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—¿Dónde le dejo el desayuno, señor? —el camarero entró con la bandeja.
—Déjelo en la terracita, joven —el empleado del hotel hizo lo que el señor Mendoza le pidió mientras él iba a por su cartera con la intención de darle una propina.
Miró en el bolsillo de la chaqueta, en los cajones, en el armario y nada.
—Qué raro... —se quedó por un instante pensativo, intentando recordar dónde la había dejado. Su documentación iba allí; era un hombre precavido y las tarjetas de crédito las había dejado en la caja fuerte que tenía el hotel, así que el poco dinero que llevaba no alcanzaría los doscientos euros; lo demás eran los clásicos tiques que solía guardar para controlar los gastos pequeños. Se despidió del camarero prometiéndole la próxima vez una propina mejor y salió a la terraza a respirar un poco del aire de la mañana. La temperatura era suave; el sol todavía no calentaba lo suficiente y la brisa traía consigo un olor agradable. Después de desayunar tranquilamente y echarle un vistazo al periódico, buscó por toda la habitación de arriba a abajo sin obtener resultados. Se sentía con más fuerzas. Había descansado mejor la noche anterior y se había quitado un peso de encima al contarle a Luis toda su historia. No era algo de lo que acostumbrara a hablar con ningún desconocido, pero aquel chico le inspiraba confianza, como si le conociera de toda la vida.
En vista de que la cartera no aparecía llamó a recepción y preguntó a Jesús si por casualidad se le habría caído en el bar. Ante la negativa del recepcionista, tendría que ir a poner una denuncia.
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La comisaría estaba ubicada en el distrito sur de la ciudad, en un barrio humilde de Granada. Era un edificio de dos plantas, al que se accedía por una puerta no demasiado grande, rodeada de una verja y una placa del Ministerio del Interior en su fachada. En el balcón del piso superior podía verse la bandera de España sobresaliendo unos centímetros al exterior.
Triana había permanecido callada durante todo el camino, con Gonzalo a su lado, cabizbajo, sin pronunciar palabra y abatido; la incertidumbre de lo que pudiera ocurrirle a él y a su Chica le hacía parecer más pequeño de lo que realmente era; no iba muy desaliñado, pero sí se notaba que no estaba en su mejor momento.
Se detuvieron unos pocos metros antes de llegar y se volvió hacia el joven. Una idea le rondaba por la cabeza; intuía que, sin querer, se iba a implicar más de lo normal en aquel caso. Llevaba varios años tratando con personas de la calle, vulnerables y olvidadas y su instinto le dejaba claro quién estaba allí por consecuencias de la propia vida, por falta de manos tendidas, muchos discursos vacíos y muchas promesas, pero que a la hora de la verdad se las llevaba el viento. Proyecto Hombre, al igual que otras muchas, era una asociación encargada de la reinserción de personas con problemas, proporcionándoles un trabajo, alojamiento y una serie de compromisos para volver a adaptarse a la vida social; hacían lo que podían, pero no llegaban a todos; los recursos eran muy limitados. Triana conocía muy bien el funcionamiento de estas asociaciones sin ánimo de lucro, ya que ella misma había colaborado como voluntaria en numerosas ocasiones y sabía de primera mano que la lista de personas en busca de ayuda era demasiado larga.
—¿Gonzalo, tienes hambre? —las palabras salieron a bocajarro, sin pensar, de una forma tan brusca que el muchacho no supo qué responder y tardó unos segundos en reaccionar.
—Pues sí, la verdad es que me comería una vaca entera —se llevó las manos a la cabeza y la expresión de su cara cambió por completo.
—Pues venga, vamos a por esa vaca entonces. Te invito a comer —a Triana le hizo mucha gracia la expresión de "comerse una vaca" y soltó una carcajada, relajando la tensión entre ambos.
A cinco minutos a pie de allí, escondido en una callejuela, se encontraba El Minotauro, un bar de tapas típico de la zona que atraía a mucha clientela por su comida de excelente calidad y sus precios económicos. El ambiente era muy familiar: las mesas de madera robusta, preparadas para acoger a todo el que quisiera pasar una velada agradable; las paredes revestidas con las notas dejadas en servilletas por los clientes de todas partes del mundo le daban un toque de originalidad único, y la imagen del monstruo mitológico con cuerpo de hombre y cabeza de toro sentado sobre la barra, mostraba su sello de identidad.
