Entre tus manos 11
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El mayordomo entró en el despacho.

—Señor, el profesor de piano ha llegado y le espera en la sala.

—Gracias, George, enseguida bajo. Avise por favor a mi esposa de que el señor Mendoza ya está aquí.

Enric esperó a que el mayordomo se hubiese marchado para guardar en la caja fuerte los documentos que tenía sobre su mesa y descolgó el teléfono.

—Tenemos que hablar. Es importante…No, no puede esperar…De acuerdo, en media hora en tu casa. Voy ahora mismo —colgó y salió del despacho dando un portazo.

Ernesto Mendoza esperaba en la sala.

—Señor Mendoza, gracias por su amabilidad —Enric le tendió la mano—. Sé que está muy ocupado y le agradezco que haya hecho un hueco en su apretada agenda para darle clases a mi esposa.

—No se merecen, duque. No es ninguna molestia, al contrario. Soy yo quien le está agradecido por su ayuda.

—Por favor, podemos tutearnos, Ernesto —Enric le dio una palmada en la espalda mientras miraba hacia la puerta—. Mi esposa no tardará en bajar…Oh, aquí está…Estela, querida, ¿estás lista para tu primera clase?

Estela asintió.

—Espero que tenga usted paciencia conmigo, señor Mendoza…

—Llámeme Ernesto, por favor.

—Espero que tenga usted paciencia conmigo, Ernesto —continuó—. Mi esposo hace todo lo posible por complacerme, pero no estoy muy segura de ser una buena alumna.

—Seguro que sí, solo se necesita un poco de paciencia y práctica, y ya verá cómo en breve se ven los resultados —Ernesto la miró a los ojos y se vio años atrás en Granada.

—Bueno, no quiero entreteneros más —Enric le dio un beso a Estela—. Espero que disfrutes de tu clase, querida.

—Pero, ¿te marchas? —Estela se puso nerviosa al ver que Enric se preparaba para salir.

—Será por poco tiempo. Tengo que resolver un asunto de negocios, pero te prometo que estaré de vuelta antes de que termines tu clase —Enric salió de la sala dejándolos solos.

Estela estaba decidida a mantener la distancia con Ernesto. Le trataría como lo que era, su profesor de música y nada más. Daría un par de clases para complacer a Enric y luego se inventaría cualquier excusa para deshacerse de aquella situación tan incómoda. Ahora era una mujer casada e iba a tener un hijo de su esposo. Ernesto formaba parte del pasado, al igual que el hijo de ambos. Después de tantos años sin tener noticias de él, eran como dos desconocidos. Él había tomado la decisión de desaparecer de su vida sin importarle sus sentimientos, sin tan siquiera una explicación, sin querer conocer a su bebé. Había derramado tantas lágrimas que no le quedaban más. Le odiaba con todas sus fuerzas, pero Enric no podía saber nada de su vida anterior en Granada. Ya no era la misma muchacha ingenua, la antigua Estela había desaparecido. No había vuelta atrás. Cogió aire y se giró.

—¿Desea tomar algo, señor Mendoza? —lo hizo mientras llamaba a George, mirándole a los ojos con la frialdad y el recelo de un felino que estudia minuciosamente los movimientos de su presa.

—No, es usted muy amable, pero será mejor que comencemos con la clase —Ernesto le siguió el juego. No sabía por cuánto tiempo podría resistir sin decirle lo mucho que la había echado de menos y lo mucho que la quería. No sabía por cuánto tiempo podría mantener la compostura y no besarla, pero tampoco quería forzar la situación. Estaba claro que Estela no se lo pondría fácil, pero estaba dispuesto a conquistarla de nuevo y a ganarse su confianza. Así que se limitó a ser lo que ella le había dejado muy claro que era: su profesor de piano.

La clase transcurrió con aparente normalidad para cualquier persona que observase desde fuera, y así los encontró Enric a su regreso, pero por dentro, en el interior de cada uno se libraba una dura batalla.

Enric entró en la casa dando un portazo. Subió las escaleras lo más deprisa que pudo y se encerró en el despacho. Sacó unos documentos de la caja fuerte. No podía creerlo ¿Cómo se había dejado convencer por su suegro para formar parte de aquel negocio? Si era cierta la información que le había llegado de otros inversores, lo habría perdido todo. Desplegó con rapidez el tomo de papeles sobre el escritorio hasta encontrar el que buscaba. Lo leyó con los ojos enrojecidos por la tensión y la adrenalina generada. No había nada que hacer. Se llevó las manos a la cabeza. Era el final. Los sucios negocios del marqués de Soto Grande le habían arrastrado sin remedio hasta aquella situación y él había caído como un pardillo. Solo quedaba en pie el negocio de su esposa y ahí no tenía nada que hacer. Ahora estaba entre la espada y la pared. El marqués era un hombre sin escrúpulos, con un alto poder de convicción, de extorsión y de destrucción. No podía ceder a su petición de involucrar a Estela en sus asquerosos tejemanejes, pero tampoco veía otra solución. Unos toques en la puerta le sacaron de sus pensamientos. Recogió los documentos rápidamente y contestó.

