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El trasiego de gente yendo y viniendo anunciaba un acontecimiento importante. Flores, adornos y comida iban de acá para allá en el Palacio de Solens. Se había contratado a los mejores cocineros del país, a los mejores organizadores de bodas y a los mejores músicos para amenizar el evento. Los marqueses de Soto Grande recibían a sus amistades más importantes, que se habían acercado hasta allí para felicitarles por el enlace entre su hija: la condesa de Medina y el Duque de Solens. El marqués hacía de anfitrión mientras la marquesa ayudaba a la novia con los preparativos. Isabel y Victoria estaban histéricas con la boda de Estela, y Enzo se había encargado del vestido. La familia estaba eufórica.
Estela, por el contrario, estaba de lo más tranquila y le divertía ver cómo todos andaban de cabeza. Aquella mañana salió a dar un paseo a caballo. Necesitaba estar unos minutos a solas. El Duque era un hombre bueno e influyente y estaba convencida de que la quería. A su manera, pero la quería. Se habían abierto camino entre la sociedad parisina y los negocios de caballos iban viento en popa.
Acarició a su purasangre traído directamente desde España, desde su tierra. El animal relinchó al notar la mano de Estela. Desde que se anunció su compromiso con el Duque había estado pensando en cómo sería su vida si se hubiera casado con Ernesto, junto a su hijito vivo. Nadie sabía sobre su pasado y así tenía que continuar. Para sus amistades en Francia, para sus tíos y sus primos, ella era una joven sin más vida que sus estudios y las vivencias de cualquier muchacha de su edad.
El sonido de un caballo acercándose la sacó de sus pensamientos.
—Estela, ¿qué haces aquí? Será mejor que regreses a la casa, tu madre está histérica y nos está volviendo locos. Tienes que vestirte —Victoria bajó del caballo y se acercó a su prima al ver que ésta no pronunciaba palabra.
—Me gustaría ser como este caballo —dijo— galopar sin freno y no parar hasta quedar sin aliento.
—Estela, ¿estás bien? —Victoria puso la mano sobre el hombro de su amiga. Desde aquel día en su casa se había cuidado muy bien de respetar la intimidad de la joven. Quería a su prima y no quería atosigarla si ella no quería contar nada de su vida, pero intuía que Estela no era feliz, y que esa infelicidad tenía que ver con su pasado.
—Estaré bien.
—Sabes que sea lo que sea que te ocurra, puedes contar conmigo. Lo sabes, ¿verdad? Si no estás convencida de esta boda, no tienes que hacerlo. Yo te apoyaré siempre, decidas lo que decidas.
—Lo sé —miró a su prima a los ojos y luego respiró profundamente—. Volvamos a la casa antes de que a mi madre le dé algo. Tengo una boda que celebrar.
La vida de casada no fue mucho más diferente que la vida de soltera. Las fiestas, las salidas, las compras... todo seguía igual que siempre. Enric pasaba largas temporadas fuera por asuntos de negocios y Estela pasaba el tiempo de la mejor manera posible. Si una de sus pasiones habían sido los caballos, ahora se habían convertido en una necesidad, en una forma de mantenerse ocupada. Empezó a participar en competiciones de salto y ella misma se encargaba de cuidar a su yegua Libertad.
Siempre que Enric regresaba de sus viajes, traía multitud de regalos, joyas, perfumes, vestidos... se deshacía en detalles con ella.
Estela sirvió el café a su marido, que leía el periódico.
—Estamos de suerte —dijo él, mientras pasaba las hojas —las acciones siguen subiendo.
—Qué buena noticia, Enric. ¿Eso quiere decir que tendrás que salir de viaje otra vez? — Estela hizo un gesto de desagrado.
—Eso quiere decir que voy a quedarme una larga temporada en casa, con mi mujercita — dijo él levantándose y dándole un beso en la nariz arrugada.
—¿De verdad?
—Claro que sí. Y para celebrarlo, saldremos esta noche a cenar, ¿qué te parece?
—Podríamos quedarnos en casa…
—Hay una reunión de inversores y estaría bien que fuésemos. No podemos descuidar el negocio. Algo tranquilo, una cena, música... nos vendrá bien relajarnos un poco.
—Está bien, pero luego prométeme que te tendré solo para mí, sin fiestas, ni reuniones, ni gente a nuestro alrededor.
—Prometido— Enric veía cómo la cara de Estela iba cambiando según avanzaba la conversación. Le gustaba perderse en el verde de sus ojos. Tenían un poder especial sobre él y no podía negar nada de lo que aquella mujer le pidiera. Estaba enamorado de ella hasta los huesos.
