Entre tus manos 32
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Cuando llegó a la casa, aún se sentía embriagada por la cita con Ernesto: la comida, los regalos, la música…Entró sumida en sus pensamientos y se sobresaltó al oír la voz de Enric.

—¿Qué tal las compras? —se sirvió un trago.

—Bien —no tenía ganas de hablar con él.

—No me gusta que pases tanto tiempo con Victoria, es una mala influencia, así que, a partir de ahora eso va a cambiar —se sirvió otro trago.

—Pero, ¿qué dices, Enric? —se puso a la defensiva—. Tú no me puedes prohibir nada.

—Claro que sí, querida —lo dijo con calma.

Cogió la bolsa que Estela había traído y miró en el interior.

—¿No me vas a enseñar lo que le has comprado a nuestro hijo? —sacó una camiseta y unos zapatitos de bebé—. Es muy bonito, he de reconocer que, después de todo, Victoria tiene buen gusto para la ropa.

—Pero, ¿qué estás diciendo? —le quitó las prendas de las manos y las volvió a guardar en la bolsa—. Estoy cansada, me voy a mi habitación.

Enric la sujetó por el brazo.

—¿Crees que soy imbécil, Estela? —su mirada daba miedo— Porque si en algún momento has pensado que podías hacer lo que te diera la gana conmigo, estás muy equivocada —la sentó de golpe en la silla y sacó un papel—. Escúchame bien, porque no lo repetiré otra vez —se apoyó en el respaldo detrás de ella.

Estela pudo sentir su aliento en la nuca y cerró los ojos.

—Vas a hacer exactamente lo que yo te diga: vas a dejar a ese musicucho de tres al cuarto y vas a firmar este papel ahora mismo, o te juro Estela que lo mato, y sabes que lo haré.

Estela escuchaba temblando aquellas cosas horribles e intentó salir corriendo.

—¿A dónde crees que vas? —la obligó a sentarse de nuevo en la silla.

—No voy a dejar a Ernesto, Enric —sacó las fuerzas suficientes para plantarle cara—. Si lo que quieres es el dinero te firmaré lo que sea necesario, pero no voy a dejar a Ernesto.

—Oh, pero qué romántico —Enric se echó a reír—. Me sorprendes, querida. Siempre te he comparado con uno de esos caballos de raza que tanto te gustan: salvajes y nobles a partes iguales. Reconozco que eres mucho más valiente que tu padre, pero no me has entendido —continuó—. Si no firmas, el pianista muere; si no lo dejas, también.

Le acercó el papel y le dio un bolígrafo. Estela terminó de leer el documento a través de las lágrimas.

…por lo que yo, Estela Aguilar Almansa, condesa de Medina, estando en pleno uso de mis facultades mentales, deseo que, en el caso de no tener la capacidad suficiente para hacerme cargo de mis bienes, sea mi esposo, Enric Beaumont, Duque de Solens, el administrador del fideicomiso a mi nombre y, en el caso de mi fallecimiento, sean él y mi hijo los herederos de mi legado en Granada.

Firmado: Estela Aguilar Almansa.

Enric cogió el documento después de que Estela lo hubo firmado y sonrió.

—Yo nunca pierdo, querida —la miró con desprecio— Ah… Estela —se giró hacia ella antes de salir—te aconsejo que esto quede entre tú y yo; no te conviene airear nuestra vida privada, sobre todo a Victoria; aunque ya me encargaré de ella a su debido tiempo.

Cuando se quedó sola, se derrumbó. Prefería morirse allí mismo antes de perder de nuevo al amor de su vida. Sabía que las palabras de Enric iban en serio; no podía dejar que nada malo le ocurriera a Ernesto. Por un momento se le pasó por la cabeza escaparse juntos, pero Enric tenía muchos contactos y terminaría por encontrarlos.

Se limpió las lágrimas, cogió la caja de música y salió de la casa. Ernesto abrió la puerta y se alegró de verla allí.

—Estela, creía que habíamos quedado esta tarde. Entra —el chico fue a besarla, pero ella giró la cabeza.

—¿Qué ocurre? —la miró extrañado.

—Vengo a devolverte esto —sacó la cajita de música y se la dio. Ernesto no entendía nada.

—¿No funciona? —sonrió—. No te preocupes, mañana la llevaré a que la arreglen.

—No lo has entendido, Ernesto, no la quiero —sus palabras salieron con brusquedad.

