20
Le dolían los pies. Acostumbrado a un calzado más cómodo, aquellos zapatos le parecían una auténtica tortura, pero el señor Mendoza quería hablar con él y deseaba causarle buena impresión. Había quedado con Triana en la puerta de la clínica veterinaria y había llegado con más de una hora de antelación. Amparo también quería hablar con él sobre Chica, así aprovecharía para ver a su perrita, ya que desde aquel día en el que ocurrió lo del cuchillo, no lo había hecho.
El juez le había condenado a cumplir servicios comunitarios en una residencia de la tercera edad, hasta que pagase su falta y había conseguido un empleo por horas en el taller de un amigo que, al menos, le daba para pagarse una habitación.
—Gonzalo, tu perrita ya se encuentra bien —le dijo la mujer.
—¿Puedo verla? —el muchacho se alegró de la noticia. Tenía tantas ganas de achucharla, que se olvidó del dolor de pies por un momento.
—Pues verás, Gonzalo —Amparo continuó— de eso quería hablarte. Chica no está aquí.
—¿Dónde está? —dijo intranquilo. Por un momento, se le pasó por la cabeza que le había ocurrido algo y Amparo no se atrevía a decírselo.
—Chica ahora está viviendo con otras personas —la veterinaria intentó animar a Gonzalo—, pero no te preocupes, es algo temporal, hasta que puedas hacerte cargo de ella. De hecho, están a punto de llegar.
Tenía los nervios en el estómago. Quería mucho a su perra, pero entendía que lo mejor para ella era tener una casa donde vivir, sin pasar frío en invierno ni calor en verano. Estaba impaciente por abrazarla y poder dar las gracias a las personas que la estaban cuidando. Miró la hora, Triana no tardaría en llegar. La camisa le oprimía el cuello y el dolor de pies había vuelto a hacer acto de presencia.
Un coche se detuvo delante de la clínica. Triana se bajó del vehículo y abrió la puerta trasera. Chica se abalanzó sobre Gonzalo, que no entendía nada. Luis y Chico también bajaron del coche y se mantuvieron un poco apartados para que Triana y el joven pudiesen hablar con más tranquilidad. Chico intentaba soltarse de la correa para acercarse a su nueva amiga, que no dejaba de saltar alrededor de Gonzalo.
—Para, mira cómo me estás poniendo —reía mientras acariciaba a su perra. Miró a la joven sin entender nada.
—Vaya, qué elegante.
—Gracias —se sonrojó—. ¿Me puedes explicar esto, por favor? —se percató de la presencia de Luis y de Chico.
Triana asintió.
—Amparo no podía hacerse cargo de ella, sobre todo estando ya recuperada, así que le propuse cuidarla hasta que pudieses hacerte cargo. Ella y Chico se han vuelto inseparables —miró al animal que no perdía de vista a la perrita.
Luis aflojó la correa para que pudiese acercarse más a ellos. Enseguida, olfateó a Gonzalo y le puso las patas encima.
—Le has gustado —dijo Triana.
—No quiero parecer desagradecido —dijo mirando esta vez a Luis —pero, ¿no será demasiada molestia?
—Lo hemos hablado y Luis está de acuerdo —dijo la chica.
Luis asintió.
—Y tenemos otra cosa que proponerte —se acercó más—. Me vendría muy bien tener un compañero de piso, para compartir gastos. Triana me contó que tenías pensado buscar algo.
Gonzalo se le quedó mirando fijamente. No entendía por qué Luis, sin conocerle de nada y habiendo agredido a su perro, le hacía aquella oferta.
—La verdad, es que estaría genial… ahora solo puedo pagar una habitación, pero no admiten animales…
—Pero el señor Mendoza te ha ofrecido un trabajo. Podrías estar con tu perra, Luis tendría a alguien con quien compartir piso y Chico podría estar con su amiga. ¿Qué te parece? —Triana estaba convencida de que era la solución perfecta.
—Además, yo estaré unos días fuera —añadió Luis— así podrás organizarte con más calma.
No podía rechazar aquella propuesta y le dio la mano para cerrar el trato.
—Hecho.
En aquel momento, Gonzalo se acordó de la cita con el anciano y miró el reloj. No quería llegar tarde.
Triana y él llegaron al hotel a la hora acordada por el señor Mendoza. Estaba nervioso y le sudaban las manos. Pensaba que estaba viviendo un sueño y que, en cualquier momento, iba a despertar.
A diferencia de la vez anterior, el señor Mendoza les recibió en su habitación.
—Señorita Triana Gualda, qué grata sorpresa —le dio la mano con una galantería que no pasó desapercibida por la pareja. Después saludó a Gonzalo.
—Muchas gracias por aceptar venir hasta aquí, hoy no me encuentro demasiado bien —les ofreció algo de beber— y aquí podemos hablar con más tranquilidad y sin tantas formalidades, ¿no le parece, Gonzalo?
—No se preocupe, no ha sido ninguna molestia —le dijo.
—Como ya hay confianza —continuó —iré al grano—. Quiero que sea mi asistente personal. La propuesta le dejó sin palabras.
El hombre esperó a que Gonzalo contestase, pero él solo pudo llevarse las manos a la cabeza, sin saber qué decir.
—No sé qué decir…
—Diga que sí —el hombre sonrió tendiéndole la mano.
Cogió aire.
—Gracias, señor, prometo no defraudarle.
—Pues entonces, todo arreglado —rio el señor Mendoza.
Salió del hotel sin creerse lo que le estaba ocurriendo. Otro en su lugar estaría dando saltos de alegría, pero lo único que pudo hacer es abrazarse a Triana y llorar como un niño pequeño. La vida no le había tratado bien: primero, la enfermedad de su madre, luego, un matrimonio fracasado y un hijo al que no veía desde hacía años. Le costaba confiar en la gente, pero aquellas personas le habían dado una oportunidad. No les defraudaría; les demostraría que era el hombre que habían visto en él.