Caras conocidas entre los asistentes quitaron formalidad y seriedad a la reunión. Un cuarteto de músicos amenizó la comida. Las mujeres chismorreaban de sus amigas y conocidas y los hombres cerraban negocios entre copas de licor y el humo de sus cigarros.
—Estela, se comenta que es usted una excelente amazona, y que ese caballo vale una fortuna—el hombre la miró por encima de sus lentes mientras soltaba una bocanada de humo.
—No hay nada de especial. El único secreto es tratar bien al animal y la compenetración entre ambos.
—Hablemos entonces de negocios —se dirigió a Enric— ¿cuánto estarías dispuesto a aceptar por ese caballo?
—Querido amigo, ese tema lo tendrás que hablar con mi esposa, aunque mucho me temo que no habrá suerte —Enric sabía que Estela no lo vendería ni por todo el oro del mundo.
—Mi marido tiene razón, no está en venta —tras una sonrisa de amabilidad, su mirada desprendía un brillo desafiante.
—Bueno, otra vez será —el hombre lanzó una carcajada—. Y ahora, pasemos al salón, les tengo reservada una sorpresa.
Todos los comensales se levantaron y se dirigieron a la sala contigua; todos, menos Estela.
—Estela, ¿no vienes? —preguntó Enric.
—Ahora voy, solo necesito tomar un poco el aire, demasiado vino.
Salió al balcón. La noche estaba tranquila. La suave brisa apaciguó el calor que le subía por el rostro. Tal vez aquellas personas midieran el valor de las cosas por el dinero, pero a ella eso nunca le había importado. Estaba cansada de aquella gente tan superficial, de ocultar las emociones para encajar entre ellos. Odiaba en lo que ella misma se había convertido. Cuántas veces habría deseado gritar a los cuatro vientos sus sentimientos.
Centró su atención en la música proveniente del salón. Tenía que entrar de nuevo; parte de los negocios de Enric le llegaba a través de las amistades, y a él le gustaba que ella le acompañase siempre que fuera posible. Se arregló el vestido y se dirigió a la sala. El Duque salió a su encuentro y la besó en la mejilla.
—Ven querida, te voy a presentar. Te lo has perdido, ha sido espectacular.
Se abrieron paso hacia el otro lado del salón, hasta llegar a donde el grupo de personas hablaban con un hombre.
Los ojos de Estela se abrieron como si hubiese visto un fantasma. No podía ser. Intentó mantener la compostura. Ernesto reaccionó con rapidez y le tendió la mano cuando Enric le presentó a su esposa.
—Señora, a sus pies. Su marido no exageraba acerca de su belleza.
—Le estaba diciendo al señor Mendoza que eres una apasionada de la música —el duque estaba entusiasmado.
—Bueno, no haga demasiado caso a mi marido, señor... Mendoza. Él siempre exagera — Estela se mostró fría y distante.
—Bueno, de momento puedo ayudar a solventar ese problema —Ernesto desplegó la mejor de sus sonrisas sin apartar la vista de los ojos de Estela. Tocaré una canción más, en exclusividad para usted. ¿Quiere alguna en particular?
—Me da igual, la que prefiera.
—Pues vamos allá, sus deseos son órdenes, esta canción la compuse para alguien muy especial para mí —Ernesto se dirigió hacia el piano.
En el silencio de la sala la música envolvió toda la estancia, dejando con la boca abierta a los invitados. A todos menos a una. Estela no podía escuchar otra cosa que el nombre de Ernesto resonando en su cabeza. Estaba aturdida por aquel encuentro y lo único que quería era salir de allí.
—Señor Mendoza, ha sido extraordinario —aplaudió el Duque de Solens—. Estaré encantado de recomendarle a mis amistades.
—Es usted muy amable. Llámeme Ernesto, por favor.
—Querida, estás muy pálida. ¿Te encuentras bien?
—La verdad es que me siento algo mareada —Estela notaba cómo un hormigueo le subía por las piernas y un sudor frío le recorría por la frente— ¿Te importa que nos marchemos?
—Por supuesto que no. Señor Mendoza... esto, Ernesto, ha sido un placer. ¿Estará usted aquí por mucho tiempo?
—El placer ha sido mío, duque. Creo que me quedaré por una temporada. Señora, mejórese.
Estela estuvo varios días en cama con fiebre. Deliraba entre sueños empapada en sudor. Enric estaba muy preocupado. Había llamado al médico.
—Un resfriado, no le des más importancia, Enric —le había dicho el doctor— déjala descansar y dale la medicación. Llámame si empeora o la fiebre no remite en un par de días.
Enric no se separó de su lado ni de día ni de noche. Amaba a esa mujer más que a su propia vida.
Estela abrió los ojos. Por un momento no supo dónde se encontraba. Vio a Enric sentado a su lado, dormido. Intentó incorporarse, pero se sentía sin fuerzas.