—Enric, ¿ocurre algo? —Estela asomaba por la puerta.

—No, querida. He visto que todavía no habías terminado y no he querido interrumpir —lo dijo todo lo convincente que pudo.

—El señor Mendoza se marcha ya. Está esperando para despedirse, pero si ahora estás ocupado…

—No, en absoluto, dile que enseguida bajo —lo dijo mientras guardaba de nuevo los documentos en la caja fuerte.

Estela le miró, sabía que algo ocurría, pero era mejor no inmiscuirse en los asuntos de Enric, al igual que él no se inmiscuía en los suyos.

La despedida fue fría. Ernesto se mantuvo alejado de todo comportamiento personal hacia ella. Después de un cordial apretón de manos con el duque, se marchó con la sensación de una derrota. Pero luego pensó que una batalla no era una guerra perdida y se alejó a toda prisa de allí.

A la mañana siguiente, Estela se levantó con un terrible dolor de cabeza. Con las energías puestas en la próxima carrera; lo que menos necesitaba era tener ninguna distracción, y la aparición de Ernesto la había dejado fuera de sí. No podía permitirse ningún error, y mucho menos volver a un pasado que tanto sufrimiento le había causado.

Llegó a los establos bien temprano. Sabía que la próxima carrera era muy importante y que se jugaban mucho en ella. Rayo era uno de los favoritos y, aunque se encargaba personalmente de su cuidado y de su entrenamiento, no podía descuidar nada. Bajó de su yegua y se la entregó a uno de los mozos. Tendría que ir buscando otra forma de llegar a los establos, debido a su embarazo, y Enric se estaba poniendo ya muy pesado con eso. Pero a Estela le relajaba el montar y dar grandes paseos a lomos de Libertad. Echaba de menos galopar sin freno por la colina y sentir el viento en la cara. Por suerte, seguía manteniendo la figura y todavía tardaría algún tiempo en hacerse visible su estado.

—Señora —un hombre de mediana edad salió a su encuentro.

—Buenos días, Gustavo, ¿qué tal se está portando Rayo?

—La verdad, muy bien, está en las mejores condiciones y las apuestas a su favor han subido considerablemente —el hombre la tomó de la mano para ayudarla a sortear un charco.

—Me alegra oír eso —tras su sonrisa se podía ver el cansancio. Miró al cielo. Los nubarrones se habían concentrado sobre ellos y amenazaban con más lluvia. Había sido una semana complicada en cuanto a las condiciones climatológicas. Las tormentas habían embarrado el suelo, dificultando los entrenamientos.

—No se preocupe, el tiempo mejorará, ya lo verá —el hombre vio la preocupación de Estela antes de que esta pudiera decir nada.

—Gracias, Gustavo, no sé qué habría hecho sin tu ayuda. En cuanto a lo de tu esposa, cuenta con ello; en la casa siempre hay tareas que hacer. Dile que venga mañana y yo misma hablaré con ella.

—No sabe cuánto se lo agradezco, señora.

—Pierde cuidado, Gustavo. Y ahora, vamos a trabajar antes de que comience a diluviar. Rayo estaba descansando en su cuadra. Al ver a Estela olfateó el aire y se acercó.

—Hola, precioso —le acarició el lomo, lo que provocó un leve movimiento de cabeza del animal, a modo de saludo—. Tienes hambre, ¿verdad? No te preocupes, enseguida tendrás tu buena ración de pienso, y después un buen cepillado, ¿qué te parece? —Rayo le dio un toque suave con su hocico y Estela le dio un beso.

Desde que había dedicado su tiempo a los caballos, se sentía mucho más cerca de su tierra. Añoraba el olor a los naranjos, las noches cálidas de verano y a sus gentes. Lo único que le unía ahora con Granada eran aquellos purasangres.

—Se nota que tienen un vínculo especial —Gustavo llegó con la comida de Rayo —Es un buen caballo —continúo.

—Solo necesitan que se les trate con cariño; pero sí, Rayo es muy especial para mí.

