Entre tus manos 23
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El sentir la lluvia que cayó sobre su cara fue para Diego una liberación; la esperanza convertida en gotas de agua, empapando una tierra que había sufrido los horrores de la guerra.

El olor a tierra mojada vino acompañado de un olor a quemado, de gritos de dolor que partieron la noche en dos, esa oscuridad que había ocultado el rostro de la destrucción. El campamento era acechado por la milicia y al igual que un felino, cayó sobre su presa sin dar tiempo a que reaccionara.

Los soldados avanzaron entre las tiendas de campaña quemando todo a su paso. El suelo se cubrió por una alfombra de cuerpos pisoteados por la angustia de aquellos que querían escapar.

Diego se giró; a su espalda las llamas avanzaban sin control.

Elena y el bebé seguían durmiendo cuando regresó a la tienda. Tenían que salir de allí antes de que el fuego les rodease. Se abrió paso como pudo entre el caos, con su hijo en una mano y tirando de ella con la otra. Solo pensaba en ponerlos a salvo, costase lo que costase.

—¡Diego, para, no puedo más! —Elena había caído al suelo y tenía la ropa manchada de sangre. Su cuerpo dolorido y todavía abierto por el parto había reaccionado a la brusquedad del movimiento. Se estaba desangrando.

—¡No te voy a dejar aquí! —intentó cogerla en brazos, pero llevaba sujeto al bebé y no pudo.

—No puedes con los dos, Diego, lo sabes —le faltaba el aire.

Le besó con fuerza y abrazó a su hijo, sabiendo que era el final. Al menos ellos serían lo último que verían sus ojos.

Se sentó junto a ella en un rincón y vio cómo su rostro cambiaba de color, hasta quedar sin expresión alguna, sin vida. Se quedó allí, abrazándola y llorando su muerte. Su mente se perdió entre el dolor y se abstrajo de lo que estaba ocurriendo hasta que, en un intento por sobrevivir, le devolvió a la realidad y pudo escuchar el llanto del niño. No podía quedarse allí, tenía que salvar a su hijo: se lo debía a Elena.

Vio a un soldado avanzar hacia él empuñando un machete; sus miradas se cruzaron: una, fría y cruel; la otra, llena de rabia. El soldado dibujó una media sonrisa y puso sus ojos sobre el bebé. Diego averiguó sus intenciones y se interpuso entre el hombre y su hijo a tiempo de frenar el impacto. Hizo un esfuerzo sobrehumano por sujetar la mano que empuñaba el machete. El bebé lloró más fuerte y vio cómo el filo le había alcanzado en uno de los bracitos. Gritó, sacando fuerzas de donde ya no había y empujó hasta que todo comenzó a avanzar a cámara lenta; el tiempo se detuvo y dejó de sentir la presión. Cerró los ojos y pensó que era el fin; escuchó a lo lejos la voz de Marta; la chica tenía al bebé en brazos. Giovanni y el soldado rodaban por el suelo enzarzados en una pelea por sobrevivir.

Diego se puso en pie como pudo y cogió el machete del suelo. Vio en los ojos del hombre el miedo cuando la hoja atravesó el cuerpo; todo por lo que había luchado, sus principios y valores por salvar vidas, acababan de esfumarse en ese mismo instante.

****

El disparo de un fusil le impactó en el pecho, directo al corazón. El machete cayó al suelo y se giró a tiempo de ver cómo unos soldados se llevaban a Marta y a su bebé.

Su vida pasó como una película ante sus ojos: sus padres, Mar, sus tíos, su hijo, el momento de su graduación, el día en que marcharon a Madrid… Elena estaba a su lado, invitándole a seguirla; era la más hermosa de todas las mujeres que había conocido.