Entre tus manos 6 #2
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—Sabía que eras una joya en bruto. Solo había que pulir un poco y voilá, la mariposa salió.

—Vete, por favor —Victoria se estaba empezando a poner nerviosa—. Es tardísimo y yo aún tengo que vestirme. Fuera.

En el salón, Isabel tomaba una taza de té junto a su esposo. Al ver bajar a las chicas, no pudo dejar de soltar una lágrima seguida de un aspaviento de manos.

—Estáis divinas, espectaculares, hijas mías.

—Mamá, llegamos tarde. No quiero hacer esperar a Archie. Creo que hoy será el gran día. Me dijo que tenía algo importante que decirme, pero que lo haría en la fiesta. Creo que me va a pedir matrimonio.

—Oh, mi vida. Enhorabuena. Estoy tan feliz. ¿No es maravilloso, querido? —se dirigió a su esposo que leía el periódico y no parecía importarle demasiado aquella conversación.

—Sí, sí… ¿Habéis visto las noticias? El equipo local ha ganado por cuatro goles a cero.

—Eres imposible. ¿Eso es lo que le tienes que decir a tu hija? Christopher Atkins, no sé por qué me casé contigo. Tienes menos sensibilidad que un higo chumbo.

—No estoy seguro de qué es eso, querida —se encogió de hombros y siguió leyendo el periódico.

La verja se abrió y el vehículo avanzó hacia el interior. Al final del camino se podía divisar el color blanco de la fachada de la mansión. Los invitados iban llegando en sus relucientes coches, con sus vestidos de alta costura y su linaje como tarjeta de presentación. Estela observaba todo aquel lujo sin pestañear. Hacía demasiado tiempo que no asistía a ninguna fiesta. Respiró abrumada por el entorno y se volvió hacia sus primos buscando algún gesto de complicidad, pero no lo encontró. En el fondo, eran también unos desconocidos para ella.

—Mira, Victoria. Allí está Archie —Enzo dio un codazo a su hermana para que mirara hacia uno de los grupos que se concentraban en el salón —y veo que está muy bien acompañado. ¿No es aquella Antonella Dupois?

Desde lo alto de la escalera se podía ver con claridad a los invitados repartidos por el salón.

—Y veo que no pierde la oportunidad. Será… —Victoria la fulminó con la mirada.

Antonella era una de esas personas que querían todo lo de los demás, así que, cuando se enteró de que a Victoria le gustaba Archie, no dudó en lanzarse a por él. Las dos amigas pronto se convirtieron en enemigas. Ya no era solo una cuestión de ver quién se quedaba con Archie; su enemistad iba mucho más allá.

—Hermanita, ve ahora mismo antes de que esa bruja se coma de un bocado a tu príncipe azul y se convierta en rana —pinchó Enzo. Le divertía molestar a su hermana y no iba a desaprovechar aquella ocasión.

Victoria se acercó con sigilo y puso las manos en los ojos del joven.

—¿Quién soy?

—No sé, no sé… ¿Alice? No, no, espera, ¿Janine? —el chico se hizo el despistado.

—Soy yo, Victoria, qué tonto eres.

—Querida, por supuesto. Nadie más tiene unas manos tan suaves como las tuyas y ese perfume… —Archie tomó entre las suyas las manos de Victoria, sellando con un beso en la mejilla aquel encuentro.

—Tan galante como siempre. Eso se lo dirás a todas —la risa escandalosa de Victoria hizo que los invitados más cercanos a ellos se giraran. Le encantaba ser el centro de atención, sobre todo si con eso conseguía que Antonella se muriese de los celos.

—No me digas que has venido sola. ¿Y Enzo?

—Vaya —dijo Victoria, desilusionada—cualquiera diría que no te alegras de verme. No, no he venido sola —miró hacia donde estaba su hermano, que se acercaba abriéndose paso entre los invitados. Pisándole los talones, Estela intentaba no chocar con nadie. El calor del interior de la casa acentuaba más la falta de aire que le provocaba el vestido tan ajustado. Los tacones la hacían perder el contacto con el suelo y sentía que en cualquier momento caería de bruces.

