12
Luis no había podido quitarse de la cabeza a Ernesto Mendoza. Después del incidente con Chico y sabiendo que el animal no corría peligro, continuó con las averiguaciones por su cuenta, pero no consiguió mucho más de lo que ya sabía hasta el momento. Necesitaba concretar la búsqueda y eso solo podía conseguirlo hablando con el anciano. Iría a verle después de salir de la tienda.
Mientras tanto, el señor Mendoza andaba recluido en su habitación del hotel. Se sentía demasiado cansado para continuar con el propósito de su viaje. El marcapasos que llevaba implantado tras los dos infartos que había sufrido no era suficiente para darle las fuerzas necesarias. Sabía que se le acababa el tiempo, pero aún no podía marcharse hasta que no pidiese perdón al amor de su vida y esta le perdonase por todo el daño que le había causado, aun sin pretenderlo. Cuando aquel joven de la tienda de antigüedades, Luis, le pidió conocer la historia, no le quedó más remedio que aceptar.
Luis llegó al hotel a la hora acordada. Desde la recepción avisaron al señor Mendoza de que tenía una visita.
—¿Quiere tomar algo, joven? —lo dijo mientras sacaba del minibar una botella de agua. Luis negó con la cabeza. Estaba ansioso por oír la historia. Después de escuchar al hombre durante casi dos horas, sus ojos no dejaban de brillar.
Cuando Ernesto terminó, su cara estaba pálida por la emoción y los recuerdos, y al igual que aquel día en la tienda, su corazón comenzó a latir tan deprisa que se sintió mareado. Bebió un poco de agua y se dirigió al dependiente, que no salía de su asombro. Lo que él se había imaginado en su cabeza no tenía nada que ver con lo que le acababa de contar el anciano.
—¿Entiende, joven? —tenía los ojos vidriosos y le dolía todo el cuerpo—. Necesito saber si Estela está viva, ya no me queda tiempo —suspiró.
Luis se ofreció para ayudar en todo lo que pudiese. Después de anotar la dirección del palacete de la familia Aguilar- Almansa, se dirigió allí. Se preguntaba si sería capaz de encontrar el hilo que le condujera a la condesa.
Después de despedirse del anciano y todavía alterado por lo que había escuchado, las mariposas de su estómago no paraban de revolotear; todo su cuerpo estaba tenso por la carga de adrenalina generada. Salió del hotel como un autómata y con la cabeza a mil; ahora era su corazón el que latía como un caballo desbocado. En la puerta del hotel se cruzó con Jesús, que entraba a trabajar en ese momento.
—Primo, ¿ya ni saludas? —el recepcionista se puso delante de Luis, que ni por esas le vio—
¿Qué haces en el hotel? —le preguntó el hombre con una sonrisa.
—Jesús… hola… esto… luego te cuento…
—Vale, luego hablamos… —el recepcionista se encogió de hombros y entró en el hotel. Conocía a Luis y sabía que algo se traía entre manos con el tal Mendoza. Su entusiasmo y sus pájaros en la cabeza le hacían comportarse muchas veces de aquella manera; era algo habitual en él, provocando despistes en el joven de los que no siempre salía bien parado.
Condujo hasta llegar al barrio de los Cármenes, en la zona más elevada de Granada y detuvo el coche frente a la dirección indicada. Al menos tenía una pista para poder investigar.
Llamó. Mientras esperaba observó con detenimiento los detalles: la puerta, el balcón adintelado, el escudo…Nadie contestó. Sería una pena que no consiguiese ninguna información; el desánimo le invadió durante unos segundos, pero no estaba dispuesto a irse con las manos vacías. Seguramente alguien conociera a la familia, aunque hubiesen pasado muchos años. Decidió dar una vuelta por los alrededores.
Era una zona que invitaba a la amistad, por sus patios con enormes enredaderas, huertas y atardeceres. Se acercó a un hombre que blanqueaba la fachada de una vivienda y le preguntó sobre los marqueses, pero el hombre no llevaba tanto tiempo viviendo en la zona y no había visto nunca a nadie entrar o salir de la casa. Después de darle las gracias y dejarle una tarjeta de contacto por si se enteraba de algo, el muchacho continuó. Empezaba a refrescar y el viento comenzó a hacer acto de presencia. Se cerró el plumas de color rojo que llevaba puesto y metió las manos en los bolsillos. Caminó durante varios minutos sin resultado. Desilusionado, se detuvo delante de una casita: el color de los geranios colgados en la fachada contrastaba con el blanco inmaculado de la misma. Se notaba que eran cuidados con mimo y cariño. Estaba abstraído, admirando la florida decoración, cuando la puerta de la casa se abrió. Una mujer, regadera en mano, salió ataviada con un delantalito de rayas blancas y rojas y el pelo recogido en un moño; se sorprendió al ver a Luis allí parado delante de su puerta, y le dio las buenas tardes.
