Entre tus manos 31
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—Señor Mendoza, qué alegría —el encargado de la tienda recibió a Ernesto con una agradable sonrisa.

—Señor Satine, ¿cómo le va? —Ernesto saludó al hombre con un apretón de manos.

—Bueno, ya se puede imaginar…el trabajo, los hijos, los nietos…a mi mujer le ha dado ahora por cambiar los muebles de sitio —el hombre rio. —Y dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

—Estoy buscando algo especial, para una mujer —lo dijo en voz baja intentando ser discreto.

—Entiendo… —el hombre sacó del mostrador una caja con anillos de distintas formas y tamaños.

Ernesto observó las joyas con detenimiento.

—Son todos muy bonitos, amigo mío, pero busco algo menos ostentoso, más personal.

—¿Y en qué ha pensado, señor Mendoza? —el encargado sentía curiosidad.

—En la cajita de música del escaparate, la que tiene forma de piano —dijo.

—Ahhh, una elección magnífica —el hombre puso la caja sobre el mostrador.

—¿Qué le parece? Es también joyero —le mostró el interior.

Ernesto la observó con interés: era de color negro azabache y, al abrirla, sonaba una melodía.

—Es exactamente lo que buscaba, es perfecto —dijo al fin.

—¿Desea algo más? —le preguntó.

—Ahora necesito pedirle un favor: que la melodía sea otra y que lleve grabada una inscripción. ¿Cree que será posible?

El hombre se quedó pensativo.

—Creo que conozco a alguien que podría hacerlo —dijo.

—Por el dinero no se preocupe, amigo Satine.

—Desde luego —el hombre sacó una libreta y anotó el encargo—. Espero que el regalo sea del agrado de su amiga —le dijo con satisfacción.

Salió de la tienda y se mezcló con el afluente de transeúntes. Cuando hubo caminado unos pocos metros, escuchó su nombre desde el otro lado de la calle y vio a Victoria que le llamaba haciendo aspavientos con las manos; junto a ella estaba Estela.

—Señor Mendoza, qué agradable coincidencia —la joven estaba entusiasmada.

—Victoria, Estela —Ernesto las saludó con una inclinación de cabeza.

—¿Qué le trae por el centro de la ciudad? —le preguntó la chica con su habitual curiosidad.

—Solo salí a dar un paseo —sonrió.

Estela estaba detrás de su prima, intentando ocultar cualquier expresión en su cara que pudiera delatarla.

—Que sepa que estoy enfadada con usted. Me quedé esperando a que me llamase para comenzar con mis clases de piano. Es usted un desconsiderado —sobreactuó con su habitual descaro.

—Le pido mil disculpas, Victoria; he estado muy liado. ¿Cómo podré compensárselo? — Ernesto le siguió el juego.

—Pues, déjeme que lo piense, ya se me ocurrirá algo —soltó una carcajada que hizo que varios de los transeúntes se giraran para mirarla.

—Estela, no he tenido la oportunidad de expresarle mis condolencias. Espero que pronto se encuentre mejor y podamos retomar las clases —quiso disimular.

—Muchas gracias, todavía me encuentro algo indispuesta, pero no se preocupe, le avisaré cuando me encuentre mejor —se sonrojó y miró al suelo para esquivar los ojos de Ernesto.

—Cuando quiera, estoy a su disposición.

El chófer detuvo el coche y Enric se bajó del vehículo. No pudo evitar encajar la mandíbula al ver allí a Ernesto.

—Vaya, pero si es mi querido amigo Ernesto Mendoza —disimuló. La amabilidad de su voz contrastaba con la frialdad de su mirada.

—Enric… —Ernesto se puso tenso y le dio un apretón de manos.

—Espero que pronto pueda volver a visitarnos. Me consta que mi esposa echa de menos sus clases y la vendrán bien para distraerse, ¿verdad, querida? —miró a Estela para ver su reacción.

—No me encuentro demasiado bien —estaba pálida— ¿podemos irnos, por favor?

—Por supuesto, querida —Enric la sujetó por la cintura y se dirigieron al coche.

Ernesto apretó los puños. No podía soportar que le pusiera las manos encima, pero eso cambiaría pronto.

En los días posteriores no pudo ver a Estela; la chica había enfermado y Enric no se despegaba de ella ni un segundo. Ernesto estaba desesperado: su paciencia estaba llegando al límite y no estaba dispuesto a que, de nuevo, algo les volviese a separar. Intentó ponerse en contacto con ella de todas las maneras posibles, pero no lo consiguió. Se estaba volviendo loco, y lo único que se le ocurrió fue sincerarse con Victoria. Pensó en la posibilidad de que le fuera con el cuento a Enric; al fin y al cabo, él era el marido de su prima y a él le acababa de conocer, pero era un riesgo que estaba dispuesto a correr.

Victoria llegó puntual a su cita con Ernesto.

—He de confesarle que me sorprendió su llamada, parecía preocupado —la chica le miró con curiosidad—, porque no me ha invitado a comer solo para hablar de las clases, ¿verdad?

—Tiene razón, se trata de un asunto complicado —bebió un poco de agua para pasar el mal rato y continuó.

Victoria escuchó con atención.

—¡Vaya! —exclamó con sorpresa cuando Ernesto terminó de hablar.

—Seguramente me meta en problemas con Estela por haberle contado esto, pero estoy muy preocupado por ella, Victoria. Tiene que ayudarme.

—Siempre intuí que Estela guardaba un secreto, pero no me esperaba esto, ni muchísimo menos—dijo después de una pausa.

—Entenderé que no quiera involucrarse en este asunto, pero si no lo hace por mí, hágalo por ella.