—Créame cuando le digo que llevo dedicado a esto toda mi vida y sé distinguir cuándo un caballo es especial, y Rayo lo es. Tiene fuego en la mirada cuando corre. Es valiente y noble a partes iguales. Sí, es un buen caballo, de pura raza.

Uno de los mozos se acercó a ellos reclamando la presencia de Gustavo al teléfono.

—Dicen que los animales se parecen a sus dueños —la joven continuó hablando, sabiendo que solo Rayo podía escucharla—, pero no es verdad —continuó—. Yo no soy tan valiente como tú —el caballo pareció entender lo que decía, porque se acercó de nuevo y la miró de frente. Estela se vio reflejada en los ojos del animal.

Mientras, al otro lado de las cuadras, Gustavo colgaba el teléfono con el rostro descompuesto. No podía hacerle eso a la señora Estela, pero si no hacía lo que el señor Enric le había dicho, este le despediría. Necesitaba el trabajo para mantener a su familia, pero no podía, la señora se había portado siempre muy bien con él, y Rayo…no podía hacerle eso al pobre animal.

Desde el despacho de la casa, Enric colgó. Sentía la espalda tensa y le dolía la cabeza. Pero qué diablos, era solo un caballo y si todo salía bien, ganaría una buena suma de dinero. Estaba seguro de que Gustavo no diría nada, le conocía desde hacía mucho tiempo y era un trabajador leal. Además, él también ganaría un buen pellizco. Su esposa nunca se enteraría y podría recuperar el dinero que había perdido en los negocios de su suegro. Tenía que reconocer que el Marqués guardaba siempre un as en la manga.

****

La tarde había refrescado. Una gran afluencia de público en las gradas mostraba lo importante que era el Prix de L’Arc de Triomphe. Las apuestas estaban muy reñidas y la competencia entre Rayo y Cascabel era muy alta. Partían como favoritos por su palmarés de carreras ganadas. La sorpresa podría darse en el último segundo; no sería la primera vez que así sucedía.

Los jockeys estaban preparados y ultimando los detalles antes del gran momento.

—No sé qué le pasa— Estela intentaba calmar a Rayo.

—Sí, está demasiado inquieto —Gustavo corrió en su ayuda al ver que la joven no era capaz de hacerse con el animal.

—Quizás deberíamos retirarnos, no me parece que esté en condiciones de correr, ¿qué opinas, Gustavo? —Estela estaba preocupada. El comportamiento del caballo no era normal.

—No sabría decirle, señora —Gustavo miró al suelo— Si se retira sin participar perderá el apoyo de los patrocinadores, ya lo sabe.

—Lo sé, Gustavo, pero antes está la salud de mi caballo. No lo expondré a un riesgo innecesario, ni a él ni al jockey, ni por supuesto al resto de participantes.

—Señora, yo… —el hombre balbuceó.

—¿Qué ocurre, Gustavo? —se giró hacia él.

—¿Qué tal, querida? ¿Todo preparado para el gran momento? —Enric se acercó sonriente.

—No vamos a participar —Estela había tomado una decisión. Las palabras de su esposa le cayeron como un jarro de agua fría. Ahora no se podía permitir una retirada de la competición. Buscó con la mirada el apoyo de Gustavo, al que no le quedó más remedio que intentar convencerla de lo contrario.

A escasos cinco minutos de comenzar la carrera, los participantes estaban ya preparados en sus puestos de salida. Estela no estaba muy segura de haber tomado la decisión correcta, pero ya no había vuelta atrás. Confiaba en Gustavo. Sabía que el hombre no haría nada que perjudicase a Rayo, pero no podía evitar el sentimiento de intranquilidad que le recorría por el cuerpo.

Los jockeys trataban de calmar a sus caballos mientras esperaban con impaciencia la señal. Con los nervios contenidos y la concentración puesta en la meta, salieron casi todos a la vez. Pronto Rayo comenzó a sacar ventaja, seguido muy de cerca por el otro favorito, Cascabel. El público gritaba eufórico desde sus asientos. Era todo un espectáculo ver la lucha entre ambos. Cascabel se puso a la altura de Rayo y en un momento en que iban a la par, el animal frenó en seco y el jockey salió despedido por los aires, quedando inmóvil en el suelo, a pocos metros del animal, que agonizaba en mitad de la pista por un ataque al corazón. Estela observaba todo aquello horrorizada. Junto a ella, Enric intentaba consolar a su esposa, mientras respiraba aliviado: el haberse deshecho del caballo para siempre le había salvado de la quiebra.