Entre tus manos 24
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—¿Y qué fue del niño? —Luis estaba consternado cuando Mar terminó de contarle la historia.

—El niño consiguió salvarse. Aquella noche, soldados de Bélgica y Francia afincados en las fronteras esperando para recibir a los refugiados, entraron por su cuenta cuando vieron el fuego en Nemba; por desgracia para muchos, no llegaron a tiempo.

Luis intentó consolar a la mujer, que se había derrumbado. Se limpió las lágrimas de un manotazo y continuó contándole al joven lo sucedido.

—Mi tía Rut no soportó la muerte de Diego y su delicado estado de salud no hizo más que acelerar el fatal desenlace; falleció pocos días después de recibir la noticia. La familia de Elena siempre culpó a mi primo de que ella hubiese esperado tanto para regresar a España; así que se hicieron cargo del niño, le pusieron sus apellidos y no pudimos hacer nada. No volvimos a saber de él.

—Vaya, qué horrible todo —dijo Luis.

—Mis padres sufrieron mucho cuando nos alejaron del bebé. Luego nos enteramos de que se había ido a vivir con la hermana de Elena; durante un tiempo mantuvimos contacto con ella, y hasta nos mandó fotografías de él —se levantó y cogió un álbum de fotos —pero dejaron de hacerlo. Intentamos buscar información en la dirección que aparecía en las cartas, pero ya se habían mudado.

Abrió el álbum y le enseñó varias de las fotografías.

—Es un niño muy guapo, ¿verdad? —dijo mientras Luis miraba las imágenes.

Cogió una y le impresionó ver a un niño de pocos meses con una cicatriz en su brazo derecho; del cuello le colgaba una cadena con la imagen de un ángel en color blanco. De pronto se sintió mareado.

—Y hasta aquí puedo contarle… ¿Se encuentra bien? Está muy pálido.

La mujer se acercó con la intención de sujetarle, pero él aseguró que se encontraba bien, le dio las gracias por haberle atendido y se apresuró a marcharse.

Bajó las escaleras con una sensación de náuseas que no le dejaba respirar. Salió de allí tambaleándose y con el pulso a mil por hora. La imagen del niño, la historia de Ruanda, Elena, Diego…, todo le daba vueltas en la cabeza. Cruzó una calle y estuvo a punto de ser atropellado por un vehículo. Deambuló por la ciudad poniendo en orden sus ideas hasta que se detuvo frente a un escaparate. Observó con detenimiento el exterior del comercio y leyó el nombre en el cartel de la fachada: “Galería de Arte Ernesto Mendoza”.

No supo cómo había llegado hasta allí. Se remangó la camisa y observó la cicatriz de su brazo derecho; vio su imagen reflejada en el escaparate y se llevó la mano al pecho, allí donde el colgante de un ángel blanco se escondía bajo la ropa.