8
Esa mañana, el aire frío y húmedo le azotó el rostro. Lo que más echaba de menos era el sol de Granada. Los colores grisáceos de una ciudad como Kensington habían influido en su forma de ver las cosas. Esa rabia que había sentido contra Estela se había apagado. De algo estaba convencido, no había dejado de quererla, a pesar de la distancia. Lo más seguro es que ya se hubiese casado con el imbécil de Arturo y vivieran en una mansión rodeados de lujo y comodidades. Había luchado con todas sus fuerzas para olvidarla, por mantenerse firme en sus decisiones, pero el tiempo no había podido con la realidad de sus sentimientos. El corazón no estaba dispuesto a dejarse vencer por la razón y luchaba con uñas y dientes por ganar la batalla. Necesitaba despejar la cabeza después de tantos meses de esfuerzo, lejos de su tierra y de su familia. Cierto era que tenía muy buenos amigos: Henry, Charles, Lisa y Alana. La marcha de Tessa les había puesto triste a todos, aunque se alegraban por ella. Después del concurso, una importante compañía la había contratado para una gira por toda Europa. Una despedida agridulce les arrancó un pedazo de esa piña en la que se habían convertido.
El curso había pasado demasiado deprisa. Pronto llegarían las vacaciones y la Royal College of Music quedaría vacía de alumnos. Las doce del mediodía era la hora en que la dirección del centro anunciaba los resultados finales y, por consiguiente, quien era el merecedor de la beca. Necesitaba tomar el aire y decidió salir a correr. Intentó mantener la calma, pero el nudo que tenía en el estómago no se lo permitió.
El remolino de alumnos se agolpó delante del tablón de anuncios; todos querían lo mismo: saber si habían conseguido aprobar el curso. Ernesto llegó a la puerta de entrada del College, abriéndose paso entre la multitud. En el pasillo se cruzó con Charles, que salía.
—Enhorabuena, Ernest —le felicitó su amigo— matrícula de honor. Eres un crac.
Ernesto no podía creerlo, se acercó a donde estaban puestas las listas para convencerse de lo que Charles le había dicho. Quizás se hubiera equivocado al mirar el nombre y esa nota perteneciera a otra persona. No, no era un error. Allí estaba su nombre, y al lado la nota. Estaba feliz. Llamó a sus padres para darles la buena noticia y al escuchar el sollozo de su madre a través del teléfono, le pellizcó el corazón. Cuánto les echaba de menos.
—Un brindis por los aprobados —Lisa levantó su vaso y todos juntaron los suyos en el centro.
Los tres camareros del Lisa´s habían aprobado.
—Y ahora, un brindis por Ernesto, que ha sacado matrícula de honor.
—Sí, que diga unas palabras.
Ernesto se puso en pie. La emoción era tan fuerte que las palabras estaban atascadas en su garganta.
—Esto... —se aclaró la voz—. No sé por dónde empezar. Han sido meses duros, sin descanso, pero ha merecido la pena —tragó saliva y continuó—. Nada habría sido lo mismo sin vosotros, muchachos. Me habéis aceptado en vuestro grupo desde el primer día, como uno más. Me habéis dado ánimos cuando estaba sin fuerzas para seguir. Gracias —no pudo continuar.
El silencio tardó en romperse; cada uno de ellos estaba orgulloso de los demás. Como era habitual después de una jornada de trabajo, subieron uno a uno al pequeño escenario que tantas veces les había acogido en los últimos tiempos, y tocaron una vez más. No sabían si volverían a verse después del verano, así que, dieron todo de ellos mismos, como si fuera la última vez.
El verano llegó y después el invierno y otro nuevo curso, y después otro verano, y otro. Cada año que pasaba significaba dar un paso más hacia sus sueños, pero también significaba dejar atrás a alguno de sus amigos. Alana se había incorporado a una compañía de baile de gran prestigio, y Charles y Henry habían regresado a casa para abrir una academia de música. Ernesto se había quedado solo en el último curso de su carrera como pianista. Su prestigio como músico había ido en aumento y sus profesores le tenían en gran consideración. Los conciertos, las galas y su talento le habían abierto las puertas a una carrera prometedora. El último día de su carrera, recibió el premio a uno de los alumnos más brillantes que habían pasado por la Royal College of Music. Tenía cerrada una gira de conciertos por toda Europa para los próximos meses, y eso era solo el comienzo. En más de una ocasión había intentado saber de Estela; les había preguntado a sus padres por la familia, pero ellos solo sabían lo que se rumoreaba por allí: que habían viajado fuera de España y no se sabía nada de ellos. Unos decían que habían viajado a América, otros decían que no habían salido de España, pero nadie lo sabía con exactitud. Los criados no soltaban prenda, quizás ni ellos mismos lo supieran con certeza. Con las maletas en la puerta, echó un último vistazo al apartamento en el que tantos buenos momentos había pasado. Dejaba atrás otra etapa de su vida. Nunca se olvidaría de la buena de Lisa, ni de sus queridos amigos Charles y Henry, ni de la magnífica Tessa, con su violín, y de aquella chica de extraños modales que le había robado un trocito de su corazón.