Entre tus manos 25
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Todo estaba preparado para la celebración de su cumpleaños. Estela había preferido organizar una pequeña reunión familiar; con el embarazo y después de lo ocurrido con Rayo, no se sentía con fuerzas suficientes para estar rodeada de demasiada gente. El servicio ultimaba los detalles antes de la hora acordada, mientras la joven iba y venía revisando que todo estuviese a punto.

Pronto, los invitados comenzaron a llegar.

—Primita, tan hermosa como siempre —Enzo la dio dos besos.

—Y tú siempre tan galante —rio ella.

—Ya sabes que mi hermano es la adulación en persona, menos conmigo —Victoria le pellizcó el brazo provocando una queja de dolor en el muchacho.

—Tía, gracias por venir —Estela le cogió el abrigo.

—Por nada del mundo me perdería el cumpleaños de mi sobrina favorita, querida.

—Adelante, sois los primeros en llegar —la muchacha los acompañó a la sala en su papel de anfitriona.

Enric estaba sirviéndose un coñac cuando entraron. Los padres de Estela fueron los siguientes en llegar.

El marqués, Enric y Enzo hablaban de negocios en un rincón, mientras que las mujeres hablaban entusiasmadas del bebé que venía en camino.

—¿Ya tenéis pensado el nombre? —dijo Victoria con la boca llena de canapés.

—Si es niña, Federica, como su abuela —se apresuró a decir la marquesa.

—Querida hermana —Isabel no tardó en saltar —no me lo tomes a mal, pero tu nombre no es el más…

—Es mejor Isabel, ¿verdad? —la marquesa no la dejó terminar.

—Señoras, por favor, ¿qué es este alboroto? —Enric se acercó desde el otro lado del salón para rescatar a Estela de una conversación que se iba volviendo cada vez más tensa.

—Querida suegra —le dio un beso en la mejilla a la mujer con la intención de tranquilizarla— Estela y yo ya lo hemos decidido —continuó—. Si es una niña, se llamará Margarita y si es niño, Nicolás.

—Será mejor que nos sentemos a comer —Estela se rio al ver la cara de su madre.

—Un momento, querida —interrumpió Enric— todavía falta un invitado.

El timbre sonó en ese preciso instante.

—Ah, ahí está, justo a tiempo —el duque abrió él mismo.

Ernesto apareció al otro lado de la puerta, vestido para la ocasión y con un enorme ramo de flores.

—Ernesto, estimado amigo, bienvenido.

Estela no pudo reprimir su nerviosismo cuando Enric hizo las correspondientes presentaciones.

—Felicidades, Estela —Ernesto se dirigió a ella. Su sonrisa era desafiante. La cara de sorpresa y desconcierto de los marqueses le hacían estar en una situación de superioridad. Su plan no había hecho más que empezar.

—Y dígame, Ernesto —Victoria no tardó en interesarse por él— ¿qué le trae por Francia?

—Estoy de gira, pero me han fascinado tanto este país y la belleza de las mujeres francesas, que me quedaré por una temporada —al decirlo, miró de reojo a Estela, que había fruncido el ceño. Sabía que estaba contrariada por su aparición, pero estaba seguro de que no diría nada.

—Y dígame —Victoria siguió con el interrogatorio— ¿a su mujer no le importa que esté tanto tiempo viajando solo? —cogió uno de sus mechones rizados y comenzó a juguetear con él.

Ernesto rio.

—No estoy casado, ni tengo novia, ni salgo con nadie —no dudó en coquetear con la chica—. Bueno, hubo alguien en el pasado —continuó— pero eso ya se acabó.

Estela escuchaba la conversación, incómoda. De todas las personas que conocían, ¿por qué Enric había tenido que invitarle precisamente a él? Se acababan de conocer. Sin embargo, Victoria estaba ilusionada con aquel hallazgo.

—Vaya, primita, qué callado te lo tenías —la hizo un guiño—. Yo también estoy interesada en aprender piano, ¿cree que podría darme alguna clase? —tomó un sorbo de vino.

—Querida, a ti lo que te vendría bien es una clase de gimnasia —Enzo no perdió la ocasión de fastidiar a su hermana, que le dio un puntapié por debajo de la mesa.

—Por supuesto, dígame cuando está disponible; será un placer —Ernesto miró a la chica, que aún seguía lanzando a su hermano miradas asesinas.