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TESTAMENTO
• Todos los bienes y las propiedades que la familia tiene en Granada son para mi hija Estela
• El dinero se le otorgará también a ella, en fideicomiso.
• En cuanto a mis negocios y sus consecuencias legales, la eximo de toda responsabilidad.
—Eso es todo, señora —el abogado dio por terminada la lectura del testamento.
Estela asintió; sus ojos estaban anegados de lágrimas y no podía articular palabra, pero era necesario terminar con todos esos trámites para reconstruir su vida lo antes posible. Solo echaba de menos a Ernesto, su voz, su calma, la paz que le proporcionaba y, sobre todo, la seguridad que sentía cuando estaba cerca. Nadie podía hacerse cargo de nada, ella era la única heredera.
—Está bien, señor Donovan, muchas gracias —se levantó y le tendió la mano.
—Apreciaba mucho a su padre, Estela —el hombre la acompañó hasta la puerta—. Cualquier duda que tenga, no dude en ponerse en contacto conmigo.
Salió del despacho del abogado sabiendo que se cerraba una etapa y que comenzaba otra distinta. Ahora nadie podía controlar su vida ni manipular sus emociones; era libre para poder ser ella misma.
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El teléfono no dejaba de sonar. Enric revisaba todos los documentos sumido en la desesperación; cuando llegó al último, lo dejó caer sobre el escritorio con resignación. El dolor, la culpa y la incertidumbre, unidos a la falta de sueño, se habían instalado en su semblante. Los ojos enrojecidos leían una y otra vez los papeles, en busca de una solución, pero sin éxito. Se sentía agotado y derrotado, tanto física como emocionalmente. Pensó en cómo era su vida años atrás y en cómo era ahora: había pasado de tenerlo todo a no tener nada. Maldecía la hora en que había conocido a Estela y a su familia. El odio que sentía hacia el Marqués de Soto Grande, ahora también lo sentía hacia su esposa. La apertura del testamento había sido un mazazo para él; el marqués se había asegurado de que nadie que no fuese Estela pudiese beneficiarse, al tener separación de bienes. El maldito cerdo tenía todo bien atado y hasta después de muerto seguía haciendo de las suyas. Los inversores querían recuperar su dinero y le estaban presionando demasiado; sabía de lo que eran capaces y no podía tomarse a la ligera sus amenazas. Estaba entre la espada y la pared.
Necesitaba despejarse un poco para poder pensar con claridad; cogió dos copas y una botella de vino y salió.
Detuvo el coche media hora después delante del número treinta de la calle Saint Michel, en una zona apartada de la aglomeración, lo que la hacía ser poco transitada y muy discreta a los ojos de los viandantes. Se quedó unos minutos en el interior del vehículo sin saber si salir o no. Momentos antes estaba decidido a olvidarse por unas horas de los problemas, pero su cabeza no le daba tregua. Bebió un trago de la botella y esperó a que le hiciese efecto; necesitó otro más para templar los nervios y bajar del coche.
Llamó al timbre y esperó.
—¿Qué haces tú aquí? —Antonella frunció el ceño al verle—. No puedes venir sin avisar siempre que te dé la gana —le dijo.
—¿No tienes unos minutos para un viejo amigo? —mostró las copas y sin hacer caso a las protestas de la mujer, entró.
Se sentó en el sillón y le ofreció una copa.
—Vamos, mujer, no seas arisca —se bebió de un trago el vino.
—Márchate, Enric —dejó su copa llena sobre la mesa y le miró.
—Pero ¿qué mosca te ha picado? —se acercó y la agarró por la cintura.
—No, Enric, ¿qué te pasa a ti? —le recriminó—. Estoy harta de que vengas cuando te apetezca, estés un rato y luego no des señales de vida durante días.
—No te hagas la víctima, querida. Quedamos en que, sin ataduras de ningún tipo, ¿recuerdas? —le retiró el pelo de la cara, pero ella le apartó la mano con brusquedad—¿Qué ha sido de la mujer fría y calculadora, esa que utiliza a los hombres por dinero?
—Pues estoy cansada de esto —gritó.
—Tampoco te ha ido tan mal, al menos conmigo… No sales demasiado barata que digamos… —el impacto de la bofetada le dejó un sabor amargo en la boca y una herida en su orgullo. Sus ojos estaban inyectados en sangre y la rabia le quemaba por dentro. Apretó los puños y la devolvió el golpe.
—Eres un ser despreciable y te mereces lo peor —se tocó el pómulo—. Eres un pobre diablo, Enric —continuó—. ¿Crees que todo gira a tu alrededor? Pregúntale a tu querida esposa qué tal se le dan las clases de piano con su amante.
—¿Qué estás insinuando?
—Lo que has oído, yo los he visto con mis propios ojos —escupió todo el veneno que llevaba con la intención de resarcirse del golpe en la cara.
Aquellas palabras fueron el detonante para que estallase. La agarró del cuello y apretó con todas sus fuerzas. Vio en la cara de Antonella el rostro de Estela y se volvió loco.
—¿Mami? —el niño salió de una de las habitaciones.
Al oír la voz del pequeño llamando a su madre, Enric fue consciente de lo que había hecho, pero ya era demasiado tarde: el cuerpo de Antonella cayó al suelo sin vida.
Sintió los ojos del niño clavados en su espalda mientras recogía las copas y la botella, y por un instante, tuvo el impulso de girarse y darle una explicación, unas palabras de consuelo, pero no lo hizo y se marchó sin mirar atrás.
Salió huyendo de allí hasta llegar al coche. No podía creer que hubiese matado a la chica con sus propias manos. Le temblaba todo el cuerpo y la voz de aquel niño llamando a su madre le retumbaba en la cabeza.
Condujo durante varios kilómetros hasta llegar a las afueras de la ciudad. Necesitaba mantener la calma y pensar con frialdad; ya no podía cambiar lo ocurrido y tampoco estaba dispuesto a confesar y entregarse a la policía. Bajó del vehículo y gritó con todas sus fuerzas. Estaba seguro de que nadie más, a parte del niño, le había visto entrar y salir de la casa. Tenía el estómago revuelto y la cabeza le daba vueltas. Se recostó en el asiento hasta que se quedó dormido.
Cuando despertó, no se acordaba de nada de lo ocurrido; le dolía la cabeza y tenía un sabor amargo en la boca. No supo qué hacía allí hasta que las imágenes empezaron a aparecer como fogonazos. Se miró las manos temblorosas y se las sujetó con fuerza, cerró los ojos y vio a Antonella suplicándole que la dejase respirar; los ojos sin vida de la mujer fueron cambiando hasta convertirse en el rostro de un niño pequeño que la llamaba sin parar. Vio a Estela junto a Ernesto y al marqués, y los tres se reían de él. La ira volvió a aparecer y la agarró del cuello; apretó con todas sus fuerzas, pero ella no paraba de reír.
Abrió los ojos para librarse de aquella imagen, y entonces, vio claro lo que tenía que hacer.