18
Se sentó junto a la ventana. Madrid era una ciudad que les había ofrecido muchas oportunidades y un nuevo comienzo, pero seguía echando de menos el aroma de Granada, ver la caída del sol tras las montañas desde el Puente del Genil, su trabajo en el hospital y, como no, a su querido y amado esposo. Madrid les había dado muchas cosas, sí, pero a cambio, la vida les había arrebatado otras tantas. A pesar de todo, Rut daba gracias por haber visto crecer a su hijo, por haber podido disfrutar de su hermana y de su familia. Su cuñado Antonio había sido como un padre para Diego, su sobrina había hecho de hermana mayor del muchacho; adoraba a su tía Mercedes y ésta le adoraba a él.
Rut se llevó las manos al pecho; la congoja que tenía no la dejaba respirar. No le gustaban las despedidas, pero era ley de vida. Lo más duro sería no poder estar con los suyos, decirles adiós y ver el dolor en sus caras. No tenía miedo a la muerte, su trabajo como enfermera la había preparado para ello; sin embargo, le aterraba el sufrimiento hasta que le llegase el momento de marcharse de este mundo; le aterraba el tener que depender de otros en su agonía y le aterraba la carga que pudiese darle a su familia. Estaba orgullosa de su hijo: aquel niño inquieto de ojos verdes se había convertido en todo un hombre y, lo que era más importante, en una persona con un corazón de oro y un médico extraordinario.
—Hermana, ¿estás bien? —Mercedes se acercó a ella. Estaba muy pálida y ojerosa. De un tiempo a esta parte su estado de salud se había deteriorado mucho. Veía cómo su hermana mayor, aquella que había sido como una madre, la mejor amiga y confidente, se iba apagando poco a poco sin poder hacer nada.
—Estoy bien, no tienes por qué preocuparte.
—Rut, no puedes seguir así —le dijo tomándola de las manos—. ¿Has hablado con Diego?
—No, Mercedes. Prométeme que tú tampoco lo vas a hacer. Él tiene que seguir con su vida. Ya ha sufrido bastante las consecuencias de lo que pasó con Alejandro y sería muy egoísta por mi parte que se quedara para cuidarme —la tos no la dejó continuar. El doctor ya se lo había advertido: cada vez esos episodios serían más frecuentes.
—Pero Rut, tiene derecho a saberlo, es tu hijo —la mujer estaba consternada. Se le partía el alma de verla así, sabiendo que no había ninguna cura para su enfermedad. Se abrazó a ella como si quisiera retenerla allí para siempre.
—Mi hermanita querida, no llores; tienes que ser fuerte —le acarició el cabello y Mercedes se acurrucó aún más entre sus brazos, como cuando era pequeña y tenía miedo a la oscuridad. Y así se quedaron un buen rato, despidiéndose en silencio.
Antonio las encontró aún abrazadas cuando entró en la sala.
—Pero, ¿qué ocurre aquí? —dijo el hombre al ver a las dos mujeres.
—Nada, nos hemos puesto sentimentales recordando viejos tiempos —Mercedes intentó disimular; se secó las lágrimas de un manotazo y se separó con suavidad de Rut.
—Anda, cuñado, dime cómo va ese hijo mío con el equipaje.
—A eso venía. Será mejor que vayas a ayudarle si no quieres que, cuando termine, parezca que ha pasado por allí un huracán —se echó a reír.
Rut intentó levantarse, pero un mareo la hizo tambalear. Mercedes y Antonio corrieron a sujetarla.
—Estoy bien, me he levantado demasiado deprisa y me he mareado. No ha sido nada, en seguida se me pasa —miró al hombre y le dio unas palmadas de agradecimiento en el hombro.
Antonio miró a su esposa, que luchaba por no derrumbarse.
Desde el pasillo se podía oír el sonido de puertas y cajones abriéndose y cerrándose, luego seguido de las voces de Diego y Mar.
—Como sigas así, vas a necesitar un camión para llevar todo esto —le decía ella.
—Mira quién fue a hablar, la que sale de casa con un paraguas por si llueve, un abrigo por si hace frío, un pañuelo para la garganta, unos caramelos por si le da la tos, y en verano —se podía escuchar a Diego chinchar a su prima.
—Eso no es verdad —replicaba ella.
—Ah, ¿no? —el chico lanzó una camisa por los aires y fue a caer sobre la cabeza de ella.
—Te vas a enterar —cogió una de las almohadas y gritó: ¡Esto es la guerra!
Acabaron cubiertos con las plumas de los almohadones, tumbados en el suelo y riendo sin parar.
El chico se incorporó y se puso serio, de repente.
—¿Qué te ocurre? Sabes que me puedes contar lo que quieras —le dijo.
