Entre tus manos 26
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—¿Seguro que no puedes quedarte un poco más? —Estela veía cómo su marido preparaba el equipaje.

—Ya te he dicho que no, Estela. Maldita sea, ¿dónde está la corbata azul que me regalaste en Navidad? —rebuscó en el interior de uno de los cajones sin suerte—. Querida, ¿puedes mirar en el armario? Querida, ¿me has oído? —lo tuvo que repetir de nuevo al ver que no le respondía.

—Esto… sí… aquí tienes…

—Estela, te he dicho la corbata azul, esta es marrón —Enric, se detuvo un momento y se acercó a ella—. A ver, ¿qué te ocurre?

La muchacha sacó del armario otra corbata de color beige y se la dio. Desde el día de su cumpleaños no había vuelto a saber nada de Ernesto. Había intentado evitar una conversación con sus padres, a pesar de las insistentes llamadas de su madre. No tenía ganas de darles ninguna explicación. Ernesto había aparecido de repente y Enric le había contratado para que la diera unas clases de piano, eso era todo. Lo mejor sería dejarlo estar hasta que se marchara de Francia. La duda le asaltó entonces. ¿Y si Ernesto le contaba a Enric que ya se conocían de antes? Luego reflexionó. ¿Y qué? ¿Qué le va a decir, que se marchó dejándola sola y sin preocuparse por su hijo? Eso no le dejaría en muy buen lugar, desde luego.

—Estela… —le puso la mano sobre el hombro y ella reaccionó al contacto—. ¿Dónde estabas?

—Perdóname, querido, ya sabes lo mucho que me fastidia quedarme sola en casa, además, el bebé no me deja dormir muy bien últimamente —le rodeó el cuello con los brazos.

—Te prometo que después de este viaje pasaré una larga temporada en casa. Por cierto, Ernesto vendrá todas las tardes para las clases, me gustaría que aprendieses algo para tocar en alguna reunión y presumir del talento de mi mujercita —la sujetó por la cintura, pero ella se retiró contrariada.

—¿Por qué tiene que venir todos los días? —protestó—. Ya tuve que soportarle el día de mi cumpleaños, que, por cierto, no sé por qué tuviste que invitarle.

—Pensé que te caía bien —a Enric le divertían las pataletas de Estela.

—No es eso —miró al suelo—, es que no quiero tener a un desconocido metido en casa — refunfuñó.

—Te llamaré todos los días, lo prometo —dijo intentando tranquilizarla.

—¿Todos? —ella empezó a calmarse.

—Todos, todos, todos… —cada palabra que pronunciaba, le fue dando un beso en distintas partes de la cara, hasta que se calmó del todo.

—¿A qué hora te marchas? —se sentó encima de la cama y le ayudó a doblar las camisas.

—En un par de horas; termino esto y cojo unos documentos. ¿Podrías decir al chófer que tenga preparado el coche? —se puso la chaqueta.

Estela salió del cuarto con la intención de hablar con el chófer. Al pasar cerca del piano se quedó allí parada, mirándolo. No se quitaba de la cabeza el que tendría que ver a Ernesto durante los próximos días. No soportaría el tenerle delante a solas, no soportaría revivir todo lo ocurrido en Granada. No pudo reprimir las ganas de llorar.

—Señora —una de las criadas se acercó a ella—, ¿se encuentra bien? ¿Quiere que le prepare algo?

—Estoy bien, Elisa, gracias —Estela se limpió las lágrimas antes de girarse hacia la mujer—. Prepare un poco de té.

El timbre de la puerta sonó. George entró en la sala.

—Señora, han traído esto para usted —le dio un sobre. Estela lo miró extrañada al ver que no llevaba remitente.

—¿Quién lo ha traído?

—Un mensajero, señora.

—Gracias, George, déjelo encima de la mesa —el mayordomo hizo lo que Estela le había indicado y se retiró.

Elisa apareció con una bandeja y la depositó sobre la mesita.

—Gracias, Elisa, puede retirarse —Estela se sirvió una taza de té.

—Señora, yo... —la mujer se quedó allí parada—. Verá, quería agradecerle la oportunidad por el trabajo. Ha sido usted muy amable.

—No tiene importancia, Elisa. Espero que se encuentre cómoda trabajando para nosotros. Mi marido y yo apreciamos mucho a Gustavo. Por cierto, ¿ya se encuentra mejor? Enric me dijo que había cogido uno de esos virus que andan por ahí haciendo de las suyas.

—Sí, señora, ya se encuentra mejor.

—Me alegro, Elisa. Puede retirarse.

—Señora... quiero decirle que tenga mucho cuidado, por favor. El señor… —hablaba en voz baja.

En ese momento entró Enric y la mujer se apresuró a salir de la sala. Estela se quedó pensativa.

—¿Le ocurre algo? —preguntó Enric.

—Está preocupada por Gustavo, que no acaba de recuperarse —le mintió.

—Entiendo...

Se quedó allí de pie, viendo cómo el coche se alejaba. Una vez más, Enric salía corriendo para atender uno de sus negocios, dejándola sola. Pensó en la ausencia de Gustavo justo después de lo ocurrido en la carrera, y ahora las palabras de Elisa. Respiró un poco de aire fresco y entró en la casa.

Se acurrucó en la mecedora, con la esperanza de que el dolor de cabeza desapareciera, pero todo le daba vueltas. Una y otra vez las imágenes se agolpaban martilleándole las sienes. Se fijó entonces en el sobre de color marrón que George había dejado encima de la mesa, sin remitente.

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Ernesto descolgó el teléfono y esperó. Al otro lado de la línea se escuchó la voz del detective.

—El plan está en marcha, señor Mendoza; ahora solo hay que esperar —el hombre se mantuvo unos segundos en silencio, esperando la respuesta del otro lado.

—Gracias, señor Vincent —Ernesto sonrió— tendrá su dinero mañana sin falta.

Se sirvió una copa de vino. Estela ya tenía la información suficiente como para saber los tejemanejes de su papaíto y de su querido duque. Solo tenía que esperar a que todas las fichas del juego fuesen cayendo.