19
—Doctor, le está bajando la tensión —Giovanni vigilaba las constantes del paciente.
—Ya casi lo tengo… —Diego intentaba cortar la hemorragia de uno de los vasos sanguíneos.
—Está subiendo —dijo al fin el enfermero, que no quitaba los ojos del monitor.
—Ya está —resopló con alivio y se secó el sudor de la frente—. ¿Terminas tú, Elena?
Salió del quirófano sin decir nada más. Necesitaba respirar un aire que no llevase olor a sangre, ni a vísceras, ni a anestesia, ni a ninguna otra sustancia; solo aire. Estaba agotado. Cada día llegaban decenas y decenas de personas en condiciones lamentables. Tras el asesinato del presidente Obed Bukuru, se había desatado una guerra civil; los enfrentamientos entre los soldados del ejército y los miembros de la milicia extremista habían convertido el país en una inmensa fosa común: mujeres, hombres, niños y ancianos eran masacrados a tiros y machetazos sin distinción alguna por el solo hecho de pertenecer a una u otra etnia.
El hospital de Kigali estaba desbordado. El material y los medios eran insuficientes, hasta el punto de tener que dejar morir a unos para salvar a otros. El personal sanitario luchaba por mantenerse en pie a pesar del agotamiento físico y psicológico que sufría. La escasa ayuda humanitaria que llegaba del exterior se veía interceptada por uno u otro bando y la Unión Europea había retirado a la mayoría de sus tropas debido a los asesinatos de varios de sus dirigentes. Los saqueos, las violaciones, el hambre y las enfermedades habían movilizado a la mayor parte de la población hacia los campamentos de refugiados cerca de las fronteras.
—¿Estás bien? —Elena salió a los pocos minutos.
—¿Cómo está el niño? —no contestó, se limitó a mirar al frente y seguir con la vista a un grupo de soldados.
—Estable, creo que saldrá de ésta.
—Joder, Elena, no tendrá más de cinco años —se sentó en el suelo sin fuerzas— ¿Cuánto crees que podrá aguantar en su situación aquí?
—Diego, estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos. Estamos trabajando al límite ¿Cuánto crees que aguantaremos nosotros a este ritmo? —le sujetó de los hombros para hacerle reaccionar—. No te hagas esto.
Ambos se giraron al oír un disparo proveniente de la puerta de entrada. Un soldado apuntaba con su rifle a un muchacho de unos doce o trece años. El chico yacía tendido en el suelo sobre un charco de sangre. Acudieron en su ayuda, pero nada pudieron hacer por su vida.
—Doctores —una de las enfermeras se acercó a ellos —les esperan en el quirófano.
Elena se quedó parada mirando el cadáver. Le reconoció. Era el hermano del niño que acababan de amputar las dos piernas. Cerró los ojos con fuerza y respiró. Sintió rabia e impotencia, seguidas de una sensación de mareo y un sudor frío recorriendo la frente. Las náuseas se apoderaron de su cuerpo y no pudo contener el vómito. Todo se volvió oscuro antes de desplomarse.
—¡Elena…! —Diego corrió en su ayuda —¡Marta, ayúdame a meterla dentro! —llamó a la enfermera y entre los dos pudieron cogerla.
Cuando despertó, no recordaba nada de lo sucedido. La doctora Andrade y Diego estaban a su lado.
—¿Cómo te encuentras? Menudo susto nos has dado —la doctora le tomó la tensión.
—Estoy bien —comenzó a recordar lo ocurrido y se llevó las manos a la barriga.
—Voy a hacerte una ecografía para asegurarnos de que no hay ningún problema. Tenías que haberte marchado hace unos meses, Elena; ahora va a ser difícil salir —la miró con cara de preocupación.
—Lo sé Laura, pero quise esperar para poder marcharnos juntos y mientras, seguir ayudando —le dio la mano a Diego y este le dio un beso.
La doctora Andrade miró el monitor. Mantuvo el silencio durante un par de minutos hasta que escuchó un latido alto y claro.
—Vuestro bebé está bien —dijo al fin. Respiraron aliviados.
—Eso sí, estás de treinta y ocho semanas —continuó— tómatelo con calma; reposo y nada de estar de pie más de lo necesario, ¿me has oído? Tienes que pensar en vuestro hijo —le advirtió.
—Yo me encargo, Laura, la ataré a una silla si fuese necesario —lo dijo para que ella se tranquilizase, pero estaba muy preocupado.