto miró a su alrededor. Ahora tenía la certeza de que su último viaje sería el lugar donde todo había comenzado: Granada, pero junto a la mujer de su vida y junto a su nieto. Miró a Estela a los ojos; seguía siendo la mujer más guapa del mundo y no había dejado de quererla.
Estela también le miró, y ambos pronunciaron aquella frase que había marcado su destino para siempre, ENTRE TUS MANOS, y sus dedos se entrelazaron para no separarse jamás.
Fin