Gonzalo tardó unos segundos en acostumbrarse a la luz tenue del local. No había mucha gente: solo dos mujeres en una de las mesas. El camarero les acomodó al fondo y les llevó una carta con el menú del día.
—Puedes pedir lo que quieras —dijo la chica viendo que el joven tardaba en decidirse.
—La verdad es que tiene todo muy buena pinta, no sabría qué elegir —escondió la mirada tras la carta para no encontrarse directamente con los ojos de ella.
—Estás de suerte, tienes delante a la mejor degustadora de tapas de los alrededores— se señaló a ella misma—. Si te parece bien, pediré para los dos, siempre que no nos traigan una vaca viva —dijo riendo.
—Me parece bien —Gonzalo también se echó a reír. Triana le observó con cautela; no quería incomodar al joven. Estaba muy delgado y demacrado; parecía más mayor de lo que era. Ahora, teniéndole enfrente y más relajado, su rostro parecía otro: las arrugas de la frente se habían atenuado y los ojos desprendían un brillo distinto, sobre todo cuando reía.
Comieron tranquilamente sin dejar de observarse.
—Estoy lleno, no puedo más. He comido lo de un mes, por lo menos —esta vez no esquivó la mirada y clavó los ojos en los de su acompañante—. Gracias.
Triana le miró y se quedó callada. Era consciente de que muchas personas no tenían ni siquiera una comida al día.
—¿Quieres café, Gonzalo?
—¿No es demasiado? No llevo dinero, aunque creo que eso lo sabes…
—No te he preguntado si llevas dinero —le contestó con una media sonrisa.
Pidieron dos cafés con hielo y se dispusieron a enfrentar una conversación un tanto dura. Triana era una mujer de decisiones rápidas y pocas veces se había equivocado, pero para Gonzalo, desnudar su alma frente a alguien sería complicado.
Hablaron de muchas cosas, de cómo había llegado a encontrarse en aquella situación, de su hijo, de sus sueños rotos, de su Chica, de qué quería hacer con su vida, de que quería abrir su propio negocio algún día. Fueron dos horas de confesiones, de heridas abiertas, de dolor, de rabia, de fracaso y de miedo; todo aquello que provoca la pérdida de la dignidad y la esperanza en una persona, aquello que la hace caer en picado hasta el mismísimo infierno.
—Te prometo que yo no le robé la cartera a nadie. Estaba allí tirada en el suelo y la cogí. No te voy a negar que pensé en quedarme con el dinero para pagar a Amparo la factura de Chica, entonces alguien gritó "al ladrón" y me asusté. El resto de la historia ya la conoces. Cuando vi a tu perro allí tirado y el cuchillo manchado de sangre... —escondió el rostro entre las manos como si quisiera borrar la imagen de su cabeza—. No me reconozco. No quiero ser esta persona en la que me he convertido. Estoy dispuesto a pagar por mis errores y asumiré lo que venga. Ayúdame, por favor.
Cuando terminó de hablar, el nudo de su garganta se había liberado y las lágrimas corrían por sus mejillas. En cambio, era Triana la que no podía articular palabra alguna. La angustia se le había instalado en el pecho y casi no podía respirar.
—¿No tienes con quién dejarla? —le preguntó cuando hablaron de la perrita.
—Amparo es la única, pero no creo que pueda hacerse cargo de ella. La mayoría de la gente con la que ando no es muy de fiar.
—¿Eso quiere decir que tú tampoco lo eres?
—No sé qué decirte, llevo tanto tiempo solo y dando bandazos de un lado a otro, que me he perdido a mí mismo. Hasta hoy había salido de los problemas, pero está claro que no va a ser fácil salir de esto, aunque lo que sí te aseguro es que estoy dispuesto a intentarlo.
—Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano.
Triana recordó que llevaba la cartera en su mochila y pensó que sería una buena idea comprobar lo que le había contado el chico, al menos esa parte estaría solucionada. Luego quedaría el episodio de la navaja y la agresión al perro, y eso sí que no lo podía dejar pasar. Así se lo dijo a Gonzalo, que asintió.
Doscientos euros, ninguna tarjeta bancaria y algunos tiques era todo lo que contenía aquella cartera, junto a un DNI a nombre de Ernesto Mendoza y una tarjeta del Gran Hotel.
—Hemos tenido suerte, está hospedado en este hotel —Triana había llamado para confirmar que el dueño de la cartera estaba allí. Miró a Gonzalo que ya se había puesto en pie.
—Vamos, cuanto antes se aclare, antes respiraré tranquilo.