28
Ernesto llamó al timbre y esperó a que le abrieran. Estaba casi seguro de que Estela ya habría leído el dossier con toda la información que el detective había enviado. Eso dejaba fuera de juego al duque y a los marqueses. Si todo salía según lo previsto, estarían juntos muy pronto.
George abrió la puerta y vio a Ernesto allí parado.
—Lo siento, señor Mendoza, pero la señora no se encuentra en estos momentos —el mayordomo le invitó a esperar dentro.
Ernesto se bebió el té y se entretuvo observando la sala. Las cristaleras rodeando la estancia casi en su totalidad estaban pensadas para aprovechar al máximo la luz natural y disfrutar de las vistas al jardín. Se podían abrir las ventanas creando una corriente de aire acompañada de un agradable olor a flores frescas. El aparador y los muebles ornamentados le daban un aspecto elegante, mientras que la chimenea aportaba la calidez necesaria. Se acercó al piano; lucía impoluto, sin una mota de polvo; acarició la base y el dedo se deslizó con suavidad.
Miró el reloj. Estela se estaba retrasando demasiado para su clase de piano. Se le pasó por la cabeza la posibilidad de que le diese plantón, contrariada por la encerrona del día de su cumpleaños; tampoco sería de extrañar.
Cansado de esperar, preguntó a George si sabía dónde estaba la señora. El hombre le confirmó lo que ya había imaginado, que había ido a las cuadras con la intención de salir a montar a caballo, pero que de eso hacía ya bastante tiempo.
Estaba molesto con ella por aquel desplante. Entendía que estuviese disgustada, pero no iba a permitir que se comportara como una niña malcriada; así que, sin pensárselo, se dirigió hacia las caballerizas, pidió que le ensillaran un caballo y salió en su busca; encontró a la yegua sola y sin rastro de Estela. Se bajó del animal y caminó unos cuantos metros hasta que la vio tendida en el suelo.
—¡Estela! —corrió junto a ella y vio que tenía una herida en la cabeza. Le tomó el pulso y comprobó que respiraba.
Se quedó tranquilo cuando por fin, abrió los ojos.
— ¿Te encuentras bien?
Estela no respondió, se limitó a mirarle y a pronunciar con suavidad su nombre.
Ernesto se perdió en el verde de sus ojos, y el tiempo retrocedió; no pudo evitar besarla con dulzura, apenas un suave roce en los labios.
La cogió en brazos y ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
—No vuelvas a dejarme sola —susurró antes de perder el conocimiento.
Ernesto esperó impaciente a que el médico terminara de examinarla. Después de poco más de una hora, el hombre salió de la habitación.
—Todo está bien, joven. La caída no ha perjudicado al embarazo y la herida de la cabeza es superficial. Aun así, le convienen unos días de reposo. El golpe ha sido bastante fuerte. Ahora está dormida, déjela descansar y, cualquier cambio que vea en su estado fuera de lo normal, me llama a la hora que sea.
—Gracias, doctor, le acompaño a la puerta.
Regresó a la habitación y se sentó junto a la cama. Le retiró el pelo de la cara con cuidado de no rozar la herida de su frente y se quedó mirándola en silencio; no había cambiado nada, seguía siendo la más hermosa de todas las mujeres. La seguía amando incluso más que antes, si eso era posible. Había puesto tierra y tiempo de por medio para olvidar, la había odiado hasta enloquecer para luego desearla con toda su alma. No podía mentirse a sí mismo; la tenía delante y solo pensaba en estrecharla entre sus brazos, en confesarle su amor. Sabía que el estar esperando un hijo de Enric supondría una barrera entre ambos. Se tragó su orgullo y salió de la habitación con intención de avisar al duque; él era su esposo y tenía derecho a saber lo que había ocurrido y que Estela y su hijo se encontraban bien. Por mucho que forzase la situación, no dependía de él el que estuviesen juntos; era una decisión que la propia Estela tenía que tomar.
Pasó la noche velando sus sueños. Por la mañana bien temprano bajó a la cocina y preparó él mismo el desayuno. Cuando regresó a la habitación, Estela ya estaba despierta.
—Al fin te has despertado —le dijo dejando la bandeja sobre la mesita— ¿Cómo te encuentras?
—Bien… —recordó vagamente lo sucedido y se tocó la barriga, inquieta.
—Tranquila, todo está bien —se sentó en el borde de la cama, mirándola—. Menudo susto nos has dado, si querías librarte de la clase de piano solo tenías que haberlo dicho —le acarició el pelo al igual que hizo mientras dormía.
Ella se retiró al sentir el dolor en la frente; la herida le quemaba.
—Lo siento —se disculpó. El tono de su voz era tranquilo y dulce.
—No pasa nada —recordó el momento en que él la cogió en brazos y se empezó a sentir incómoda teniéndole allí delante —Ernesto…yo… —continuó— te agradezco que hayas estado cuidando de mí, pero no quiero que malinterpretes algo de lo que pudiese decir en ese momento, por favor.
—Estela, yo te sigo queriendo, no quiero que te hagan daño —pensó en Enric y le hirvió la sangre.
—Ahora mismo estoy hecha un lío y tengo que resolver algunas cosas, no me pidas nada más, por favor…
Ernesto se calmó.
—Enric no tardará en llegar, será mejor que comas algo —le acercó la bandeja a la cama. Estela le observó y vio al muchacho del que se enamoró una vez.
—Sí, por favor, me muero de hambre; tiene una pinta estupenda…gracias.
—No tiene importancia —se encogió de hombros. Se levantó y se dirigió a la puerta.
—Ernesto… —le llamó— tenemos una clase pendiente.
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Enric se levantó de la cama.
—¿Te marchas ya? —Antonella se cubrió con las sábanas mientras miraba el torso desnudo
del hombre.
Él se sintió observado y sonrió.
—Puedes quedarte si lo deseas, la habitación está pagada toda la semana —se abrochó los botones de la camisa.
—No es justo, ahora que nos lo estábamos pasando bien —le miró hasta detenerse en la entrepierna y maulló como una gata salvaje.
—Solo es un aplazamiento, querida —sonrió con picardía.
—Los aplazamientos suelen llevar recargos, Enric, querido, ya deberías saberlo —retiró la sábana mostrando su cuerpo desnudo y volvió a maullar.