Entre tus manos 7
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Acostumbrada a una ciudad pequeña, aunque acogedora, los escaparates de las tiendas parisinas podían resultar abrumadores. Ir de compras se había convertido en un entretenimiento demasiado caro. Las fiestas eran cada vez más frecuentes, las conversaciones cada vez más vacías y la única ocupación de Estela era hablar de peinados, vestidos, joyas y de las fortunas de sus acompañantes.

Los marqueses veían cómo su hija había cambiado. A pesar de haberlo deseado con todas sus fuerzas y de haber puesto todo su empeño en conseguir poner tierra de por medio, no estaban muy contentos con sus modales. Se pasaba toda la noche de fiesta en fiesta y por el día dormía hasta tarde.

—¿Qué te parece éste? —Estela salía del probador con un vestido de seda color melocotón.

El tejido se adaptó a sus curvas como un guante.

—No sabes cómo te odio —Victoria la miraba con cierta envidia. Estela tenía un cuerpo perfecto y cualquier prenda le quedaba bien, no como a ella, que desde que Archie le había dejado claro era solo amistad, se había refugiado en la comida.

—No sé, demasiado sencillo, ¿no crees? —dijo Estela.

—Sí, tienes razón. Demasiado sencillo. Lástima que Enzo no haya podido venir. Habría elegido el vestido perfecto para ti —la chica desenvolvió una chocolatina que llevaba en su bolso.

—¿Cuándo vuelve? —preguntó Estela.

—Mi padre y él regresarán la semana que viene —lo dijo con la boca llena de chocolate.

—Hola, Victoria —aquella voz le resultaba familiar.

—No me lo puedo creer —dijo la chica— ¿qué haces tú aquí? —no pudo ocultar su cara de contrariedad al encontrarse con Antonella de frente.

—Veo que estás perdiendo facultades, querida. Supongo que la gente va a las tiendas a comprar…yo que tú me lo haría mirar —Antonella estaba en clara posición de superioridad.

—Estela, me marcho. Luego hablamos. De pronto me han entrado unas ganas horribles de vomitar—se dirigió a la salida.

—Deberías tener cuidado con lo que comes. Siento mucho lo tuyo con Archie, Victoria — Antonella disfrutaba humillándola —Siento que él no estuviera tan enamorado como para casarse. El matrimonio no hay que tomárselo a la ligera… Adiós querida, que pases un buen día.

—Bruja —la joven siguió caminando sin darse la vuelta. Sabía que en aquella ocasión había perdido contra Antonella. Ya encontraría la oportunidad de devolvérsela.

La mujer sonrió con malicia al ver cómo su enemiga se iba con el rabo entre las piernas. Estaba de buen humor. Se acercó a Estela, que no supo qué decir ante la huida de su prima. Le habría gustado salir detrás de ella para consolarla, pero todavía no se había quitado el vestido y, además, Victoria se habría sentido peor.

—Ya veo que no tiene sentido del humor.

—Basta ya, Antonella. Victoria lo está pasando mal con lo de Archie.

—Demasiado suspicaz, quizás. Pero así son los hombres, niña: primero te hacen creer que eres lo más importante para ellos, y cuando te tienen comiendo de su mano, si te he visto no me acuerdo; enseguida encuentran otro entretenimiento —la mujer se encogió de hombros.

—Será mejor que yo también me marche —Estela se dio la vuelta y entró en el probador.

—Estela, querida… Esta noche doy una fiesta. Estás invitada. Anímate. Lo pasaremos bien. Salió de la tienda con un mal sabor de boca. Aquella mujer la provocaba una enorme curiosidad, pero era evidente que ella y Victoria se odiaban a muerte y no deseaba estar en el medio de aquella enemistad.

Cuando Estela llegó a casa de sus tíos, Isabel estaba en el jardín. Ataviada con unos guantes de jardinero, podaba los rosales mientras tarareaba una canción. Sonrió al verla.

—Estela, querida, qué sorpresa. Bueno, supongo que vienes a ver a Victoria. Está insoportable. Se ha encerrado en su habitación y no quiere ver a nadie. ¿Te quedas a comer? —la mujer dejó las tijeras sobre la mesa del jardín. Cogió a su sobrina por la cintura y las dos entraron en la casa.

—¿Puedo subir a verla?

—Claro querida, a ti seguro que quiere verte. Yo lo he intentado y ni modo. Esa hija mía tiene un genio de mil demonios. Anda, sube.

Estela llamó a la puerta con suavidad.

—¡Te he dicho que no quiero ver a nadie! ¡Vete!

—Victoria, soy yo, Estela. Ábreme, por favor —Estela esperó a que su prima diera señales de vida. Escuchó el cerrojo al otro lado de la puerta y ésta se abrió con suavidad.

—¿Estás bien? —se sentó en el borde de la cama. Miró el montón de envoltorios vacíos de dulces sobre la colcha.

—No, no lo estoy —dijo, limpiándose las lágrimas.

