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La sala estaba a rebosar. Los dirigentes de "Médicos en Acción" en España habían organizado uno de los congresos de mayor magnitud en las últimas décadas. Médicos de todo el país habían sido convocados a un llamamiento a gran escala. Uno a uno, los asistentes fueron ocupando sus respectivos asientos.
Diego comprobó la invitación antes de acceder a la sala y ocupó su butaca. Reconoció entre los invitados a numerosas eminencias en diversos campos de la medicina y se fijó en que les habían sentado por especialidades: cirujanos, pediatras, cardiólogos, psicólogos, epidemiólogos... Ninguna rama se había quedado fuera; todas estaban representadas en aquella macro reunión; la radio y la televisión también estaban.
Un hombre se aproximó al atril situado sobre la tarima y se presentó como Tobías Medina, el fundador de la organización. La charla duró aproximadamente veinte minutos en los que habló de los orígenes y del compromiso que Médicos en Acción tenía con las regiones tercermundistas a las que prestaban ayuda humanitaria.
Diego conocía de antemano la labor que desempeñaban y escuchó con mucho interés todo lo que Tobías Medina decía.
—Voy a presentarles a la persona encargada de llevar a cabo este proyecto, mi hija Elena; ella les podrá explicar mejor todos los detalles —después de dar las gracias a los asistentes por haber aceptado la invitación, se retiró pasando el relevo a la joven.
La charla dio por concluida una hora después, seguida de una recepción: presentaciones, conversaciones, reencuentros entre colegas, mientras los aperitivos y las bebidas circulaban con fluidez por el salón.
Diego cogió la copa de vino que le ofreció uno de los camareros y se mezcló entre la gente.
Los grupos se formaban y se disolvían aquí y allá compartiendo impresiones entre ellos.
—Doctor Sandoval, cuánto tiempo. ¿Se acuerda de mí? —un muchacho pelirrojo se acercó a él.
—¿Giovanni? ¿Giovanni Serra? Pero, ¿qué haces aquí? —le dio un apretón de manos, pero el chico le dio un abrazo.
—Bueno, en realidad ahora soy enfermero.
—Así que, ¿enfermero? —lo dijo con tono de sorpresa.
—Gracias a usted —el chico se emocionó.
—Yo solo cumplí con mi deber, el mérito fue todo tuyo; trabajaste muy duro para adaptarte a la prótesis y a tu nueva situación —Diego recordó a un chiquillo desgarbado y siempre malhumorado al que, después de muchas complicaciones tuvieron que amputarle una mano.
—No fue fácil, pero reconozco que yo tampoco puse demasiado de mi parte. ¿Recuerda al guardia de seguridad? ¿Cómo se llamaba…?
—Felipe —contestó Diego.
—Eso, Felipe. Pues por la noche nos levantábamos unos cuantos, nos cubríamos con las sábanas y le dábamos unos sustos de muerte. El pobre hombre hacía la ronda con un ojo puesto en el cogote pensando que había fantasmas —los dos rieron a carcajadas.
—¿Interrumpo?
—Claro que no, Elena —dijo el chico pelirrojo—. Mira, te presento al doctor Diego Sandoval.
La mujer le tendió la mano y una mirada de complicidad se cruzó entre ambos.
—Encantada de volver a verle.
—Veo que ya se conocen —dijo Giovanni—. El doctor Sandoval fue mi médico en el hospital de la Cruz, cuando me amputaron la mano —mostró la prótesis y movió los cinco dedos con agilidad.
—Hizo un gran trabajo, doctor —alabó la mujer—. ¿Sabe que Giovanni será uno de nuestros enfermeros en Ruanda? —bebió un sorbo de su copa.
—Espero que el doctor también nos acompañe —dijo el joven con entusiasmo—. Bueno, yo me voy a retirar ya. Me alegro mucho de haberle visto —se marchó dejándolos solos.
—Es un gran chico —Elena le siguió con la mirada —y un gran profesional.
—Sí que lo es —miró a la joven con una medio sonrisa— Así que… Elena Medina.
La chica asintió.
—Y bien, doctor Diego Sandoval, ¿se unirá a nuestro proyecto?
—No me lo perdería por nada del mundo —levantó su copa.
—Por los comienzos —dijo ella.
—Por los días lluviosos.