—Enzo, amigo mío, cuánto tiempo —Archie saludó a su amigo de la infancia—. Victoria me dijo que habías regresado hace poco de Austria.

—Así es, abrimos una sucursal allí. Regresé el mes pasado.

—Vaya, vaya. Y por lo que veo no has regresado solo —reparó en Estela, que seguía la conversación escondida detrás de Victoria— ¿Quién es esta joven tan encantadora? —le tendió la mano a Estela y ésta se sonrojó al sentirse desnuda ante la mirada de aquel hombre.

—Es nuestra prima Estela, recién llegada de España.

—Una criatura adorable. Un placer, mademoiselle —sus labios apenas rozaron las mejillas encendidas de la muchacha con una sensualidad a la que ella no estaba acostumbrada.

—¿Me tendré que poner celosa, Archie, querido? ¿Por qué no me traes algo de beber? Estoy acalorada —Victoria se deshizo del joven. Con la cantidad de hombres que había en la fiesta no iba a permitir que el chico que le gustaba se pusiera a flirtear con Estela.

Antonella había estado atenta a la conversación y no tardó en acercarse.

—Victoria, qué sorpresa. Pensaba que no te atreverías a venir, después del espectáculo tan bochornoso que diste la pasada fiesta. Tienes que dejar de beber, querida.

—Piérdete, Antonella. Ten cuidado, no te vayas a morder y te envenenes. Déjanos en paz.

—Veo que estás muy bien acompañada —dijo mirando a Estela—. Soy Antonella, encantada de ver caras nuevas por aquí.

—Estela.

—Estela… —la mujer sujetó el rostro de la joven —tienes unas facciones exquisitas, niña.

—Déjala en paz, ella no es como tú —Victoria retiró la mano de Antonella, interponiéndose entre ella y su prima.

—Si alguna vez te aburres de estos muermos ven a verme. Será un placer —se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—¿Quién es? —Estela se encogió de hombros.

—Una bruja. No te acerques a ella o te comerá viva. Hazme caso, primita. Aquí hay demasiadas víboras sedientas de carne joven.

El resto de la fiesta transcurrió con normalidad. Estela bailó, comió y bebió. Por primera vez desde hacía tiempo se sentía bien. Las costumbres en Francia eran muy distintas a las que ella estaba acostumbrada, pero se sentía a gusto entre aquellas personas. Estaba haciendo nuevas amistades y, por primera vez desde que salió de Granada, no había pensado en Ernesto.

—Vaya, primita, tienes una cola enorme de pretendientes que están deseando que bailes con ellos —Enzo se sentó junto a Estela, que se frotaba los tobillos doloridos.

—No puedo más, tengo los zapatos pegados a los pies —dijo ella, pero su cara decía lo contrario. Estaba bien. Se sentía mejor que nunca.

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Ya en su habitación, Estela se miraba en el espejo. Se acarició el lado de la cara, allí donde Antonella la había rozado con sus manos. Ella no se veía tan guapa, ni tan especial. Debajo de aquel vestido, de todo aquel maquillaje, seguía siendo la de siempre. Pero aquella noche en la fiesta, se había sentido bien. Su cuerpo era el mismo, pero su mente había cambiado. Rodeada de todos esos lujos, aquellos muchachos encantadores queriendo conocerla, el dolor se había disipado, al menos durante unas horas. Sintió curiosidad por Mademoiselle Dupois. Parecía una mujer decidida, una mujer que no se asustaba de nada y que sabía lo que quería. Pese a las advertencias de Victoria, no la veía como una amenaza. Estaba agotada. Una ducha bien caliente la ayudaría a relajar los músculos. El agua cayendo sobre su cuerpo le provocó un escalofrío que le recorrió de arriba abajo hasta erizarle el bello. Recordó las manos de Ernesto recorriendo cada centímetro de su piel. Cerró los ojos y su mente, poco a poco, se fue calmando.