—No deberías hacer caso a lo que te diga Antonella —acarició el cabello de su prima.

—Lo sé, pero me saca de mis casillas.

—¿Te puedo preguntar por qué os lleváis tan mal? Es evidente que algo ha ocurrido entre vosotras —esperó a que Victoria rompiera el silencio.

—Ahora mismo, tú eres mi mejor amiga —dijo pasados unos minutos—. Antonella y yo íbamos al mismo colegio —continuó— pero ella era mayor que yo. Al principio, yo no conocía a nadie, y ella se me acercó un día. Quería ser mi amiga. Yo era nueva en el colegio, así que, el que una chica mucho mayor que yo quisiera hablar conmigo, me pareció lo más. Éramos inseparables. Hacíamos todo juntas. Había un chico, Mixel Lipol, iba a mi misma clase. Él me gustaba a mí, y yo le gustaba a él y comenzamos a salir. Y nos acostamos. Yo se lo conté a Antonella, y ella se lo contó a todo el mundo. Poco después, los vi juntos. Pensé que era mi amiga y…

—Cuánto lo siento, Victoria —Estela la cogió de las manos con fuerza.

—No fue el hecho de que todo el mundo se enterase, ¿sabes? Fue el hecho de que fuese ella, mi amiga, la persona que me había traicionado. Me sentí como una imbécil.

—Sí, eso es lo que más duele —el rostro de Estela se ensombreció.

—Y ya que estamos con confesiones entre amigas, ¿cuéntame algo de ti? Nunca me has hablado de ningún chico en España —el tono de voz de Victoria empezaba a sonar más animado.

—Bueno, yo… —Estela dudó.

—Anda ya, primita. No me creo que no hayas dejado atrás a ningún novio llorando por tu marcha.

—La verdad es que había alguien, pero no salió bien, así que, no hay nada que contar — Estela habría deseado confiar su secreto a Victoria, pero eso pertenecía al pasado. No habría conseguido nada con hablar de Ernesto y, el hablar de su hijo no le devolvería la vida, así que sonrió a su prima y cambió de tema. Por esta vez, había logrado salir del paso, pero Victoria intuía que algo más había; empezó a sentirse molesta.

—No me lo puedo creer. ¿Te acabo de contar algo íntimo, porque confío en ti, y tú no confías en mí? —la miró con rabia.

—No, Victoria, es solo que… —intentó justificarse, pero Victoria se había convertido en un volcán a punto de estallar.

—Claro, es eso. Te crees mejor que yo, ¿verdad? La niñita buena siempre hace las cosas bien. ¿Pues sabes qué? Que no te necesito, a ti ni a nadie. ¡Fuera de aquí! ¡Márchate! —los gritos se escucharon desde el piso de abajo.

Estela bajó corriendo las escaleras.

—Estela, ¿qué ha ocurrido? ¿Va todo bien? —Isabel siguió con la mirada a su sobrina, pero ésta no se detuvo.

Entró dando un portazo. Subió directa a su habitación, y se tumbó en la cama. Por suerte, en la casa no había nadie, podría llorar a sus anchas sin que la molestasen. No paraba de darle vueltas a las palabras de Victoria. Sabía que era una rabieta de las suyas, pero le había dolido que la tratara así. La cabeza le dolía. Tenía que salir de allí.

Caminó durante horas. El cielo se oscureció y la lluvia lo empapó todo. La gente corría de un lado para otro intentando resguardarse de la tormenta. Se paró delante de un edificio. Miró a su alrededor. No sabía cómo había llegado hasta allí. Se sentó en el escalón esperando a que escampara. Su cara, su pelo y su ropa estaban empapados, y temblaba de frío.

—Estela, ¿qué haces aquí? —la mujer estaba sorprendida de verla sentada en la puerta de su casa.

—Yo… no sabía a dónde ir —estaba exhausta por la pelea con su prima, tenía frío y le dolía la cabeza.

—Pero criatura, estás temblando—Antonella la ayudó a levantarse—. Anda, vamos dentro o cogerás una pulmonía.

Después de cambiarse de ropa y tomar un té bien caliente, se quedó dormida en el sofá. Sus mejillas habían recuperado el color. Antonella se sentó junto a ella y la acarició el cabello. Aquella joven le recordaba a ella misma, años atrás; ahora las cosas eran distintas. Lo mejor que podía hacer era dejarla descansar.

Estela abrió los ojos. No recordaba dónde estaba ni qué había ocurrido. Se asombró de ver allí a Antonella. La mujer estaba sentada en una butaca a su lado mientras leía un libro.

—Por fin has despertado. Me tenías preocupada.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Qué hago aquí? —se incorporó de golpe.

—Tranquila, será mejor que te levantes despacio —la mujer la sujetó al ver que perdía el equilibrio.

