13
El Hospital Real era un edificio majestuoso, de elementos góticos, renacentistas y mudéjares, mandado construir por los Reyes Católicos. Había dejado de funcionar como hospital en los años setenta, pasando a formar parte de la Universidad de Granada. Cuatro ventanas platerescas muy ornamentadas en la fachada principal; en su centro, una portada de piedra de Elvira con el símbolo de los monarcas, y en el frontón circular, un escudo de armas reales, sostenido por el Águila de San Juan.
Luis estaba ensimismado ante aquella obra que le trasladó muchos siglos atrás en la Historia. Sabía que sería difícil encontrar alguna información. Respiró hondo y entró. Pronto, sus ojos se acomodaron a la luz tenue del interior. Un vestíbulo de planta rectangular y cubierto con un techo de madera le recibieron en silencio. Se dirigió hacia el mostrador y esperó a que la recepcionista le atendiera. La mujer estaba intentando desatascar la fotocopiadora mientras un buen montón de papeles encima de la mesa esperaban su turno para ser fotocopiados.
—Los archivos del hospital se guardan en el Registro Central de la Universidad. Tendrá que solicitar el acceso a ellos, aunque al ser el expediente de una paciente, será difícil conseguirlo si no es usted un familiar directo —le miró por encima de las lentes y luego se quedó pensativa durante unos segundos, intentando asimilar aquella historia.
Luis vio desvanecerse la única posibilidad de encontrar a Estela y su rostro mostró una expresión de decepción.
—¡Maldito trasto! —la mujer le dio varias veces al botón de encendido y apagado y se quedó allí parada, sin quitar los ojos de encima a la fotocopiadora, esperando un milagro.
—¿Me permite? —se dirigió de nuevo a la recepcionista, que abría y cerraba todos los compartimentos habidos y por haber de aquel montón de chatarra que amenazaba con explotar, a juzgar por el ruido que hacía. Abrió el portón situado en el lateral, dejando a la vista una de las piezas interiores. Con mucho cuidado, Luis retiró la carcasa y extrajo un papel arrugado del fondo. Luego, deshizo el camino hasta dejarlo todo en su sitio.
La mujer no perdía detalle de la soltura con la que aquel joven ponía y quitaba piezas; se veía claramente que sabía lo que se hacía. Contuvo la respiración en el momento en el que muchacho pulsó el botón para ponerla en marcha y lo soltó de golpe cuando vio que las hojas se deslizaban con suavidad, amontonándose en la bandeja de salida.
—Me acaba de salvar la vida. Hoy tenía pensado salir temprano para poder ir al cumpleaños de mi nieto. Siento no haberle podido ayudar con lo suyo… —lo dijo con cierto tono de culpabilidad.
—No se preocupe… —buscó la identificación que la recepcionista llevaba prendida en la camisa— … Manuela —miró directamente a los ojos de ella sabiendo el efecto que causaría en la buena mujer.
Después, con el abatimiento propio de alguien decepcionado, se retiró con lentitud. Realmente, no tenía ni la más remota idea de por dónde continuar con la investigación. Estaba en un callejón sin salida. Se resistía a marcharse de allí con las manos vacías y se detuvo unos minutos más para ojear las fotografías que adornaban las paredes del hall, hasta continuar por un pasillo que llevaba a un patio interior. Antes de perderse entre el olor a rosas y jazmines echó un vistazo a la recepcionista; se la veía feliz, como a una niña a la que le acababan de hacer un gran regalo. Se sentó en el borde de la fuente y respiró profundo. Desde allí, todo se veía de otra manera: era como si el tiempo se hubiese detenido. De su conversación con el señor Mendoza, Luis se había formado una idea del aspecto de la condesa: una joven esbelta, de cabello largo y ojos verdes. Se imaginó a Estela paseando por aquel patio, rodeada de otros pacientes; pero desconocía cuál sería su aspecto actual, ni siquiera sabía si seguía viva o no. Recordó una anécdota que le contó uno de sus profesores de la universidad, sobre un fantasma que vagaba por un hospital convertido años después en museo, y le dio un escalofrío. El silencio del patio se volvió soledad y pensó en la cantidad de personas que habían paseado su sufrimiento en aquel lugar.
Entonces, algo le hizo ponerse en pie de un salto. Se dirigió de nuevo al hall y fue revisando una a una todas las fotografías que pendían de la pared, hasta detenerse delante de una de ellas.
—¡Claro! —lo dijo en voz alta— ¿Cómo no me había dado cuenta? —descolgó el cuadro de la pared, ante el asombro de dos chicas que también se habían detenido a mirar las imágenes, y se dirigió con paso apresurado hacia la recepción.
Manuela había terminado de fotocopiar todos los documentos y se preparaba para salir. El impacto del objeto sobre el mostrador la hizo sobresaltarse.
