29
Juró y perjuró que no había tenido nada que ver con la muerte de Rayo y las carreras amañadas, pero Estela no le creyó. La desaparición del marqués llevándose todo el dinero de los inversores le había puesto entre la espada y la pared. Le acusaron de ser su cómplice y le dieron un ultimátum; esa gente no se andaba con tonterías y cumplían siempre con sus amenazas. La relación con su esposa era fría y distante: ella le esquivaba y apenas le dirigía la palabra.
Se sirvió un vaso de güisqui y se lo bebió de un trago. Notó el calor bajando por la garganta hasta llegar al estómago.
—¡Maldito! —miró el vaso vacío y lo estampó contra la pared. Se aflojó el nudo de la corbata y se sirvió otro güisqui. Esta vez, el líquido le quemó por dentro; sintió cómo las mejillas le ardían y se le saltaban las lágrimas.
—El muy cabrón —se rio—. ¡El muy cabrón! —gritó con rabia. Esta vez las lágrimas tomaron el relevo para dejar paso otra vez a la risa.
Cogió la botella vacía y salió al pasillo llamando a George. Bajó las escaleras dando tumbos.
Se detuvo al escuchar el sonido del piano y entró en la sala.
—¡Bravo, querida! —aplaudió.
Estela se giró al oír la voz de Enric a su espalda.
—Pero, no te detengas —se acercó tropezando con una silla.
—Estás borracho —se levantó y se dirigió a la puerta, pero él la agarró del brazo.
—Vaya, la señora de la casa se ha molestado porque le he dirigido la palabra. A sus pies, señora condesa —hizo una reverencia y perdió el equilibrio.
—¡Suéltame, Enric, me haces daño! —Estela sentía la presión de los dedos en la piel. Le empujó y consiguió soltarse.
—Querida, no te enfades, era una broma —levantó las manos y retrocedió. Le cortó el paso cuando estaba a punto de llegar a la puerta.
—Tenéis la muy mala costumbre los de tu familia de marcharos de los sitios sin despediros, ¿no, señora condesa?
—Déjame salir, Enric —Estela intentó pasar, pero él la empujó.
—Igual que tu querido papaíto —avanzó hacia ella hasta arrinconarla—. Porque tú no sabes dónde está, ¿verdad, Estela?
La sujetó de la cara con fuerza y ella intentó soltarse. La sujetó con más fuerza.
—¡Quieta, fiera! Siempre me has parecido una mujer fascinante —continuó— y muy hermosa —acercó su boca a la de ella.
Ella pudo oler el alcohol en su aliento y cerró los ojos para no tener que mirarle a la cara.
—Mírame —continuó— ¡Que me mires! —gritó.
Estela le miró; él pudo ver en sus ojos verdes el miedo y el odio; fue consciente entonces de lo que había hecho.
—Voy a enloquecer, Estela —la besó con fuerza y retrocedió para dejarla marchar.
****
Solo quería escapar de allí. No reconocía a Enric en aquel hombre que minutos antes la tenía sujeta a la fuerza; ni siquiera se había preocupado por el bebé. Él no era así, su rostro estaba desencajado por la locura. Caminó sin rumbo por las calles de la ciudad hasta que anocheció. Cuando se dio cuenta estaba frente a la casa de Ernesto.
Llamó a la puerta y esperó durante un par de minutos. Nadie contestó. Le asaltó la duda de si había sido buena idea presentarse así, sin avisar. Dio media vuelta con la intención de marcharse. La puerta se abrió a su espalda y escuchó la voz de Ernesto.
—¿Estela? —el chico llevaba el pijama puesto y parecía que se acababa de despertar.
—Perdóname, igual estabas ocupado y he venido a molestar… Será mejor que me marche—quiso salir corriendo de allí.
—No… espera, por favor, no te vayas, entra —la invitó a pasar.
La puerta se cerró tras ellos; Estela se quedó en mitad del recibidor sin saber qué decir y solo pudo mirarle con lágrimas en los ojos.
—¿Qué te ocurre, Estela? Estás temblando —Ernesto la sujetó por los hombros.
—Yo... no sabía a dónde ir… Enric no me dejaba salir… —las frases salían entrecortadas.
—¿Enric? Si te ha hecho algo, dímelo, Estela, porque entonces te juro que le mato —la abrazó con todas sus fuerzas hasta que ella se tranquilizó.
Se sintió a salvo entre sus brazos; el calor que desprendía el cuerpo de Ernesto fue suficiente para que las pulsaciones poco a poco bajaran y la respiración se acompasó con la de él. Su mente viajó al pasado, al día en que se conocieron, a sus encuentros, a su amor, a sus caricias y a sus besos. Nada había sido igual desde entonces; el fuego se había extinguido por una vida llena de apariencias e hipocresía. Ahora, entre sus brazos, esa llama estaba más viva que nunca y la quemaba por dentro. Pensó en que su vida habría sido diferente si él no se hubiese marchado aquel día en la fiesta y la hubiese humillado como lo hizo; ni una llamada para preguntar por su hijo; ni una palabra de aliento cuando murió. Se separó y le miró todavía con lágrimas en los ojos.