Enric abrió los ojos y vio a Estela despierta. Le puso la mano en la frente para tomarle la temperatura; parecía que la fiebre había remitido.
—Por fin estás despierta. Me tenías muy preocupado —se sentó en el borde de la cama, a su lado, y le tomó las manos.
—¿Qué ha ocurrido? No recuerdo nada —dijo ella incorporándose despacio.
—¿No recuerdas nada de la reunión? Nos fuimos porque te sentías mal y ya en casa perdiste el conocimiento... pero no hables más; tienes que descansar. Pediré que te suban el desayuno —salió de la habitación para que su esposa descansara.
Estela empezó a recordar lo ocurrido. Había visto a Ernesto en la fiesta. No podía ser, después de tanto tiempo. ¿Y si le había contado algo a Enric? Quizás se hubiese marchado de Francia.
Después de comer algo, se sintió con más fuerzas para vestirse y bajar al salón. Todavía estaba algo mareada. Vio a Enric revisando unos papeles. Al verla descender las escaleras se levantó y le tendió la mano para ayudarla.
—Tienes mejor aspecto.
—Me encuentro mejor, siento haberte fastidiado la reunión.
—No digas tonterías. Estaba preocupado. ¿Salimos al jardín? Te vendrá bien respirar aire fresco.
Dieron en silencio un paseo hasta llegar a las cuadras. Al verlos, Libertad se acercó a ellos.
Estela la acarició y el animal emitió un sonido.
—Te ha echado de menos —Enric rompió el silencio.
—Yo también a ella.
—Yo también te he echado de menos. Si te hubiese ocurrido algo, yo…
—Siento mucho haberte causado esa preocupación, Enric…
—Tú no tienes la culpa de haberte puesto enferma. No te puedes hacer una idea de cuánto te quiero, Estela. Todos hemos estado preocupados, tus padres, tus tíos, Victoria, Enzo…
—No me va a suceder nada, no te preocupes —le miró a los ojos empañados en lágrimas y le besó en la mejilla—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por cuidarme tanto —no pudo seguir hablando. Libertad se interpuso entre los dos, deseosa de recibir la atención de su dueña, lo que provocó la risa de ambos.
—Volvamos a la casa, todavía estás convaleciente, te tengo una sorpresa.
El piano lucía flamante en mitad de la sala. Estela abrió los ojos y no pudo evitar una exclamación de sorpresa.
—¿Para mí? —preguntó.
—Pues claro, mujer. ¿Para quién va a ser si no? —rio el duque.
—Pero yo no lo sé tocar. Lo aporrearé y te arrepentirás de habérmelo regalado.
—Me habría gustado habértelo regalado yo, pero en realidad, no es mío. Alguien se me adelantó —confesó el duque—. ¿Te acuerdas del músico de la reunión, Ernesto Mendoza? Pues es un regalo suyo.
—No lo quiero, devuélvelo —Estela frunció el ceño.
—Pero, ¿qué dices? No podemos hacerle ese desprecio. El hombre está agradecido porque le recomendé entre mis amistades. Te aseguro que ganará una buena suma de dinero.
—Pues no lo quiero. No me parece bien que, sin conocerle de nada, nos haga un regalo así.
—No seas tonta. Además, le he contratado para que te de unas clases de piano. No iba a soportar que aporrearas las teclas sin ton ni son. Me pondrías dolor de cabeza —rio el duque.
—Mira que eres tonto —le pellizcó el brazo con rabia, lo que provocó que él riera con más fuerza.
—Anda, no te enfades. ¿Te he dicho que te pones preciosa cuando te enfadas?
—Enric Christopher Joseph, eres insoportable. Yo también tengo una sorpresa para ti. Estoy embarazada.
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Ernesto apuró de un trago el güisqui de su vaso. El camarero se acercó para ponerle otro.
—Súbame una botella a la habitación.
—¿Algo más, señor?
—No, nada más.
Tumbado sobre la cama cerró los ojos. Tenía en sus retinas grabada la cara de Estela allí, junto al duque, junto a su marido. No se lo podía creer, después de tantos años sin saber de ella. Estaba preciosa, más que antes, si eso era posible. Sus ojos no habían perdido el brillo, ni su rostro la frescura. A pesar de eso, no parecía la misma.
Cogió la botella y se llenó el vaso. Tenía que hablar con ella, no podía dejar pasar la oportunidad de recuperarla. Se había comportado como un imbécil aquel día en la fiesta de su cumpleaños. Pero no había podido olvidarla. Era la mujer de su vida y el destino le daba ahora una nueva oportunidad de enmendar los errores del pasado. Pronunció su nombre... Estela…y de un trago, apuró el líquido marrón.