—Pero ¿está usted loco? —se quitó las gafas—. Por favor, deje eso donde estaba.
—Manuela —no la dejó continuar —es usted mi única esperanza, por favor. Está en sus manos que después de tantos años, el amor triunfe…Manuela, por favor —se arrodilló delante de la mujer, que se ruborizó, y se apresuró a ponerle en pie.
—Está bien —lo dijo en voz baja y esperó a que el resto de las personas que estaban allí dejasen de prestarles atención—. ¿Qué quiere saber? —su tono de voz sonó condescendiente.
—Alejandro Sandoval —señaló en la fotografía a un hombre de mediana edad.
—Fue una persona muy admirada en sus comienzos como director —la mujer se puso las lentes en la punta de la nariz mientras miraba por encima de ellas el retrato—. Luego, tras la tragedia de los Niños del Talio, como así se conoció el caso, ocurrió un trágico desenlace: el doctor Sandoval se suicidó —suspiró.
—Vaya —Luis estaba impactado.
—Fue hace mucho tiempo de eso.
—Parecía un buen hombre —miró la imagen— ¿Tenía familia?
—Se casó con la jefa de enfermeras —señaló a la mujer que estaba a su lado en la fotografía—. Creo que tuvieron un hijo y después de la muerte del doctor, ambos se marcharon a la capital, al menos eso es lo que publicó la prensa.
Luis estaba emocionado. Intuía que había algo más en toda aquella historia.
—Claro, eso lo puede ver en los archivos de la biblioteca; son públicos —respondió Manuela cuando el chico le pidió si podía ver toda esa información y le acompañó hasta una sala.
En el fondo, la mujer sentía cierta curiosidad. Tampoco es que su trabajo fuese el más emocionante del mundo: lo más intenso que había vivido era el atasco de la fotocopiadora. A punto de jubilarse se merecía un poco de aventura, ¿por qué no?
Dejó a Luis revisando toda la información sobre el director y salió de la sala. A los pocos minutos regresó con una carpeta. Con una sonrisa de complicidad se la entregó al muchacho que no había terminado de leer todo lo relacionado con la reforma del Hospital, las muertes de los niños por sobredosis de Talio y el suicidio de Alejandro Sandoval.
—¿Cómo los ha conseguido? —Luis no podía creerlo.
—Adela, la del Registro Central me debe algún que otro favor… —sin entrar en más detalles, le guiñó el ojo.
Abrió la carpeta y leyó los documentos con rapidez. El primero de los informes decía lo siguiente:
HOSPITAL REAL DE GRANADA
Paciente ingresada con anemia severa después de un desmayo en su casa. Embarazada de 2 meses, las pruebas diagnostican un principio de anorexia.
Queda ingresada por orden de la familia hasta su total recuperación.
Fdo. Don Alejandro Sandoval Herrero
—Manuela, —miró a la recepcionista— esto significa que Estela tuvo un hijo —continúo.
La mujer se quedó pensando unos segundos hasta que, por fin, rompió el silencio.
—¿No dice nada más?
—En este otro informe pone que su hijo murió tras unos días de haber nacido, por un problema cardiaco. Nombre del bebé: Diego Mendoza Aguilar.
—Vaya, qué pena —la mujer se hundió en la silla.
—Un momento —rebuscó entre los recortes de periódico hasta encontrar el que buscaba.
—¿Qué ocurre? —la mujer le miró con cara de intriga.
—Algo no me cuadra…demasiada casualidad que el hijo del doctor tenga el mismo nombre que el de Estela, ¿no le parece? Y aquí en este otro artículo parece que los marqueses conocían muy bien al director.
—Podría ser, pero ellos donaron una suma importante al hospital para la reforma, aquí lo dice…
La recepcionista le miró como si supiera lo que Luis estaba pensando.
—¿No creerá que…? —la emoción se apoderó de su voz, que se elevó más de lo permitido en la sala, con el seguido siseo de los demás usuarios.
—¿Qué se apuesta a que sí? —las mariposas en su estómago no paraban de revolotear —. Manuela, —miró a la mujer que se había quedado perpleja y con la boca abierta —me ha sido usted de mucha ayuda, de verdad. Muchísimas gracias, no la quiero robar más tiempo. Vaya con su nieto y disfrute, se lo merece.
Antes de poder confirmar sus sospechas y de contarle al señor Mendoza lo que había averiguado, Luis necesitaba hablar con Triana y que ella se hiciese cargo de Chico, sobre todo si tenía que ausentarse unos días para ir a Madrid para seguir con las averiguaciones. Sabía que podría pedir en la tienda unas vacaciones sin problemas. Estaba convencido de que él iba a descubrir algo importante.