Entre tus manos 10
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El matrimonio de Alejandro y Rut iba como la seda. No solo eran marido y mujer, sino también compañeros dentro y fuera, amigos y confidentes y, lo más importante, eran buenos padres. Diego les había dado la oportunidad de formar una familia. Pocos meses después de la boda, Alejandro le contó a su esposa que el pequeño era el hijo de Estela y la trama de los Marqueses de Soto Grande. Al principio, la reacción de Rut no fue la esperada por Alejandro y pasaron una temporada algo tensa, pero ella sabía que su esposo era un hombre bueno y que el hospital lo era todo para él, así que terminó por perdonarle.

Alejandro seguía siendo director en el hospital. Las excelentes mejoras en las instalaciones y su perseverancia en llevar una atención digna a los habitantes de Granada le habían dado la fama de mejor hospital de la ciudad.

Aquella mañana su rostro tenía un halo de preocupación poco habitual en él. Tras la epidemia de tiña en el orfanato provincial, esta se había extendido como la pólvora. El día se presentaba complicado, como venía siendo habitual en los últimos tiempos. Le dolía la cabeza. El cansancio por la sobrecarga de trabajo no le dejaba dormir bien. Se quitó las gafas y cerró los ojos. Sintió alivio.

—Alejandro, ¿tienes un momento? —el doctor Santaolalla entró en el despacho.

—Sí, Javier, dime —se puso de nuevo las gafas y notó cómo la luz entraba en sus ojos como alfileres.

—Será solo un segundo —el doctor Santaolalla se sentó —necesito que me firmes la autorización para administrar las dosis de Talio. Alejandro, ¿me escuchas? ¿Te encuentras bien?

—Esto…sí, sí, Javier, es solo que el dolor de cabeza me está matando —cerró los ojos con fuerza.

—¿Cuánto hace que no descansas?

—Eso ahora no importa, esos pobres niños necesitan toda la atención posible y estoy hasta arriba de papeleo antes de la reunión con el equipo médico.

—No te preocupes, solo necesito tu firma. Yo relleno los datos de los pacientes con la cantidad de dosis.

—Te lo agradezco, Javier. Dime, ¿cómo están reaccionando los niños a la medicación?

—Bien, el Talio está funcionando, pero los contagios aumentan más deprisa de lo que quisiéramos. No te preocupes, estamos siguiendo el protocolo para estos casos.

—Mantenme informado, por favor.

Continuó un par de horas más con el papeleo hasta mediodía. Había quedado con Rut para comer juntos, pero antes quería visitar a los niños que estaban más enfermos. Ya en casa, se tomó un analgésico. Le vendría bien descansar un poco antes de volver al hospital. Se recostó en el sillón y se quedó dormido.

—Alejandro, despierta —la voz de Rut sonaba angustiada —han llamado del hospital. Es urgente.

Alejandro entró como una exhalación en la sala de médicos del hospital de Granada. Allí, sentado y con el rostro desencajado, le esperaba el doctor Javier Santaolalla.

—Alejandro…no sé cómo ha podido pasar…ha habido un error con las dosis…Oh, Dios, este es el final de mi carrera —el doctor Santaolalla se llevó las manos a la cabeza entre lágrimas y sollozos.

—Vale, tranquilízate, ya no podemos hacer nada. La culpa no es solo tuya, yo tendría que haber rellenado los informes —Alejandro intentó pensar con rapidez— ¿Quién más lo sabe? — continuó.

—Los doctores Sagreras y Manríquez… y también una de las enfermeras, Beatriz.

—Vale, que vengan, intentaré que salgamos lo mejor parados de esta situación…Pobres niños.

La terrible noticia saltaba sin remedio a los medios de comunicación:

«…doce niños del orfanato provincial fallecen por una sobredosis de Talio. El director del hospital y uno de los médicos están siendo investigados».

Alejandro dejó encima del escritorio la carta que le había escrito a su mujer. La vergüenza y la culpa no le dejaban otra salida. Cogió una foto de su familia. Recordaba ese día, porque era el cumpleaños de Diego: su doceavo cumpleaños…Cómo había pasado el tiempo. Recordó a Estela, aquella joven de ojos verdes y el día en que la vio por primera vez en el hospital. Y su Rut, su querida y amada Rut. A pesar de que nunca le dijo nada, ni un reproche por el pasado, sabía que estaba decepcionada con él. Abrió el cajón y sacó un bote de pastillas. Los periódicos tendrían otra suculenta noticia para publicar:

“El director del Hospital de Granada se suicida tras el asesinato de doce niños”.

Al entierro solo asistieron Diego y Rut. Después del escándalo y el revuelo decidieron que lo mejor sería un funeral lo más discreto posible. Necesitaban alejarse de allí, al menos una temporada. Rut sabía lo que era crecer sin padres y no quería que su hijo tuviera que soportar los cuchicheos de la gente a sus espaldas, ni cargar con unos errores que no eran suyos. Irían a pasar una temporada a casa de su hermana, en Madrid, al menos hasta que todo se calmase.