—Es mi madre, sé que me oculta algo, no soy tonto —arrugó el entrecejo.
—Estará preocupada por tu marcha, es normal. ¿Se lo has preguntado? —Mar se incorporó con la respiración todavía entrecortada.
—Ya la conoces, no suelta prenda.
—Bueno, si la pasa algo, te lo dirá cuando llegue el momento, ¿no crees?
—Ese es el problema, Mar —su cara de preocupación lo decía todo.
—Cuidaremos de ella, estate tranquilo —apoyó la cabeza en su hombro—. Te vamos a echar de menos, lo sabes, ¿verdad?
—Yo también —juntó su cabeza con la de su prima con un coscorrón y la miró por el rabillo del ojo esperando su reacción, que no tardó en llegar.
—¡Al abordaje! —gritó mientras le daba almohadazos.
La puerta estaba abierta. Rut se quedó allí parada unos segundos antes de entrar. Disfrutaba viéndolos reír.
—¿Se puede? —tocó con suavidad.
—Tía —. Mar dejó la almohada encima de la cama y se acercó a la mujer, dándola un abrazo tan fuerte que la dejó sin respiración.
—Anda, zalamera —rio—. Menudo lío que tenéis aquí. Esto no lo dejaréis así, ¿no?
—Creo que mi madre me llama —la chica se dirigió hacia la puerta con cara de circunstancia y desapareció.
—¡Huye, traidora! —rio el chico. Cogió la ropa que había encima de la silla y la metió en la mochila.
—Ven hijo, siéntate a mi lado —Rut se sentó en el borde de la cama y Diego hizo lo mismo—. Tu padre estaría muy orgulloso de ti —suspiró.
—Lo sé, mamá.
—Yo también estoy muy orgullosa de la persona en la que te has convertido. Nunca te has rendido, has luchado por lo que querías a pesar de que no te lo han puesto fácil. Prométeme una cosa —continuó—, que pase lo que pase, oigas lo que oigas, digan lo que digan, tu padre era un buen hombre, ¿me oyes? Si alguna vez hizo algo mal fue porque estaba convencido de que en ese momento era lo correcto. Era una buena persona, un buen padre, un buen marido y médico. Que nadie te haga dudar nunca de eso —su voz era calmada—. Y ahora, será mejor que ordenemos todo esto —sonrió. Dame un abrazo, hijo —tuvo el impulso de contarle la verdad sobre su verdadera madre, pero no se sintió con fuerzas. Tenía que encontrar el momento adecuado, y ese no lo era.
Ya en su habitación, Rut sacó un papel del escritorio. Tal vez, desde la soledad de aquellas cuatro paredes, fuese capaz de escribir lo que no había sido capaz de decir en tantos años. Cuando hubo terminado, la guardó en una cajita de madera, junto al resto de los documentos que demostraban que Diego era hijo de Estela y que el certificado de defunción del niño era falso; en otro rincón de la caja, las cartas de Estela a su hijo estaban dobladas con mucho cuidado y se habían mantenido intactas todo ese tiempo. Esa noche se fue a dormir con una sensación de tranquilidad, de haberse quitado un gran peso de encima y de estar haciendo lo correcto. Solo esperaba que su hijo la perdonase algún día.
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Miró por la ventanilla trasera del taxi que le llevaba al aeropuerto. Formando una piña, su madre, sus tíos y su prima le decían adiós con la mano. La imagen se fue difuminando poco a poco hasta desaparecer por completo. Con el corazón dividido, dejaba atrás lo más importante de su vida: su familia; por otro lado, empezaba una nueva aventura para él; sabía que la situación en Ruanda era muy complicada pero también sabía que allí sería de ayuda. Ya no había vuelta atrás, estaba convencido; durante dieciocho meses su vida estaría en ese rincón de África. Lo que más le dolía era separarse de Rut; tenía la sensación de que no la volvería a ver. Tampoco tuvo el valor de hablar con ella y contarle que ya sabía toda la verdad, que, de pequeño, un día jugando a encontrar tesoros escondidos había descubierto una cajita de madera en uno de los cajones del despacho de su padre con los documentos amañados y las cartas de su madre biológica, Estela. Al principio no fue consciente, pero con el paso de los años comprendió toda la verdad. Había leído tantas veces el informe de su nacimiento y de su fallecimiento, los de su adopción y las cartas, que se los sabía de memoria. Le hubiese gustado decir que, para él, Alejandro y Rut serían siempre sus padres, que no les guardaba ningún rencor; en cuanto a sus padres biológicos, el tiempo lo diría.
Cerró los ojos y repasó mentalmente una por una aquellas palabras escritas sobre el papel.
El taxi giró por una calle camino al aeropuerto de Barajas, donde un avión de “Médicos en Acción” le esperaba.