—No puedo evitar amarte, pero también tengo el corazón roto por tu culpa, me dejaste sola, me abandonaste cuando murió nuestro hijo, no fuiste a verme al hospital ni una sola vez y casi me volví loca —le reprochó—. Me lo hubiese esperado de cualquier persona, pero no de ti —se retiró de él cada vez más.
—¿De qué estás hablando, Estela? —aquellas palabras le dejaron sin aliento; no podía creer lo que acababa de escuchar. ¿Cómo un hijo? ¿Muerto?
La angustia y la desazón le corrieron por el cuerpo y cada poro de su piel se estremeció hasta palidecer por completo. Delante de él tenía a la mujer de su vida reprochándole por algo que ignoraba.
—Yo no sabía nada, Estela, te lo prometo —ahora fue él quien lloró como un niño y cayó al suelo de rodillas derrotado por el dolor—. Nada me habría hecho más feliz que tener un hijo contigo; eres la mujer de mi vida y siempre lo serás —las palabras se mezclaron con la sal de sus lágrimas.
—Eres un embustero… ¡Te odio! —quiso abrir la puerta y salir corriendo lo más lejos posible, pero él la sujetó a tiempo y la abrazó por detrás.
Quería que todo fuese como al principio, deseaba tenerla entre sus brazos sin que el resto del mundo les importase. En un impulso desesperado por retenerla junto a él, la besó. Sus labios húmedos y suaves seguían siendo una tentación; se enredó entre su cabello y se alejó para mirarla.
Estela temblaba; le rodeó el cuello con sus brazos y su boca le invitó a un segundo beso.
Aún era temprano cuando despertó. Al principio no reconoció la habitación, pero luego se fue acordando. Se quedó acurrucada bajo las sábanas intentando prolongar unos minutos más. Tenía claro que su amor por Ernesto era verdadero y que quería estar junto a él, pero antes tendría que hablar con Enric. La habitación se impregnó de un delicioso olor a café recién hecho. El estómago comenzó a rugirle como un león hambriento.
Ernesto estaba en la cocina preparando el desayuno cuando ella bajó. Al verla, se acercó y la besó con dulzura.
—Buenos días, ¿has dormido bien? —dijo mientras servía el café.
—Lo poco que he dormido, bien, gracias —se sonrojó—. Qué buena pinta tiene todo — cambió de conversación.
Desayunaron sin hablar demasiado, pero en el interior de cada uno sabían lo que les esperaba. Tenían la sensación de que, a pesar de querer estar juntos, no lo iban a tener tan fácil. Estela pensaba en cómo se iba a enfrentar a sus padres, y a Ernesto algo le decía que aquel encuentro pronto se convertiría en una separación. Ninguno se atrevía a hablar por miedo a romper aquel momento.
Después de terminar, Estela dio una vuelta por la sala; no era demasiado grande, pero sí acogedora. Se detuvo junto al piano de pared que adornaba uno de los rincones y acarició la madera. Él observaba todos sus movimientos desde el otro lado de la estancia. Se dirigió hacia ella y se sentó al piano. Sus dedos recorrieron las teclas con agilidad y suavidad, con elegancia y precisión.
Estela se sentó junto a él; no podía dejar de mirar aquellas manos firmes, las mismas que horas antes habían recorrido su cuerpo. Los acordes inundaron sus oídos y le llegaron directo al corazón. Reconoció en aquella melodía la misma que escuchó la primera vez que se vieron en Francia. Apoyó la cabeza sobre el hombro de Ernesto y cerró los ojos; escuchar aquella canción era evadirse de la realidad.
—Recuerdo esta canción —le dijo—. Dijiste que era para alguien muy especial —el brillo de sus ojos se mezcló con la luz que entraba desde la ventana.
—La compuse para ti.
—Es muy bonita, ¿cómo se llama?
—Entre tus manos —dejó de tocar.
—Entre tus manos… —repitió ella— me gusta —dibujó una sonrisa en su boca—. Así es como me siento cuando estoy contigo.
Con la respiración acelerada, sus labios se rozaron con suavidad. El corazón les latía como un caballo desbocado y el cosquilleo de sus cuerpos iba en aumento, allí donde las caricias recorrían la piel. Unieron sus bocas en un beso lento y profundo y sus manos cálidas se entrelazaron.
—Tengo que regresar a la casa —dijo al fin Estela.
—Te acompaño, no voy a dejarte sola con él —se levantó para coger la chaqueta.
—Espera, Ernesto —le frenó— esto lo tengo que solucionar yo.
Camino de la casa, fue dándole vueltas a cómo iba a enfrentarse a aquella decisión que había tomado. No iba a ser fácil, sobre todo, porque Enric era un hombre muy conocido e influyente; tampoco quería entrar en demasiados detalles con respecto a Ernesto: lo mejor sería no mencionarle. Lo más probable es que se estuviera preguntando dónde había pasado la noche y tendría que darle alguna respuesta convincente, aunque prefería que no estuviese en la casa cuando ella llegase, así tendría tiempo de que las cosas se tranquilizaran. Mirarle a la cara, después de cómo se había comportado el día anterior, la inquietaba.