—Buenas tardes, señora, disculpe que la moleste —el chico se fijó que en la mano que no llevaba la regadera, la mujer llevaba un recipiente con comida. Lo dejó en el suelo, junto a la puerta. Varios gatitos se acercaron maullando a degustar una rica merienda.
—Pues yo no recuerdo a esa familia que me dice, joven —lo dijo pensativa, después de que Luis preguntase por los marqueses —pero, por los años que dice que hace, mi madre seguro que sabe algo —la mujer entró y regresó unos minutos después acompañada de otra mujer.
La señora Maruja, como ella misma se presentó, era una anciana entrañable. A sus ochenta y siete años, había vivido una guerra, se había quedado viuda demasiado pronto con diez hijos a su cargo, el más pequeño con once meses; había visto morir a tres de ellos, a todos sus hermanos y a dos de sus nietos. Ahora, junto a su hija menor, Pepi, y a su yerno, seguía viviendo en la misma casa en la que nació. Se sentó en el banco de piedra adherido a la pared e invitó a Luis a hacer lo mismo. Pepi preparó un poco de limonada mientras charlaban.
—Ay, hijo, de eso hace ya mucho tiempo —la mujer se quedó pensativa—. Una historia muy triste que dio mucho de qué hablar —continuó.
Pepi salió en ese momento con un chal y se lo puso sobre los hombros a su madre.
—Gracias, hija —lo dijo con la voz trémula y sin fuerzas. Continuó.
—Estela y yo éramos amigas, muy buenas amigas, desde niñas. Mi padre era el mayordomo de la familia y mi madre trabajaba como cocinera; pasábamos muchas horas juntas. La cantidad de trastadas que habremos hecho, la cantidad de secretos que habremos compartido, la cantidad de risas y juegos… —la mujer se detuvo durante unos segundos recordando aquellos tiempos de juventud, quizás uno de los más felices e inocentes de su vida.
Luis miró a Pepi, que no le quitaba los ojos de encima a su madre. Sabía que estaba muy delicada de salud y cualquier emoción podría afectar a su estado.
—Madre, beba un poco de limonada —la mujer le acercó un vaso con el zumo de frutas y esperó con paciencia a que ella hubiese bebido para retirarlo y dejarlo de nuevo en la bandeja.
—Pues como le iba diciendo, Estela y yo éramos amigas. Era una muchacha alegre y llena de vitalidad, nada que ver con los padres; aunque siempre se portaron muy bien con nosotros. Los marqueses se disgustaron mucho cuando ella se enamoró de un joven…no recuerdo ahora mismo su nombre…hace demasiados años de eso…y de la noche a la mañana, Estela desapareció, como si se la hubiese tragado la tierra —la mujer suspiró—. El muchacho también dejó de venir por aquí. En la casa, la servidumbre chismorreaba sobre lo ocurrido, aunque nada fiable. Mi padre me contó años después que la habían ingresado en el hospital por una enfermedad de la sangre y que después de eso, la familia se había mudado a Francia. Los marqueses vendieron la casa y la compró una inmobiliaria extranjera, y nunca más se supo nada de ellos —la cara de la mujer palideció y comenzó a toser.
—Señora, ¿se encuentra bien? —Luis miró a Pepi, que se había levantado para darle otro poco de limonada.
—Sí, hijo, sí, es que hay veces que me falta el aire —dijo cuando se le hubo calmado la tos.
Se había echado la mano a una cadenita que llevaba al cuello con un pequeño colgante y lo acarició; los ojos se le habían humedecido
—¿Ve este colgante? —se dirigió a Luis, que asintió—. Es un banco con dos corazones, me lo regaló mi marido cuando se fue a la guerra; nunca más volvió; aún me acompaña en mis largos días de espera hasta que vuelva a reunirme con él…mis hijos y hermanos también me esperan… Algún día le contaré la historia…
—Claro que sí, señora —a Luis se le puso un nudo en la garganta —me encantará escucharla —lo dijo ayudando a Pepi a levantar a la anciana.
—Venga, madre. Entremos, tiene que descansar.
—Gracias, señora Maruja, volveré a visitarla —Luis las siguió con la mirada hasta que desaparecieron tras la puerta.
Después de despedirse de las dos mujeres, se tomó unos segundos para recuperarse. El Hospital Real era su siguiente parada. Si la señora Maruja estaba en lo cierto podría descubrir algo más sobre el paradero de la condesa.