Entre tus manos 21
70%

21

Todo el hospital se tambaleó. La sala de curas había quedado destrozada por el impacto del misil. El caos se apoderó del interior del edificio; los que podían moverse huyeron hacia la calle por miedo a una segunda explosión; al resto no les quedó más remedio que esperar la ayuda, si es que llegaba.

—Tenemos que sacar a la gente de aquí! —se escuchó la voz del coordinador al otro lado del pasillo.

Giovanni se levantó aturdido; le dolía la cabeza. Miró a su alrededor y recordó la explosión; después, algo le golpeó y cayó al suelo. Vio a Marta tirada junto a la puerta; la chica tenía una herida en el brazo derecho, aunque no parecía profunda.

—¡Marta, Marta…! ¿Estás bien? ¿Puedes levantarte? —estaba consciente.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella.

—No sé, ha habido una explosión… ¿Has visto al doctor?

—No… —la chica se tocó el brazo.

La mesa de operaciones estaba sepultada por una de las vigas del techo y a pocos metros, el paciente había fallecido. Debajo del cuerpo estaba Diego.

—Doctor, doctor… ¿me oye? —el enfermero retiró el cadáver y comprobó que el joven respiraba.

—¿Qué ha ocurrido? —Giovanni y Marta le ayudaron a ponerse de pie.

—Tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Se abrieron paso entre la multitud hasta llegar a la habitación de los niños que no podían andar. Allí estaba Elena, intentando tranquilizarlos.

—Gracias a dios que estáis bien —dijo al verlos.

—¿Tú cómo estás? —Diego la abrazó.

—Estoy bien, vámonos, deprisa.

En los alrededores del hospital se improvisó un campamento con los heridos y enfermos; más y más ruandeses seguían llegando en busca de ayuda, huyendo de los horrores de la guerra. El personal estaba desbordado y exhausto. Nada de lo que hicieran en esas condiciones parecía ser suficiente.

La ONU había autorizado una misión humanitaria de las fuerzas francesas. La huida hacia la frontera con Burundi fue un camino de penurias. En pocas horas la ciudad de Nemba vio llegar a miles y miles de refugiados ruandeses intentando pasar al otro lado. Las condiciones infrahumanas en el campamento no tardarían en provocar brotes de cólera, disentería, meningitis y otras enfermedades.

****

—¡Vamos, Elena, ¡empuja más fuerte! —la doctora Andrade veía cómo las fuerzas de la joven iban mermando debido al agotamiento.

—¡Ya casi está, empuja! —Marta asistía a Laura en el parto. Solo deseaba que no hubiese ninguna complicación y que todo terminase lo más pronto posible.

Diego estaba junto a Elena, cogiéndole la mano y secándole el sudor de la frente.

—No puedo más… —su voz era débil.

—¡Un último esfuerzo! —Laura se preparó para coger al bebé.

Elena gritó y empujó; sintió cómo se desgarraba por dentro hasta que el dolor desapareció.

Estaba exhausta.

—Lo tengo —dijo al fin la doctora.

Le puso al bebé en su pecho, era un niño precioso. Diego la besó y miró al recién nacido como el que mira algo delicado y frágil; estaba tranquilo. Los miraba embobado y de pronto su mente viajó a muchos años atrás. Pensó en su verdadera madre y en cómo él habría estado sobre el pecho de ella, al igual que su hijo.

—¡Enhorabuena, papá! —Giovanni le felicitó con un abrazo y luego se acercó a la madre y al niño—. Eres la madre más guapa del mundo —le dio un beso en la mejilla— y el niño se parece a ti —miró a Diego para hacerle de rabiar.

—Dejémosles descansar —la doctora se acercó al emocionado padre, que lloraba de felicidad.

La noche estaba muy tranquila en el campamento de Nemba, a pocos kilómetros de la frontera. Quizás fuese la calma de saberse a salvo. En un par de días podrían pasar a Burundi y dejar atrás aquella pesadilla.

Elena no podía dejar de mirar a su hijo; dormía plácidamente entre sus brazos, ajeno a lo que ocurría. Intentó no hacer ningún movimiento brusco, aunque tampoco habría podido: le dolía todo. No entendía cómo cuando nacía un bebé, podían sacarle parecido al padre o a la madre; ella nunca había tenido esa capacidad. No entendía cómo alguien podía ser la persona más feliz del mundo en la situación en la que se encontraban; pero ella lo era. Su hijo había salido de su cuerpo y estarían unidos por un lazo especial para siempre. Por otro lado, estaba Diego, el hombre de su vida y el padre de su hijo.

Diego entró en la tienda de campaña y vio que estaba despierta. Se tumbó a su lado y ella se acurrucó entre sus brazos. Los dos miraban embelesados al pequeño.

—¿Qué haremos cuando estemos en España? —Elena no se había parado a pensar en eso.

No era una mujer de hacer planes a largo plazo.

—Pues una ducha con agua bien caliente, comernos un cocido entero y descansar —lo dijo imaginando todo aquello.

—No me refiero a eso, tonto —rio—. ¿Nos casaremos?

—Señorita Medina, ¿me está proponiendo matrimonio?

—¿Por qué no? —dijo con entusiasmo.

Sacó del bolsillo un colgante; era un angelito blanco, de porcelana y se lo dio.

—Siempre lo llevo conmigo, es mi amuleto. Ha pertenecido a mi familia durante años.

—Vaya, —dijo él asombrado —es muy bonito.

La tomó de las manos y su contestación fue rotunda.

—Sí quiero—las palabras salieron altas y claras. Elena le puso el colgante al niño alrededor del cuello.

—También te dará suerte, mi vida —le susurró al pequeño.

—No hemos decidido un nombre todavía —Diego acarició la manita del niño.

—Pues no—rio ella —pero será mejor que descansemos antes, no querrás ponerle un nombre horrible, ¿no? —se volvió a acurrucar en los brazos de su futuro marido y se quedaron dormidos.

A las tres de la madrugada se despertó con el corazón latiéndole a mil. Elena y el bebé estaban dormidos junto a él. Prestó atención a los sonidos del exterior, nada parecía fuera de lo habitual. Desde que llegó a Ruanda le costaba dormir más de dos o tres horas seguidas. Se despertaba en mitad de la noche con el corazón en un puño y desubicado; el mismo sueño recurrente, una y otra vez: se encontraba subido en un tren, pero algún contratiempo le impedía llegar a su destino y se alejaba cada vez más y más hasta despertar entre imágenes difusas y con una sensación de vacío.

Salió a tomar el aire. Se respiraba una inusual calma; ningún ruido de disparos a lo lejos como era lo habitual desde que había estallado la guerra; nada.

Comenzó a llover; una ligera llovizna, esa que llaman calabobos y le recordó al día en el que conoció a Elena. El olor a tierra mojada pronto fue el único olor que pudo percibir.