Victoria sabía que su prima siempre había sido muy reservada con su pasado y lo entendía y respetaba. Nunca le acabó de convencer la boda con Enric y tampoco la veía muy feliz. Teniendo delante de ella a Ernesto, le veía tan sincero en sus sentimientos que no pudo negarse.

A la mañana siguiente fue a visitar a su prima.

—Victoria, qué sorpresa —Enric salió a recibirla cuando George anunció su llegada.

—Enric, querido, ¿cómo estás? —intentó actuar con normalidad.

—Pues igual que cuando nos vimos ayer, Victoria —no le gustaba que pasase tanto tiempo con Estela y se lo dejó claro.

La chica no se dio por aludida.

—Veo que no estás de muy buen humor, querido, pero he venido a llevarme a mi prima de compras, así que me perderás de vista en unos minutos —dio media vuelta y se dirigió a Estela, que descansaba en el sillón.

—Te lo agradezco mucho, Victoria, pero no me encuentro bien —estaba muy pálida.

Victoria la miró preocupada. A pesar de que el embarazo se estaba desarrollando con normalidad, ya no era la misma muchacha de mejillas sonrosadas de un tiempo atrás. Estaba muy demacrada y tenía muchas ojeras. Desde la muerte de sus padres, Estela no era la misma. Siempre estaba muy cansada y se enfermaba muy a menudo.

—Te vendrá bien tomar un poco el aire, ya lo verás. Además, tienes que comprar cosas para el bebé, ¿o piensas vestirlo con las cortinas?

—Está bien, pesada, me has convencido —sabía que Victoria podía ser muy persistente y que no pararía hasta que se saliese con la suya.

—Le diré al chófer que prepare el coche —Enric se levantó.

—No te molestes, Enric, querido —Victoria se adelantó —iremos en el mío.

****

El vehículo se detuvo frente a la casa de Ernesto.

Victoria se giró hacia Estela.

—Vendré a recogerte en dos horas —le dijo.

—Muchas gracias, Victoria. Tendría que habértelo contado antes —se sintió avergonzada.

—No te sientas mal por eso, yo tampoco habría confiado en mí —sonrió.

—Te quiero —Estela la abrazó.

—No te preocupes por nada, compro algo para el bebé y nos vemos en un rato. Estela entró en la casa. Ernesto la abrazó con todas sus fuerzas.

—Te he echado tanto de menos… —dijo él. La miró y se le encogió el corazón al verla tan demacrada.

—Necesito sentarme un momento, me has dejado sin respiración —sonrió.

—Estela, vámonos de aquí. No soporto ni un minuto más esta situación. Tú no estás bien.

—Solo estoy un poco cansada, nada más. No duermo demasiado últimamente y, en cuanto a Enric, ahora mismo no me siento con fuerzas para enfrentarme a él.

—Pero es que no tienes por qué hacerlo, Estela. Vámonos, por favor —suplicó.

—No puedo apartarle así de su hijo, Ernesto. Solo te pido un poco más de tiempo, hasta que me encuentre mejor —le acarició el pelo—. Te lo prometo.

—Está bien, Estela. Solo unos días más —lo dijo con resignación. Se levantó y la tomó de la mano.

—Ven, te tengo una sorpresa —la llevó hasta el salón, donde les esperaba una suculenta comida.

—Vaya… —dijo asombrada— ¿qué ha pasado con el chico que odiaba todo lo que tuviese que ver con el lujo? —rio.

—Pues que está profundamente enamorado —la miró hasta hacerla sonrojar—. Así que, come…flacucha.

—Oye, ¿cómo que flacucha? —le lanzó la servilleta a la cara —si parezco un balón de playa —rio.

Después de la comida, Estela se sentó en el sillón y un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Tienes frío? —Ernesto se acercó y la rodeó con sus brazos.

—Estoy bien, gracias —se acurrucó junto a él al sentir el calor que desprendía su cuerpo.

—Señorita Aguilar, ¿me haría el honor de tocar conmigo al piano? —se puso de pie e hizo una reverencia.

A Estela le pareció divertida aquella actuación y, al igual que Ernesto, se puso de pie.

—Por supuesto, caballero, faltaría más —se acomodó la ropa y se dirigió al piano con pose de artista famosa.

Se acomodó en el taburete e invitó al chico a sentarse junto a ella.

—Y dígame, caballero, ¿qué le gustaría tocar? —hizo ejercicio con los dedos a modo de calentamiento.

En ese momento, Ernesto abrió la cajita de música y la canción que había compuesto para ella, comenzó a sonar.

Para escuchar la canción, escanear el código o acceder al enlace

https://www.youtube.com/watch?v=3r8xlM00rAU

—Ernesto, es preciosa…y está sonando nuestra canción —estaba sorprendida por aquel regalo tan bonito— Y además tiene nuestras iniciales grabadas con una inscripción: Entre tus manos —leyó.

—Y eso no es todo, mira dentro —esperó con paciencia a que la chica sacase de la caja un papel.

—Es la partitura escrita por ti —dijo ella—. Gracias… —los ojos se le humedecieron y las lágrimas hicieron un intento por salir.

—No, Estela; pero ¿por qué lloras, mi vida? —Ernesto sacó un pañuelo y la limpió las lágrimas.

—Es que no me esperaba todo esto —le miró a los ojos.

—Pero tú te lo mereces, Estela. Nos merecemos una nueva oportunidad, ¿no crees?

No pudo responder con palabras a la pregunta de Ernesto, pero asintió convencida de aquello.

Enric la había hecho muchos regalos, pero aquella cajita tenía algo que no tenían las joyas más caras: contenía sentimientos y un pedazo de su amor verdadero, y aquello no se podía pagar con dinero.

El resto del tiempo lo pasaron tocando el piano. Cuando llegó la hora de la despedida, se cogieron de las manos y no hicieron falta las palabras.