—¿Qué dices, Estela? No te entiendo. ¿He hecho algo que te haya molestado? Si ha sido así, dímelo, por favor, pero no me hables con esa indiferencia, porque no puedo soportarlo.

—¿Por qué tienes que hacer todo tan difícil, Ernesto? —sabía que tenía que ser más dura en sus palabras o no lo conseguiría—. ¡No quiero tu caja, ni tu estúpida canción! —gritó.

Ernesto creyó que se iba a volver loco. No entendía ese cambio de actitud.

—Ha sido Enric, ¿verdad? —dijo desesperado—. Él te ha obligado a decir esto. Estela le miró con rabia y estalló.

—¿Piensas que no puedo tomar mis propias decisiones, Ernesto? Pues mira, te diré unas cuantas cosas. Desde el día que te vi aquí en Francia solo he pensado en humillarte y en hacerte sufrir por lo que me hiciste. ¿Qué creías, que me había enamorado como una tonta? Eres tan predecible, querido —arrojó con desprecio la caja al suelo.

Ernesto se derrumbó sin decir nada. Cada palabra que Estela pronunciaba era una puñalada en el corazón.

—No sabes cuánto te desprecio —continuó sin piedad— y me alegro de no haber tenido ningún hijo contigo, así que, si aún te queda algo de dignidad, márchate de Francia y déjame en paz —sabía el daño que le estaba haciendo al decir aquello.

Antes de salir de la casa, lo miró sabiendo que su vida se acababa allí y que no lo volvería a ver. Estaba hundido y destrozado; su rostro reflejaba el dolor y la humillación.

—Adiós, Ernesto —se marchó dando un portazo y con el corazón tan roto como el de él.

Al llegar a la esquina rompió a llorar. Sabía que él no iría en su busca. Se había asegurado de ello haciéndole todo el daño posible.

Entró en la casa destrozada, fue a por un cuchillo y se dirigió al piano. Acarició la madera y se estremeció. Imaginó las manos de Ernesto sobre las suyas mientras tocaban juntos su canción. Cerró los ojos y las lágrimas resbalaron hasta caer sobre el instrumento. Se sentó y sus manos recorrieron las teclas sin pensar. La melodía acompañó a las imágenes, que pasaban como una película ante ella.

Cuando terminó, grabó con el cuchillo una frase:

Entre tus manos

Pasó los dedos por los trazos marcados y se llevó las manos a su barriga.

Enric entró en la sala. La vio allí sentada con la mirada perdida. Se sirvió con calma una copa de coñac y se sentó en el sillón observándola.

—Tienes mala cara, querida —se recostó y bebió un sorbo. Al ver que no decía nada, se levantó y se arrodilló a su lado.

—Eres muy dramática, Estela, querida —le susurró al oído—. Debes estar destrozada, la muerte de tus padres en un trágico accidente, has perdido a tu amante…Cualquiera en tu situación perdería la cabeza.

—Ya no puedes hacerme más daño, Enric —le dijo.

—Claro que sí, querida —le secó las lágrimas—. Ay, Estela, Estela…Mira, te diré lo que va a ocurrir —se levantó y caminó por la sala.

Estela lo miró.

—Tendrás una crisis nerviosa provocada por todas las cosas tristes que te han pasado —se acercó a la mesa—. Primero, romperás el jarrón —lo dejó caer al suelo—. Luego, algunas sillas, los cuadros, el teléfono… —continuó tirando y rompiendo cosas.

Se acercó de nuevo junto a ella.

—En tu locura, cogerás un cuchillo e intentarás acabar con tu vida —se lo dio—, pero entonces, cuando estés a punto de morir desangrada, yo llegaré a casa y te encontraré a tiempo de salvar tu vida y la de nuestro hijo —suspiró—. No me quedará más remedio que ingresar a mi amada esposa en un centro mental, y allí permanecerás hasta que te mueras, sabiendo que la vida de Ernesto depende de ti. ¿A que soy un genio? —rio.

La chica agarró el cuchillo.

—Ahora mismo tengo vigilado al señor Mendoza, tu querido Ernesto. Sería una muerte innecesaria, la verdad. Así que hazlo ya, Estela, no me hagas perder más el tiempo.

Estela lo miró a los ojos y pasó la hoja del cuchillo por sus muñecas. Vio la sangre que salía silenciosamente de su cuerpo.

—Esa es mi chica —la besó en la frente—. Ahora, relájate y pronto habrá terminado todo.

Los párpados comenzaron a pesarle y el cansancio se apoderó de su cuerpo hasta quedarse dormida.