15
—Triana, ¿cómo estás, mi niña? —el recepcionista salió de detrás del mostrador con su habitual sonrisa para saludar a la chica.
—Hola, Jesús —le dio dos besos.
—Cuánto tiempo, chiquilla. Si no es porque has venido a lo de la cartera del señor Mendoza, no te veo el pelo.
—Ya sabes, los turnos en el trabajo son difíciles de llevar —la muchacha se encogió de hombros y se sonrojó.
Jesús continuó hablando sin reparar en la presencia de Gonzalo.
—Vamos, que tendré que pediros cita a Luis y a ti para que no se me olvide vuestra cara. Vaya par—lanzó una carcajada.
Triana miró el reloj y cambió con brusquedad la dirección de la conversación.
—Tenemos un poco de prisa —señaló a Gonzalo, que no había pronunciado palabra alguna, como habían acordado antes de llegar.
El recepcionista captó la indirecta y los acompañó a una salita más apartada para que pudieran hablar con tranquilidad.
—Ahora mismo aviso a don Ernesto. ¿Queréis tomar algo mientras esperáis? —esta vez se dirigió a Gonzalo.
—Nada, Jesús, gracias —Triana se anticipó a la respuesta del joven. No estaban allí por diversión y estarían el tiempo justo para aclarar aquello.
El hombre asintió, sin dejar de sonreír y desapareció tras la puerta.
Gonzalo miraba a su alrededor deslumbrado por el lujo. Ni en sueños habría imaginado estar en un hotel de cinco estrellas. Con los ojos muy abiertos no perdía detalle: la sala recreaba un patio andaluz, los arcos rodeaban una zona con sillones y mesas acomodados junto a una fuente, la decoración y la calidad de los materiales eran exquisitas.
—¿Qué te ocurre? —Triana se dio cuenta de la incomodidad del joven y se le pasó por la cabeza que tal vez hubiese mentido y que ahora, cerca de sentirse descubierto, estuviese inquieto.
—¿Te has fijado en este sitio? —lo dijo en voz tan baja que a Triana le costó oírle—. Creo que mi ropa desentona un poco —se hundió en el sillón todo lo que pudo, intentando pasar lo más desapercibido posible.
—¿A qué viene eso ahora, Gonzalo? Si crees que la ropa es… —dejó de hablar cuando vio aparecer a un hombre de mediana estatura acompañado de su bastón. Era delgado y a pesar de la lentitud de su paso, tenía un porte muy elegante. Ambos se levantaron cuando el anciano se acercó.
Tomaron asiento.
—Muchas gracias, señorita, por tomarse la molestia de venir en persona a traerme la cartera. Me habría supuesto un gran esfuerzo tener que ir a la comisaría —la miró y luego reparó en la presencia del chico, que se había vuelto a hundir en su asiento mientras seguía atento a la conversación.
—Bueno, en realidad, la cartera la encontró él —se anticipó —y enseguida contactó con la policía para que pudiese recuperar usted sus pertenencias, ¿verdad? —miró al chico y él asintió.
—Entiendo…ha sido usted muy amable, joven. Muchas gracias —el anciano sonrió y miró de nuevo a la policía.
—Solo tiene que revisar que no le falta nada.
—No, está todo —dijo después de un par de minutos—. ¿Dónde la han encontrado? Me he vuelto loco buscándola, aunque, con la cabeza que tengo…
—Pues la encontré tirada en la acera, cerca del bordillo —Gonzalo contestó a pesar de las advertencias que Triana le había hecho sobre lo de no hablar.
—Seguro que se me cayó cuando fui a esa tienda de antigüedades…
—¿El Imperio? —dijo ella con rapidez.
—Sí, esa misma, señorita. Ya veo que la conoce —Ernesto bebió un trago de su café.
—La tienda pertenece a mi familia —dijo ella sin perder de vista al anciano—. Mi abuelo era anticuario —continuó.
—Qué agradable coincidencia. Y dígame, ¿cómo se llamaba su abuelo? Quizás le conozca —preguntó el señor Mendoza. Se le veía interesado.
—Fernando, Fernando Gualda.
—Gualda…claro que le conozco, aunque no personalmente. Este mundillo no es tan grande, y ya no quedamos tantos de nuestra generación —lo dijo con añoranza.
—Mi abuelo murió el año pasado —Triana no quería entrar en ese tipo de información, pero aquel hombre le inspiraba mucha ternura, y le recordaba tanto a su abuelo Fer, como le llamaba ella.
—Vaya, lo siento.
—Gracias —carraspeó para quitarse la aspereza de la garganta—. Mi hermano se sigue encargando del negocio, aunque ya no con el mismo nombre, como habrá visto—sentía que le debía una explicación al anciano, por la camaradería entre personas del gremio.
—Me atendió un joven muy amable, ¿era su hermano? —se acordó de que Luis le había sido de mucha ayuda.
—No —sonrió al pensar en su querido amigo del colegio —ese es Luis, un gran amigo… Gonzalo no hablaba, se había relajado al confirmarse lo que él le había dicho a Triana.
Ernesto Mendoza pidió algo para beber y así pasaron la tarde. Le pareció una persona muy agradable a pesar de tener estatus diferentes. Se quedó ensimismado escuchando la historia del anciano. Al terminar la conversación parecía que se conocían de toda la vida.
—Las vueltas del destino son extrañas —Triana se puso en pie, seguida de Gonzalo—. Por favor, compruebe de nuevo si le falta algo porque, de ser así, tendrá que ir a comisaría a poner una denuncia.
—Todo correcto, señorita: la documentación, los doscientos euros, los tiques…De nuevo, muchísimas gracias a los dos; ha sido un placer —les tendió la mano para despedirse de ellos y se quedó pensando.
Cuando estaban a punto de marcharse, les llamó.
—Joven —se dirigió a Gonzalo —espero no ser indiscreto ni que me malinterprete —se apoyó sobre su bastón y se acercó—. Necesitaré a alguien de confianza para un asunto importante, y usted ha demostrado su integridad. Si le interesa, el trabajo es suyo.
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Triana tenía en la cabeza un revoltijo de emociones diversas. La historia que acababa de escuchar la había enternecido y el hablar de su abuelo la había emocionado. Por otro lado, comprobar que Gonzalo no había mentido era un punto a su favor, pero ¿qué hacer con el episodio de la navaja?
Se detuvieron delante de la comisaría.
—Gonzalo, lo entiendes, ¿verdad? —tuvo que levantar la cabeza para mirarle directamente a los ojos.
—Lo sé, tranquila —el chico sonrió y entraron.