Entre tus manos 16
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—Diego Sandoval... ¿Tiene usted algún parentesco con Alejandro Sandoval? —el director miró al muchacho por encima de las gafas esperando una respuesta.

—Era mi padre —le mantuvo la mirada.

El hombre siguió leyendo el currículum del chico en voz baja. Cuando terminó, dejó la carpeta sobre el escritorio y se recostó sobre el respaldo de su silla.

—Un currículum envidiable —se quitó las gafas y se aclaró la voz—. Mire, le voy a ser sincero.

—Se lo agradecería —Diego se puso en tensión, intuyendo cuál sería la respuesta del director del Hospital de San Miguel.

El hombre continuó.

—Nuestro programa de becas es un programa muy exigente. Nuestros candidatos tienen que ser personalidades impecables, ya que la financiación depende de ello. Usted tiene una preparación envidiable como le he dicho, pero... —se detuvo unos segundos y sus palabras dieron un giro—. Yo conocí a su padre, coincidimos en varios congresos; era un médico excelente y estoy convencido de que usted también lo es, pero está en juego mucho más. No me puedo permitir que una noticia que ocurrió hace tanto tiempo entorpezca el objetivo del programa, por muy buen profesional que usted sea.

Salió del despacho con aquellas palabras resonando en su cabeza. Al menos éste había tenido la decencia de decir la verdadera razón de su decisión y no como los anteriores, con cuchicheos a sus espaldas. Se habían marchado de Granada para evitar precisamente que se le juzgara por los errores de su padre, y años después el apellido Sandoval seguía siendo una pesada losa con la que cargar. Le hervía la sangre y los latidos en sus sienes iban en aumento. Necesitaba respirar aire fresco y tranquilizarse. Un paseo le sentaría bien.

El centro era un hervidero de coches en hora punta. Los transeúntes corrían de un lado a otro ocupando todo el ancho de las aceras. Una ráfaga de viento arremetió con furia contra todo lo que se encontraba a su paso y el cielo se convirtió en un revoltijo de objetos volando sin control encima de las cabezas de los viandantes. En cuestión de segundos, la Gran Vía de Madrid se vio sorprendida por un aguacero que amenazaba con inundarlo todo. Los limpiaparabrisas de los vehículos no daban abasto y el caos se apoderó de la ciudad.

Aceleró el paso y buscó un lugar en el que resguardarse de la tormenta, pero cada dos por tres, alguien se le cruzaba en su camino, haciéndole avanzar a trompicones. Empapado hasta los huesos, consiguió refugiarse en un portal contiguo a una agencia de viajes. Entró maldiciendo aquel día de perros y sacudiéndose el agua como un cachorro al que acababan de bañar.

—¡Oye, ten más cuidado! —la chica intentaba frenar los salpicones de agua extendiendo los brazos a modo de escudo.

Diego se dio cuenta entonces de que no estaba solo.

—Oh, lo siento mucho, pensé que no había nadie..., mira cómo te he puesto... —le ofreció su pañuelo, pero estaba tan mojado como él.

La chica se echó a reír. Aquel muchacho tenía el mismo aspecto que una vaca lamida, y lo del pañuelo le pareció una situación de lo más absurda.

—No te preocupes, yo también estoy chorreando; total, un poco más de agua no tiene importancia —se secó la cara con su también empapada manga del abrigo.

—Vaya día, ¿eh? —intentó salir lo mejor parado de aquella metedura de pata. ¿Cómo se le había ocurrido aquella gilipollez del dichoso pañuelo?

—Ah, que tú eres de esos que se asustan por un poco de agua, ¿no? —lo dijo tan seria, que Diego pensó que se había enfadado, hasta que se echó a reír—. Es una broma, hombre —dijo al ver que la cara del chico palidecía.

—Touché —se la había devuelto. Ya no podía hacer otra cosa que ser educado y presentarse —Soy Diego —le extendió la mano.

—Elena —al acercarse más a él, pudo ver que tenía los ojos de un verde intenso.

Después de veinte minutos diluviando, la tormenta se había convertido en una delicada llovizna, esas que llaman calabobos y regresó el movimiento habitual a las calles.

—Oye… —se volvió hacia la muchacha—. No me has dado tu teléfono.

La chica se encogió de hombros y, esbozando una sonrisa, siguió su camino.

Entró en la casa sin apenas hacer ruido; no se sentía con fuerzas de contar, una vez más, el episodio tan desagradable ocurrido en la entrevista. Su madre siempre le daba ánimos; era una mujer muy especial, siempre risueña, positiva y con un don para hacer que lo difícil no lo fuese tanto. Su tía Mercedes y su marido, Antonio, les acogieron en su casa y en su familia con todo el cariño del mundo. Nunca se sintió un extraño en casa ajena, ni tuvo una infancia infeliz, pero después de terminar la carrera de medicina, de un tiempo a esta parte, su apellido le recordaba una y otra vez un episodio de su vida que hubiese querido olvidar, pero que el resto del mundo se había empeñado en impedirlo.

Se cambió de ropa y se sirvió una copa de vino para entrar en calor, puso un disco de Chopin y se acomodó en el sofá hasta quedarse dormido.

El cartero llamó al timbre y esperó unos segundos a que abriesen la puerta. En su trabajo, de todos los meses del año diciembre era el peor con diferencia: cientos y cientos de cartas, de tarjetas navideñas felicitando las fiestas y de paquetes se amontonaban en las oficinas hasta ser entregados a sus destinatarios. Sin esperar más tiempo, bajó las escaleras a toda prisa, cogió el carrito que había dejado al lado de los buzones y salió del portal como alma que lleva el diablo.

—¡Oiga, espere un momento! —una cabeza asomó por uno de los balcones del edificio.

El hombre se detuvo en seco refunfuñando. Aquellos minutos le harían retrasarse con el reparto del día.

Diego bajó los escalones de tres en tres y llegó sin aliento a la calle. El cartero le lanzó una mirada fulminante. Le pidió los datos para cerciorarse de la titularidad del chico y le entregó un sobre certificado. Cerró el carrito y se marchó calle abajo sin decir nada.

—¡Feliz Navidad para usted también! —Diego le siguió con la mirada hasta perderlo de vista.

Miró el sobre como si quisiera ver a través del papel y subió las escaleras con una sensación de impaciencia y nerviosismo a partes iguales. Entró, dejó las llaves en la mesita, y leyó de nuevo el remitente: "Médicos en Acción".

El encontronazo con una silla le frenó en seco, sacándole de su abstracción.