Entró y se dirigió a la sala; ni rastro de Enric. Por el contrario, allí estaba su tía Isabel esperándola. La mujer se levantó al verla entrar; tenía los ojos enrojecidos.
—Estela, querida —la abrazó.
—¿Qué ocurre, tía? —vio que tenía los ojos acuosos. La mujer rompió a llorar y la tomó de las manos.
—Tus padres han tenido un accidente, Estela. Mi hermana…mi pobre hermana —se derrumbó sobre el sillón y se tapó la cara con las manos.
—Tía, por favor, dígame, ¿están bien? —notó cómo la angustia le cerraba la garganta. Isabel la miró entre sollozos y negó con la cabeza.
—No, Estela, han fallecido los dos y el chófer—. Ha sido poco antes de llegar a Montpellier—continuó—. Al parecer les pilló una tormenta muy fuerte de granizo y el coche derrapó y cayó por un barranco —la mujer se enjugó las lágrimas con el pañuelo.
Estela se quedó petrificada, sin poder llorar, ni decir nada. Se encerró en su dormitorio; veía cómo su mundo se estaba desmoronando y que todo lo que ocurría, era un castigo realmente merecido por lo que le había dicho a su padre horas antes: “¡Ojalá te pudras en el infierno!”. Jamás habría imaginado que las palabras salidas de su boca se iban a hacer realidad. Se dejó caer sobre la cama deshecha en lágrimas y con una sensación de soledad que le apuñalaba el corazón.
El velatorio y el posterior entierro de los marqueses reunieron a numerosas personas de la alta sociedad; a todos se les comunicó lo mismo: que habían tenido un accidente cuando viajaban a Montpellier causado por una tormenta; el verdadero motivo de su viaje nunca saldría a la luz.
Enric se mantuvo a su lado durante todo el día. No habían tenido oportunidad de hablar de lo ocurrido y Estela tampoco tenía la cabeza para mantener una conversación. Ya en casa, se encerró en su dormitorio y no quiso ver a nadie. Enric intentó que comiera un poco, pero ante el silencio de ella, se dio por vencido y durmió en la habitación de invitados.
Estela pasó la noche sumida en un estado de inquietud y desasosiego que no la dejaron descansar: los sentimientos y las imágenes iban y venían sin control. Por un lado, no podía perdonar a sus padres por haberla apartado de Ernesto al no contarle que estaba ingresada ni que esperaban un hijo; por otro lado, se sentía culpable de haberles gritado y haberles dicho todas aquellas cosas horribles. A la mañana siguiente, Enric la subió el desayuno, pero ella ni siquiera le miró a la cara. Tenía claro que aquello había llegado a su fin. La muerte de sus padres no había hecho más que acelerar su decisión. Enric siempre sería el padre de su hijo, pero su corazón era de Ernesto, el amor de su vida; le necesitaba a él, sus besos, sus abrazos, su sonrisa, su voz dulce y cariñosa. No necesitaba nada más para sobrevivir y ser feliz.
Salió de la casa. Caminó sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor hasta llegar a la casa de Ernesto.
—Estela, siento mucho por lo que estás pasando —la abrazó— Entra, te preparo algo caliente y mientras descansas un poco.
Agotada, se quedó dormida entre sus brazos. Ernesto no podía dejar de mirarla. Lo que había soñado tantas veces, ahora estaba sucediendo. El aroma fresco que desprendía Estela y su respiración sosegada le sumieron en un estado de paz y tranquilidad, hasta que algo le sobresaltó y se incorporó con el corazón latiéndole a mil por hora. Estela también se sobresaltó.
—Te he despertado, lo siento —dijo todavía desorientado.
—¿Una pesadilla? —Estela se sentó a su lado.
—Te llamaba, pero tú no me oías y te alejabas cada vez más.
—No te preocupes, aquí estoy a tu lado, y no me separaré de ti jamás —su voz era firme.
Ernesto dibujó una media sonrisa en su boca, pero aquel sueño le había dejado una sensación extraña, un mal presagio.
—Será mejor que me marche ya —se levantó y se arregló el pelo—. Me gustaría pasar por la casa antes de ir al abogado para la apertura del testamento —continuó.
—¿Quieres que te acompañe? —sabía que ella rechazaría la propuesta, pero tenía que intentarlo. No le gustaba la idea de que pasara tiempo junto a Enric después de cómo él se había comportado con ella. Estaba seguro de que la situación empeoraría al saber que Estela le iba a dejar.
—No creo que sea lo mejor, prefiero que de momento nadie sepa que estamos juntos; no haría más que empeorar las cosas —se acercó para besarle al ver que hacía un gesto mohíno.
Se despidieron en la puerta sin ser conscientes de que, a pocos metros, alguien les observaba: Antonella sonrió con malicia y continuó su camino.