Entre tus manos 27
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Entró en la casa de los marqueses hecha una furia. Su marido y su propio padre, no lo podía creer. ¿Cómo habían podido amañar las carreras y matar a su caballo?

—Hija, ¿qué ocurre? —la marquesa se puso de pie.

—¡Pregúntaselo a tu marido! —arrojó los papeles sobre la mesa.

—Pero, ¿qué maneras son esas, jovencita? No te hemos educado para que… —el marqués de Soto Grande se levantó del sillón.

No le dejó terminar, Estela era un volcán en erupción y descargó sobre él toda su ira.

—¡Tú, tú sí que no sabes lo que significa esa palabra! ¡Eres una persona manipuladora, mezquina y despreciable! Jamás te has preocupado por nadie que no fueras tú mismo y nos has arrastrado a una vida de mentiras. Todo por el qué dirán. ¡Eres un bastardo, padre! ¡Ojalá te pudras en el infierno!

—¡No te consiento que me hables así! —los ojos del marqués estaban inyectados en sangre.

—¿O si no qué, padre? —le miró con desprecio y se dirigió hacia la puerta.

—Hija… —la marquesa intentó retenerla, pero lo único que consiguió fue una mirada de odio.

El marqués leyó los papeles que habían quedado desparramados sobre la mesa. Sabía que detrás de aquello estaba Ernesto Mendoza. Subió a su despacho y se encerró con llave, haciendo caso omiso de las súplicas de su mujer. Se quedó mirando los documentos como si hubiese visto un fantasma. ¿Cómo era posible que aquella información hubiese caído en las manos de aquel hombre?

Descolgó el teléfono e hizo una llamada.

—Rafael, necesito que soluciones lo de los inversores cuanto antes y que reúnas todo el dinero en efectivo que puedas—se secó el sudor de la frente y esperó la respuesta de su interlocutor—. Rafael…te ruego discreción —colgó y salió del despacho como alma que lleva el diablo.

—Tenga el coche listo para dentro de una hora —le dijo al chófer.

—Leopoldo, por favor, dime qué es lo que está ocurriendo —la marquesa seguía a su marido por toda la casa—. ¿Qué es eso de las carreras, Leopoldo?

—No te hagas conmigo la mosquita muerta, Federica; no te pega nada. Cuando organizabas las fiestas o ibas de compras no te preocupabas de dónde salía el dinero. Así que deja de gimotear, mujer, y prepara algo de equipaje. Salimos en una hora —entró de nuevo en el despacho y comenzó a destruir los documentos que tenía guardados en un cajón con llave, sin prestarle atención a su esposa.

—Pero es nuestra hija, Leopoldo, no debimos de ocultarle la verdad sobre su hijo; Dios nos está castigando por ello; debimos dejarla que fuera feliz con Ernesto…deberíamos decírselo antes de que sea demasiado tarde —la mujer se derrumbó.

—¡Escúchame bien! Jamás, ¿me oyes?, jamás ese hombre va a saber que su hijo bastardo está vivo. Y tú tampoco vas a decir nada, Federica. O estás conmigo o contra mí, decídete.

****

Libertad galopaba sin aliento a través de la llanura. A diferencia de otras veces, no lograba calmar a lomos de su yegua la rabia que sentía; sus mejillas rojas por el viento se iban encendiendo cada vez más y más. Se sentía traicionada. La sangre le hervía por sus venas llevándola a un estado de descontrol, casi de locura. No fue consciente de la velocidad que llevaba hasta que el animal frenó en seco y salió despedida por los aires, quedando tendida en el suelo, inconsciente.