—Me tengo que ir…

—Ahora no puedes salir, Estela. Está diluviando. Mira, ¿por qué no hacemos una cosa? ¿Por qué no te quedas aquí, al menos hasta que amaine la tormenta? Ya es muy tarde y no es prudente que vuelvas a casa en este estado.

—No hace falta, volveré caminando —se puso en pie, pero las piernas le fallaron y tuvo que volver a sentarse.

—Por favor. Déjame ayudarte. Llamaré a tus padres, estarán muy preocupados. Lo mejor es que pases la noche aquí. Te prometo que seré una buena anfitriona.

Estela asintió. Las palabras de Antonella parecían sinceras.

—¿Te encuentras mejor? —le dijo mientras le ofrecía algo de comer.

—Estoy mejor, gracias.

—Mira, no soy la persona más adecuada para darte consejos, pero sea lo sea que haya ocurrido, seguro que tiene solución —su sonrisa era dulce.

Estela permaneció en silencio. No tenía ganas de hablar, y menos con ella. Algo la hizo mirar hacia otro lado.

—Mami, mami —una vocecita salió de una de las habitaciones, seguida de una mujer. El pequeño se abrazó a Antonella. Ésta le cogió en brazos y le dio un beso.

—Antoine, mi vida. ¿Qué haces todavía despierto? —miró a la mujer.

—Lo siento mucho, señora, pero Antoine no se quiere dormir sin antes darle un beso de buenas noches.

—Está bien, Charlotte —sonrió al pequeño, que la rodeaba el cuello con sus bracitos—. Ahora, Antoine, a dormir. Que sueñes con los angelitos, mi vida.

La niñera se llevó al pequeño al dormitorio. Estela estaba asombrada.

—¿Tienes un hijo?

—Recuerda, yo no pregunto y tú no preguntas. Te prepararé la habitación de invitados— Antonella se sirvió un vaso de vino—. Te conviene descansar.

Le costó conciliar el sueño: las imágenes de los acontecimientos ocurridos durante el día no dejaban de dar vueltas en su cabeza, hasta que le fue difícil distinguir si de verdad habían ocurrido o habían sido un mal sueño. Un estruendo la despertó en mitad de la noche. Con la respiración acelerada se mantuvo en silencio, atenta a todos los sonidos. El viento soplaba con fuerza y las ramas de los árboles golpeaban en la ventana. En la oscuridad de la noche todo parecía diferente. Salió al pasillo en busca del cuarto de baño; no le fue fácil orientarse. De vuelta, se detuvo delante de la habitación de su anfitriona. La luz salía por debajo de la puerta y pensó en que sería un buen momento de agradecer la hospitalidad que le había brindado, a pesar de su enemistad con Victoria. Llamó con suavidad y abrió.

Antonella estaba sentada sobre la cama, tenía los ojos cerrados y las gotas de sudor empapaban su cuerpo desnudo. El pelo le caía sobre los hombros en forma de tirabuzones y tenía la boca entreabierta mientras bebía de una copa que un hombre le ofrecía. Como si supiese que Estela estaba allí, Antonella abrió los ojos y miró hacia la puerta, pero sus ojos no miraban hacia allí; estaban vacíos, ausentes de vida. El hombre se giró de pronto; reconoció su rostro: era Archie.

El resto de la noche transcurrió como un sueño del que no podía despertar. Alguien sin rostro la perseguía; sus ojos estaban vacíos, como los de Antonella. Cuando por fin lograba darle alcance, el desconocido la besaba y al mirarle de nuevo, tenía ante ella a Ernesto. A la mañana siguiente, apenas cruzaron dos palabras y, tras agradecer su hospitalidad, Estela salió de aquella casa con la intención de no volver.

Desde aquel día en que se había enfadado con su prima, Victoria no había vuelto a saber nada de ella. Estaba arrepentida de lo mal que se había portado. Sabía por su madre que Estela había pasado un catarro muy fuerte y que todavía se encontraba muy débil. Fue a visitarla con la intención de hacer las paces y pedirla perdón.

—Estela, mira quién ha venido a verte —la marquesa entró en la habitación, seguida de Victoria.

—Hola Estela, ¿cómo te encuentras? —la chica mantuvo la mirada fija en el suelo.

—Estoy algo mejor, gracias —lo dijo con la voz todavía tomada por el enfriamiento.

—Os dejo a solas para que habléis de vuestras cosas, queridas —la marquesa salió de la habitación.

Durante unos minutos ninguna de las dos jóvenes pronunció palabra. Victoria estaba avergonzada y Estela no tenía muchas ganas de hablar; todavía tenía mucha tos y le dolía la garganta.

—Estela, yo... —titubeó —quería pedirte disculpas por lo que te dije el otro día. No tenía ningún derecho a inmiscuirme en tus asuntos. Perdóname, por favor.

—No te preocupes, Victoria, de verdad. Ya está olvidado —no pudo seguir hablando por la tos.

—¿Amigas?

—Amigas.

No hicieron falta más palabras; un abrazo sincero bastó para unirlas de nuevo.